Nuestras investigaciones sobre el
Régime Ecossais Rectifié
[Régimen Escocés Rectificado] nos han inducido a encarar, como
complemento indispensable, un estudio sobre la Stricte Observance
[Estricta Observancia], estudio que hemos llevado a cabo con la
profundidad que corresponde a un argumento tan enigmático y que ha
dado lugar a tantas controversias. Mientras estamos a la espera de
su publicación, pensamos que puede resultar interesante apuntar los
documentos que, sobre esta cuestión y provenientes de otras fuentes,
han aparecido, cotejándolos con aquellos que ya conocemos.
Para comenzar señalamos, publicado en la «Bastille» del 6 y del
13 de septiembre con el título «Quelques imposteurs F\-M\ Starck et
Coucoumous» [«Algunos MM\ acusados de impostura: Starck y
Coucoumous»], un notable artículo de Benjamin Fabre, autor de un
reciente libro sobre Franciscus, Eques a Capite Galeato. Allí se
habla en particular de los Clercs de la Late Observance, cisma
análogo al de los Clercs de la Stricte Observance, sobre el que algo
habiamos manifestado a propósito del Rito fundado en Malta, en 1771,
por el comerciante Kolmer, del Jutland.
He aquí en que términos el Eques a Capite Galeato
hablaba, «como uno de los comisarios a los Archivos de los
Philalètes» (1), de los Clercs de la Late Observance(2):
«Estos Clercs siguen siendo un problema para un observador
imparcial.
«Ha sido dicho que eran los Jesuitas (!) que querían
perpetuarse secretamente, formando la clase eclesiástica del
orden interno del Régime de la Stricte Observance(3).
«Ha sido dicho que se trataba de una nueva Confederación que,
impulsada por motivos de orgullo y de codicia, quería predominar en
el nombrado Régime, por medio de algunas formas e ideas científicas,
tomadas de los manuscritos y libros raros de los Rosa-Cruces del
siglo XVII (4).
«Ha sido dicho que era la parte sacerdotal de la Orden de los
Antiguos Templarios que había sobrevivido (sic), y que, con
exclusión de los simples caballeros, poseía la doctrina
y la práctica de las Ciencias Ocultas, de las cuales cada uno
[de sus componentes] ampliaba el repertorio según el alcance de
sus ideas y gustos(5).
«A decir verdad, estos Clercs apoyaban cualquier opinión se
quisiese tener sobre ellos, favoreciéndola con la ambigüedad de sus
respuestas, de su constitución, y propiciándola mediante la astucia
de su comportamiento».
Y Benjamín Fabre agrega: «Su objetivo parece haber sido el de
superponerse al Régime de la Stricte Observance (6), para asumir la
dirección de sus Logias, difundidas en toda Europa y hasta en el
Nuevo Mundo. Ellos exigían que sus adherentes poseyeran todos los
grados conferidos por la Stricte Observance» (7).
Esta escisión, «que parece haber sido suscitada por un Poder
oculto», y que se manifestó por primera vez en Viena, se produjo en
el Régime de la Stricte Observance en 1767. A partir de esta época,
«parece que, por una razón u otra, el barón de Hundt, Eques ab Ense,
cometió algún error y perdió aquello que, hasta ese momento, habia
constituído su fuerza, o sea la comunicación con los Superiores
Incógnitos». Cuando se reunió la Gran Logia (*) de Brunswick, en
1775, «el barón de Hundt, representante del Gran Maestro Eques a
Pennâ Rubrâ, [...] no era más que la sombra de una sombra».
Pero quizá la desgracia había golpeado más arriba y no sólo al jefe
de la Stricte Observance, llegando a tocar a ese mismo Gran Maestro,
intermediario entre Hundt y los verdaderos Superiores Incógnitos(8).
Uno de los jefes del cisma era el H\ Starck, predicador en la
corte de Prusia, doctor en teología (protestante)... y en ciencias
masónicas, temas en los que había tenido como maestros a Gugumus y
al tabernero Schroepfer. El primero (cuyo nombre también aparece
escrito como Gugomos, Gouygomos, Kukumus, Cucumur, etc., siendo muy
incierta su ortografía), figura en la lista de los miembros de la
Stricte Observance con el nombre característico de Eques a Cigno
Triomphante(9), y con el título de «lugarteniente al servicio de
Prusia». Según una carta del H\ príncipe de Carolath al H\ marqués de
Savalette de Langes (10), «Coucoumous (sic) o Kukumus, proveniente
de una familia originaria de Suabia, pasó por casi todos los
servicios de Alemania, unas veces como militar, otras como civil; se
hizo admirar por sus cualidades, pero al mismo tiempo también
cosechó desprecios por su inconstancia y mala conducta [...]. Era
chambelán del duque de Wirtemberg (sic)».
«Este Gugomos - cuenta el H\ Clavel
(11) - había aparecido en la
Alta Alemania, y se había dicho enviado de Chipre (12) por los
Superiores Incógnitos del Santo Sitial (?). Se atribuía los títulos
de gran sacerdote, caballero, príncipe; prometía enseñar el arte de
fabricar oro, de evocar a los muertos y de indicar el lugar donde
estaban escondidos los tesoros de los Templarios. Pero pronto fue
desenmascarado; quiso huir pero fue arrestado y obligado a
retractarse por escrito de todas las cosas de las que se había
jactado y a declarar que no era más que un simple impostor»
(13).
Lo que ahora veremos no nos permite subscribir por entero esta
conclusión: es posible que Gugomos haya sido efectivamente un
impostor y que haya actuado como tal en ciertas circunstancias, pero
debió haber sido alguna otra cosa también, por lo menos durante una
parte de su carrera. Esto es, al menos, lo que para nosotros surge
de lo que sigue de la carta, ya citada, del H\ príncipe de Carolath:
«Desde hace mucho tiempo hacía profesión de las Ciencias Ocultas,
pero había sido en Italia que se había formado en dicho tema. Se
asegura que volvió de ese país con los más raros conocimientos, que
no dejó de practicar en su propia patria. Convocaba a los espíritus,
los fantasmas de los desparecidos, por medio de ciertos caracteres
[gráficos] - que, sin embargo, no eran los originales - y de
sahumerios. Hasta se afirma que habría tenido a su disposición una
especie de rayo».
Ahora bien, según algunos testimonios que no tenemos motivo de
poner en duda, aún existen, en el Africa del Norte, ciertos rabinos
(14) que a su vez tienen, precisamente, «una especie de rayo en su
poder», y que, por medio de «caracteres» o figuras cabalísticas,
producen, en el ambiente donde realizan esta «operación», una
verdadera tormenta en miniatura, con nubes, relámpagos, truenos,
etc. (15).
Este es el tipo de cosas que, más o menos, producía Gugomos; y
este paralelo, significativo por lo que se refiere a ciertas
influencias judaicas, nos recuerda, por otro lado, a ese «misterioso
adepto que, ocultándose bajo el nombre de Valmont, viajaba a menudo
de Africa a Italia y Francia y había iniciado al H\ barón de
Waechter» (16).
Habría sido interesante tener una información algo más precisa
sobre los «caracteres» utilizados por Gugomos en sus «operaciones».
Por otra parte, ya sea entre los Philalèthes como entre tantos otros
HH\
de los Régimes diversos y rivales que, con tanto celo y poquísimo
resultado, intentaban extraer «La Luz de las Tinieblas» y «el Orden
del Caos», ¿quién podía vanagloriarse, sobre todo en ese entonces
(17), de poseer los «verdaderos caracteres», o sea de
vincularse con la emanación de una «Potencia legítima»
para los verdaderos Superiores Incógnitos? Ciertas
destrucciones o desapariciones de archivos se producían a veces de
una manera muy oportuna, incluso demasiado oportuna como para no
despertar sospechas; ¿la Gran Logia de Inglaterra no había sido,
acaso, desde sus comienzos (1717-1721) y por inspiración del Rev. H\
Anderson (ex capellán de una Logia Operativa), la primera en dar el
ejemplo de semejante modo de obrar? (18).
Pero prosigamos con la citación: «El eco de tantas cosas
maravillosas atrajo la atención de todos, es decir de todos los
Masones, ya que es justo decir que jamás las mostró (sic) a los
profanos». Se trató, de parte de Gugomos, de una conducta conforme a
las reglas de la prudencia más elemental; salvo que, aun en los
ambientes masónicos, debería haber actuado con mayor circunspección,
tanto en su propio interés como en el de su «misión»; y el alarde
que hacía de sus «conocimientos» y de sus poderes quizá fue una de
las causas de la desgracia que iba a alcanzarlo, como veremos en
seguida.
«Pronto, seguro de sí mismo, tuvo el tupé de convocar un Congreso
General, donde habría revelado sus singulares conocimientos. Pero,
¡oh prodigio! la fuerza lo abandonó. Ya no estava en condiciones de
producir las cosas de que se habia preciado. Entonces fue además
excluído de la Orden a causa de su mala conducta. Ahora se mantiene
continuamente errante, aunque se asegura que habría recuperado una
parte de sus conocimientos. Se ignora su actual residencia».
Así pues, Gugomos, manifiestamente abandonado por los Superiores
Incógnitos de los que no era más que un simple instrumento, perdió
todos sus poderes justo en el momento en que mayormente los hubiera
necesitado. Es muy posible que se haya visto movido en esta
circunstancia a recurrir a alguna superchería para tratar de
persuadir de la bondad de títulos que ya no podía justificar por la
posesión de los poderes reales de los cuales no había sido más que
el momentáneo depositario; y estos títulos no eran de una clase tal
que pudiera ser probada por un documento escrito cualquiera,
documento que los HH\, incluso aquellos de los Altos Grados, por otra
parte no habrían sido capaces de descifrar (19). En tales
condiciones, Gugomos, acosado por cuestiones indiscretas, no pudo
librarse más que confesándose «impostor», y así fue «excluído de la
Orden», esto es de los Altos Grados conocidos, organización
interior respecto de la Masonería Simbólica, pero aún
exterior con relación a otras, esas a las que el mismo
Gugomos pudo estar vinculado anteriormente, pero más a la manera de
simple auxiliar que como auténtico iniciado.
Esta desventura no debe sorprendernos, menos aún cuando la
historia de la Alta Masonería en esa época nos da varios otros
ejemplos: poco más o menos es lo que sucedió al mismo barón de
Hundt, a Starck, a Schroepfer, etc., sin hablar de Cagliostro. Más
aún, sabemos que, incluso en nuestros días, la misma cosa les ha
pasado a enviados o agentes de ciertos Superiores Incógnitos,
verdaderamente superiores y verdaderamente incógnitos: si se
comprometen, o aun, sin haber cometido otras faltas, fracasan en su
misión, todos los poderes les son inmediatamente retirados
(20). Tal
destitución por otra parte puede ser temporaria, y quizás
precisamente esto es lo que ocurrió con Gugomos; solo que quien se
cartea con el H\ Savalette de Langes se engaña, o se expresa mal,
cuando escribe que, luego «habría recuperado una parte de sus
conocimientos», pues si los poderes siempre pueden ser retirados o
restituídos a discreción de los Superiores Incógnitos, evidentemente
no puede suceder lo mismo por lo que se refiere a los
conocimientos, adquiridos de una vez para siempre con la
iniciación, por más imperfecta que esta haya sido.
El príncipe de Carolath, que es bastante severo con Gugomos,
vacila sin embargo en acusarlo de impostura; aun evitando
pronunciarse, parece poner en duda la calidad de sus
«conocimientos», más que su misma realidad: «Waechter, en el curso
de este Congreso Masónico (de 1775), acabó con las pretensiones de
Kukumus (21). La impresión es que Kukumus no tuviera la verdadera
luz ; que persistiendo en el contacto, que quizá mantenía con
espíritus impuros, contribuyese por lo tanto a acrecentar
su propia perversidad y la de los demás, y a dar vida a nuevos
apegos, en lugar de liberarse de aquellos de los que ya sufría». De
hecho es muy probable que Gugomos, atraído sobre todo por la
posesión de ciertos poderes de categoría muy inferior, se haya
aplicado casi exclusivamente a su práctica; tal vez sea esta otra de
las causas de su desgracia, ya que podría ser que ello no se
ajustara con las ideas de sus Superiores Incógnitos(22).
En otra carta, también dirigida al H\ Savalette de Langes, a
propósito de Gugomos, o Kukumus, el H\ barón de Gleichen declara, por
cierto, que «es un impostor», mas de inmediato agrega: «Pero no sé
nada de su doctrina, en la que me han asegurado que había
efectivamente algo malo». De donde se deduce que, independientemente
de sus poderes, Gugomos poseía al menos un rudimento de
doctrina, cosa quizá menos interesante a su entender, pero que
sin embargo constituía un «conocimiento» más real, como hubo de
constatar a costa suya; esta doctrina, ¿de quién la había
recibido? Tal cuestión, mucho más importante que la del valor moral,
sumamente sospechoso, de Gugomos, equivale exactamente a la
siguiente: ¿quiénes eran sus Superiores Incógnitos? Y, ciertamente,
nosotros no podemos adoptar la solución que presenta el barón de
Gleichen atormentado por una obsesión de la que ya hemos visto otros
ejemplos: «la mayor parte (sic) cree que era un emisario de los
Jesuitas (!),
que verdaderamente varias veces han procurado juntarse a la
Masonería». Otros que no eran los Jesuitas podían entonces hacer
tentativas de este género; los Judíos, por ejemplo, quienes se
hallaban excluídos de una parte de la Masonería y que, por lo demás,
todavía lo están en Suecia y en varias Grandes Logias de Alemania.
Este último país es precisamente el que vio nacer la mayor parte de
aquellos Régimes cuyo prototipo fue la Stricte Observance;
esto no quiere decir, por cierto, que todos hayan tenido en realidad
el mismo origen, lo que nos parece poco verosímil, pero no es
difícil comprender como fuera posible, adueñándose de los Altos
Grados por medio de emisarios sin mandato oficial, dirigir
invisiblemente toda la Masonería, y esto basta para explicar las
innumerables tentativas realizadas para lograrlo (23).
Abrimos aquí un paréntesis: a veces, algunos han sido reprochados
por querer hallar en todas partes la influencia de los Judíos; es
cierto que esta última no debería tal vez considerarse de manera
exclusiva, pero hay otros que, pasando de un extremo a otro, no
quieren verla en ninguna parte. Es lo que, particularmente, sucede
con el misterioso Falc (así lo escribe el H\ Savalette de Langes) que
algunos «creían [ser] el jefe de todos los Judíos»
(24): se lo quiere identificar, no con Falk-Scheck, gran rabino de
Inglaterra, sino con el H\ Ernest Falcke (Epimenides, Eques a
Rostro), burgomaestre de Hannóver, cosa que no explicaría en
absoluto los rumores difundidos sobre él en aquella época.
Quienquiera haya sido este personaje enigmático, su papel, como el
de muchos otros, aún debe ser aclarado, y esto parece ser más
difícil todavía que en el caso de Gugomos.
En cuanto a Falk-Scheck, señalamos, en una Notice historique sur
le Martinésisme et le martinisme de la que volveremos a hablar
(pág.64), un hecho que merece ser citado: «Mme de la Croix,
exorcista de endemoniados, demasiado a menudo posesa ella misma, se
vanagloriaba sobre todo por haber destruído un talismán de
lapislázuli que el duque de Chartres (Philippe-Egalité, más tarde
duque de Orléans, y Gran Maestro de la Masonería francesa) había
recibido en Inglaterra del célebre Falk-Scheck, gran rabino de los
Judíos, talismán que debía conducir el príncipe al trono y que,
decía ella, fue hecho añicos sobre su pecho (de ella) gracias a sus
preces». Que semejante presunción se halle o no justificada, lo
cierto es que tal episodio arroja una extraña luz sobre algunas de
las influencias ocultas que contribuyeron a preparar la Revolución.
***
Benjamin Fabre dedica la continuación de su artículo (25) al H\
Schroepfer, «quien tuvo a su vez una agitada carrera», carrera que
acabó en el suicidio (26), y «que los corresponsales de Savalette de
Langes nos presentan bajo un aspecto curioso».
El H\ Bauer describe así una de sus evocaciones, que él mismo
había presenciado: «Durante una reunión de HH\, que tuvo lugar una
vez en Leipzig y otra en Franckfurt, en la que estuvieron presentes
personajes pertenecientes al mundo de las letras, de las ciencias,
etc., después de haber participado en un ágape de Logia, [el H\
Schroepfer] nos hizo despojar de todos los metales, y preparó una
mesita a parte para él; sobre esta mesita colocó un papel pintado
(sic), con toda suerte de figuras y caracteres, de los que yo no
comprendía nada. Nos hizo recitar una plegaria bastante larga y
muy eficaz y nos hizo formar círculo. Hacia las una (sic), de
mañana, oímos un ruído de cadenas, y poco después, los tres grandes
golpes [que resonaron] de manera extraña, en la misma sala, donde
estábamos tendidos en el suelo. Después, entonó una especie de
oración con su ayudante, en un lenguaje que yo no comprendía.
En esto entró por la puerta, que antes había sido cerrada con llave,
un fantasma negro que dijo ser el
espíritu malvado, con quien habló en el mismo lenguaje. El
espíritu le respondió de la misma manera, y, por indicación suya,
salió. Hacia las dos, apareció otro fantasma, con las mismas
formalidades, en este caso blanco, llamándolo (sic) el espíritu
benigno y lo despachó de la misma forma. Luego de lo cual cada
uno se fue a su casa, con la cabeza henchida de quimeras...».
El Eques a Capite Galeato en verdad dice que otro testigo le
«hizo comprender que todos estos hechos, tan celebrados, se
produjeron solo por motivos físicos, favorecidos por la prevención o
por la credulidad de los espectadores». Sin embargo, el Dr. Koerner
reconoce «no haber logrado aún conciliar (sic) las relaciones
contradictorias que se cuentan de este hombre»; y el H\ Massenet
asegura que «es precisamente este hombre quien presentó al príncipe
Carlos de Curlandia (27) el Mariscal de Sajonia
(28), en presencia
de seis testigos, todos los cuales afirman [la verdad de las] mismas
circunstancias y aseguran [la realidad del] hecho, aunque
anteriormente no tenían (sic) ninguna propensión a creer en tales
cosas».
Y nosotros, ¿qué debemos creer de todo esto? Seguramente, para
nosotros es todavía más difícil que para los contemporáneos [de esas
personas] formarnos una opinión precisa y consistente sobre la
naturaleza de las «obras pneumatológicas» [**] de Schroepfer, cuyos
mismos alumnos, como el barón de Beust, chambelán del Elector de
Sajonia, si damos fe a cuanto refiere Savalette de Langes, estaban
todavía «en la misma situación» de los Philalèthes en lo
concerniente la búsqueda de la «verdadera luz». ¡Luego de
haber «visto tantos doctores, Teósofos, Herméticos, Cabalistas,
Pneumatólogos», se trataba de un resultado harto mediocre!
(29).
Todo lo que se puede decir con seguridad es que, si alguna vez
Schroepfer poseyó poderes efectivos, tales poderes eran de un orden
todavía inferior al de los de Gugomos. En suma, los personajes de
esta índole manifiestamente no fueron más que iniciados muy
imperfectos y desaparecieron sin dejar huellas después de haber
representado un papel efímero como agentes subalternos, y quizá
indirectos, de los verdaderos Superiores Incógnitos(30).
Como dice muy justamente Benjamin Fabre, «Kabalistas judaizantes
y hechiceros al mismo tiempo que impostores y fanfarrones,
tales fueron los maestros de Starck». Y agrega: «De semejante
escuela supo sacar buen provecho este inteligente discípulo, tal
como veremos».
El artículo siguiente (31), en efecto, está nuevamente dedicado
al H\ Starck (Archidemides, Eques ab Aquilâ Fulvâ), que vemos,
en la Gran Logia de Brunswick (22 de mayo de 1775), enfrentarse con
el barón de Hundt (Eques ab Ense), fundador de la Stricte
Observance, a quien «contribuyó a alejar de la presidencia de la
Orden», pero sin llegar a hacer prevalecer sus propias aspiraciones
[a la dirección de la Orden]. Dado que volveremos sobre este punto
en otra oportunidad, no insistiremos sobre el mismo; señalamos [sin
embargo] que, en 1779 (32), Starck hizo otra tentativa que no tuvo
mayor éxito, y que Thory comenta en estos términos: «El Dr. Stark
(sic) convoca, en Mittau, a los Hermanos y los
Clercs de la Stricte Observance; trata de conciliar sus debates, pero
fracasa en este proyecto» (33).
He aquí como el Eques a Capite Galeato relata el final,
verdadero o presunto, de los Clercs de la Late Observance:
«En una de las Grandes Logias Provinciales del Régime de la Stricte
Observance, en Alemania, los mismos fueron abrumados con
preguntas, a las que no pudieron o quisieron responder. Según se
dice, dos de ellos (Starck y el barón de Raven), que se cree fueran
los últimos (de estos Clercs o Clerici), se presentaron sus propias
dimisiones de mano a mano y renunciaron a toda propagación de su
Orden secreta.
«Algunos creen que esta dimisión fue tan solo simulada y que, no
habiendo encontrado en la Stricte Observance continuadores que se
adaptaran a sus intenciones, ellos aparentaron renunciar, a fin de
que no se pudieran seguir sus rastros y así caer en el olvido.
«Sea lo que fuere, el H\ Starck, docto Masón y culto ministro del
Santo Evangelio, quien, según se me ha asegurado, era uno de los
Clerici, ha publicado numerosas obras de las que no resulta
imposible deducir, hasta cierto punto, cuales fueron los
conocimientos y el objetivo de su Orden secreta.
«De todas las obras que escribió han llegado a mi conocimiento las
siguientes: L'Apologie des F\-M\;
Ephestion; Le But de l'Ordre des F\-M\(34); Sur les Anciens et les Nouveaux Mystères. Los dos primeros libros
han sido traducidos« (35).
Debemos agregar que, en 1780, «[Starck] atacó publicamente el
sistema de los Templarios, por cuanto sedicioso y contrario a
los gobiernos, en un folleto titulado: La Pierre d’achoppement et
le Rocher de scandale» (36).
Es posible que los Clerici se hayan perpetuado secretamente; en
todo caso, Starck no desapareció del escenario masónico, porqué lo
vemos convocado a la Gran Logia de París en 1785 (37). A pesar de su
desgracia, el mismo había conservado una gran autoridad; ¿acaso
debemos asombrarnos, cuando vemos, en ocasión de la muerte del barón
de Hundt, acuñar una medalla en honor de este otro «docto Masón»
(38) que, a su vez, era por lo menos sospechoso de impostura y
mistificación?
En cuanto a los especiales conocimientos que los Clerici
pretendían poseer exclusivamente, citaremos lo que dice el H\ Meyer
(39), escribiendo (en 1780) a Savalette de Langes: «Usted sabe que
existían algunos Clerici en el Capítulo de una cierta Orden que no
mencionaré (40), y se sostiene que solo ellos eran los depositarios
de la ciencia y del secreto. Esta interpretación no satisface a los
Masones modernos, que estén dotados al menos de un mínimo de
curiosidad. Después de ser nombrados Caballeros, ellos piden, además
de la espada, el incensario. La facilidad con la que se comunica
este grado no habla a su favor; razón por la cual, aquellos que lo
poseen, en realidad, no están al corriente más que de algunas otras
enigmáticas palabras». Así pues, los HH\ que ya poseían alguno de los
Altos Grados y entraban en este sistema, más interior
o supuesto tal, sin duda tampoco encontraban el secreto de la
Masonería, y no se tornaban, con ello, en unos auténticos
iniciados.
Esta constatación nos recuerda las siguientes palabras del H\
Ragon: «Ningún grado conocido ni enseña ni revela la verdad;
tan solo vuelve menos espeso el velo... Los grados practicados hasta
hoy han creado Masones y no iniciados» (41). Por lo que no es
más que detrás de los diversos sistemas, y de ninguna manera
en uno u otro de ellos, que es posible descubrir a los verdaderos
Superiores Incógnitos; mas, por lo que concierne a las pruebas de su
existencia y de su acción más o menos inmediata, éstas no son
difíciles de encontrar salvo para quienes no quieren verlas. Esto es
lo que, sobre todo, queríamos destacar, y, al menos por el momento,
nos abstendremos de formular otras conclusiones.
# Artículo extraído de «Etudes
Traditionnnelles», n° de junio de 1952. El original fue publicado en la revista
«La France Antimaçonnique» en los n° del 20 de noviembre y del 4 de diciembre de
1913, sin firma. En esta misma revista había sido precedido, el 14 de agosto de
1913, por un artículo titulado «Le Régime Ecossais Rectifié», artículo
que, desde el punto de vista en que nos situamos ahora, consideramos que no
tiene una excesiva importancia ya que está constituído de un conjunto de
estractos de las Acta Latomorum de Thory. Por esta razón no hemos creído necesario reproducirlo.
* Traducimos
con «Gran Logia»
la expresión francesa «Convent», que indica una reunión plenaria de los Venerables Maestros de un
determinado territorio. [Nota de P. Nutrizio]
** La «pneumatología» designaba, en ese entonces, la «ciencia de los espíritus» [N.d.T]