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Dicha respuesta se encuentra ahora en Comptes-Rendus, págs. 206-207.
Cabe preguntarse a qué podían corresponder, por otra parte, las «seguridades»
del «autor» en este campo, sino a sus propias conjeturas...
La frase entre comillas que aparece en el «Documento», contrariamente a lo que
puede parecer no es de R. Guénon sino de M. Vâlsan, y se halla contenida en el
artículo escrito por este último para el número especial de «Etudes
Traditionnelles» dedicado, en 1951, a la muerte de Guénon. Por donde se ve
como la suma de dos elucubraciones (porque tales son ambas) puede dar origen a
confusiones y falsificaciones casi inextricables, sobre todo cuando estos
argumentos sean encarados por un lector que no está al tanto de todos estos
tejemanejes... [Nos ha sido señalado que la frase referida entre comillas por el
«autor» no coincide exactamente con la que se halla en el texto apuntado de
Vâlsan, que transcribimos tal como suena: «el antiguo centro retirado de la
tradición occidental». De todos modos, el cambio de esta sola palabra no puede
llevarnos a modificar nuestra declaración, que concluye que tanto en el caso del
«autor» como en el de Vâlsan se trata de una «elucubración». En efecto, este
tipo de consideraciones presupone un conocimiento de tales realidades que, con
toda evidencia, pertenecía tan sólo a Guénon y a nadie más. La fuente de
donde proviene esta justa observación a nuestro texto, por lo tanto, no hace más
que manifestar que tipo de «influencias» actúan en ella...].
Por otra parte, esta interpretación aberrante sobre los modos de «actuar» de
René Guénon en tal materia aquí no hace más que confirmarse y repetirse, ya que
en la página anterior el «autor», considerando la hipótesis, absolutamente
gratuita, de que hubiera sido el mismo Guénon quien provocara «a distancia» la
propia convocación, en el momento de la formación de la Ordre du Temple
Rénové, había ya dicho: «Si se acepta por un momento la hipótesis que acabo
de formular[!], cabe preguntarse qué habría podido mover a Guénon a provocar la
formación de una organización que hay que, con todo, calificar como
seudoiniciática [la cursiva es nuestra], después de sus experiencias en las
formaciones de Papus». Palabras en las que resuenan, a la vez, la ignorancia
efectiva de un incompetente y su pretensión de «juzgar» de lo que no conoce,
sin que, obviamente, quien las pronuncia caiga en la cuenta de las enormidades
a las que está dando cuerpo!.
Toda esta última frase, que más clara no podría ser, no aparece en la Vie
simple de René Guénon (ni está reemplazada por puntos suspensivos), y no hay
quien no vea como ella se encuentre en perfecta antítesis con la monstruosa
afirmación del «autor», según la cual «se encuentra - o vuelve a encontrarse [en
Guénon] - , en 1928-1929, esa idea de que un Centro espiritual [...] pudiese, a
falta de otras vías, manifestarse aquí por medio de procedimientos más o menos
análogos a los del espiritismo y de la magia». ¡Hay que reconocer que como labor
de auténtica falsificación es insuperable!.
A propósito de esta última constatación pensamos que sea oportuno destacar,
entre otros síntomas consonantes esparcidos por todo el «Documento», como el
«autor», tratando de la colaboración de René Guénon en la «France
Anti-Maçonnique» (pág. 14 de nuestro ejemplar impreso), llegue a juzgar que
su comportamiento era contradictorio y excéntrico, ya que él hablaba de
esoterismo en un lugar impropio; esta era, en efecto, - dice el «autor» - «una
revista, o mejor un periódico, ultra católico, que tenía como finalidad combatir
todos los ocultismos y sociedades secretas [como si las ideas que Guénon
expresaba tuviesen algo que ver con estas dos categorías de "pensamiento"...],
leído en los presbiterios y sacristías», y que Guénon tratase allí de tales
argumentos lo deja «perplejo». Olvida, sin embargo, cual fuese en ese entonces
el estado intelectual del ambiente en donde Guénon comenzaba a escribir, y por
consiguiente cual fuese su objetivo inicial: el de «[...] brindar cuando menos,
a quienes sean aptos,[...] la oportunidad de desarrollar sus facultades
latentes», superando ante todo «la primer dificultad», que era la «de llegar a
los que tales cualificaciones poseen y tal vez ni siquiera imaginan cuales son
sus posibilidades» [«Oriente y Occidente», pág.147]; y éstos podían
hallarse, literalmente, dondequiera.
Se puede, dado que es homogéneo con cuanto estamos diciendo, recordar aquí un
extracto de una carta de R. Guénon citado por P. Nutrizio en un viejo artículo
suyo [«Implicazioni politiche dell’opera di René Guénon?», n.° 39 de la «Rivista
di Studi Tradizionali»], en el que Guénon, hablando con su interlocutor de
la propia colaboración concedida a la página «cultural» del periódico «Regime
fascista» de Cremona decía: «Quizá sea dar voces al viento, habida cuenta de
la mentalidad de la gente, sin embargo no hay que descartar que [las ideas
contenidas en mis escritos] caigan en manos de alguna persona capaz de
comprenderlas».
Que muchos lectores de Guénon, aun de los de hoy día, no logren darse cuenta de
las verdaderas razones de esta actitud (en el fondo muy simple y cristalina, y
sobre todo irreprensiblemente coherente, desde el principio al fin, con el
ponderoso trabajo que Guénon se asumió) podemos llegar a comprenderlo - cada
cual entiende, del carácter de la función de Guénon, lo que puede -, pero que,
llegado el momento de afrontar las propias responsabilidades sufriendo sus
consecuencias, la comprensión del «autor» resultase tan limitada, constituye a
nuestro modo de ver sólo el indicio de un proceso de degradación de la voluntad
e intelecto cuyas causas valdría la pena estudiar.
- Teníamos nuestras dudas sobre la oportunidad de haber vuelto, y tan
extensamente, sobre un tema que podía considerarse concluido con la segunda
parte de este artículo, cuando nos fue comunicado que un opúsculo que acompaña
la segunda «videocinta», actualmente en distribución, de una colección de doce
que lleva el absurdo título de «El nazismo esotérico», contiene en la
pág.8 la siguiente frase: «Los franceses Marquès-Rivière y Guyedon de Roussel,
que formaban parte junto con Rahn de la secta guénoniana de los Polares, se
convierten así en los más válidos colaboradores de los alemanes en la campaña
anti-masónica en Francia». Como se ve, pues, «repetita juvant»...
- Estas observaciones sobre el caso de los «Polares», mientras aclaran sin duda
las finalidades y el proceder de Guénon en tales circunstancias, presentan
además la ventaja, si bien secundaria, de contestar a una insinuación de M.-F.
James, la cual - sin tomarse evidentemente la molestia de ahondar el argumento
de manera adecuada - halló no obstante la forma de incluir (en la pág.292 de su
libro) este párrafo malévolo sobre dicho tema:
«Por otra parte, en lo que se refiere a "las transmisiones mentales procedentes
del Tibet" [?!] los criterios de discernimiento lejos se hallaban de estar
claros en el pensamiento de Guénon; prueba de esto es el "Oráculo de
'Fuerza Astral'" realizado por el grupo de los "Polares" y por el cual Guénon se
dejó engañar por un cierto tiempo, a comienzos de los años treinta» [la cursiva
es nuestra].
Evitamos servirnos en esta circunstancia del término «seudónimos», habitualmente
usado en estos casos, recordando que el mismo debe ser aplicado con cautela al
de René Guénon, quien, en una carta del 17 de junio de 1934, decía al respecto:
«Todas las veces que me he servido así de otras firmas, existían razones
especiales para hacerlo, y esto no debe ser atribuido a R. G., [puesto que]
tales firmas no eran simplemente "seudónimos" a la usanza "literaria", sino que
representaban, por decirlo así, "entidades" realmente distintas».
Sobre este especial aspecto de la cuestión, uno de los principales «parásitos»
del «Documento Confidencial Inédito», Jean Robin, insiste de manera particular,
con abundancia de hipótesis y «opiniones», basadas aun en obras de autores no
precisamente confiables. Huelga decir que la única fuente realmente competente
en tal materia para nosotros sigue siendo únicamente el mismo René Guénon y lo
que le ocurrió decir al respecto en el curso de su obra; y Guénon, acerca de
ésto, mantuvo invariablemente una actitud de prudente reserva.
Decimos «inexplicablemente» ya que se trata de una mala fe en cierto sentido
incluso masoquista, al menos por lo que se refiere a los objetivos perseguidos
por el «autor» a lo largo de todo el «Documento», objetivos que en uno de sus
aspectos no pueden ser definidos sino como una «defensa» más o menos camuflada
de la perspectiva especial de los exoteristas occidentales exclusivos.
Si alguien objetase que la «venganza» de la que aquí se trata no puede ser
válidamente invocada en virtud de lo que el mismo Guénon dice de la «acción de
este principio supremo», la cual, «en el estado actual del mundo, no se ejerce
visiblemente», se le puede contestar que según las mismas palabras que Dante le
hace decir a Hugo Capeto en el Purgatorio (XX, 94-96) ella se encuentra
escondida y contenida en el arcano del Principio:
O Signor mio, quando sarò io lieto
A veder la vendetta, che, nascosa,
Fa dolce l’ira tua nel tuo segreto?
[¡Oh Señor mío!, ¿cuando tendré el goce
de advertir la vindicta que, escondida,
en tu arcano tu ira dulcifica?
(Trad. Angel Battistessa, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires)]
Invectiva que, como dice el mismo Guénon en el Esotérisme de Dante,
«contiene, literalmente, el Nekam Adonai de los Kadosch templarios».
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Antes de pasar a otros temas tocados en el «Documento», temas que por como son
enfocados nos revelarán los particulares límites de la perspectiva intelectual
del «autor», debemos aún volver sobre una cuestión que se relaciona con el
pasado «juvenil» de Guénon, aunque se refiera a hechos acaecidos a unos veinte
años de distancia de aquellos otros cuya dilucidación constituyó la segunda
parte de este escrito; se trata del «affaire» de Asia Mysteriosa o
de los «Polares», y hablar de ello nos servirá para aclarar aún más como
resultarían, si fueran examinados sin prejuicios, el modo de proceder y algunas
de las miras de la acción de René Guénon en circunstancias similares o análogas,
incluso precedentes. Además, tal cuestión es una de las que - junto a la de la
Ordre du Temple Rénové - parecen haber mayormente atormentado al «autor»,
cuando el mismo material «público» que ponía a su disposición la obra de Guénon
habría sido suficiente para quitarle toda «duda» y disipar cualquier «sospecha»;
por lo tanto nos serviremos, para nuestras propias finalidades, de dicho
material sin que tengamos que recurrir a otros documentos menos asequibles.
A comienzos de 1949, luego de que apareciera en «Etudes Traditionnelles»
su reseña del número especial de «Etudes Carmélitaines» dedicado a Satán
(reseña que finalizaba con la observación: «no es entre Memra y
Metatrón que "hay que elegir", sino entre el esoterismo y sus
falsificaciones más o menos groseras»), René Guénon era objeto de un ataque por
medio de una carta «de ocho grandes páginas dactilografiadas, la cual, de cabo a
rabo, no [era] más que una sarta de injurias increiblemente groseras». Esta
carta le había sido enviada por el autor de uno de los artículos contenidos en
el número en cuestión, un tal Frank-Duquesne, quien, irritado a causa de que
Guénon, hablando de él, hubiese dicho entre otras cosas que «para colmo de males
llega nada menos que a hacer referencia a los "Polares" y a su fantasmagórica
Asia Mysteriosa», replicaba en la carta de esta manera: «¿Pero, quién
suministró el prefacio de Asia Mysteriosa? Un tal René Guénon. ¿Quién
lanzó a los "Polares"? [seguían algunos nombres de personas que por discreción
R. Guénon no señalaba en su respuesta] (1) ...y el Sr. René
Guénon, quien no despreció de aplicarse a poner en funcionamiento el
insignificante mecanismo de "luz astral". Sí, justamente Ud. [...] ¡se
interesó en esta ficción "psíquica", por la cual yo, ciertamente, no me habría
molestado! [la cursiva es nuestra]. Solo mucho más tarde, en Febrero de
1931, Ud. rompió con sus "Polares"».
Al responder a semejante agresión (aunque no sin antes haber señalado que «El
final del párrafo es demasiado repugnante, en el sentido más cabal de la
palabra, como para que podamos transcribirlo») René Guénon, pacientemente,
proseguía:
«[...]; pero lo que acabamos de referir exige una rectificación, y esta última
no nos causa por cierto el más mínimo apuro. Asia Mysteriosa fue
publicada con tres prefacios, ninguno de los cuales es nuestro; no deja de ser
cierto, sin embargo, que nosotros también habíamos escrito uno, que por lo demás
sólo contenía consideraciones generales lo menos comprometedoras posible; pero
habíamos actuado así solamente para ganar tiempo mientras aguardábamos, sin
llegar a rupturas definitivas, el resultado de cierta comprobación que queríamos
hacer, sin que por ello tuviésemos que poner en funcionamiento ningún
"mecanismo" (ni mucho menos "molestarnos", ya que habían venido a buscarnos, y
es por tal motivo que la más elemental honestidad nos obligaba a controlar
seriamente la cosa antes de pronunciarnos de manera definitiva en uno u otro
sentido); siendo que tal resultado se reveló negativo, simplemente retiramos
dicho prefacio, acompañando [el retiro] con la formal prohibición de que
apareciera en el volumen, donde quienquiera puede constatar que no está. Esto no
ocurrió en febrero de 1931 sino en el verano de 1929 (y de hecho, solo hacia
fines de ese año apareció Asia Mysteriosa); y ya desde 1927 estábamos tan
poco dispuestos a "lanzar" a los "Polares", que nos rehusamos formalmente a
participar de sus "trabajos", ya que nunca hemos sentido la más minima
afición por las farsas de la "magia ceremonial" [la cursiva es nuestra], las
cuales en aquel entonces se presentaban de repente tales de constituir la parte
principal [de dichos trabajos]. Dado que nos parece imposible que haya quien sea
tan inconsciente como para aseverar, dirigiéndose justamente a nosotros, [la
veracidad] de hechos que nos conciernen y de los cuales conozca su falsedad, nos
vemos obligados a deducir, de ahí, que teníamos sobrada razón cuando
reprochábamos a F.-D. de creer a pie juntillas cuanto se le dice, al menos
cuando esto le pueda servir para corroborar su tesis; y podemos nuevamente
retorcer en su contra una de las amables frases que tiene la audacia de
dirigirnos: "En cuanto a dejarse embaucar... indudablemente, sí, usted se deja
embaucar a menudo"».
Si se coteja este pasaje de los Comptes-Rendus de René Guénon de 1949 con
las expresiones con las que el «autor» presenta en su «Documento» el episodio
del «Oracle de force astrale», no se puede evitar (en especial luego de
haber leído las expresiones con las que Guénon muestra el tipo de conocimiento
que desde el inicio tenía de las doctrinas hindúes, y que nosotros hemos citado
en la segunda parte de este estudio), no se puede evitar, decíamos, salvo por el
tono, de constatar una impresionante concomitancia de perspectiva sustancial
entre Frank-Duquesne y el mismo «autor», y esta es una de las razones (se
encontrará otra en la nota 3) que nos han llevado a insistir sobre el tema;
veamos entonces como presenta el episodio este último (pág.13 del ejemplar
impreso que tenemos en nuestras manos):
«Lo que me impide aceptar sin reservas la idea de que el "affaire" de
la Ordre du Temple haya sido provocado por Guénon [esta es una de las
tantas elucubraciones contenidas en el "Documento"], es el interés que éste
prestó, veinte años después, a un asunto que se presentó de manera bastante
análoga y en el cual él seguramente [cursiva nuestra] (2),
no tenía nada que ver. Me refiero al "affaire" del Oracle de force
astrale, al cual Charconac [-Reyor] dedicó las páginas 90-92 de su libro.
Quíen lo desee puede leerlo allí. Lo que quiero decir, es que se encuentra - o
vuelve a encontrarse - en Guénon, en 1928-1929, esa idea de que un centro
espiritual y más especialmente el "antiguo centro reencontrado de la tradición
occidental"
(3) pudiese, a falta de otras salidas, manifestarse a
través de procedimientos más o menos análogos a los del espiritismo y de la
magia» [la cursiva es nuestra].
Esta última afirmación constituye, a nuestro parecer, una de las maneras más
falsas de presentar las cosas que contenga este «Documento», y, pensándolo bien,
una de las injurias más sangrientas que se pudiesen acarrear contra R. Guénon y
la doctrina por él expuesta; para convencerse de ello basta remitirse -
repetimos - a cuanto hemos referido en la segunda parte de este artículo, acerca
del tipo de conocimientos que poseía René Guénon cuando comenzó a combatir el
«neoespiritualismo» (4). Además, ya en 1931, en el número de
enero del «Voile d’Isis» («Les livres», págs. 125-6) Guénon había
proporcionado explicaciones más que exhaustivas sobre el «affaire» de los
«Polares», explicaciones que será por consiguiente oportuno volver a citar aquí,
aunque se superpongan - pero solo parcialmente - con las que acabamos de ver;
además ellas nos servirán para descubrir verdaderas falsificaciones del texto,
algunas de las cuales por omisión, perpetradas por el «autor», al citarlo, ya en
la Vie simple (libro del cual era coautor con Charconac):
«Disponemos de los primeros números del "Bulletin des Polaires", que
comenzó a publicarse en mayo pasado; sus contenidos son absolutamente
insignificantes, y si este es el resultado de comunicaciones con "grandes
iniciados" del Himalaya o de otros lugares, realmente da pena. Ni siquiera nos
habríamos ocupado si no hubiésemos sabido que en esta organización se tiene una
molesta propensión a valerse de nuestro nombre como recomendación hacia las
personas que se quieren atraer, lo que nos obliga a efectuar una rectificación.
En efecto, hemos seguido por un tiempo las manifestaciones del método
divinatorio llamado "oráculo de fuerza astral" en una época en la que no se
hablaba en absoluto de formar un grupo fundado sobre las "enseñanzas" obtenidas
por este medio; dado que se trataba de cosas que parecían un tanto enigmáticas,
procuramos aclararlas planteando preguntas de carácter doctrinal, pero recibimos
tan sólo respuestas vagas y evasivas, hasta que un día una sucesiva pregunta
ocasionó al final, después de muchísimo tiempo a pesar de nuestra insistencia,
una incongruencia evidente; de ahí en más supimos lo que debíamos pensar del
valor iniciático de los hipotéticos inspiradores [Charconac-Reyor cita: "las
hipotéticas inspiraciones"], único punto de toda la cuestión que nos interesase
saber. Si recordamos bien, es precisamente en el intervalo transcurrido entre
esta última pregunta y la correspondiente respuesta que se habló por primera vez
de constituir una sociedad decorada con el pomposo nombre de "Polares" (si bien
se puede hablar de "tradición polar" o hiperbórea, no se puede, sin caer en el
ridículo, atribuir dicho nombre a unos hombres, los cuales, a más, no parecen
conocer de esta tradición sino lo que nosotros mismos hemos dicho, en nuestros
diversos trabajos); hemos formalmente [adverbio omitido en la Vie simple]
rechazado, a pesar de numerosos apremios, no sólo de formar parte de la misma,
sino también de aprobarla y apoyarla de cualquier modo que sea, cuanto más que
las normas prescritas por el "método" contenían puerilidades increíbles. Después
de lo cual, nos enteramos de que las pocas personas serias que al comienzo
habían prestado su adhesión, no tardaron en retirarse; y no nos
sorprenderíamos que todo esto acabe por caer en el espiritismo más vulgar (5).
Lamentamos que algunas de las ideas que hemos expuesto en El Rey del Mundo
se hayan visto involucradas en este asunto, pero nada podemos hacer; en lo
que respecta al "método", cuando se haya leído lo que hemos escrito en este
número sobre la "ciencia de las letras" [la última parte de la frase, que da
una idea clara de la naturaleza de lo que se trata, está omitida en la Vie
simple], no habrá dificultad en darse cuenta de que no se trata sino de un
ejemplo de aquello en lo que pueden llegar a convertirse fragmentos de un
conocimiento real y serio en manos de gente que se ha apoderado del mismo sin
comprenderlo en lo más mínimo» [las cursivas son nuestras].
Aparte las «ablaciones» fraudulentas que hemos señalado, las cuales, lejos de
ser insignificantes bien concuerdan con lo que sólo pocos años después será el
espíritu del «Documento», casi todas estas aclaraciones de Guénon - como
recuerda el mismo «autor» - se hallaban incluidas en la Vie simple de René
Guénon, lo que deja entrever como, hacia 1958, él estuviese de todas maneras
todavía preocupado por dar, al menos a sus lectores, de los modos de obrar
«juveniles» de Guénon, una explicación más ajustada a sus verdaderas
motivaciones de aquella que, poco a poco, debía «apoderarse» de él andando el
tiempo (6).
En la nota anterior aludíamos a la continuidad y coherencia de pensamiento que
caracterizan la entera obra de Guénon, a partir de sus primeros escritos, aun
los que firmó con otros nombres (7) y que aparecían en
periódicos diversos («La Gnose», «La France Anti-Maçonnique», «Regnabit»,
etc.); en la pág. 12, el «autor» pone en discusión tal continuidad y coherencia
en el mismo nivel «teorético» (más tarde serán decididamente puestas en duda
también en el nivel práctico) al menos en dos ocasiones contiguas que vale la
pena examinar de cerca, cuanto más que en una de ellas el tema ha sido vuelto a
tomar por M.-F. James en el libro que frecuentemente hemos citado. El párrafo al
que nos estamos refiriendo es el siguiente, y tiene de nuevo por objeto la
Ordre du Temple Rénové, pero no tanto en sus modos de operación, sobre los
cuales no volveremos, cuanto más bien en sus fundamentos ideológicos: «Hay que
relevar, sin embargo, que ideas que nos chocan profundamente, como la de la
venganza templaria contra la Iglesia y la monarquía, no eran juzgadas del mismo
modo por el Guénon-Palingénius de los años 1908-1909, un Guénon que consideraba
a las religiones como "desviaciones" (y no como adaptaciones) de la tradición y
que, en particular, era hostil a la Iglesia. Más tarde, en 1929, en Autoridad
espiritual y poder temporal, haría recaer sobre Felipe el Hermoso toda la
responsabilidad del drama templario y exoneraría al Papado, pero ciertamente no
pensaba así veinte años antes».
En el primero de los dos miembros de este párrafo el «autor», en su examen
superficial de la doctrina expuesta por R. Guénon, se olvida simplemente de
tener en cuenta la ocasión por la cual éste escribió Autoridad espiritual y
poder temporal, ocasión que exigía una «toma de posición» explicativa en
favor de la supremacía jerárquica de la autoridad espiritual, representada en
Occidente por la Iglesia, sobre el poder temporal, como quiera que estuviese
representado. Olvida además que la expresión de la «venganza templaria» (de la
que Dante se hizo intérprete en la Divina Commedia en cuanto
representante de una organización iniciática), era pronunciada - y esto vale
asimismo para su restauración por parte de los «altos grados» del Escocismo
masónico de lo cual parece dolerse el «autor» - en nombre de un «poder» superior
ya sea al de la autoridad espiritual exotérica como al del poder temporal. Por
otra parte, el mismo pasaje de Autoridad espiritual y poder temporal al
que se refiere el «autor», no significa en lo más mínimo, ni aun literalmente,
lo que él quiere inferir, y Guénon - en él - no intenta absolutamente «hacer
recaer sobre Felipe el Hermoso toda la responsabilidad del drama templario
exonerando al Papado», sino hacer algo muy distinto, y distinguir, para el
Cristianismo, la responsabilidad de los errores de los hombres que componen su
organización oficial exterior, de la autoridad de la doctrina tradicional que
ellos algo a oscuras representan. Por lo tanto es de lo más oportuno considerar
aquí que dice efectivamente René Guénon [Autorità spirituale e potere
temporale, págs.
71-3]:
«Por motivos que sería demasiado largo exponer aquí [...], consideramos que el
punto de partida de la ruptura [del mundo occidental con su propia tradición]
fue caracterizado de manera muy precisa por la destrucción de la Orden del
Temple; recordaremos solamente que esta última constituía de algún modo un
enlace entre Oriente y Occidente, y que en el mismo Occidente constituía, por su
doble carácter religioso y guerrero, una suerte de mediador entre lo espiritual
y lo temporal; es más, dicho doble carácter se podría interpretar nada menos que
como el signo de una relación más directa con la fuente de los dos poderes.
Se podría tal vez sentir la tentación de objetar que esta destrucción, aunque
pretendida por el rey de Francia, fue sin embargo llevada a cabo de acuerdo con
el Papado. La verdad es que ella le fue impuesta al Papado, lo cual es bien
distinto; de tal manera, invirtiendo las relaciones normales, el poder temporal
comenzó desde entonces a servirse de la autoridad espiritual para sus fines de
dominio político. Se dirá también que si la autoridad espiritual se dejaba
sojuzgar hasta tal punto, ya no era lo que debía ser y sus representantes ya no
tenían la plena conciencia de su carácter trascendente; esto es verdad y
además explica y justifica, ya en esa época, las invectivas a veces violentas de
Dante; pero la cuestión es que, frente al poder temporal, la Iglesia era a
pesar de todo la autoridad espiritual, y el poder temporal recibía su
legitimidad justamente de ella».
Ya con estas palabras se ve que la manera del «autor» de percibir el punto de
vista de Guénon respecto a las relaciones entre la autoridad espiritual y el
poder temporal resulta como mínimo parcial, o mejor aún «simplista»; pero ella
puede asumir del todo (e inexplicablemente) el semblante de la mala fe
(8) cuando el texto de Autoridad espiritual y poder temporal
prosigue así: «Es preciso pues distinguir con sumo cuidado lo que puede ser
una autoridad espiritual en sí misma, en tal o cual momento de su existencia, y
sus relaciones con el poder temporal; el segundo problema es independiente del
primero, que concierne solamente a los que ejercen funciones de orden sacerdotal
o que estarían normalmente calificados para desempeñarlas; y aun cuando la
autoridad espiritual, por culpa de sus representantes, hubiese perdido
completamente el "espíritu" de su doctrina, el solo hecho de conservar el
"depósito" de la "letra" y de las formas exteriores, en las que tal doctrina se
halla de algún modo contenida, continuaría a asegurarle la potencia necesaria y
suficiente para ejercer válidamente la supremacía sobre lo temporal; dicha
supremacía, en efecto, es propia de la esencia misma de la autoridad espiritual
y le corresponde hasta que ella subsista regularmente, por más disminuida que
pueda estar: aun la mínima partícula de espiritualidad será con todo
incomparablemente superior a cuanto forma parte del orden temporal.
De ello resulta que, mientras la autoridad espiritual puede y debe siempre
controlar al poder temporal, no puede, al menos exteriormente, ser controlada
por nadie; por sorprendente que pueda resultar semejante afirmación a la
mayoría de nuestros contemporáneos, no titubeamos en declarar que ella es una
verdad irrefutable».
Pero las que aclaran definitivamente toda la cuestión, y «justifican», en Dante
y en quienes como él se sirvieron de la misma, el recurso tradicional a la idea
de «venganza templaria» frente a los que tenían que ser los exponentes humanos
de la autoridad espiritual occidental y no cumplieron con su deber, son las
consideraciones que René Guénon introduce en nota luego del inciso «al menos
exteriormente» de la última frase citada:
«Esta reserva concierne el principio supremo de lo espiritual y lo temporal,
que está más allá de todas las formas particulares, y cuyos representantes
directos tienen evidentemente el derecho de control sobre ambas esferas;
pero la acción de este principio supremo, en el estado actual del mundo, no se
ejerce visiblemente, por lo cual se puede decir que cada autoridad espiritual se
muestra exteriormente como suprema, a pesar de ser solamente, como la hemos
llamado antes, una autoridad espiritual relativa, y por más que, en un caso como
éste, ella perdió la clave de la forma tradicional de la que le compete asegurar
su conservación» [todas las cursivas son nuestras] (9).
La segunda circunstancia de que hablábamos, en la que se pone en duda la
invariabilidad de las ideas expresadas por René Guénon en el curso de su obra,
es aquella indicada por el «autor» con las palabras «un Guénon que consideraba
las religiones como "desviaciones" (y no como adaptaciones) de la tradición y
que, en particular, era hostil a la Iglesia». Ya hemos visto que cabe pensar
realmente de esta última afirmación al tratar poco ha de la «venganza
templaria», tema con respecto del cual las ideas expuestas por Guénon son
perfectamente conformes con la actitud de Dante, exponente medieval occidental
del punto de vista esotérico e iniciático y por lo tanto superior a aquel
simplemente exotérico, aun cuando tradicional. En cuanto a la cuestión de que el
«autor» note en las exposiciones de Guénon una discontinuidad de perspectivas
sobre el «estatuto» que debe atribuirse a las formas tradicionales meramente
religiosas, de esta materia ya hemos tenido la oportunidad de tratar en el
segundo de los artículos dedicados a las «Nuevas técnicas di ataque a la obra
de René Guénon», habiendo entonces constatado una idéntica actitud en M.-F.
James, que al exhibirla se valía de las mismas palabras del «autor» (y no
podíamos, en ese entonces, a falta de una explícita indicación, imaginar un
parentesco cualquiera con el «Documento confidencial inédito»). Considerando la
importancia de la cosa, para confutar el error ínsito en esta falsa suposición,
lo mejor que podemos hacer, después de todo, es referir aquí lo que decíamos en
la nota 17 de dicho artículo, incluyendo las conclusiones a las que llegábamos,
que se ajustarán igualmente al caso del «autor». Lo que decíamos entonces es lo
que sigue:
«Con referencia a la inflexible coherencia que caracteriza a todos los escritos
de René Guénon, haremos mención aquí de un hecho que encuentra de nuevo
implicadas la casa editora milanesa y a M.-F. James (Esotérisme et
Cristianisme autour de René Guénon), pero esta vez a pesar suyo. A comienzos
de 1990 apareció, publicado por dicha Editorial, un libro póstumo de René Le
Forestier, L’Occultisme en France aux XIX et XX Siècles: l’Eglise Gnostique,
que trae, en un apéndice a cargo de E. Mazzolari y a su vez del todo conforme a
la técnica que hemos evidenciado, algunas cartas de Palingénius; una de las
cuales, fechada el 15 de noviembre de 1910, contiene un párrafo para nosotros
sumamente interesante. Luego de haber, en pocas palabras, tratado del caso de
alguien (J. Bricaud) cuya intención era en aquel entonces la de "instituir una
nueva religión", Palingénius concluye: "En lo que nos atañe, no
queremos hacer ninguna especie de innovación, ya que nos referimos a una
Tradición que es mucho más antigua que todas las religiones y que no tiene que
someterse a las exigencias de la mentalidad especial de cada tiempo y de cada
pueblo".
Ahora, este párráfo (que entre otras cosas reduce a cenizas todas las hipótesis
sobre los "maestros" más o menos conocidos de R. Guénon, con las que gustan
entretenerse en ciertos ambientes) confuta formalmente asimismo a M.-F. James,
quien, en la pág.73 de su libro, luego de haber puesto en evidencia (no se lo
puede creer...) "el alto tenor intelectual - irreversible en sus puntos
fundamentales [la cursiva es nuestra] - de los primeros artículos" de Guénon,
agrega sin embargo en nota: "Con excepción de su posición relativa a las
religiones; estas últimas, en un primer momento percibidas como 'desviaciones',
serán, a partir de la época de su colaboración en La France Anti-Maçonnique
(1913-1914), percibidas como 'adaptaciones' de la tradición primordial" [como se
ve, el giro es idéntico al del "autor", aunque la época en la que se sitúa el
punto de partida del supuesto "cambio de posición" de Guénon difiera].
En el párrafo que citamos de la carta de Guénon en efecto se encuentra
claramente indicado, ya en 1910, que las religiones son una adaptación de la
doctrina a la "mentalidad especial de cada tiempo y de cada pueblo", mientras
que existe una mentalidad (la de R. Guénon, que se refiere a la Tradición
primordial) para la cual dicha adaptación no es necesaria y por lo tanto puede
considerarse una "disminución" con respecto a la totalidad originaria de la
doctrina. Los dos puntos de vista no son exclusivos el uno del otro; simplemente
corresponden a dos diversos destinos de la doctrina, el segundo más elevado y
más puro, el primero menos elevado y menos puro.
Así, pues, con esta exhumación, que en los propósitos de sus autores habría
debido acarrear un alegato de duda más sobre la obra de René Guénon, se acabó en
cambio por aclarar todavía más (para quien le hiciera falta) este específico
punto. Como ocurre siempre que la mala fe y el prejuicio tropiezan con la
verdad».
Concluiremos esta tercera sección de nuestro estudio llamando la atención sobre
una frase del «Documento» que, cerrando las observaciones del «autor» sobre la
France Anti-Maçonnique de las que tratábamos en la nota 6, hace
referencia al director de dicha revista, A. Clarin de la Rive:
«La conexión Guénon-de la Rive tuvo sin duda como intermediario al canónigo
Gombault, profesor del Institut Catholique, originario de Blois, y a
quien Guénon debe su conocimiento del tomismo y también buena parte de sus
informaciones sobre el espiritismo, las casas encantadas, los fenómenos de
hechicería [la cursiva es nuestra]. Pero esto no hace más que desplazar el
problema, que se convierte así en el de las relaciones Guénon-Gombault».
He aquí la manía final del «autor» por la búsqueda de una «explicación
historicista» de las fuentes cognoscitivas de René Guénon (a comienzos de su
contacto personal con Guénon, la necesidad de esta última era prácticamente
inexistente, como él mismo verbalmente afirmaba...), y no es casual que los
biógrafos occidentales se hayan lanzado impetuosamente sobre el «personaje»
Gombault (especialmente M.-F. James, la cual, pese a no compartir la idea del
«autor» de que un religioso pueda haber constituido un enlace entre R. Guénon y
De la Rive, le dedica una decena de páginas de su libro), como si las
«informaciones» pudieran dar una razón definitiva y total del conocimiento que,
proviniendo de un nivel que es todo lo contrario de aquel de los «hechos», es el
único que puede iluminarlos, poniéndolos en su lugar y aclarando su alcance. Son
consecuentemente siempre los prejuicios occidentales del «autor» los que lo
llevaron a desatender, u olvidar si es que alguna vez captó su sentido, este
párrafo del «Prefacio» del Erreur spirite [pág.6 de la actual edición
italiana]:
«Otro punto que no pensamos tratar acabadamente, es el examen de los fenómenos
que los espiritistas invocan en apoyo de sus teorías, y que otros, sin dejar de
admitir igualmente su realidad, interpretan sin embargo de una manera
completamente distinta. Diremos lo suficiente como para indicar lo que pensamos
al respecto, pero la descripción más o menos detallada de tales fenómenos ha
sido tan frecuentemente presentada por los experimentadores mismos que sería del
todo superfluo volver sobre ellos; además, no es esto lo que nos interesa
particularmente, y preferimos a propósito de eso señalar la posibilidad de
ciertas explicaciones que los susodichos experimentadores, espiritistas o no,
ciertamente ni siquiera sospechan [la cursiva es nuestra]. Sin duda,
conviene notar que, en el espiritismo, las teorías jamás se hallan separadas de
la experimentación, y tampoco nosotros pensamos considerarlas enteramente por
separado en nuestra exposición; pero lo que nosotros sostenemos es que los
fenómenos proporcionan tan sólo un fundamento puramente ilusorio a las teorías
espiritistas, y también que, a falta de estas últimas, ya no se trata en
absoluto de espiritismo. Por otra parte, esto no nos impide reconocer que, si el
espiritismo fuera únicamente teórico, sería mucho menos peligroso de lo que es y
no ejercería el mismo atractivo sobre tanta gente; y haremos con mayor razón
hincapié en dicho peligro puesto que éste constituye el más apremiante de los
motivos que nos han impulsado a escribir este libro».
Ante un pasaje de este tipo no se puede dejar de advertir como el «autor»,
sacando a relucir a Gombault como «fuente» de Guénon en este campo, no haya
entendido que, aun cuando el religioso no fuese un espiritista (lo cual
probablemente deba ser descartado, pero de todas maneras lo que de él dice M. F.
James no lo representa sino como un cientificista unido a un exoterista, por más
que «teologizante»), los «datos» que él puede haberle transmitido a Guénon no
tienen ninguna importancia cualitativa superior a la que le daba «la descripción
más o menos detallada de los fenómenos [que podían presentarle] los
experimentadores mismos». Pero la simple lógica no parece ser, tampoco en este
caso, capaz de vencer el «pensamiento prejuicioso» del «autor», sin hablar del
de esos otros que más tarde lo han retomado, ampliándolo y detallandolo; y
pensar que, sin ir más lejos, en el mismo «Prefacio» del Erreur
spirite, puede encontrarse la explicación de las verdaderas «fuentes»
cognoscitivas de René Guénon, expuesta con toda sencillez y claridad:
«Por otra parte, queremos anticipar que nuestro punto de vista es muy diferente,
en muchos aspectos, de el de la mayoría de los autores que han hablado del
espiritismo, ya sea para combatirlo como para defenderlo; nosotros nos
referimos siempre, ante todo, a los datos de la metafísica pura, tal como las
doctrinas orientales nos la hicieron conocer; pensamos, en efecto, que tan sólo
así se pueden refutar plenamente ciertos errores, y no poniéndose sobre su mismo
terreno» [...]. «Estamos pues más convencidos que cualquier otro de la
necesidad de una dirección doctrinal de la que nunca hay que apartarse, y que,
sola, permite tocar impunemente ciertas cosas. Por otra parte, ya que no
queremos cerrar la puerta a ninguna posibilidad, ni tomar partido sino contra lo
que sabemos ser falso, tal dirección puede ser para nosotros solamente de
orden metafísico, en el sentido en el cual hemos dicho en otro lugar que el
término debe ser comprendido. Ni que decir tiene que una obra como ésta no
por eso debe ser considerada como propiamente metafísica en todas sus partes;
pero no vacilamos en afirmar que hay, en su inspiración, más metafísica
verdadera de cuanto pueda haber en todo aquello a lo que los filósofos
indebidamente atribuyen tal nombre» [...]. «Lo que queremos decir, es que
nosotros estamos guiados constantemente por principios que, para quien los haya
comprendido, son de una certeza absoluta y sin los cuales se corre el serio
peligro de perderse en los tenebrosos laberintos del “mundo inferior”, tal como
demasiados exploradores temerarios, pese a sus títulos científicos o
filosóficos, nos han dado el triste ejemplo» [las cursivas son nuestras].
A través de estas citas del Erreur spirite se puede al menos entrever
cuan distinto sea el conocimiento, en el sentido legítimo del término, de la
«información» (o de la erudición, que es lo mismo), y como sólo dicho
conocimiento sea apropiado para provocar también la protección de la mentalidad
general contra esa forma de descomposición a la que René Guénon dió el nombre de
«neoespiritualismo» (y que ahora se ha atribuido, para disimularse mejor, los
nombres más diversos tomados de las seudodoctrinas que se blasonan con el título
general de «New Age»); se puede ver además como el «autor», aliándose al
final con la segunda, atribuyéndole falsamente el título de «fuente» de René
Guénon, no haya hecho, en el fondo, sino traicionar su correcto impulso inicial,
el cual, de acuerdo con sus mismas palabras, era el de dedicarse a profundizar
la obra de este último como «la única cosa que importase».
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