a cura di
Heredom
De la fuente:
Pietro Nutrizio e altri
René Guénon e l'Occidente
Luni Editrice

Traducción:
Jorge Sanguinetti

 

De un «Documento confidencial inédito»
(y de las «aporías» de su «autor»)

De un «Documento confidencial inédito»
(y de las «aporías» de su «autor»)

 

 

 

 

 

Antonello Balestrieri

 

  1. Dicha respuesta se encuentra ahora en Comptes-Rendus, págs. 206-207.
  2. Cabe preguntarse a qué podían corresponder, por otra parte, las «seguridades» del «autor» en este campo, sino a sus propias conjeturas...
  3. La frase entre comillas que aparece en el «Documento», contrariamente a lo que puede parecer no es de R. Guénon sino de M. Vâlsan, y se halla contenida en el artículo escrito por este último para el número especial de «Etudes Traditionnelles» dedicado, en 1951, a la muerte de Guénon. Por donde se ve como la suma de dos elucubraciones (porque tales son ambas) puede dar origen a confusiones y falsificaciones casi inextricables, sobre todo cuando estos argumentos sean encarados por un lector que no está al tanto de todos estos tejemanejes... [Nos ha sido señalado que la frase referida entre comillas por el «autor» no coincide exactamente con la que se halla en el texto apuntado de Vâlsan, que transcribimos tal como suena: «el antiguo centro retirado de la tradición occidental». De todos modos, el cambio de esta sola palabra no puede llevarnos a modificar nuestra declaración, que concluye que tanto en el caso del «autor» como en el de Vâlsan se trata de una «elucubración». En efecto, este tipo de consideraciones presupone un conocimiento de tales realidades que, con toda evidencia, pertenecía tan sólo a Guénon y a nadie más. La fuente de donde proviene esta justa observación a nuestro texto, por lo tanto, no hace más que manifestar que tipo de «influencias» actúan en ella...].
  4. Por otra parte, esta interpretación aberrante sobre los modos de «actuar» de René Guénon en tal materia aquí no hace más que confirmarse y repetirse, ya que en la página anterior el «autor», considerando la hipótesis, absolutamente gratuita, de que hubiera sido el mismo Guénon quien provocara «a distancia» la propia convocación, en el momento de la formación de la Ordre du Temple Rénové, había ya dicho: «Si se acepta por un momento la hipótesis que acabo de formular[!], cabe preguntarse qué habría podido mover a Guénon a provocar la formación de una organización que hay que, con todo, calificar como seudoiniciática [la cursiva es nuestra], después de sus experiencias en las formaciones de Papus». Palabras en las que resuenan, a la vez, la ignorancia efectiva de un incompetente y su pretensión de «juzgar» de lo que no conoce, ­sin que, obviamente, quien las pronuncia caiga en la cuenta de las enormidades a las que está dando cuerpo!.
  5. Toda esta última frase, que más clara no podría ser, no aparece en la Vie simple de René Guénon (ni está reemplazada por puntos suspensivos), y no hay quien no vea como ella se encuentre en perfecta antítesis con la monstruosa afirmación del «autor», según la cual «se encuentra - o vuelve a encontrarse [en Guénon] - , en 1928-1929, esa idea de que un Centro espiritual [...] pudiese, a falta de otras vías, manifestarse aquí por medio de procedimientos más o menos análogos a los del espiritismo y de la magia». ¡Hay que reconocer que como labor de auténtica falsificación es insuperable!.
  6. A propósito de esta última constatación pensamos que sea oportuno destacar, entre otros síntomas consonantes esparcidos por todo el «Documento», como el «autor», tratando de la colaboración de René Guénon en la «France Anti-Maçonnique» (pág. 14 de nuestro ejemplar impreso), llegue a juzgar que su comportamiento era contradictorio y excéntrico, ya que él hablaba de esoterismo en un lugar impropio; esta era, en efecto, - dice el «autor» - «una revista, o mejor un periódico, ultra católico, que tenía como finalidad combatir todos los ocultismos y sociedades secretas [como si las ideas que Guénon expresaba tuviesen algo que ver con estas dos categorías de "pensamiento"...], leído en los presbiterios y sacristías», y que Guénon tratase allí de tales argumentos lo deja «perplejo». Olvida, sin embargo, cual fuese en ese entonces el estado intelectual del ambiente en donde Guénon comenzaba a escribir, y por consiguiente cual fuese su objetivo inicial: el de «[...] brindar cuando menos, a quienes sean aptos,[...] la oportunidad de desarrollar sus facultades latentes», superando ante todo «la primer dificultad», que era la «de llegar a los que tales cualificaciones poseen y tal vez ni siquiera imaginan cuales son sus posibilidades» [«Oriente y Occidente», pág.147]; y éstos podían hallarse, literalmente, dondequiera.
    Se puede, dado que es homogéneo con cuanto estamos diciendo, recordar aquí un extracto de una carta de R. Guénon citado por P. Nutrizio en un viejo artículo suyo [«Implicazioni politiche dell’opera di René Guénon?», n.° 39 de la «Rivista di Studi Tradizionali»], en el que Guénon, hablando con su interlocutor de la propia colaboración concedida a la página «cultural» del periódico «Regime fascista» de Cremona decía: «Quizá sea dar voces al viento, habida cuenta de la mentalidad de la gente, sin embargo no hay que descartar que [las ideas contenidas en mis escritos] caigan en manos de alguna persona capaz de comprenderlas». 
    Que muchos lectores de Guénon, aun de los de hoy día, no logren darse cuenta de las verdaderas razones de esta actitud (en el fondo muy simple y cristalina, y sobre todo irreprensiblemente coherente, desde el principio al fin, con el ponderoso trabajo que Guénon se asumió) podemos llegar a comprenderlo - cada cual entiende, del carácter de la función de Guénon, lo que puede -, pero que, llegado el momento de afrontar las propias responsabilidades sufriendo sus consecuencias, la comprensión del «autor» resultase tan limitada, constituye a nuestro modo de ver sólo el indicio de un proceso de degradación de la voluntad e intelecto cuyas causas valdría la pena estudiar.
    - Teníamos nuestras dudas sobre la oportunidad de haber vuelto, y tan extensamente, sobre un tema que podía considerarse concluido con la segunda parte de este artículo, cuando nos fue comunicado que un opúsculo que acompaña la segunda «videocinta», actualmente en distribución, de una colección de doce que lleva el absurdo título de «El nazismo esotérico», contiene en la pág.8 la siguiente frase: «Los franceses Marquès-Rivière y Guyedon de Roussel, que formaban parte junto con Rahn de la secta guénoniana de los Polares, se convierten así en los más válidos colaboradores de los alemanes en la campaña anti-masónica en Francia». Como se ve, pues, «repetita juvant»...
    - Estas observaciones sobre el caso de los «Polares», mientras aclaran sin duda las finalidades y el proceder de Guénon en tales circunstancias, presentan además la ventaja, si bien secundaria, de contestar a una insinuación de M.-F. James, la cual - sin tomarse evidentemente la molestia de ahondar el argumento de manera adecuada - halló no obstante la forma de incluir (en la pág.292 de su libro) este párrafo malévolo sobre dicho tema:
    «Por otra parte, en lo que se refiere a "las transmisiones mentales procedentes del Tibet" [?!] los criterios de discernimiento lejos se hallaban de estar claros en el pensamiento de Guénon; prueba de esto es el "Oráculo de 'Fuerza Astral'" realizado por el grupo de los "Polares" y por el cual Guénon se dejó engañar por un cierto tiempo, a comienzos de los años treinta» [la cursiva es nuestra].
  7. Evitamos servirnos en esta circunstancia del término «seudónimos», habitualmente usado en estos casos, recordando que el mismo debe ser aplicado con cautela al de René Guénon, quien, en una carta del 17 de junio de 1934, decía al respecto: «Todas las veces que me he servido así de otras firmas, existían razones especiales para hacerlo, y esto no debe ser atribuido a R. G., [puesto que] tales firmas no eran simplemente "seudónimos" a la usanza "literaria", sino que representaban, por decirlo así, "entidades" realmente distintas».
    Sobre este especial aspecto de la cuestión, uno de los principales «parásitos» del «Documento Confidencial Inédito», Jean Robin, insiste de manera particular, con abundancia de hipótesis y «opiniones», basadas aun en obras de autores no precisamente confiables. Huelga decir que la única fuente realmente competente en tal materia para nosotros sigue siendo únicamente el mismo René Guénon y lo que le ocurrió decir al respecto en el curso de su obra; y Guénon, acerca de ésto, mantuvo invariablemente una actitud de prudente reserva.
  8. Decimos «inexplicablemente» ya que se trata de una mala fe en cierto sentido incluso masoquista, al menos por lo que se refiere a los objetivos perseguidos por el «autor» a lo largo de todo el «Documento», objetivos que en uno de sus aspectos no pueden ser definidos sino como una «defensa» más o menos camuflada de la perspectiva especial de los exoteristas occidentales exclusivos.
  9. Si alguien objetase que la «venganza» de la que aquí se trata no puede ser válidamente invocada en virtud de lo que el mismo Guénon dice de la «acción de este principio supremo», la cual, «en el estado actual del mundo, no se ejerce visiblemente», se le puede contestar que según las mismas palabras que Dante le hace decir a Hugo Capeto en el Purgatorio (XX, 94-96) ella se encuentra escondida y contenida en el arcano del Principio:
    O Signor mio, quando sarò io lieto
    A veder la vendetta, che, nascosa,
    Fa dolce l’ira tua nel tuo segreto?

    [¡Oh Señor mío!, ¿cuando tendré el goce
    de advertir la vindicta que, escondida,
    en tu arcano tu ira dulcifica?
    (Trad. Angel Battistessa, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires)]
    Invectiva que, como dice el mismo Guénon en el Esotérisme de Dante, «contiene, literalmente, el Nekam Adonai de los Kadosch templarios».
Antes de pasar a otros temas tocados en el «Documento», temas que por como son enfocados nos revelarán los particulares límites de la perspectiva intelectual del «autor», debemos aún volver sobre una cuestión que se relaciona con el pasado «juvenil» de Guénon, aunque se refiera a hechos acaecidos a unos veinte años de distancia de aquellos otros cuya dilucidación constituyó la segunda parte de este escrito; se trata del «affaire» de Asia Mysteriosa o de los «Polares», y hablar de ello nos servirá para aclarar aún más como resultarían, si fueran examinados sin prejuicios, el modo de proceder y algunas de las miras de la acción de René Guénon en circunstancias similares o análogas, incluso precedentes. Además, tal cuestión es una de las que - junto a la de la Ordre du Temple Rénové - parecen haber mayormente atormentado al «autor», cuando el mismo material «público» que ponía a su disposición la obra de Guénon habría sido suficiente para quitarle toda «duda» y disipar cualquier «sospecha»; por lo tanto nos serviremos, para nuestras propias finalidades, de dicho material sin que tengamos que recurrir a otros documentos menos asequibles.

A comienzos de 1949, luego de que apareciera en «Etudes Traditionnelles» su reseña del número especial de «Etudes Carmélitaines» dedicado a Satán (reseña que finalizaba con la observación: «no es entre Memra y Metatrón que "hay que elegir", sino entre el esoterismo y sus falsificaciones más o menos groseras»), René Guénon era objeto de un ataque por medio de una carta «de ocho grandes páginas dactilografiadas, la cual, de cabo a rabo, no [era] más que una sarta de injurias increiblemente groseras». Esta carta le había sido enviada por el autor de uno de los artículos contenidos en el número en cuestión, un tal Frank-Duquesne, quien, irritado a causa de que Guénon, hablando de él, hubiese dicho entre otras cosas que «para colmo de males llega nada menos que a hacer referencia a los "Polares" y a su fantasmagórica Asia Mysteriosa», replicaba en la carta de esta manera: «¿Pero, quién suministró el prefacio de Asia Mysteriosa? Un tal René Guénon. ¿Quién lanzó a los "Polares"? [seguían algunos nombres de personas que por discreción R. Guénon no señalaba en su respuesta] (1) ...y el Sr. René Guénon, quien no despreció de aplicarse a poner en funcionamiento el insignificante mecanismo de "luz astral". Sí, justamente Ud. [...] ¡se interesó en esta ficción "psíquica", por la cual yo, ciertamente, no me habría molestado! [la cursiva es nuestra]. Solo mucho más tarde, en Febrero de 1931, Ud. rompió con sus "Polares"».

Al responder a semejante agresión (aunque no sin antes haber señalado que «El final del párrafo es demasiado repugnante, en el sentido más cabal de la palabra, como para que podamos transcribirlo») René Guénon, pacientemente, proseguía:

«[...]; pero lo que acabamos de referir exige una rectificación, y esta última no nos causa por cierto el más mínimo apuro. Asia Mysteriosa fue publicada con tres prefacios, ninguno de los cuales es nuestro; no deja de ser cierto, sin embargo, que nosotros también habíamos escrito uno, que por lo demás sólo contenía consideraciones generales lo menos comprometedoras posible; pero habíamos actuado así solamente para ganar tiempo mientras aguardábamos, sin llegar a rupturas definitivas, el resultado de cierta comprobación que queríamos hacer, sin que por ello tuviésemos que poner en funcionamiento ningún "mecanismo" (ni mucho menos "molestarnos", ya que habían venido a buscarnos, y es por tal motivo que la más elemental honestidad nos obligaba a controlar seriamente la cosa antes de pronunciarnos de manera definitiva en uno u otro sentido); siendo que tal resultado se reveló negativo, simplemente retiramos dicho prefacio, acompañando [el retiro] con la formal prohibición de que apareciera en el volumen, donde quienquiera puede constatar que no está. Esto no ocurrió en febrero de 1931 sino en el verano de 1929 (y de hecho, solo hacia fines de ese año apareció Asia Mysteriosa); y ya desde 1927 estábamos tan poco dispuestos a "lanzar" a los "Polares", que nos rehusamos formalmente a participar de sus "trabajos", ya que nunca hemos sentido la más minima afición por las farsas de la "magia ceremonial" [la cursiva es nuestra], las cuales en aquel entonces se presentaban de repente tales de constituir la parte principal [de dichos trabajos]. Dado que nos parece imposible que haya quien sea tan inconsciente como para aseverar, dirigiéndose justamente a nosotros, [la veracidad] de hechos que nos conciernen y de los cuales conozca su falsedad, nos vemos obligados a deducir, de ahí, que teníamos sobrada razón cuando reprochábamos a F.-D. de creer a pie juntillas cuanto se le dice, al menos cuando esto le pueda servir para corroborar su tesis; y podemos nuevamente retorcer en su contra una de las amables frases que tiene la audacia de dirigirnos: "En cuanto a dejarse embaucar... indudablemente, sí, usted se deja embaucar a menudo"».

Si se coteja este pasaje de los Comptes-Rendus de René Guénon de 1949 con las expresiones con las que el «autor» presenta en su «Documento» el episodio del «Oracle de force astrale», no se puede evitar (en especial luego de haber leído las expresiones con las que Guénon muestra el tipo de conocimiento que desde el inicio tenía de las doctrinas hindúes, y que nosotros hemos citado en la segunda parte de este estudio), no se puede evitar, decíamos, salvo por el tono, de constatar una impresionante concomitancia de perspectiva sustancial entre Frank-Duquesne y el mismo «autor», y esta es una de las razones (se encontrará otra en la nota 3) que nos han llevado a insistir sobre el tema; veamos entonces como presenta el episodio este último (pág.13 del ejemplar impreso que tenemos en nuestras manos):

«Lo que me impide aceptar sin reservas la idea de que el "affaire" de la Ordre du Temple haya sido provocado por Guénon [esta es una de las tantas elucubraciones contenidas en el "Documento"], es el interés que éste prestó, veinte años después, a un asunto que se presentó de manera bastante análoga y en el cual él seguramente [cursiva nuestra]  (2), no tenía nada que ver. Me refiero al "affaire" del Oracle de force astrale, al cual Charconac [-Reyor] dedicó las páginas 90-92 de su libro. Quíen lo desee puede leerlo allí. Lo que quiero decir, es que se encuentra - o vuelve a encontrarse - en Guénon, en 1928-1929, esa idea de que un centro espiritual y más especialmente el "antiguo centro reencontrado de la tradición occidental" (3) pudiese, a falta de otras salidas, manifestarse a través de procedimientos más o menos análogos a los del espiritismo y de la magia» [la cursiva es nuestra].

Esta última afirmación constituye, a nuestro parecer, una de las maneras más falsas de presentar las cosas que contenga este «Documento», y, pensándolo bien, una de las injurias más sangrientas que se pudiesen acarrear contra R. Guénon y la doctrina por él expuesta; para convencerse de ello basta remitirse - repetimos - a cuanto hemos referido en la segunda parte de este artículo, acerca del tipo de conocimientos que poseía René Guénon cuando comenzó a combatir el «neoespiritualismo» (4). Además, ya en 1931, en el número de enero del «Voile d’Isis» («Les livres», págs. 125-6) Guénon había proporcionado explicaciones más que exhaustivas sobre el «affaire» de los «Polares», explicaciones que será por consiguiente oportuno volver a citar aquí, aunque se superpongan - pero solo parcialmente - con las que acabamos de ver; además ellas nos servirán para descubrir verdaderas falsificaciones del texto, algunas de las cuales por omisión, perpetradas por el «autor», al citarlo, ya en la Vie simple (libro del cual era coautor con Charconac):

«Disponemos de los primeros números del "Bulletin des Polaires", que comenzó a publicarse en mayo pasado; sus contenidos son absolutamente insignificantes, y si este es el resultado de comunicaciones con "grandes iniciados" del Himalaya o de otros lugares, realmente da pena. Ni siquiera nos habríamos ocupado si no hubiésemos sabido que en esta organización se tiene una molesta propensión a valerse de nuestro nombre como recomendación hacia las personas que se quieren atraer, lo que nos obliga a efectuar una rectificación. En efecto, hemos seguido por un tiempo las manifestaciones del método divinatorio llamado "oráculo de fuerza astral" en una época en la que no se hablaba en absoluto de formar un grupo fundado sobre las "enseñanzas" obtenidas por este medio; dado que se trataba de cosas que parecían un tanto enigmáticas, procuramos aclararlas planteando preguntas de carácter doctrinal, pero recibimos tan sólo respuestas vagas y evasivas, hasta que un día una sucesiva pregunta ocasionó al final, después de muchísimo tiempo a pesar de nuestra insistencia, una incongruencia evidente; de ahí en más supimos lo que debíamos pensar del valor iniciático de los hipotéticos inspiradores [Charconac-Reyor cita: "las hipotéticas inspiraciones"], único punto de toda la cuestión que nos interesase saber. Si recordamos bien, es precisamente en el intervalo transcurrido entre esta última pregunta y la correspondiente respuesta que se habló por primera vez de constituir una sociedad decorada con el pomposo nombre de "Polares" (si bien se puede hablar de "tradición polar" o hiperbórea, no se puede, sin caer en el ridículo, atribuir dicho nombre a unos hombres, los cuales, a más, no parecen conocer de esta tradición sino lo que nosotros mismos hemos dicho, en nuestros diversos trabajos); hemos formalmente [adverbio omitido en la Vie simple] rechazado, a pesar de numerosos apremios, no sólo de formar parte de la misma, sino también de aprobarla y apoyarla de cualquier modo que sea, cuanto más que las normas prescritas por el "método" contenían puerilidades increíbles. Después de lo cual, nos enteramos de que las pocas personas serias que al comienzo habían prestado su adhesión, no tardaron en retirarse; y no nos sorprenderíamos que todo esto acabe por caer en el espiritismo más vulgar (5). Lamentamos que algunas de las ideas que hemos expuesto en El Rey del Mundo se hayan visto involucradas en este asunto, pero nada podemos hacer; en lo que respecta al "método", cuando se haya leído lo que hemos escrito en este número sobre la "ciencia de las letras" [la última parte de la frase, que da una idea clara de la naturaleza de lo que se trata, está omitida en la Vie simple], no habrá dificultad en darse cuenta de que no se trata sino de un ejemplo de aquello en lo que pueden llegar a convertirse fragmentos de un conocimiento real y serio en manos de gente que se ha apoderado del mismo sin comprenderlo en lo más mínimo» [las cursivas son nuestras].

Aparte las «ablaciones» fraudulentas que hemos señalado, las cuales, lejos de ser insignificantes bien concuerdan con lo que sólo pocos años después será el espíritu del «Documento», casi todas estas aclaraciones de Guénon - como recuerda el mismo «autor» - se hallaban incluidas en la Vie simple de René Guénon, lo que deja entrever como, hacia 1958, él estuviese de todas maneras todavía preocupado por dar, al menos a sus lectores, de los modos de obrar «juveniles» de Guénon, una explicación más ajustada a sus verdaderas motivaciones de aquella que, poco a poco, debía «apoderarse» de él andando el tiempo (6).

En la nota anterior aludíamos a la continuidad y coherencia de pensamiento que caracterizan la entera obra de Guénon, a partir de sus primeros escritos, aun los que firmó con otros nombres (7) y que aparecían en periódicos diversos («La Gnose», «La France Anti-Maçonnique», «Regnabit», etc.); en la pág. 12, el «autor» pone en discusión tal continuidad y coherencia en el mismo nivel «teorético» (más tarde serán decididamente puestas en duda también en el nivel práctico) al menos en dos ocasiones contiguas que vale la pena examinar de cerca, cuanto más que en una de ellas el tema ha sido vuelto a tomar por M.-F. James en el libro que frecuentemente hemos citado. El párrafo al que nos estamos refiriendo es el siguiente, y tiene de nuevo por objeto la Ordre du Temple Rénové, pero no tanto en sus modos de operación, sobre los cuales no volveremos, cuanto más bien en sus fundamentos ideológicos: «Hay que relevar, sin embargo, que ideas que nos chocan profundamente, como la de la venganza templaria contra la Iglesia y la monarquía, no eran juzgadas del mismo modo por el Guénon-Palingénius de los años 1908-1909, un Guénon que consideraba a las religiones como "desviaciones" (y no como adaptaciones) de la tradición y que, en particular, era hostil a la Iglesia. Más tarde, en 1929, en Autoridad espiritual y poder temporal, haría recaer sobre Felipe el Hermoso toda la responsabilidad del drama templario y exoneraría al Papado, pero ciertamente no pensaba así veinte años antes».

En el primero de los dos miembros de este párrafo el «autor», en su examen superficial de la doctrina expuesta por R. Guénon, se olvida simplemente de tener en cuenta la ocasión por la cual éste escribió Autoridad espiritual y poder temporal, ocasión que exigía una «toma de posición» explicativa en favor de la supremacía jerárquica de la autoridad espiritual, representada en Occidente por la Iglesia, sobre el poder temporal, como quiera que estuviese representado. Olvida además que la expresión de la «venganza templaria» (de la que Dante se hizo intérprete en la Divina Commedia en cuanto representante de una organización iniciática), era pronunciada - y esto vale asimismo para su restauración por parte de los «altos grados» del Escocismo masónico de lo cual parece dolerse el «autor» - en nombre de un «poder» superior ya sea al de la autoridad espiritual exotérica como al del poder temporal. Por otra parte, el mismo pasaje de Autoridad espiritual y poder temporal al que se refiere el «autor», no significa en lo más mínimo, ni aun literalmente, lo que él quiere inferir, y Guénon - en él - no intenta absolutamente «hacer recaer sobre Felipe el Hermoso toda la responsabilidad del drama templario exonerando al Papado», sino hacer algo muy distinto, y distinguir, para el Cristianismo, la responsabilidad de los errores de los hombres que componen su organización oficial exterior, de la autoridad de la doctrina tradicional que ellos algo a oscuras representan. Por lo tanto es de lo más oportuno considerar aquí que dice efectivamente René Guénon [Autorità spirituale e potere temporale, págs. 71-3]:

«Por motivos que sería demasiado largo exponer aquí [...], consideramos que el punto de partida de la ruptura [del mundo occidental con su propia tradición] fue caracterizado de manera muy precisa por la destrucción de la Orden del Temple; recordaremos solamente que esta última constituía de algún modo un enlace entre Oriente y Occidente, y que en el mismo Occidente constituía, por su doble carácter religioso y guerrero, una suerte de mediador entre lo espiritual y lo temporal; es más, dicho doble carácter se podría interpretar nada menos que como el signo de una relación más directa con la fuente de los dos poderes.

Se podría tal vez sentir la tentación de objetar que esta destrucción, aunque pretendida por el rey de Francia, fue sin embargo llevada a cabo de acuerdo con el Papado. La verdad es que ella le fue impuesta al Papado, lo cual es bien distinto; de tal manera, invirtiendo las relaciones normales, el poder temporal comenzó desde entonces a servirse de la autoridad espiritual para sus fines de dominio político. Se dirá también que si la autoridad espiritual se dejaba sojuzgar hasta tal punto, ya no era lo que debía ser y sus representantes ya no tenían la plena conciencia de su carácter trascendente; esto es verdad y además explica y justifica, ya en esa época, las invectivas a veces violentas de Dante; pero la cuestión es que, frente al poder temporal, la Iglesia era a pesar de todo la autoridad espiritual, y el poder temporal recibía su legitimidad justamente de ella».

Ya con estas palabras se ve que la manera del «autor» de percibir el punto de vista de Guénon respecto a las relaciones entre la autoridad espiritual y el poder temporal resulta como mínimo parcial, o mejor aún «simplista»; pero ella puede asumir del todo (e inexplicablemente) el semblante de la mala fe (8) cuando el texto de Autoridad espiritual y poder temporal prosigue así: «Es preciso pues distinguir con sumo cuidado lo que puede ser una autoridad espiritual en sí misma, en tal o cual momento de su existencia, y sus relaciones con el poder temporal; el segundo problema es independiente del primero, que concierne solamente a los que ejercen funciones de orden sacerdotal o que estarían normalmente calificados para desempeñarlas; y aun cuando la autoridad espiritual, por culpa de sus representantes, hubiese perdido completamente el "espíritu" de su doctrina, el solo hecho de conservar el "depósito" de la "letra" y de las formas exteriores, en las que tal doctrina se halla de algún modo contenida, continuaría a asegurarle la potencia necesaria y suficiente para ejercer válidamente la supremacía sobre lo temporal; dicha supremacía, en efecto, es propia de la esencia misma de la autoridad espiritual y le corresponde hasta que ella subsista regularmente, por más disminuida que pueda estar: aun la mínima partícula de espiritualidad será con todo incomparablemente superior a cuanto forma parte del orden temporal.

De ello resulta que, mientras la autoridad espiritual puede y debe siempre controlar al poder temporal, no puede, al menos exteriormente, ser controlada por nadie; por sorprendente que pueda resultar semejante afirmación a la mayoría de nuestros contemporáneos, no titubeamos en declarar que ella es una verdad irrefutable».

Pero las que aclaran definitivamente toda la cuestión, y «justifican», en Dante y en quienes como él se sirvieron de la misma, el recurso tradicional a la idea de «venganza templaria» frente a los que tenían que ser los exponentes humanos de la autoridad espiritual occidental y no cumplieron con su deber, son las consideraciones que René Guénon introduce en nota luego del inciso «al menos exteriormente» de la última frase citada:

«Esta reserva concierne el principio supremo de lo espiritual y lo temporal, que está más allá de todas las formas particulares, y cuyos representantes directos tienen evidentemente el derecho de control sobre ambas esferas; pero la acción de este principio supremo, en el estado actual del mundo, no se ejerce visiblemente, por lo cual se puede decir que cada autoridad espiritual se muestra exteriormente como suprema, a pesar de ser solamente, como la hemos llamado antes, una autoridad espiritual relativa, y por más que, en un caso como éste, ella perdió la clave de la forma tradicional de la que le compete asegurar su conservación» [todas las cursivas son nuestras] (9).

La segunda circunstancia de que hablábamos, en la que se pone en duda la invariabilidad de las ideas expresadas por René Guénon en el curso de su obra, es aquella indicada por el «autor» con las palabras «un Guénon que consideraba las religiones como "desviaciones" (y no como adaptaciones) de la tradición y que, en particular, era hostil a la Iglesia». Ya hemos visto que cabe pensar realmente de esta última afirmación al tratar poco ha de la «venganza templaria», tema con respecto del cual las ideas expuestas por Guénon son perfectamente conformes con la actitud de Dante, exponente medieval occidental del punto de vista esotérico e iniciático y por lo tanto superior a aquel simplemente exotérico, aun cuando tradicional. En cuanto a la cuestión de que el «autor» note en las exposiciones de Guénon una discontinuidad de perspectivas sobre el «estatuto» que debe atribuirse a las formas tradicionales meramente religiosas, de esta materia ya hemos tenido la oportunidad de tratar en el segundo de los artículos dedicados a las «Nuevas técnicas di ataque a la obra de René Guénon», habiendo entonces constatado una idéntica actitud en M.-F. James, que al exhibirla se valía de las mismas palabras del «autor» (y no podíamos, en ese entonces, a falta de una explícita indicación, imaginar un parentesco cualquiera con el «Documento confidencial inédito»). Considerando la importancia de la cosa, para confutar el error ínsito en esta falsa suposición, lo mejor que podemos hacer, después de todo, es referir aquí lo que decíamos en la nota 17 de dicho artículo, incluyendo las conclusiones a las que llegábamos, que se ajustarán igualmente al caso del «autor». Lo que decíamos entonces es lo que sigue:

«Con referencia a la inflexible coherencia que caracteriza a todos los escritos de René Guénon, haremos mención aquí de un hecho que encuentra de nuevo implicadas la casa editora milanesa y a M.-F. James (Esotérisme et Cristianisme autour de René Guénon), pero esta vez a pesar suyo. A comienzos de 1990 apareció, publicado por dicha Editorial, un libro póstumo de René Le Forestier, L’Occultisme en France aux XIX et XX Siècles: l’Eglise Gnostique, que trae, en un apéndice a cargo de E. Mazzolari y a su vez del todo conforme a la técnica que hemos evidenciado, algunas cartas de Palingénius; una de las cuales, fechada el 15 de noviembre de 1910, contiene un párrafo para nosotros sumamente interesante. Luego de haber, en pocas palabras, tratado del caso de alguien (J. Bricaud) cuya intención era en aquel entonces la de "instituir una nueva religión", Palingénius concluye: "En lo que nos atañe, no queremos hacer ninguna especie de innovación, ya que nos referimos a una Tradición que es mucho más antigua que todas las religiones y que no tiene que someterse a las exigencias de la mentalidad especial de cada tiempo y de cada pueblo".

Ahora, este párráfo (que entre otras cosas reduce a cenizas todas las hipótesis sobre los "maestros" más o menos conocidos de R. Guénon, con las que gustan entretenerse en ciertos ambientes) confuta formalmente asimismo a M.-F. James, quien, en la pág.73 de su libro, luego de haber puesto en evidencia (no se lo puede creer...) "el alto tenor intelectual - irreversible en sus puntos fundamentales [la cursiva es nuestra] - de los primeros artículos" de Guénon, agrega sin embargo en nota: "Con excepción de su posición relativa a las religiones; estas últimas, en un primer momento percibidas como 'desviaciones', serán, a partir de la época de su colaboración en La France Anti-Maçonnique (1913-1914), percibidas como 'adaptaciones' de la tradición primordial" [como se ve, el giro es idéntico al del "autor", aunque la época en la que se sitúa el punto de partida del supuesto "cambio de posición" de Guénon difiera].

En el párrafo que citamos de la carta de Guénon en efecto se encuentra claramente indicado, ya en 1910, que las religiones son una adaptación de la doctrina a la "mentalidad especial de cada tiempo y de cada pueblo", mientras que existe una mentalidad (la de R. Guénon, que se refiere a la Tradición primordial) para la cual dicha adaptación no es necesaria y por lo tanto puede considerarse una "disminución" con respecto a la totalidad originaria de la doctrina. Los dos puntos de vista no son exclusivos el uno del otro; simplemente corresponden a dos diversos destinos de la doctrina, el segundo más elevado y más puro, el primero menos elevado y menos puro.

Así, pues, con esta exhumación, que en los propósitos de sus autores habría debido acarrear un alegato de duda más sobre la obra de René Guénon, se acabó en cambio por aclarar todavía más (para quien le hiciera falta) este específico punto. Como ocurre siempre que la mala fe y el prejuicio tropiezan con la verdad».

Concluiremos esta tercera sección de nuestro estudio llamando la atención sobre una frase del «Documento» que, cerrando las observaciones del «autor» sobre la France Anti-Maçonnique de las que tratábamos en la nota 6, hace referencia al director de dicha revista, A. Clarin de la Rive:

«La conexión Guénon-de la Rive tuvo sin duda como intermediario al canónigo Gombault, profesor del Institut Catholique, originario de Blois, y a quien Guénon debe su conocimiento del tomismo y también buena parte de sus informaciones sobre el espiritismo, las casas encantadas, los fenómenos de hechicería [la cursiva es nuestra]. Pero esto no hace más que desplazar el problema, que se convierte así en el de las relaciones Guénon-Gombault».

He aquí la manía final del «autor» por la búsqueda de una «explicación historicista» de las fuentes cognoscitivas de René Guénon (a comienzos de su contacto personal con Guénon, la necesidad de esta última era prácticamente inexistente, como él mismo verbalmente afirmaba...), y no es casual que los biógrafos occidentales se hayan lanzado impetuosamente sobre el «personaje» Gombault (especialmente M.-F. James, la cual, pese a no compartir la idea del «autor» de que un religioso pueda haber constituido un enlace entre R. Guénon y De la Rive, le dedica una decena de páginas de su libro), como si las «informaciones» pudieran dar una razón definitiva y total del conocimiento que, proviniendo de un nivel que es todo lo contrario de aquel de los «hechos», es el único que puede iluminarlos, poniéndolos en su lugar y aclarando su alcance. Son consecuentemente siempre los prejuicios occidentales del «autor» los que lo llevaron a desatender, u olvidar si es que alguna vez captó su sentido, este párrafo del «Prefacio» del Erreur spirite [pág.6 de la actual edición italiana]:

«Otro punto que no pensamos tratar acabadamente, es el examen de los fenómenos que los espiritistas invocan en apoyo de sus teorías, y que otros, sin dejar de admitir igualmente su realidad, interpretan sin embargo de una manera completamente distinta. Diremos lo suficiente como para indicar lo que pensamos al respecto, pero la descripción más o menos detallada de tales fenómenos ha sido tan frecuentemente presentada por los experimentadores mismos que sería del todo superfluo volver sobre ellos; además, no es esto lo que nos interesa particularmente, y preferimos a propósito de eso señalar la posibilidad de ciertas explicaciones que los susodichos experimentadores, espiritistas o no, ciertamente ni siquiera sospechan [la cursiva es nuestra]. Sin duda, conviene notar que, en el espiritismo, las teorías jamás se hallan separadas de la experimentación, y tampoco nosotros pensamos considerarlas enteramente por separado en nuestra exposición; pero lo que nosotros sostenemos es que los fenómenos proporcionan tan sólo un fundamento puramente ilusorio a las teorías espiritistas, y también que, a falta de estas últimas, ya no se trata en absoluto de espiritismo. Por otra parte, esto no nos impide reconocer que, si el espiritismo fuera únicamente teórico, sería mucho menos peligroso de lo que es y no ejercería el mismo atractivo sobre tanta gente; y haremos con mayor razón hincapié en dicho peligro puesto que éste constituye el más apremiante de los motivos que nos han impulsado a escribir este libro».

Ante un pasaje de este tipo no se puede dejar de advertir como el «autor», sacando a relucir a Gombault como «fuente» de Guénon en este campo, no haya entendido que, aun cuando el religioso no fuese un espiritista (lo cual probablemente deba ser descartado, pero de todas maneras lo que de él dice M. F. James no lo representa sino como un cientificista unido a un exoterista, por más que «teologizante»), los «datos» que él puede haberle transmitido a Guénon no tienen ninguna importancia cualitativa superior a la que le daba «la descripción más o menos detallada de los fenómenos [que podían presentarle] los experimentadores mismos». Pero la simple lógica no parece ser, tampoco en este caso, capaz de vencer el «pensamiento prejuicioso» del «autor», sin hablar del de esos otros que más tarde lo han retomado, ampliándolo y detallandolo; y pensar que, sin ir más lejos, en el mismo «Prefacio» del Erreur spirite, puede encontrarse la explicación de las verdaderas «fuentes» cognoscitivas de René Guénon, expuesta con toda sencillez y claridad:

«Por otra parte, queremos anticipar que nuestro punto de vista es muy diferente, en muchos aspectos, de el de la mayoría de los autores que han hablado del espiritismo, ya sea para combatirlo como para defenderlo; nosotros nos referimos siempre, ante todo, a los datos de la metafísica pura, tal como las doctrinas orientales nos la hicieron conocer; pensamos, en efecto, que tan sólo así se pueden refutar plenamente ciertos errores, y no poniéndose sobre su mismo terreno» [...]. «Estamos pues más convencidos que cualquier otro de la necesidad de una dirección doctrinal de la que nunca hay que apartarse, y que, sola, permite tocar impunemente ciertas cosas. Por otra parte, ya que no queremos cerrar la puerta a ninguna posibilidad, ni tomar partido sino contra lo que sabemos ser falso, tal dirección puede ser para nosotros solamente de orden metafísico, en el sentido en el cual hemos dicho en otro lugar que el término debe ser comprendido. Ni que decir tiene que una obra como ésta no por eso debe ser considerada como propiamente metafísica en todas sus partes; pero no vacilamos en afirmar que hay, en su inspiración, más metafísica verdadera de cuanto pueda haber en todo aquello a lo que los filósofos indebidamente atribuyen tal nombre» [...]. «Lo que queremos decir, es que nosotros estamos guiados constantemente por principios que, para quien los haya comprendido, son de una certeza absoluta y sin los cuales se corre el serio peligro de perderse en los tenebrosos laberintos del “mundo inferior”, tal como demasiados exploradores temerarios, pese a sus títulos científicos o filosóficos, nos han dado el triste ejemplo» [las cursivas son nuestras].

A través de estas citas del Erreur spirite se puede al menos entrever cuan distinto sea el conocimiento, en el sentido legítimo del término, de la «información» (o de la erudición, que es lo mismo), y como sólo dicho conocimiento sea apropiado para provocar también la protección de la mentalidad general contra esa forma de descomposición a la que René Guénon dió el nombre de «neoespiritualismo» (y que ahora se ha atribuido, para disimularse mejor, los nombres más diversos tomados de las seudodoctrinas que se blasonan con el título general de «New Age»); se puede ver además como el «autor», aliándose al final con la segunda, atribuyéndole falsamente el título de «fuente» de René Guénon, no haya hecho, en el fondo, sino traicionar su correcto impulso inicial, el cual, de acuerdo con sus mismas palabras, era el de dedicarse a profundizar la obra de este último como «la única cosa que importase».
 Cuarta parte