-
Desde este segundo punto de vista se puede por lo tanto decir que, en
realidad, aun en el caso de este «autor», se está en presencia de una tentativa
más o menos voluntaria de «apropiación» (o «parasitismo») de la doctrina
expuesta por René Guénon en pro de los prejuicios occidentales que, aun cuando
sean «colectivos» en vez que individuales, con todo eso nada tienen que ver con
el alcance universal de los principios expuestos por este último.
Ya hemos aludido anteriormente a este límite del «autor» (del cual todo su
trabajo «público», luego de la muerte de Guénon, constituye una manifestación),
y volveremos a hablar de él, pero, ya que éste tiene - como es fácil de entender
- un importante peso negativo sobre los lectores, hemos aquí estimado oportuno
llamar sobre el mismo la atención con cierta insistencia.
Al respecto presentamos aquí un párrafo de una respuesta pública de René Guénon
a uno de sus más violentos contradictores (Frank-Duquesne), vuelta a publicar
ahora en Comptes Rendus (pág. 218), respuesta que da una idea de la absoluta
independencia de Guénon de cualquier cliché o prejuicio occidental
antitradicional:
«Entendemos ser el solo árbitro de lo que tenemos que decir o hacer en cualquier
circunstancia, y de esto no tenemos que dar cuenta a nadie; ya que no tenemos
nada en común con los occidentales modernos, no nos sentimos por cierto
obligados a ser “deportivos”, como [nuestro contradictor] dice en su lenguaje
grotesco; los motivos por los que actuamos de una u otra forma nos conciernen
exclusivamente, ellos no se cuentan por otra parte entre los que puedan ser
comprendidos por el “público” y no tienen absolutamente nada que ver con las
convenciones que pueden tener curso en el mundo profano en general y en el
ambiente de los “hombres de letras” en particular».
Motivos que, por lo demás, ni el «autor» ni otros «hombres de letras» no
diversos del «autor», tenían mayor aptitud a entender que el genérico «público»...
En las primeras cincuenta de las cien páginas de su libro
dedicadas a la «R.I.S.S.», a sus colaboradores y a las relaciones
escritas de estos últimos con René Guénon - o mejor, con los aspectos de su
función unidos a la explicación de las complejas problemáticas vinculadas a los
verdaderos contenidos iniciáticos de la Masonería - M.-F. James realiza un
trabajo de contrainformación especularmente análogo a lo que más recientemente
(y más torpemente), trató de hacer «Perlector» en «Charis» (como hemos
dicho en la tercera parte de nuestro estudio sobre las «Nuevas técnicas de
ataque a la obra de René Guénon») con respecto a los viejos números de las
revistas «La Voie» y «Le Voile d’Isis» antes de que Guénon se
aprestase a enmendar a esta última de toda huella de ese ocultismo que era
típico de su fórmula inicial fin de siècle y comienzos del siglo XX.
Apoyándose largo y tendido sobre todo en los textos de G. Bord y C. Nicoullaud
en sus intercambios con Le Liseur y Le Sphynx (nombres con los que
R. Guénon firmaba sus colaboraciones para «La France Chrétienne
Anti-Maçonnique»; otros escritos suyos de este tipo no llevaban firma) y
llegando al punto de aliarse incluso con los más recientes - y a su vez
sumamente inatendibles - Pauwels y Bergier de Le Matin des magiciens (!),
la autora canadiense se pregunta, con estos últimos, «si los “Superiores
Incógnitos” evocados en los ritos paganos y luciferinos existen realmente»
[la cursiva es nuestra]. Con notable «doble» sofistería M.-F. James justifica
dicho «revival» diciendo: «[...] nos limitaremos a presentar una serie de
extractos que juzgamos más reveladores por lo que atañe a las respectivas
posiciones de las dos partes en contienda. Si no hemos creído oportuno tener que
sintetizar más esta penosa [?] y ardua controversia, es por la simple razón de
que ella constituye un documento único sobre la cuestión de los “Superiores
Incógnitos”, cuestión que Guénon no volverá a tocar de manera tan explícita en
la prosecución de su obra, pero que a pesar de todo constituye uno de sus ejes
esenciales».
Pero considerando lo que el mismo «autor» no puede eximirse de decir, bien que a
regañadientes, en su «Documento» al respecto («puedo asegurar que, por lo menos
en lo que se refiere [a la “R.I.S.S.”], Guénon la consideraba como un
“nido de brujos” y una manifestación de un grupo que continuaba ese culto al
“dios de la cabeza de asno”, al que había aludido en su artículo sobre Sheth»),
es imposible no darse cuenta de cual sea el alcance negativo de un «desenterramiento»
como el que, sobre esto, se hace en el libro de la autora canadiense;
desenterramiento que tiende - como mínimo - a restablecer, en lo posible, una
parte al menos de la atmósfera de hostilidad y sospecha frente a la Masonería,
producida por el «caso Taxil», que había sido disipada precisamente por los
estudios de Guénon de esa época. Y pensar que en uno de los pocos pasajes
sensatos del «Documento», el «autor» no pudo dejar de reconocer - con un resto
de su inicial honestidad - que «Es innegable que las “revelaciones”
Taxil-Bataille contribuyeron en gran medida a grabar en la mente de muchos
católicos la idea de que la Masonería es esencialmente satánica, que no sólo es
areligiosa o antireligiosa, sino que es nada menos que una contra-Iglesia con
“sacramentos infernales”. Desde otro punto de vista, la confesión que Taxil hizo
de la propia mistificación, arrojó el ridículo sobre numerosos miembros del bajo
y alto clero que habían avalado dichas revelaciones, y esto fue explotado como
prueba de la estupidez y credulidad de los católicos».
A partir de estas quizá demasiado breves observaciones (tal aspecto de la
cuestión merecería por cierto ser ahondado de manera más adecuada), se puede
colegir que clase de miasma circule entre los capítulos de Esotérisme et
Christianisme autour de René Guénon y como haya sido extremadamente
imprudente de parte del responsable de Arché habernos incitado a encarar
de frente el examen de semejante libro.
Bien que aprovechando de la oportunidad apetitosa que el
argumento de las relaciones Guénon-«R.I.S.S.» le ofrecía a fin de volver
a poner en circulación las deformaciones intelectuales procedentes de los más
que sospechosos colaboradores de este último periódico (por lo tanto, como ya
dijimos, desmintiendo resueltamente la superficial posición del «autor» al
respecto), M.-F. James no sabe contenerse, en otro punto de su libro, de sacar
provecho para sus propias miras denigratorias también de esta semiescondida
crítica contenida en el «Documento». En efecto, en la pág 292, y alegando como
pretexto la observación, incluida por ella en el texto, según la cual ocuparse
de productos literarios secundarios, como a menudo hacía Guénon (y acabamos de
ver la razón, en su misma explicación), «significa hacer mucha publicidad [...]
a trabajos de sobra menores», la escritora canadiense incluye esta nota (148),
la cual presenta de dicha actitud, una presunta elucidación que - aquí - retoma
las sospechas del «autor», a despecho de la lógica general de su texto: «Parece
que la deliberación de analizar una literatura secundaria [une maigre
littérature], que en su mayor parte se presentaba con apariencias vagamente
filosóficas y teológicas, caso en el que la denuncia y la denigración requieren
poca ciencia, deriva en nuestro amigo [con esta curiosa y a buen seguro
psicológicamente calculada expresión la autora canadiense entiende referirse a
lo largo de todo su trabajo a... René Guénon] de una elección intencional,
pretexto para un éxito barato de las ideas y posiciones guénonianas frente a la
relatividad de los puntos de vista filosófico y teológico; este último [o sea el
teológico], hallándose a la sazón más o menos mezclado, confuso, asemejado a las
corrientes más heteróclitas del bloque “neoespiritualista”, corrientes
marginales que hubiese sido preferible, como tales y en la misma óptica de
Guénon [?!], privar de toda publicidad».
De donde la astucia, por querer ir demasiado lejos, se convierte en afectado
artificio...
No son pocas las ocasiones en las que en la obra de Guénon (que
el «autor» «descubría» ahora como adherente hacía ya varios años al Islam) se
menciona o se trata expresamente de la doctrina de la «divinidad de Cristo»; aún
esta «duda» se revela, por lo tanto (como las otras de las que hemos ya tratado
en las secciones precedentes), absolutamente infundada cuando se sepa dar su
verdadero significado a las palabras. Dado que consideramos importante la
cuestión, tocada aquí por el «autor» con esa ligereza «autodefensiva» que tantas
veces caracteriza su «Documento», creemos justo citar al menos dos pasajes
relevantes de René Guénon que prueban cuanto hemos sostenido.
En Crisis del Mundo moderno («El individualismo», págs. 75-76 [de
la edición italiana]): «En efecto, ya que la religión es precisamente una forma
de la tradición, el espíritu antitradicional no puede ser más que antirreligioso;
éste comienza por desvirtuar a la religión, y, cuando puede, termina por
suprimirla del todo. El Protestantismo es ilógico bajo este aspecto, porque aun
esforzándose por “humanizar” la religión, así y todo todavía deja permanecer, al
menos en teoría, ese elemento sobrehumano que es la revelación; no se atreve a
llevar la negación hasta su término, pero, entregando dicha revelación a todas
las discusiones que son el resultado de interpretaciones meramente humanas, de
hecho la reduce bien pronto a no contar más nada; y cuando se ven personas
que, aunque se siguen diciendo “cristianos”, ya no aceptan siquiera la divinidad
de Cristo, es lícito pensar que ellas, tal vez sin sospecharlo, se encuentran
mucho más próximas a la negación completa que al verdadero Cristianismo» [la
cursiva es nuestra].
En Autoridad espiritual y poder temporal, cap. IV, nota 4: «Al respecto y
en conexión con todo lo que ya hemos indicado tratando de la Esfinge, cabe
observar que ella representa a Harmakhis, o Hormakhuti, el “Señor
de los dos horizontes”, o sea el principio que une los dos mundos sensible y
suprasensible, terrestre y celeste; esta es una de las razones por la cual, en
los primeros tiempos del cristianismo, fue considerada en Egipto un símbolo de
Cristo. Otra razón de este hecho es que la Esfinge, al igual que el Grifo del
que habla Dante, es el animal de las dos naturalezas, y a causa de eso
representa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo; se
puede todavía encontrar una tercera razón en el aspecto según el cual ella
simboliza, como hemos dicho, la unión de los dos poderes, espiritual y temporal,
sacerdotal y real, en su principio supremo» [la cursiva es nuestra].
- Aprovechamos la ocasión para agregar que la «tercer razón» de este último
párrafo es suficiente - por sí sola - para acabar con todas las sospechas que
fueron suscitadas en ambiente cristiano sobre la concepción del «Rey del Mundo»
expuesta por Guénon, y que proceden en primera instancia, si recordamos bien, de
Jacques Maritain.
- De más está decir que los dos pasajes aquí citados, no podían resultarle
desconocidos al «autor» en el momento mismo de los hechos narrados, ya que los
libros de donde los sacamos fueron escritos, el primero en 1927 y el segundo en
1929, esto es, antes de que René Guénon partiera para Egipto.
Incluso esta afirmación, que el «autor» deja caer como si fuera algo obvio, es
susceptible de una observación en cierto modo análoga a la de la nota
precedente: en Oriente y Occidente (1924), en el capítulo «Acuerdo y
no fusión» (IV de la Segunda parte), Guénon, hablando del «estudio de
las doctrinas de Oriente ([...] estudio verdadero y profundo, con todo lo que
éste comporta en cuanto al desarrollo personal de los que se consagran al mismo,
y no un estudio exterior y superficial a la manera de los orientalistas)», decía:
«De hecho, apoyándose en lo que está más cerca surgirían otros inconvenientes,
que, aun siendo de carácter diverso de los que antes apuntábamos, no serían sin
embargo menos graves; y tal vez, a compensarlos, ni siquiera se lograrían muchas
ventajas reales, ya que la civilización islámica resulta prácticamente tan
mal conocida por los occidentales como las civilizaciones más orientales, sobre
todo en su parte metafísica, que es justamente la que a nosotros nos interesa y
a ellos se les escapa completamente» [la cursiva es nuestra].
؟Y esto justifica, acaso, la expresión despreciativa que el «autor» atribuye a
los... «eruditos cristianos», de quienes se hace aquí propagador sin una sola
palabra de crítica?
Estudio que confesamos no haber leído nunca, ni tampoco sabemos si en definitiva
el «autor» lo haya escrito alguna vez, pero que, si efectivamente hubiera sido
escrito, en verdad valdría la pena examinarlo....
De la cual Guénon lo está poniendo sobre aviso con sus escritos, en caso de que
ningún occidental jamás se haya dado cuenta. - Esta observación sigue siendo
valida aún hoy, cuando un Di Vona tiene la osadía de hablar de un... ¡René
Guénon contra el Occidente!.
Para comprobar cuán distinta sea la idea que R. Guénon exponía en Oriente e
Occidente sobre un «grupo de estudios» de la que da el «autor» aquí,
ridiculizándola, bastará transcribirla literalmente de dicho libro (parte II,
cap. III, pág. 152 [de la edición italiana]): «[...] Es obvio que, si algunas
personas, en lugar de trabajar aisladamente, prefiriesen reunirse para
constituir una especie de “grupo de estudios”, no veríamos en esto un peligro,
ni tampoco un inconveniente, siempre que ellas tuviesen bien claro de que no hay
que recurrir a ese formalismo exterior que para la mayor parte de nuestros
contemporáneos tiene tanta importancia, precisamente porque para ellos las cosas
exteriores lo son todo. Con todo eso, aun para formar un simple “grupo de
estudios”, cuando se quiera hacer un trabajo realmente serio y llevarlo
suficientemente adelante, sería sin embargo necesario tomar muchas precauciones,
ya que cualquier cosa que se haga en este campo pone en juego fuerzas cuya
existencia la gente común ni siquiera sospecha, y, a falta de prudencia, se
corre el riesgo de sufrir extrañas reacciones, por lo menos hasta que no se haya
alcanzado un cierto nivel [la cursiva es nuestra]. Por otra parte, las
cuestiones de método, aquí, dependen rigurosamente de los principios; lo que
quiere decir que, en este campo, ellas tienen una importancia mayor que en
cualquier otro y consecuencias mucho más graves que sobre el terreno científico,
donde por lo demás lejos están ya de ser indiferentes».
Entendiendo aquí por acción más bien el traducirse en la sucesión temporal de
una actividad dirigida según la doctrina y para fines conformes con esta última.
De la edición Luni, Milán.
Que lo que hemos estado diciendo aquí a propósito de la «gracia»,
apoyándonos en numerosas citas de la obra de René Guénon, no sea el fruto de una
nuestra tendenciosa y abusiva interpretación de esta última en tal circunstancia,
mas corresponda realmente al espíritu con el que ella ha sido concebida, queda
por lo demás probado por el siguiente párrafo del estudio de Guénon sobre
Saint Bernard (págs. 6-7 de la 3ra. Edición, 1959):
«[...] Se trata de algo poco común, y no bastaría por cierto recurrir a la
potencia del “genio”, en el sentido profano de la palabra, para explicarse una
semejante influencia [la que se ejercía a través de la persona de San Bernardo].
¿No sería en cambio el caso de interpretar la cosa reconociendo en ella la
acción de la gracia divina, que, penetrando de cierta manera toda la persona del
apóstol e irradiándose al exterior por su sobreabundancia, se comunicaba a
través suyo como a través de un canal, para usar el paralelo que él mismo
adoptará más tarde, cuando lo aplicará a la Santa Virgen, pero que puede
aplicarse también - reduciendo más o menos su alcance - a todos los santos?» [la
cursiva es nuestra].
Como puede verse, dirigiéndose a un público particular, René Guénon no vacilaba
en servirse del lenguaje tradicional específico al que dicho público estaba
acostumbrado, pero lo que decía en esa ocasión ¿no es acaso rigurosamente
equivalente a lo que explicaba con otro lenguaje en las citas que hemos traído a
colación?.
Siempre a propósito de todas estas consideraciones, de seguro más aplicativas y
contingentes que puramente doctrinales, pero no por eso menos importantes, nos
parece en alguna medida interesante agregar que, inmediatamente después de
haberlas expuesto, el «autor» se pregunta francamente como René Guénon siguiese
teniendo confianza en él - aun después de su poco entusiasta reacción - como
punto de referencia para la revista «Études Traditionnelles»; habiéndose
dado dos respuestas, como de costumbre conjeturales e infelizmente desatinadas,
prorrumpe en la afirmación de que al fin y a la postre ello ocurría porque «[R.
Guénon] era indiscutiblemente un hombre rutinario».
Si esta increíble afirmación puede ofrecer también una explicación sobre el
motivo de la elección del título del libro La Vie simple de René Guénon,
que honestamente nunca habíamos entendido, el hecho de que ella aparezca después
de la descripción de las propias tribulaciones personales no depone mucho en
favor de su coherencia mental..
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En las secciones precedentes de este estudio hemos tratado de especificar,
examinando algunas de sus manifestaciones especialmente significativas, las
líneas directrices - si es que así se pueden llamar - siguiendo las cuales se
desarrolla, en el «Documento confidencial inédito», la locuacidad de su «autor»;
tales líneas se pueden considerar sumariamente impregnadas por dos
características generales, la segunda de las cuales puede ser vista como una
consecuencia de la primera: 1º una natural dificultad a captar los propósitos
más profundos de la obra escrita de René Guénon unida a una propensión
esencialmente «historicística», que genera una mezcla de perplejidad y recelo
ante la labor «global» de este Autor; 2º una tendencia no suficientemente
combatida a atribuir a algo ya formalmente notorio (y por consecuencia
restrictivo con respecto a las perspectivas abiertas por los escritos de Guénon)
eso que el «autor» no pudo impedirse de vislumbrar inicialmente en la obra de
este último (1).
Lo que seguirá en nuestro trabajo, y antes de su conclusión, estará tan sólo
encaminado a examinar otros puntos específicos del «Documento» que tropiezan
contra lo que de hecho dice o sugiere la obra de Guénon, pero los lectores
perspicaces no tendrán inconvenientes en constatar como, a la postre, incluso en
estos casos las consideraciones del «autor» se inclinen siempre más o menos, y a
veces aun simultáneamente, conforme a estos dos hilos del discurso; no nos
tomaremos por lo tanto, de ahora en más, el trabajo de atribuírselos siempre
expresamente, y dejaremos algunas veces a quien lee la tarea de hacerlo.
En el «Documento», a partir de la pág. 14 de nuestra «tirada», se toca un tema
que para nosotros pone más que otros en evidencia esta superficialidad del
«autor» (una superficialidad relativa, obviamente; pero que resulta tal sobre
todo cuando se la compara con la profundidad constante y, como hemos visto, no
siempre fácilmente sondeable con instrumentos exclusivamente «racionalizantes»,
de lo operado por R. Guénon) (2): el intercambio de escritos
entre este último y el ambiente de la «Revue Internationale des Sociétés
Secrètes», vinculados sobre todo a dos argumentos de mucho peso e
importancia, como la cuestión de los «Superiores Incógnitos» y el «affaire»
Taxil (desembocado años más tarde en aquel otro de la Élue du Dragon),
argumentos en todo caso relacionados, ambos, con la «opinión» negativa que el
«gran público» había sido llevado a formarse sobre la Masonería, a partir de
fines del siglo XIX.
El «autor» examina ambos temas desde una perspectiva meramente histórica, y al
final de su exposición concluye de una manera tal que deja claramente entender
como él no pueda dejar de compartir, en el fondo, la opinión de esos «muchos
admiradores de Guénon» que «en épocas diversas han expresado su sorpresa y su
disconformidad por verle dedicar tanto tiempo y atribuir tanta importancia a
polémicas con publicaciones aparentemente tan poco serias y de difusión tan
reducida como la “R.I.S.S.” y “Atlantis” de Paul Le Cour». Ahora,
existe - al respecto - un indicio muy claro de que ésta es una forma en extremo
restrictiva e inapropiada de representarse las cosas, y este indicio es el
centenar de páginas, de las cuatrocientas que componen su libro, que M.-F.
James consagró a las relaciones entre René Guénon y la «R.I.S.S.»: cerca
del 25% del total de la obra; ¡y una buena parte de ese 25% está constituida por
la exhumación encomiástica de las tesis sostenidas por los colaboradores de
dicha revista en contra de las argumentaciones de Guénon! Lo que quiere decir
que estas últimas no sólo daban en el blanco, sino también que este blanco era
el «punto sensible» de una construcción levantada con cuidado y paciencia y que
los golpes que venía asestándole Guénon amenazaban con demoler irreparablemente (3).
Con todo, independientemente de esta tardía y para nosotros muy significativa
reacción al trabajo de rectificación de René Guénon (reacción respecto de la
cual el “autor” - con su verdadero nombre y en otra ocasión - declara de no
haberse ocupado nunca, hasta el punto de no haber siquiera examinado dicho
libro), hay un «lugar», en la obra de Guénon, donde se habla de las leyes según
las cuales se difunden en un ambiente determinado los influjos psíquicos que
están destinados a comprometer, partiendo de puntos definidos, la mayoría de las
veces - como aquí - «apartados», partes cada vez más grandes de «opinión»; este
«lugar» es el actual cap. IV de Iniciación y Realización espiritual («La
costumbre contra la Tradición», págs. 30-2 [de la edición italiana]) y
pensamos que valga la pena citar lo que ahí se examina - desde Egipto - sobre el
cundir de tales tipos de contaminación a partir de ambientes circunscriptos y
«camuflados» (la adaptación al caso del cual estamos tratando no será difícil):
«En efecto, es el temor a la “opinión” ajena lo que, más que cualquier otra
cosa, permite a la costumbre de imponerse y asumir el carácter de una verdadera
obsesión; el hombre jamás puede obrar sin algún motivo, por legítimo o ilegítimo
que sea, y cuando, como en este caso, no puede existir motivo realmente válido,
ya que se trata de acciones que no tienen en verdad ningún significado, hay que
encontrarle uno en un orden meramente contingente y carente de cualquier alcance
efectivo como lo es ese al que pertenecen estas acciones mismas. Tal vez se
objetará que, para que esto sea posible, es necesario que una opinión ya se haya
constituido con respecto a las costumbres en cuestión; pero de hecho basta
que estas últimas se hayan radicado en un ambiente muy reducido, a lo mejor
incluso - inicialmente - como una simple “moda”, para que tal factor pueda
intervenir; a partir de aquí, las costumbres, habiendo tomado cuerpo a causa de
que ya nadie se atreve a abstenerse de observarlas, podrán luego difundirse
rápidamente, y, por consiguiente, la que era solamente la opinión de algunos
terminará por convertirse en la que se llama la “opinión pública” [la
cursiva es nuestra]. [...] Semejante carácter disolvente de la costumbre hoy
puede ser directamente constatado en los países orientales, ya que, por lo que
respecta al Occidente, hace ya mucho tiempo que éste ha superado la etapa en la
que era tan solo pensable que todas las acciones humanas pudiesen revestir un
carácter tradicional; pero, allí donde la noción de la “vida ordinaria”,
entendida en el sentido profano que ya hemos explicado en otra ocasión, todavía
no se ha generalizado, se puede de una manera u otra coger in fragranti el modo
en que una noción de ese tipo llega a tomar cuerpo y el papel que desempeña en
esto la sustitución de la tradición por la costumbre». (4).
Un argumento que en el «Documento» reviste una notable importancia (o que por lo
menos se nota que la tiene para su «autor») es el del «misticismo», cosa que por
supuesto no nos sorprende; así y todo, no nos extenderemos difusamente sobre
este tema, a diferencia de lo que hemos hecho hasta ahora (y todavía haremos)
ocupándonos de la rectificación de las posiciones intelectuales del «autor»
mayormente contrastantes con el significado - según nosotros - no percibido (o
percibido mal) de las exposiciones de René Guénon: toda la obra de este último
ahí está para confutar las interpretaciones vacilantes y... medrosas del «autor»
en este terreno. Nos contentaremos con referir solamente algunas de sus
afirmaciones al respecto, a las que sumaremos una o dos observaciones de nuestra
parte, naturalmente siempre deducidas de la doctrina expuesta por Guénon.
Este tema involucra al «autor» con otro sujeto que encuentra abundante espacio
en el «Documento» (y este particular podría brindar uno de los posibles
resquicios a quien quisiera, como hemos sugerido, indagar sobre cual pueda haber
sido la escapatoria progresiva del «autor» de su entusiástica adhesión inicial a
la doctrina contenida en las obras de Guénon); tal sujeto, de quien se habla
largamente con simpatía y nostalgia, es Georges Thomas, Redactor en jefe del
«nuevo» «Voile d’Isis» hasta que las divergencias doctrinales con René Guénon no
lo resolvieron a presentar su renuncia, en concomitancia con el hecho de cobrar
conciencia - debido a la aparición (1931) del Simbolismo de la Cruz - de la
pertenencia de este Autor al Tasawwuf. El «autor» se explaya describiendo las
razones de tal alejarse de Tamos (este era el nombre en cifra que usaba en sus
escritos G. Thomas) del «Voile d’Isis» de la siguiente manera, manera que, a
pesar de que constituya una aparente digresión, creemos que valga la pena de ser
referida porque nos parece significativa:
«No hace falta que diga cuánto iba a reforzar esta noticia la desconfianza de
Tamos y cuánto ella debía inquietarme a mi vez. O más bien sí, hace falta
decirlo, pues los que han descubierto a Guénon hace diez o quince años [hay que
tener presente que el “autor”escribía con toda probabilidad en 1963, como hemos
dicho] puede que tengan alguna dificultad para ponerse en nuestro lugar. Por
supuesto, no poníamos en duda las nociones de Tradición primordial, de
Revelación primitiva, admitíamos que las tradiciones de la antigüedad clásica,
como también el Celtismo, habían conservado todas su depósito más o menos
completo [?!]; admitíamos que lo mismo sucedía con el Hinduísmo y el Taoísmo;
admitíamos muy bien que estas dos últimas tradiciones, en tal o cual campo del
conocimiento, habían conservado más que el Cristianismo e inversamente [!!]
[...]. Pero el Islam, del que no sabíamos más que lo que por entonces sabía un
francés medio, nos parecía, si no una herejía plagiada sobre el Hebraísmo y el
Cristianismo, por lo menos un Cristianismo disminuido por la negación de la
divinidad de Cristo (5). No hay que olvidar que nuestra
convicción de la existencia de una tradición primordial procedía principalmente
del estudio de los trabajos de los eruditos cristianos (católicos y
protestantes), algunos de los cuales he nombrado al comienzo de estas memorias.
Ahora bien, dichos eruditos tomaban sus elementos de concordancia entre el
Cristianismo y las demás tradiciones, de todas las religiones del Antiguo y aun
del Nuevo Mundo... salvo del Islam, que, a juicio de estos eruditos, no podía
ser sino una herejía más difundida que otras (6). A partir de
ese momento, Tamos estimó que ya no podía seguir colaborando con Guénon [!].
Como redactor en jefe del “Voile d’Isis”, se sentía más o menos
responsable de lo que publicaba Guénon [!?]».
Y si esto no corresponde, junto a lo que ha de seguir, a cuanto hemos dicho -
resumiendo - al comienzo de esta IV parte...
Pero volvamos a la cuestión del «misticismo», relacionada indudablemente también
con las valoraciones que de manera incidental acabamos de referir; tras haber
hablado de un «primer conflicto entre Guénon y Tamos», concerniente la Masonería
y su función iniciática hasta entonces desconocida, el «autor» continúa diciendo
que éste «se vió muy pronto seguido por otro relacionado con una cuestión de
carácter más general. Con ocasión de un libro bastante mediocre, Les
problèmes de la vie mystique de Roger Bastide, Tamos había escrito un
artículo de donde se desprendía que, aun distinguiendo entre formas inferiores y
superiores de la mística, identificaba vía mística con realización espiritual.
En esto, no hacía más que conformarse a un uso común a todos los autores
occidentales que hayan tratado de los grados de la vía espiritual.
Guénon protestó de nuevo y, para poner las cosas en su lugar, escribió un
artículo, “Magia y Misticismo”, que actualmente constituye el capítulo II
de Consideraciones sobre la Iniciación. Este texto que hoy puede
comprenderse, al hallarse incorporado en una obra en la que está precedido por
un capítulo como “Vía iniciática y vía mística” y seguido por otros
desarrollos, no se podía entender, aislado, de la misma manera.
Ignorando tranquilamente las distinciones en uso entre las diferentes formas
de la mística, Guénon asimilaba lo que él llamaba “misticismo”, e incluyendo con
este término a todos los “místicos”, a una búsqueda de “fenómenos”
correspondiente a una aspiración semejante a la de los aficionados a la magia.
Esto pasaba de castaño oscuro. Y esta vez éramos nosotros - quiero decir Tamos y
yo y Tamos más que yo - quienes nos veíamos llevados, no sin visos de razón, a
acusar a Guénon de partidismo. No quiero entrar aquí en una discusión sobre la
posición de Guénon ante el misticismo, ya que pienso dedicarle a este argumento
un estudio especial (7), pero desde ya se puede entender el
deplorable efecto de un tal artículo en lectores cristianos. Para nosotros [...]
este marcado desprecio respecto de los que considerábamos ser los grados más
elevados de la condición cristiana, sumado a una defensa por lo menos implícita
de la Masonería anticristiana, difícilmente podía parecer otra cosa que un
indicio de una hostilidad de fondo frente al Cristianismo, al menos frente al
Cristianismo postmedieval. No faltaban síntomas, en el resto de la obra de
Guénon, que podían llevar a pensar que su obra tendiese, si no a “islamizar
Europa” como debía proclamar más tarde uno de sus admiradores... provisorios [F.
Schuon], por lo menos a “orientalizar el Occidente”» [todas las cursivas son
nuestras].
En este largo pasaje, que no deja de sonarnos como una verdadera «confesión», se
hallan contenidas brevemente [in nuce] las vacilaciones, las desviaciones
mentales y las falsas ilaciones (desmentidas estas últimas, como ya hemos
probado, por toda la obra de Guénon) que condicionan el «Documento», así como
todos los trabajos que de él se derivaron (y que aún hoy se multiplican). Sobre
los verdaderos destinatarios de la revista «Voile d’Isis», y en fondo de
la entera obra de René Guénon tal como éste los entendía, y por lo tanto sobre
los reales propósitos de ella, hablaremos después, tratando de un caso que se
produjo más tarde y a propósito del cual el «autor» se explayará extensamente;
en lo que respecta a las recriminaciones sobre el «misticismo» (harto
reveladoras por lo demás, del nivel en el que se atascaba la comprensión
intelectual del «autor»), nos contentaremos, como hemos anticipado, de formular
tan sólo dos observaciones.
La primera es que el asombro pasmoso manifestado por los dos protagonistas del
referido episodio indica que ellos, o no sabían leer o se hallaban a su vez
dominados por un «partidismo» análogo, pero contrario, a ése del cual el «autor»
acusa a Guénon. En el n° 1 del segundo año de la «Gnose» (enero de 1911),
en una «Noticia» a los lectores que lleva un título de lo más revelador («Ce
que nous ne sommes pas»), Guénon decía en efecto expresamente: «Al comienzo
de nuestro segundo año, nos parece necesario, para alejar cualquier malentendido
del ánimo de nuestros lectores, y para prevenir posibles insinuaciones, decir
muy claramente, en pocas palabras, lo que no somos, no queremos ni podemos ser.
[...] Además, nosotros no somos ni ocultistas ni místicos, y no queremos
tener ni de lejos trato alguno, de cualquier clase que fuera, con las múltiples
agrupaciones que proceden de la especial mentalidad indicada por una u otra de
estas dos denominaciones» [la cursiva es nuestra].
La segunda es que si es muy cierto que, como afirma además el mismo René Guénon
en diversos puntos de su obra, los frutos del «misticismo» constituyen «los
grados más elevados de la condición cristiana» (para adoptar la forma de hablar
del «autor»), es igualmente irrefutable - a condición de poseer una perspicacia
intelectual adecuada y una honradez de pensamiento correspondiente - que todo
esto no ha evitado al Occidente de caer en esa situación (8)
que el «autor» no podía aparentar desconocer, puesto que ella está especificada
en Oriente y Occidente en los términos que seguirán, y él sostiene a lo
largo de todo el «Documento» de hallarse de acuerdo con el aspecto doctrinal
puro, pero también cosmológico, de la obra de René Guénon: «[...] la
civilización moderna padece, en todos los campos, de una falta de principios;
por una anomalía que tiene algo de prodigioso, ella es, única entre todas las
otras, una civilización sin principios o bien con principios solo negativos, lo
que viene a ser prácticamente lo mismo. Ella se asemeja a un organismo
decapitado que continúe a vivir una vida intensa y desordenada al mismo tiempo
[...]. Suprimida la intelectualidad pura, cada campo contingente y particular se
considera independiente; uno invade al otro y todo se mezcla y confunde en un
caos inextricable; las relaciones naturales se invierten, lo que debería
hallarse subordinado se declara autónomo, toda jerarquía es abolida en nombre de
una quimérica igualdad, tanto en el orden mental como en el orden social; y
como, a pesar de todo, de hecho la igualdad es imposible, se van creando falsas
jerarquías a la cabeza de las cuales se coloca cualquier cosa: ciencia,
industria, moral, política o finanzas, a falta de lo único que puede y debe
tener normalmente la supremacía, esto es, repetimos, a falta de verdaderos
principios».
A propósito de lo que acabamos de decir, asimismo en relación con los contenidos
de las notas 5 y 6, que confuta anticipadamente las observaciones del «autor» -
que referiremos a continuación - con respecto al nivel de su comprensión de la
misma obra pública ya escrita por René Guénon hasta ese momento, el redactor del
«Documento» le dirige a Guénon un reproche y una censura que pensamos requieran
algún comentario.
En la pág. 21 de nuestra «tirada» el «autor» escribe: «[...] aquí debo disipar
una ilusión por lo común bastante difundida [se refiere evidentemente a
experiencias propias, respecto de sus relaciones con los ambientes a los que
estaba destinado el “Documento”]: frecuentando a Guénon por dieciocho meses yo
no había aprendido nada que no estuviese ya en sus libros. Gonzague Truc ha
dicho de Guénon - muy justamente - que su discurso no era más que su obra
hablada. Hay que precisar: su obra ya se había publicado en el momento en que él
hablaba. No quiero decir, desde luego, que no fuera nada: su presencia, su
palabra, acrecentaban su obra escrita con un poder de penetración incomparable.
Su presencia y, más todavía que su palabra, sus silencios. Pero si, al estar
cerca de él, uno se beneficiaba de una mejor comprensión de lo que había
escrito, no se aprendía nada que fuera “nuevo”».
Y en la pág. 26: «No puedo dejar de pensar que buena parte de los desacuerdos
[?] se hubieran podido evitar si Guénon se hubiese explicado antes sobre ciertos
argumentos, aunque sea tan sólo en privado y a título confidencial si es que
juzgaba que aún no había llegado el momento de la divulgación [!?],
especialmente sobre la cuestión de la iniciación, que presidía - y explicaba -
todo lo demás».
Acabamos de ver qué de lagunas, consecuencia de otros tantos arraigados
prejuicios típicos de la mentalidad occidental, constelasen la comprensión del
«autor» sobre la obra ya escrita por R. Guénon (que él se hacía la ilusión de
«poseer», según sus mismas palabras) mientras éste todavía se hallaba en
Francia; a propósito de la «iniciación» se puede decir la misma cosa, puesto que
claros indicios de la idea de esta última comenzaban a aparecer en los capítulos
XXIV y XXVII del Simbolismo de la Cruz, sacado a la luz desde Egipto en
el año 1931.
Pero si vacilaciones y lagunas se presentaban al «autor» sobre todos estos temas
(cosa perfectamente comprensible) ¿por qué no aprovechar de la ocasión de la
presencia física de Guénon (o de la oportunidad de cartearse con él de una
manera en cierto modo «privilegiada») para plantearle las preguntas del caso
«aunque sea tan sólo en privado», para lograr las aclaraciones que necesitaba,
preguntas que la obra escrita pública de Guénon estaba entre otras cosas
destinada justamente a provocar?.
Ahora, de las frases del «autor» antes referidas se puede ver, en cambio, cual
fuese su «estado de ánimo» en el momento de la redacción de su texto: una cierta
posible pena por algunos acontecimientos poco positivos del pasado ocasionados
por malentendidos, ¡pero sin el menor asomo de percepción de que no era a René
Guénon a quien se debían imputar las causas, sino a sí mismo!. Y esto,
convenido que los tiempos y las ocasiones para eventuales explícitas
aclaraciones no son definibles por aquél que se halla en estado de necesidad
(como era evidentemente el caso del «autor»), sino por quien está en condiciones
de dar, cuando juzgue que existen en el solicitante las condiciones favorables y
oportunas (y una de las más esenciales es ciertamente un nivel suficiente de
actividad...).
Esta es una de las razones por las que siempre se ha pensado, en esta «Rivista»
(diciéndolo varias veces), que es sumamente inoportuno, y a veces hasta nocivo,
que de René Guénon sean citadas indiscriminadamente, erga omnes, cartas
que estaban dirigidas a una sola persona y se adaptaban exclusivamente a su caso
y situación particular; a menos que no se considere justificada esa enseñanza
colectiva contra la cual René Guénon, desde un punto de vista tradicional,
siempre se pronunció duramente, ¡en especial cuando se presentase con las formas
de la... «instrucción obligatoria»!.
Trataremos de explicarnos mejor: si seguimos la lógica del «autor» en estos
párrafos deberíamos llegar a la conclusión de que, a partir de 1951, tras la
desaparición física de R. Guénon, quienes leyeran su obra, a esta altura
«cumplida», deberían con solo eso poseer el conocimiento real de ella, lo que es
- nos parece - completamente absurdo si se entiende por «conocimiento» aquello a
lo que Guénon se ha siempre referido; y las observaciones del «Documento» que
hemos citado no hacen más que corroborar por consiguiente la inadecuación, desde
el punto de vista tradicional, del nivel del cual se ponía el «autor» para
arrimarse a la obra de René Guénon en su totalidad, y consecuentemente a su
misma función.
El argumento que acabamos de tratar, como se ha visto, más que concernir
cuestiones doctrinales - que toca, por decirlo así, solo negativamente, poniendo
de relieve ciertas carencias del todo naturales del «autor» en este campo -
tiene relación con sus debilidades de actitud respecto de la función intelectual
de René Guénon; del mismo género será también el que trataremos ahora, que, como
por lo demás el anterior, implica más bien en el «autor» una capa de presunción,
capa que se halla por igual a la raíz de ambos.
Para examinarlo nos vemos inducidos a volver sobre una cuestión que ya hemos
tocado en las secciones II y III de este estudio: la de la Ordre du Temple
Rénové, para el origen de cuya constitución, una de las temerarias
conjeturas planteadas por el «autor» era que hubiese sido el mismo Guénon a
haber «provocado el primer fenómeno al cual, en apariencia parecía extraño, ya
que no se encontraba presente en la primera sesión»; como en su momento hemos
referido, él proseguía diciendo: «Si por un momento se da por buena la hipótesis
que acabo de considerar, puede uno preguntarse qué habría podido incitar a
Guénon a provocar la formación de una organización que no se puede más que
calificar como pseudoiniciática, luego de sus experiencias en las agrupaciones
de Papus». Habiéndose dado como explicación la intención «no inverosímil», en
Guénon, de «haber tratado por este medio de tamizar un cierto número de
individualidades de valor intelectual no despreciable que se habían extraviado
en las organizaciones ocultistas» él agrega, como sucesiva suposición
artificiosa, que «el aspecto “fenómenos” y el aspecto “condecoraciones” [podían
igualmente] no ser otra cosa, en su propósito, que el señuelo y el paramento
exterior para un “grupo de estudios” análogo a aquéllos cuya formación tomaba
más tarde en consideración en Oriente y Occidente».
Dejando de lado la mezquindad casi increíble de esta segunda «suposición» (9),
aquí nos interesa poner de relieve la continuación de este «razonamiento», que
dice así: «Por otra parte, ya que los dos aspectos no se excluyen, ¿no se podría
pensar que la formación de un grupo que dependiese de él, a él unido por un
compromiso solemne, hubiese formado a su alrededor una zona de protección
psíquica que lo habría ayudado a resistir mejor a los ataques de esa
contrainiciación de la que se dirá víctima durante toda su carrera?. En efecto,
de una manera algo diferente, él formó, más tarde, una red de vínculos psíquicos
con algunos de los que le eran más devotos. Tuve la oportunidad de constatar
varias veces la preocupación aparentemente excesiva que mostraba ante un retraso
del correo de algunos días, en una época en la que nuestra correspondencia tenía
lugar de 2 a 3 veces por semana. Si ocurría que, por cualquier circunstancia,
una de mis cartas perdiese el buque, luego fue el avión, podía estar seguro de
que me llegaría una carta alarmada desde El Cairo».
Hemos hablado antes de «mezquindad»; en esta ocasión a ella se suma una
despreciativa (y repugnante) superficialidad, y una absoluta inconsciencia de
las fuerzas hostiles que rodeaban a René Guénon de todas partes, aun de aquellas
menos perceptibles para la mentalidad «común», y que trataban de oponerse al
tipo de «trabajo» que él estaba llevando adelante con indomable energía y
constancia; ¡es evidente que quien nunca se ha expuesto a esta clase de
peligros, jamás podrá verse objeto de ataques de los que no sospecha ni la
existencia ni la naturaleza!.
En una de sus últimas cartas (10-10-1950), Guénon, aludiendo con sumo tino a
este tipo de cosas, bien distantes de la experiencia de la «vida ordinaria»,
dirá a su correspondiente, que probablemente se sorprendía de algunas de sus
reacciones escritas: «Si por desgracia no puedo desentenderme pura y simplemente
de [ciertos ataques] es porque en realidad no soy yo a estar en el punto de
mira, lo que importaría bien poco, sino aquello que bien o mal [!] me toca
representar; es tan sólo por esta razón que me veo obligado a contestar tal como
lo hago, y esta especie de defensa, así como muchas otras cosas, forma parte de
mi trabajo, que nada tiene que ver con el trabajo de un “hombre de letras”. Es
cierto que algunos de los sujetos de los que usted habla pueden parecer más bien
insignificantes de por sí, pero no se puede decir lo mismo de lo que los
impulsa, la mayor parte del tiempo sin que lo sepan; ya que usted habla de
empresas satánicas, puedo asegurarle que, en orden a esto, he visto cosas poco
comunes. Me sorprendo siempre de ver como poca gente [entre los que no se
contaba por cierto el “autor”, al menos a partir de un cierto momento...]
entienda las verdaderas razones que me mueven a actuar de una forma o de otra, y
me atribuya fácilmente aquellas que circulan en el mundo profano y que se hallan
lo más distantes posible de mí desde cualquier punto de vista. He aquí lo que
pienso a este propósito; evidentemente la serenidad no tiene nada que ver con
todo esto[...]».
Y cuando, con extrema imprudencia (e impudencia), el «autor» habla aquí de «una
zona de protección psíquica que lo habría ayudado [a Guénon] a resistir mejor a
los ataques de la contrainiciación», para desmentirlo bastará recordarle que el
11-11-1933 René Guénon escribía a otro de sus correspondientes que «Las
discordias y recelos entre Reyor y Preau, [lo] estaban literalmente matando».
Si nos hemos alargado tal vez demasiado, según ciertas opiniones, sobre un
argumento peliagudo a causa de no ser fácilmente concebible para algunos (cuya
posición es la de hallarse sentados cómodamente detrás de un escritorio, ahora
dotado de computadora), ello se debe exclusivamente a que las frases del
«Documento» que hemos citado sin duda alguna (como se puede constatar dando una
ojeada a la colección de «estudios» publicada «en honor» de Guénon en el año del
centenario de su nacimiento) contribuyeron de manera considerable a difundir
entre los lectores la imagen - total e intencionadamente falsa - de un «obsédé»,
que es también el término con el cual el «autor» describía a René Guénon en la
segunda parte de su vida.
Volvamos ahora, tras estas cuestiones casi exclusivas de «actitud», a un punto
del «Documento» que forma parte del campo más puramente doctrinal, aunque no
excluye del todo el de las observaciones precedentes. En la pág. 23 de nuestra
«tirada», el «autor» asevera algo que se halla en perfecta conformidad con las
acotaciones de esta IV sección de nuestro estudio: «Incorporamos [ahora] otra
noción que no habría de aparecer en Guénon, la de la “Gracia”. [Y esto] ya que
nosotros [el “autor” se refiere aquí a sí mismo y a G. Thomas] nunca pensamos
que pudieran obtenerse resultados por medio del solo esfuerzo de los individuos.
Tales esfuerzos podían tan sólo representar una “llamada” y una preparación a
las que podía responder el don gratuito de la iluminación. La plegaria no se
hallaba en absoluto excluida de nuestra existencia, pero la participación
integral en una forma tradicional determinada no nos parecía imperativa [?!].
Tal participación, que no podíamos dejar de constatar en los místicos, nos
parecía un método menos “intelectual” que el nuestro. De cierta manera, ¡éramos
tradicionalistas sin tradición, ni religiosa ni iniciática!».
A este pasaje, como mínimo sorprendente, relativo a la noción de «gracia» que no
se encontraría en Guénon, se puede de inmediato objetar que, hablando de la
influencia que puede tener un trabajo personal serio de ahondamiento de la
doctrina y de rectificación y unificación de las propias «potencias»
individuales según técnicas tradicionales ortodoxas, René Guénon dice (en
Oriente y Occidente, pág.158 [de la edición italiana]):
«Por defectuosos e incompletos que sean los medios de que se dispone, sin
embargo hay que empezar por ponerlos en obra, cualesquiera que ellos sean, de lo
contrario jamás se logrará obtener otros más perfectos; podemos agregar,
además, que aun la menor cosa llevada a cabo en conformidad armónica con el
orden de los principios trae virtualmente consigo posibilidades cuya expansión
puede determinar las consecuencias más prodigiosas, y esto en todos los campos,
y a medida que sus repercusiones se vayan extendiendo paulatinamente según su
repartición jerárquica y en progresión indefinida» [la cursiva es nuestra].
Nos parece que esta explicación clara, y lo más posible «técnica», de la
«colaboración» por parte de los principios que una acción tradicionalmente bien
fundada (10) puede inducir para la obtención de modificaciones
en sí mismos y consecuentemente en el ambiente, no pueda corresponder mejor a la
noción de «gracia» que el «autor» saca del lenguaje particular de la forma
tradicional a la que estaba exclusivamente acostumbrado. Pero, darse cuenta que
se trata de eso comporta estar en condiciones de ir más allá de las palabras
para captar su espíritu, en lugar de sujetarse indisolublemente a ellas; en
otras palabras, se requiere tener la capacidad de entender más allá de la letra,
cosa que, en este caso al menos, evidentemente el «autor» no era capaz de hacer,
con el resultado de interpretar la tesis de Guénon, en dicha circunstancia, como
la afirmación más o menos velada de una autonomía del hombre individual respecto
de los principios trascendentes. Lo cual, se reconocerá sin inútiles
justificantes, no es ni más ni menos que todo lo contrario de lo que expuso René
Guénon a lo largo de toda su obra.
Otro pasaje de Oriente y Occidente que se presta para ser leído con el
criterio interpretativo que estamos poniendo en evidencia, se encuentra en la
pág. 179 [de la edición italiana], pero en este caso se presenta la «ayuda»
superior, que en el lenguaje occidental se indica con el término «gracia», más
como aplicada al orden de las ideas que al de la acción y como derivante de
otros seres; aquí también, empero, hace falta, para comprenderlo correctamente,
saber transponer en términos metafísicos lo que para la doctrina exotérica está
afirmado en términos «teológicos»: «Por lo que respecta a la antigüedad de las
ideas, si se la considera exclusivamente desde el punto de vista histórico, ella
tampoco reviste en absoluto un interés capital; dicha cuestión cobra un interés
bien distinto solamente cuando se la relacione con la idea de tradición, pero en
tal caso, si se logra entender realmente lo que es esta última, la cuestión está
resuelta de manera inmediata, porque se sabrá que todo se encontraba implícito
originalmente, desde un principio, en la que es la esencia misma de la doctrina,
y que no hubo más que deducirlo de ella en un desarrollo que, en su fundamento
más que en su forma, no es susceptible de innovación alguna.
SIndudablemente, una certeza de este tipo es prácticamente incomunicable; pero,
si hay quien la posee, ¿por qué no podrían alcanzarla asimismo otros, por su
propia cuenta, sobre todo si los medios les son provistos en toda la medida en
que pueden serlo?. La “cadena de la tradición” se vuelve a anudar a veces de
maneras bien inesperadas; y hay hombres que, aun cuando creen haber concebido
espontáneamente ciertas ideas, han recibido en cambio una ayuda que, a pesar de
no ser conscientemente percibida, no por esto ha sido menos eficaz; con mayor
razón tal ayuda no puede faltarle a quien se ponga expresamente en las
disposiciones requeridas para obtenerla. Claro está, no entendemos en lo más
mínimo negar aquí la posibilidad de la intuición intelectual directa, que
nosotros por el contrario afirmamos ser absolutamente indispensable, y a falta
de la cual no existe concepción metafísica efectiva; pero hay que estar
preparado para eso, y, sean cuales fueran las facultades latentes de un
individuo, dudamos que él pueda desarrollarlas por sus propios medios; por
lo menos, será necesario que una circunstancia cualquiera sirva de ocasión para
tal desarrollo. Esta circunstancia, indefinidamente variable según los casos
particulares, nunca es casual, más que en apariencia; en realidad, ella es
suscitada por una acción cuyas modalidades, si bien pasan inadvertidas a toda
observación exterior, pueden ser presentidas por quienes entienden como la
“posteridad espiritual” es todo lo contrario de una vana palabra» [las
cursivas son nuestras].
A propósito de lo que hemos dicho hasta ahora, y que por sí solo basta para
desmentir las afirmaciones «partidistas» del «autor» sobre la materia, nos
parece oportuno traer a colación aquí algunos pasajes de la Metafísica
oriental de R. Guénon que, aunque parezcan a primera vista no pertinentes
con la cuestión de la «gracia» como concebida por el «autor» de manera
pasivamente conforme a las formas del pensamiento exotérico occidental, resultan
sin embargo apropiados, a nuestro modo de ver, para aclararla aún más.
En la pág. 19 (11) se dice: «El intelecto trascendente,
para captar directamente los principios metafísicos, debe ser él mismo de orden
universal; ya no es una facultad individual y considerarlo tal sería
contradictorio, ya que no puede formar parte de las posibilidades del individuo
el superar los propios límites, salir de las condiciones que lo definen en
cuanto individuo. La razón es una facultad realmente y específicamente humana;
pero lo que está más allá de la razón es verdaderamente “no-humano”; esto es lo
que vuelve posible el conocimiento metafísico, y este último, - digámoslo una
vez más - no es un conocimiento humano. En otras palabras, no es en cuanto
hombre que el hombre puede alcanzarlo; sino porque este ser, que es humano en
uno de sus estados, es al mismo tiempo otra cosa y algo más que un ser humano; y
es la toma de conciencia efectiva de los estados “supraindividuales” lo que
constituye el objeto de la metafísica o, mejor aún, el conocimiento metafísico
verdadero. Tocamos aquí uno de los puntos más esenciales, y es por lo tanto
necesario insistir: si el individuo fuera un ser completo, si constituyera un
sistema cerrado a la manera de la mónada de Leibnitz, el conocimiento metafísico
no sería posible; irremediablemente encerrado en sí mismo, un tal ser no tendría
medio alguno para conocer lo que no se halla contenido en el orden de existencia
que le es propio. [...] Si el conocimiento puramente teórico fuera el fin
último, si la metafísica debiera detenerse aquí, se trataría ya de algo,
seguramente, pero de algo completamente insuficiente. Pese a la certeza real,
todavía más fuerte de una certeza matemática que está ya relacionada con tal
conocimiento, se trataría en fondo, en un ámbito incomparablemente superior, tan
sólo de lo que es en su campo inferior, terrestre y humano, la especulación
científica. No, no es ésto lo que debe ser la metafísica; [...]. Con respecto a
los medios de la realización metafísica, sabemos muy bien que objeción pueden
oponer, por lo que los concierne, los que creen que deben poner en duda la
posibilidad de tal realización. Dichos medios, en efecto, deben estar al alcance
del hombre [...]. Pero - alguien dirá - ¿cómo puede ocurrir que tales medios
puramente contingentes produzcan un efecto que los supera inmensamente, que es
de un tipo del todo diferente de ese otro al cual ellos mismos pertenecen?.
Observaremos de inmediato que en realidad se trata solo de medios accidentales,
y que el resultado que ellos ayudan a obtener no es en absoluto efecto suyo;
ellos ponen al ser en las disposiciones necesarias para alcanzarlo más
fácilmente, y eso es todo. Si la objeción que estamos considerando fuera en
este caso válida, ella lo sería también en el caso de los ritos religiosos, en
el caso de los sacramentos, por ejemplo, en los que la separación entre el medio
y el fin no es menor; algunos de los que plantean una objeción de este género,
quizá no pensaron en esto» [las cursivas son nuestras].
Ciertamente en esto no había pensado, cuando escribía el «Documento», su
«autor», así como está claro - nuevamente - que no había pensado, mucho antes,
en pedirle a Guénon aclaraciones («aunque sea tan sólo a título confidencial»)
sobre las múltiples implicaciones de la materia, para nada fácil (12).
Varias otras observaciones, de la misma importancia de las que acabamos de
hacer, cabría todavía efectuar sobre los contenidos de índole doctrinal del
«Documento confidencial inédito»; sin embargo, nos parece que seguir machacando
sobre esto, luego de cuanto ha sido dicho, terminaría por tediar al lector, por
eso nos reservamos de exponerlas a lo mejor en un futuro, si la ocasión se
presentará y tendremos la posibilidad de hacerlo. De todas maneras, antes de
concluir con un juicio final sobre este «memorial» (juicio final que constituirá
la V parte de nuestro estudio), todavía nos resta tratar en esta sección de una
última cuestión de un carácter algo particular; se trata de un argumento que
ocupa un lugar relevante en el «Documento», y es ese constituido por la
«respuesta» del «autor» a un evento que tuvo lugar hacia 1933-34: la decisión de
uno de los lectores de la obra de René Guénon de ir a Africa del Norte para
buscar allí lo que en Occidente era tan problemático de obtener, la iniciación,
y su regreso a Europa, luego de un segundo viaje, provisto de la autorización a
transmitirla a otros, que - por supuesto - participasen de la correspondiente
tradición. El «autor» habla de esto en los siguientes términos:
«Guénon se mostró muy contento de que ahora existiese una posibilidad de
vinculación iniciática para los occidentales sin que tuviesen que dejar Europa y
me pidió que informase de esta posibilidad a los lectores con quienes yo me
hallaba en contacto [...]. Lo hice, como dijo ya no sé quién, “plenamente de
acuerdo y de muy mala gana”. Plenamente de acuerdo, al menos en apariencia, ya
que no existía coacción física alguna. Para ser consecuente conmigo mismo,
indudablemente hubiera tenido que rechazar dicho papel, ya que no poseía la
convicción profunda de que la islamización fuese cosa deseable para unos
europeos» [la cursiva es nuestra].
El «autor» tiene aquí, cualquiera que sea el estado comprensible de turbación
que puede provocar el sentir aproximarse la necesidad de decisiones graves como
estas marcadas por la obra de René Guénon, no muy presente lo que este último
decía en Oriente e Occidente (pág. 154-155 [de la edición italiana]):
«En el caso de que todavía existiesen en Occidente unas individualidades,
incluso aisladas, que hubiesen conservado intacto el depósito de la tradición
puramente intelectual que debió existir en la Edad Media, todo sería mucho más
simple; pero le toca a estas individualidades afirmar su propia existencia y
mostrar sus credenciales, y, hasta que no lo hayan hecho no compete a nosotros
la solución de este problema. Si esta eventualidad, lamentablemente muy
improbable, no se tuviera que verificar, sólo una asimilación de segundo grado
de las doctrinas orientales, si podemos llamarla así, podría hacer surgir los
primeros elementos de la futura élite; con esto queremos decir que la iniciativa
debería arrancar de individualidades que se hubiesen desarrollado a consecuencia
de la comprensión de dichas doctrinas, pero sin tener vínculos demasiado
directos con el Oriente, conservando en cambio el contacto con todo lo que de
válido pueda aún quedar en la civilización occidental, y especialmente con los
vestigios de espíritu tradicional que ahí han podido persistir, a pesar de la
mentalidad moderna, principalmente bajo la forma religiosa. Con esto no queremos
decir que tal contacto deba ser necesariamente interrumpido por aquellos cuya
intelectualidad se ha vuelto completamente oriental, con mayor razón que, en el
fondo, ellos son esencialmente unos representantes del espíritu tradicional; su
situación es, sin embargo, demasiado particular como para que no se vean
obligados a guardar una rigurosísima reserva, sobre todo hasta cuando no se
apele expresamente a su colaboración; ellos deben mantenerse a la expectativa al
igual que los orientales de nacimiento: todo lo que pueden hacer a más de estos
últimos es presentar las doctrinas con una forma más apropiada al Occidente, y
poner en evidencia las posibilidades de reconciliación que se desprenderían de
su comprensión; ellos, repetimos, tienen que conformarse con ser los
intermediarios, cuya sola presencia demuestra que no todas las esperanzas de un
acuerdo se han irremediablemente perdido» [las cursivas son nuestras].
¿Cómo obrar en un ambiente, digamos, sin un punto de apoyo?. Bien es verdad que
la actitud del «autor» frente a estos argumentos era - nos parece evidente
también en este caso - más exotérica que esotérica, si pudo escribir (pág. 37 de
nuestra «tirada»):
«La solicitud con la que [Guénon] acogió la ocasión de dirigir a sus lectores
hacia el Islam era significativa. Le recordé lo que había escrito en Oriente
y Occidente y en La crisis del mundo moderno, con relación a la
élite que debía seguir siendo occidental y no recibir más que indirectamente
la influencia de Oriente, y con relación, también, al papel de la Iglesia
católica en el proceso de una recuperación occidental. Entonces me contestó: “Yo
no podía, en mis libros, dejar de considerar todas la posibilidades, pero al
respecto nunca me hice ilusiones. Por otra parte, luego de haberlos escrito,
ciertas puertas se cerraron definitivamente, y lo que hice, contribuyó en alguna
medida a que esto sucediera”. Esto mismo lo ha escrito a muchos otros.
Considerando la autoridad que yo atribuía a Guénon, era normal que estuviese
turbado, aunque no sentía ninguna veleidad de seguir personalmente el camino
indicado. Dije que quedé turbado, pero sobre este punto, en realidad nunca le
presté plena confianza [la cursiva es nuestra].
A mi juicio, me hice violencia por dos razones: la primera, es que no podía
considerar una ruptura con Guénon, ruptura que hubiese sido el resultado
necesario de mi rechazo a un deseo - ¿o debería decir: a una voluntad? - tan
claramente formulado. La segunda, es que me sentía inclinado a atribuir a una
cierta indignidad mi abstención respecto de la posibilidad inmediata que se me
ofrecía de obtener la iniciación; pensaba que tenía menos coraje que otros, que
mi aspiración espiritual era débil, que no tenía la capacidad de superar ciertos
apegos sentimentales y que tenía miedo de encarar algunas dificultades prácticas,
un trastorno de la existencia, etc... Y si ése no era mi camino ¿con qué derecho
hubiera podido decidir que tampoco lo era para otros?».
Obstáculos psíquicos y materiales no incomprensibles, mas ¿por qué confiar su
memoria a un «Documento» escrito, aun cuando «confidencial», sino para
disculparse ante alguien cuyo «juicio» se teme y a quien se pide perdón?.
Alguien que, si el «autor» hubiese estado más lúcido, habría tenido que reputar
en cambio como la causa misma de todas sus angustias «realizativas» y que, por
el contrario, él había sentido, poco antes, ¡el impulso desatinado de «defender»
de la «venganza templaria»!. Por otra parte, si hemos considerado oportuno
retomar de una manera u otra extensivamente estas argumentaciones, las que
constituyen aquí como un «diario» personal del «autor», de buenas a primeras
capaz de «conmover» a algún lector excesivamente sensible, es justamente a causa
de que tales argumentaciones han sido - oportunamente despersonalizadas -
retomadas y pícaramente desarrolladas por Arché, aun valiéndose de
imágenes, como hemos puesto en evidencia en el tercero de nuestros artículos
sobre las «Nuevas técnicas de ataque a la obra de René Guénon»; y los que
se hubiesen en ese entonces asombrado de nuestras observaciones sobre las «técnicas
psicológicas» aplicadas en este sentido por la revista «Charis», se darán
cuenta ahora que ellas no eran de ninguna manera exageradas y se ajustan - por
el contrario - a un «estudio» que, tal como ha sucedido para otros puntos, los
ambientes de que hablábamos deben de haber desarrollado, tal vez con alguna
demora, incluso sobre este específico pasaje del «Documento»!.
Todo esto no significa en lo más mínimo que nosotros consideremos que las
dificultades del «autor» en este sentido hayan sido experimentadas de manera
exagerada por él o que no sean reales; lo que queremos decir, y que ya habíamos
apuntado en ese entonces de manera general, es que el reiterar, acentuándolas,
tales dificultades, corresponde a una muy clara voluntad de ponerse «de su
parte», usando dicha referencia como una disuasión contra el ir tomando cuerpo
de ciertas decisiones personales lógicamente consecuentes a la lectura de los
escritos de René Guénon; tales decisiones - sin embargo (y aquí reside la
confusión del «autor» y de todos los que opinaron como él, a partir del sujeto
en cuestión, como resulta del «Documento») - no pueden concernir más que a
casos del todo excepcionales (como dice sin medias tintas el mismo Guénon en
su obra), y ni por asomo a una generalidad de destinatarios occidentales. Nos
importa, en particular, destacar, no obstante, que dicha confusión era cometida
por el mismo «autor», lo que no hace más que probar que su mentalidad, siendo
desde este punto de vista bastante común, a la postre no era la de alguien que
de estos casos excepcionales formara realmente parte. (13).
En realidad, el trabajo al que toda la obra de René Guénon invita no es ni por
asomo, como hemos visto que piensa el «autor» (y que dirá literalmente más
adelante), un trabajo que se pueda configurar como la sustitución de una forma
tradicional por otra para una colectividad de destinatarios en una determinada
área geográfica, sino un trabajo de asimilación personal - confiado por
definición a los pocos que entienden la necesidad del mismo - de los principios
universales sobre los que no puede dejar de estar fundada cualquier forma
tradicional; hablar de «islamización» así como hace el «autor», aun cuando el
instrumento técnico para este trabajo sea de hecho el Islam en sus dos aspectos,
esotérico y exotérico, ya significa ponerse desde una óptica restrictiva, y es
señal de una comprensión inadecuada de la doctrina cuyos elementos fueron en su
totalidad expuestos por René Guénon. Pensando y actuando de esta manera parcial
- en todos los sentidos de la palabra - no se pueden más que suscitar reacciones
de oposición al trabajo mismo que se trata de hacer (Guénon lo dirá expresamente
en Oriente y Occidente); obsérvese como en este libro (parte II, cap. II)
él expone las cosas (la cita será extensa, pero la consideramos necesaria, en
vista de la desproporción existente entre los temores del «autor» y la entidad
del objetivo propuesto por Guénon): «[...] Una civilización anárquica y
huérfana de principios, he ahí lo que a la postre es la civilización occidental
actual, y precisamente esto entendemos diciendo de ella que, al contrario de las
civilizaciones orientales, no es una civilización tradicional.
Lo que nosotros llamamos una civilización tradicional es una civilización que se
funda sobre principios en el verdadero sentido de la palabra, esto es, una
civilización en la que la esfera intelectual domina a todas las demás, de la
cual todo procede directa o indirectamente, y, ya se trate de ciencias o de
instituciones sociales, no se trata de otra cosa, en definitiva, que de
aplicaciones contingentes, secundarias y subordinadas, de las verdades puramente
intelectuales. Por consiguiente, vuelta a la tradición y vuelta a los principios,
no es en realidad más que una misma y sola cosa; es pues evidente que allí
donde ella se ha perdido, hay que empezar por restaurar el conocimiento de los
principios antes de pensar en aplicarlos, así como es evidente que no se puede
reconstituir una civilización tradicional en su conjunto sin poseer primero los
datos fundamentales que a ella deben presidir. Proceder de otra manera,
significaría introducir más confusión allí donde se la quiere hacer desaparecer
y constituiría la prueba manifiesta de una incomprensión fundamental de la
esencia de la tradición [...] [la cursiva es nuestra].
Si nos vemos en la necesidad de insistir sobre cosas tan evidentes, ello se debe
al estado de la mentalidad moderna y al hecho de que, en particular, bien
sabemos cuán difícil sea conseguir que ella no trastorne las relaciones normales.
Aun las personas mejor intencionadas, si participan de una manera u otra de esta
mentalidad, mal de su grado y declarándose sus adversarios, podrían fácilmente
verse tentados de comenzar por el final, aunque más no sea por ceder a ese
extraño frenesí de la velocidad que se ha apoderado de todo el Occidente, o por
el deseo de llegar en seguida a esos resultados visibles y tangibles que para
los modernos son todo, tanto ellos, a fuerza de volver su atención hacia las
cosas exteriores, se han vuelto incapaces de percibir cualquier otra cosa. Por
esta razón repetimos tan frecuentemente, a riesgo de resultar molestos, que ante
todo hay que colocarse en el plano de la intelectualidad pura, y que no se puede
hacer absolutamente nada de positivo si no se comienza de esta manera; todo
lo que posea una relación con dicho plano, aun cuando no sea tangible, tiene
consecuencias decididamente más formidables de todo lo que forma parte
exclusivamente del orden contingente [la cursiva es nuestra]; tal vez esto
sea difícil de entender para quien no esté familiarizado con estas cosas, pero
eso no impide que nuestra afirmación sea rigurosamente justa [...].
Cuando hablamos de principios de manera general y sin ninguna otra
especificación, o de verdades puramente intelectuales, nos referimos siempre y
exclusivamente a la esfera de lo universal; es éste el dominio del conocimiento
metafísico, cuya naturaleza es supraindividual y suprarracional, intuitiva y no
discursiva, independiente de toda relatividad [...].
Es en virtud de la universalidad misma de los principios que el acuerdo debe ser
más fácilmente realizable, precisamente en este campo, de la manera más
inmediata: o se los logra concebir o no se los concibe, pero, cuando se los
concibe no se puede dejar de coincidir. La verdad es única y se impone por igual
a todos los que la conocen, a condición, claro está, de que la conozcan
efectivamente y con certeza; lo cierto es que un conocimiento intuitivo puede
ser tan solo seguro. En esta esfera se está por encima de todas las perspectivas
particulares; las diferencias consisten siempre y exclusivamente en las formas
más o menos exteriores, que son solo una adaptación secundaria, y no en los
principios, que son esencialmente “informales”. El conocimiento de los
principios es en rigor el mismo para todos los hombres que lo poseen, ya que las
diferencias mentales pueden influir sólo sobre lo que tiene carácter individual
(luego contingente) y no tocan la esfera de la metafísica pura; obviamente, cada
uno expresará a su manera lo que habrá comprendido, en la medida en que le será
posible hacerlo, pero quien haya comprendido de veras estará siempre en
condiciones de reconocer, bajo la diversidad de las expresiones, la verdad una,
así que esta inevitable diversidad jamás dará lugar a desacuerdos. Queda
entendido sin embargo que, para ver de esta manera, a través de las múltiples
formas, eso que ellas velan más de lo que manifiestan, es necesario poseer esa
intelectualidad auténtica que se ha vuelto tan completamente ajena al mundo
occidental [...]» [la cursiva es nuestra].
Sólo que difícilmente se querrá emprender un trabajo de realización de estos
principios si antes no se ha tomado conciencia de que la civilización occidental
moderna es tal a causa de su carencia, y - sobre todo - si no se advierte que la
civilización moderna «se asemeja a un organismo decapitado que continúe a vivir
una vida intensa y desordenada al mismo tiempo»; y esto, repitiendo (mas no será
inútil) la cita que hicimos poco antes, porque, en ella, «suprimida la
intelectualidad pura, cada campo contingente y particular se considera
independiente; uno invade al otro y todo se mezcla y confunde en un caos
inextricable; las relaciones naturales se invierten, lo que debería hallarse
subordinado se declara autónomo, toda jerarquía es abolida en nombre de una
quimérica igualdad, tanto en el orden mental como en el orden social; y como, a
pesar de todo, de hecho la igualdad es imposible, se van creando falsas
jerarquías a la cabeza de las cuales se coloca cualquier cosa: ciencia,
industria, moral, política o finanzas, a falta de lo único que puede y debe
tener normalmente la supremacía, esto es [...] a falta de verdaderos principios».
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