a cura di
Heredom
De la fuente:
Pietro Nutrizio e altri
René Guénon e l'Occidente
Luni Editrice

Traducción:
Jorge Sanguinetti

 

De un «Documento confidencial inédito»
(y de las «aporías» de su «autor»)

De un «Documento confidencial inédito»
(y de las «aporías» de su «autor»)

 

 

 

 

 

Antonello Balestrieri

 

  1. Se trata, como se ha recordado [en la «Rivista di Studi Tradizionali»] muchas otras veces, del artículo «De quelques énigmes dans l´oeuvre de René Guénon» aparecido en Cahiers de L´Herne, «René Guénon», 1985.
  2. Se trata, según la nota explicativa de Jean Reyor, que presentaba su artículo «Quelques remarques à propos de l´oeuvre de René Guénon» en el número de «Études Traditionnelles», publicado a fines de 1951, en ocasión de la muerte de este último, de un autor que firmaba con la simple sigla J.C. El estudio en cuestión, siempre según las palabras de Jean Reyor, «había sido enviado [a la redacción de “E.T.”], en el año 1944, por un lector de “Études Traditionnelles” [luego por J.C.], [lector] que había tenido contactos directos con diversas escuelas orientales». Jean Reyor agregaba que «en aquella época - en la que no eran posibles comunicaciones con René Guénon [a causa de la guerra] - se habían manifestado, por parte de algunos hindúes más o menos occidentalizados, y de sus discípulos europeos, críticas relativas a algunos puntos importantes de la obra de René Guénon, en particular por lo que concierne la “reencarnación”». Al respecto Reyor continuaba: «Las circunstancias no permitieron en ese entonces la publicación del estudio, pero nos parece que éste no haya perdido nada de su interés con el tiempo».
    Habida cuenta de la importancia e interés que siguen teniendo - a propósito de la obra de René Guénon y de ciertas críticas actuales versantes sobre el mismo punto y sobre otros ahí tocados - las consideraciones contenidas en dicho estudio, esta «Rivista» presenta su traducción en [este número 89].
    Las críticas a las que nos estamos refiriendo son ahora emitidas por ambientes, ya no de «hinduistas occidentalizados» como en la época a la que se refiere Jean Reyor en su presentación del estudio, sino por grupos de italianos de naturaleza «mixta», abundantemente caracterizados por inclinaciones arqueológico-tradicionalistas mezcladas a banal ocultismo, y al fin y al cabo determinadas por intereses sobre todo «políticos».
  3. Véase nuestra referencia precedente al capítulo IV de Iniciación y Realización espiritual, «La costumbre contra la Tradición» .
  4. Esta explícita admisión, por parte del «autor», del ánimo con que ha sido redactado el «Documento», constituye para nosotros una prueba de la conciencia que él debía tener, en el fondo de sí mismo, de la «negatividad» de su actitud respecto a la labor global de René Guénon; si insistimos sobre este aspecto del trabajo es, como se habrá largamente entendido, a causa de la peligrosidad que reconocemos en él desde un punto de vista realmente tradicional. Nos encontramos por lo tanto en total discrepancia, sobre este punto, con la opinión de Dominique Devie, quien en el artículo citado en la primera parte de este estudio, afirma que «en [su] opinión la lectura integral del “dossier” completo lejos está de producir esa impresión negativa que los detractores de Clavelle se empeñan en difundir» («C.R.E.T.», n° 6, pág.108).
    Es verdad, sin embargo, que nuestro juicio se basa en los contenidos doctrinales del «Documento», mientras que Devie se ha claramente colocado, en su examen, desde un punto de vista que podemos definir «literario», o como mucho histórico-psicológico... 
  5. Este alarde de «confianza» del «autor» en la doctrina expuesta por Guénon es fácilmente refutable como ilógico y puramente verbal, o siendo benévolos veleidoso, si se consideran todas las observaciones contrarias al mismo con las que, a estas alturas, él ha de hecho ya cargado su trabajo, y sobre todo aquellas otras, concisas pero definitivas, que seguirán. En realidad, todas las dudas y vacilaciones presentes en este «Documento» no son más que señales visibles de una bien pobre comprensión de la doctrina expuesta por R. Guénon en un ser que, para resolver las «aporías» generadas en él por la obra que la vehicula, no encontró nada mejor que inventarse una fácil e hipotética «distinción» entre la función de Guénon y su comportamiento individual (tal cómodo artificio está puesto especialmente de relieve en el artículo de Dominique Devie ¡quien no obstante lo avala como «justo»!).
    Hacemos además notar como, en esta protesta de fidelidad, aún más contradictorio que todo el resto sea el afirmar que se está «de acuerdo con la obra doctrinal [de Guénon] [...] en el orden cosmológico y en el de las técnicas iniciáticas», cuando, después, la que se pone abiertamente en duda, como se verá enseguida, es justamente la aplicación de las leyes que gobiernan tanto la cosmología, como los procesos de desarrollo iniciático.
    Las consecuencias a las que se llega pensando de esta manera las dejamos deducir a nuestros lectores... (y por lo demás ellas se manifestarán con toda evidencia en los textos que se han originado de este «Documento», sobre todo en ese que lleva por título Ésotérisme et Christianisme autour de René Guénon, de M.-F.James).
  6. La palabra que hemos traducido como «resultados» es el francés «aboutissement», y nadie puede dejar de notar la estrecha consonancia de este término con el título dado por Arché a sus tres recopilaciones de artículos de Jean Reyor: Pour un aboutissement de l´oeuvre de René Guénon.
    De lo que deberían deducirse con buena lógica dos cosas: primero, que, según ésos, hasta ahora la obra de Guénon aún no ha dado frutos; segundo, que en ciertos ambientes se piensa (؟pero con cuánta buena fe?) que..., con el tiempo, surgió alguien ¡que entendió la obra de Guénon mejor que su propio Autor, o que mejor que él supo aplicarla!. Una observación análoga a esta última ya nos había tocado hacerla en nuestro artículo «“L’Archéomètre” y afines», con referencia a otro presunto «continuador» de la obra de René Guénon...
  7. Ya que, con respecto a «los medios», el «autor» aduce emblemáticamente el caso de la Masonería, diremos aquí, tratando de no explayarnos demasiado, que, por lo que concierne a una Masonería entendida según los criterios que se pueden deducir de la obra de René Guénon, en este dossier, en los comentarios que del mismo más o menos directamente han sido ya hechos en alguna parte, y sobre todo en muchos de los artículos de J. Reyor exhumados por Arché y por Éditions Traditionnelles, parecería olvidarse lo que el mismo Guénon decía en el «Prefacio» de Consideraciones sobre la Iniciación:
    «A propósito [de las organizaciones iniciáticas occidentales], pensamos que nos sea dado expresar, sin correr excesivo riesgo que ello sea mal interpretado, el deseo que entre los representantes de tales organizaciones haya al menos alguien a quien las consideraciones que exponemos contribuyan a devolver la conciencia de lo que es realmente la iniciación; no es que abriguemos demuchas esperanzas al respecto, no más, por otro lado, de cuantas tenemos por lo que, más generalmente, concierne a las posibilidades de restauración que el Occidente puede aún llevar en sí mismo. Sin embargo, hay de seguro personas a las que les falta el conocimiento real pero no la buena voluntad; solamente que tal buena voluntad no es suficiente, y toda la cuestión sería la de saber hasta donde su horizonte intelectual es capaz de extenderse, y, además, si están realmente cualificados para pasar de la iniciación virtual a la iniciación efectiva [la cursiva es nuestra]; de todos modos, nosotros no podemos, en lo que nos concierne, hacer otra cosa más que presentar algún dato del que tal vez sacarán provecho quienes sean capaces de hacerlo y estén dispuestos a sacar partido en la medida en que las circunstancias se lo permitirán».
    Sobre lo que pensamos en la «Rivista di Studi Tradizionali» de tal argumento, y sobre la posición del «autor» al respecto, se podrán encontrar indicios en el n° 70, en particular en dos artículos, respectivamente de Ugo Darbesio y nuestro, «Editoriale» y «Nuove tecniche di attacco», parte I.
    De todas maneras, la superficialidad y asombrosa inconsciencia de las realidades iniciáticas que deben de haber caracterizado, en la segunda parte de su vida, el pensamiento del «autor», están bien sintetizadas por el segundo párrafo del «Documento», omitido por nosotros en el texto, párrafo en el cual, a título de ejemplo, se exponen aquellos que el «autor» juzgaba ser los «errores» de R. Guénon sobre los medios por él especificados a fin de hacer pasar de lo «especulativo» a lo «operativo» a los lectores capaces de acoger su «mensaje» en campo masónico; transcribimos aquí el pasaje:
    «Respecto a los medios, no daré más que un ejemplo: ¿cómo podía restaurarse una Masonería tradicional fuera del soporte exotérico normal de esta forma de iniciación? ¿Cómo podía esperarse de conducir a realizar un trabajo serio [!] [la cursiva es nuestra], ya fuera a una logia perteneciente a una Obediencia regular [une loge obedentielle] cuyos miembros no participaban de ningún exoterismo, o a una “Logia salvaje” algunos de cuyos miembros eran musulmanes, otros católicos incompletos o fraudulentos (entiendo con esto, aquellos que recibían los sacramentos sin haber confesado la propia condición de masón), y uno de los cuales era calvinista?».
    A este punto, invitamos a nuestros lectores a comparar estas palabras con las siguientes afirmaciones de R. Guénon, con las que se cierra el «Prefacio» de Consideraciones sobre la iniciación:
    «Interrumpiremos aquí estas reflexiones preliminares, ya que, digámoslo una vez más, no es a nosotros a quienes corresponde intervenir activamente en tentativas de este género; indicar la vía a aquéllos que podrán y querrán seguirla, esto es todo lo que pretendemos a este respecto; y por lo demás, el alcance de lo que tenemos que decir está bien lejos de limitarse a la aplicación que se puede hacer a una forma iniciática particular, ya que se trata ante todo de los principios fundamentales que son comunes a cada iniciación, tanto de Oriente como de Occidente. La esencia y finalidad de la iniciación son, en efecto, siempre y por doquier las mismas; sólo las modalidades difieren por adaptación a los tiempos y lugares; y agregaremos enseguida, para que nadie pueda caer en error, que aun dicha adaptación, para ser legítima, no debe ser nunca una “innovación”, esto es el producto de una fantasía individual cualquiera, mas, como en el caso de las formas tradicionales en general, debe proceder en definitiva siempre de un origen “no humano”, sin el cual no podría existir ahí en realidad ni tradición ni iniciación, sino tan sólo alguna de esas “parodias” que tan frecuentemente encontramos en el mundo moderno, las cuales no vienen de ninguna parte y tampoco llevan a ninguna parte y que en consecuencia no representan realmente, por decirlo así, más que la pura nada, cuando no sean los instrumentos inconscientes de algo todavía peor» [la cursiva es nuestra].
    Si durante su vida, el «autor» hubiese tenido el coraje de exponer públicamente, después de la muerte de Guénon, las consideraciones que contiene su «Documento», en lugar de querer mantenerlas sous le boisseau, como dice a menudo D. Devie en sus escritos referidos a este último, sin duda desde las páginas de la «Rivista di Studi Tradizionali» se habría tenido la ocasión de preguntarle: ¿son las suyas, o aquellas de René Guénon, las consideraciones que provienen de un origen «no humano»? Ahora es tarde para formularle esta pregunta, pero de cualquier modo se habrá comprendido que ella, en nuestros designios, aun en ese entonces hubiera sido absolutamente retórica...Y esto, en fin de cuentas, no hace sino anticipar, en uno de sus aspectos, las conclusiones a las que llegaremos a propósito de la actitud global del «autor» de este «Documento» respecto de la función de René Guénon.
  8. Respecto a los «hombres», es singular (y reveladora) la insistencia con la que el «autor» vuelve repetidamente sobre la idea de la «elección», por parte de René Guénon, de aquéllos a los que «concedía su confianza». Y también aquí, si el «Documento» no se hubiese mantenido secreto hasta después de la desaparición de su redactor, se le habría podido preguntar de qué medio él pensaba que Guénon dispusiese, para entrar en contacto con los seres a quienes destinaba su obra, a no ser las reacciones activas de estos últimos a la lectura de sus escritos. Véase, a propósito de ésto, el siguiente pasaje de Oriente y Occidente (pág. 147 [de la edición italiana]) ya parcialmente citado en la parte III de este estudio: «[...] Cuando se esté persuadido de la necesidad de ciertos cambios, es necesario comenzar a hacer algo en este sentido [esto es, expresar ciertas ideas], y brindar cuanto menos, a quienes sean aptos (porque a pesar de todo alguien tiene que haber), la oportunidad de desarrollar sus facultades latentes. La primer dificultad es la de llegar a los que tales cualificaciones poseen y tal vez ni siquiera imaginan cuales sean sus posibilidades» [la cursiva es nuestra].
    Nos parece evidente que esos que el «autor» llamará «los errores [de René Guénon] relativos a los hombres cuyas actividades ha promovido y “cubierto”», no son otra cosa que ciertas debilidades presentes en sus destinatarios, debilidades que podían por lo demás ser transitorias, o sea eventualmente superables - en función de la propensión de éstos respecto de su propio papel y de su capacidad para desempeñarlo - y de todas maneras corregibles, pero sólo si ellos las vieran en su verdadera naturaleza de impedimentos para una «realización espiritual» tal como René Guénon la bosquejara. Todo esto se relaciona, como nos parece evidente, con lo que René Guénon explicó ya desde el comienzo de lo que el «autor» llama, con detestable menosprecio, la «carrera de Guénon», acerca de la actitud esencialmente activa que el iniciado debe tener durante esa que será para él la «gran guerra santa», es decir el proceso de eliminación de los propios prejuicios y defectos; y un fracaso en el curso de este proceso no podrá de seguro ser imputado a quien, aparentemente desde fuera, tal proceso ha suscitado.
    El «autor», como ya hemos visto en el «Documento», afirma de no haber entendido nunca muy bien la diferencia, constantemente hecha por R. Guénon, entre la iniciación y el misticismo (este último caracterizado por una pasividad de fondo, con respecto a las propias limitaciones, no desarraigable en el sujeto que alberga la presunción de saber): todo lo que estamos poniendo de relieve no hace más que confirmar que él - de hecho - dicha diferencia no la entendió nunca y no dejó de ser hasta el final (si éste se puede considerar su «testamento»...) un occidental de mentalidad.
  9. Con esta expresión el «autor» se refiere al título de una novela de aventuras del norteamericano J. Fenimore Cooper, cuya mención en este contexto no deja, para nosotros, de constituir otro indicio, más nien trágico, de su nivel de comprensión de las cosas de las que está tratando, por lo menos en el «momento» en que decidió extender el «Documento».
  10. Véase, al respecto, nuestro artículo, «Nuevas técnicas de ataque a la obra de René Guénon», parte I, en el n° 70 de la «Rivista di Studi Tradizionali» [n° 4 de la «Revista de Estudios Tradicionales»].
    Al parecer, nadie se ha percatado de los siguientes tres breves párrafos, cargados de intimidación progresiva, que se encuentran en las págs. 11-12 del «Avant-propos» de La Vie simple de René Guénon, escrito por P. Chacornac con la colaboración del «autor»:
    «En nuestro trabajo hay también lagunas voluntarias, y se admitirá que no puede ser de otro modo cuando se escriba en una época tan próxima a los acontecimientos referidos: no podíamos sacar a relucir terceras personas sin su autorización y hay incluso casos en los que ni siquiera podíamos pensar en pedírsela [?]
    Sobre todo con respecto al período [de la vida de Guénon] que va desde comienzos de 1929 hasta 1950, habríamos podido decir mucho más de lo que hemos hecho, en especial por lo que concierne a las esperanzas y decepciones sufridas por Guénon en cuanto a ciertos prolongamientos de su obra.
    No habría sido agradable para todos, y Guénon seguramente no lo hubiese deseado. Aun en el terreno de los hechos, hay silencios de los cuales no nos apartaremos, a menos que manifestaciones inoportunas no nos obliguen a hacer lo contrario» [la cursiva es nuestra].
    Tenemos nuestras buenas razones para pensar de saber qué quería decir el «autor» con estas «manifestaciones» y para considerar que el «Documento confidencial inédito» haya sido su respuesta al verificarse de las mismas...
    Dejamos que sea el lector a elegir el calificativo atribuible a la actitud que revelan los tres párrafos citados. De todas maneras, frente a la naturaleza de «revelaciones» históricas de la ralea de las presentadas por el dossier que hoy se expone erga omnes (Devie anda, tal vez, cerca de la verdad refiriendo la opinión de quien considera que el «autor» haya a veces confundido su papel con el de una «pipelette» [portera]), a nosotros nos parece sobre todo fuera de lugar que se pueda hablar de una «carrera iniciática» de su redactor.
  11. Por lo demás no es difícil darse cuenta, a través de las palabras del «Documento» en el punto [2], como los «errores [de R. Guénon] relativos a los hombres cuyas actividades ha promovido y “cubierto”» se hallen también, desde un ángulo ligeramente distinto de aquel con el que hemos examinado el mismo punto en la nota 8, esencialmente implicados, en la mente del «autor», por un hilo del discurso único: el de que éstos no hayan compartido su propia opinión sobre lo que en la obra de Guénon «toca al estado actual del Cristianismo» y hayan en consecuencia adoptado como vehículo de realización «práctica» del contenido doctrinal de tal obra, para sí mismos, una forma tradicional diferente.
    Sea lo que fuere de los errores de perspectiva «teóricos», de las debilidades humanas no controladas y del rumbo improcedente dado a los propios esfuerzos por algunos de ellos, defectos que han llevado al fracaso más o menos total de la empresa que intentaran, si comparada con los objetivos presentados por la obra de René Guénon, ésta no es la ocasión para juzgarlos al respecto (por otra parte nuestra «Rivista» no dejó de tratar de estos argumentos en su momento).
    Hablando de ellos de manera absoluta, si podemos decirlo así, queda con todo siempre el hecho positivo - y es esto lo que en nuestra opinión les ha valido la ayuda inicial de Guénon, desaprobada por el «autor» - de que, atraídos por «constitución interior» hacia la meta informal propuesta por René Guénon con sus escritos, éstos han tenido la fuerza interior y el coraje de salvar al menos las barreras constituidas por el atavismo «étnico» y los prejuicios ambientales; cosa que al redactor del «Documento confidencial inédito», en la realidad, no le fue posible hacer nunca completamente, y esto ni para la Masonería ni para el Islam.
    De este último hecho este mismo «Documento» exhibe para nosotros las pruebas evidentes (éste puede ser leído no tanto como un «testamento», como algunos han afirmado, sino más bien como un intento de «defensa» para con las autoridades exotéricas occidentales, cuando no como un «parte informativo» destinado a estas últimas), y en todo caso prueba más evidente aún es que de él se hayan servido, como ya dijimos, todos los que estas barreras, de una u otra manera, personificaban (y todavía personifican), si nos está permitido expresarnos de esta manera.
    Queda por considerar lo que en el «Documento» se dice del caso del último de estos seres, al menos del último nombrado por el «autor», que es también el único que se haya encontrado en la situación descripta en el punto [2] (o sea en la situación «[...] de haber disfrutado, [...] hasta la muerte de Guénon, de la confianza de este último»), así que nos parece axiomático que las palabras del «autor» estén principalmente dirigidas en su contra.
    Como tal vez sepan quienes leen nuestros trabajos y como hemos recordado ya en la primera parte de este artículo, si hay algo que nos repugna en especial (y esta actitud la hemos asimilado aprendiéndola entre muchas otras cosas de René Guénon) es hacer intervenir en el campo del que se ocupa esta revista las cuestiones que conciernen muy de cerca a las personas; no podemos, sin embargo, en este caso específico, movidos por las afirmaciones de este tenor contenidas en el «Documento», hacer otra cosa que renunciar - al menos por un momento - al hábito de discreción que de ahí se infiere. Diremos, por lo tanto - y lo afirmamos con certeza, habida cuenta de nuestras propias experiencias y de pruebas directas e irrefutables -, que:
    a. los pocos hechos expuestos en el «Documento», y concernientes al ser de quien se revive en tercer lugar el iter tradicional visible «desde el exterior», están descaradamente tergiversados por una voluntad mistificadora y restrictiva, y, en muchos de sus aspectos, incluso deliberadamente falseados (tan sólo a título de ejemplo diremos que, de hecho, el «autor» estaba perfectamente al corriente de que la indicación de la autoridad esotérica norteafricana, de la que se hace mención en el «Documento», provenía del mismo René Guénon y no «de un europeo musulmán que se había establecido en Marruecos»);
    b. es sencillamente falso el condicional dubitativo que se usa para indicar una función «menor» atribuída a este ser por la autoridad tradicional mencionada;
    c. el «autor» se abstiene (y pour cause, si se considera su especial mentalidad y situación) de hablar de una bien superior y autónoma función tradicional reconocida luego a este ser por tal autoridad esotérica (caso que, dicho sea de paso, no encuentra equivalencia en los hechos relativos a los dos sujetos de quienes ha previamente descrito a grandes rasgos la «carrera intelectual»). La elevación espiritual y funcional de la figura que reconoció al ser en cuestión la función de que se trata vuelve además nulas todas las tentativas de baja difamación «personal» con las que el «autor» ha diseminado el propio texto a propósito de este último, tentativas que para nosotros tienen un claro significado de individual, mezquino y sobre todo injustificado «desquite».
    En cuanto a pintar, como se hace en la ocasión, un Guénon «sensible» a la que viene presentada como una simple adulación con respecto a él por parte de este ser, consideración disparatadamente fuera de lugar en esta delicadísima materia, y al hecho de que R. Guénon habría al final «aprendido que no conviene poner todos los huevos en la misma canasta», enviando a sus correspondientes a la persona de la que se trata, dejamos juzgar de tales afirmaciones a quienes tienen aunque sea una mínima conciencia de la seriedad y prudencia con que deben tratarse estas cosas en campo tradicional. La ligereza y asombrosa torpeza, para no indagar más, con las que ellas son manejadas aquí verbalmente por el «autor», acaba de pintar, de este último, un cuadro cuya sordidez - in fine - no cesa de sorprender a nosotros mismos, echando una luz reveladora asimismo sobre la mentalidad de todos los que entre tanto han prestado fe, para bien o para mal, al contenido de este «Documento» [Podemos aquí agregar que algún otro aspecto de toda esta cuestión ha sido tratado más o menos ampliamente en el artículo de B. Rovere «Una parodia dell’aiuto dell’Oriente» («R.S.T.», n° 65) y en nuestro artículo «Nuevas técnicas de ataque a la obra de René Guénon» parte I («R.S.T.», n° 70 - «R.E.T.», n° 4) del cual el presente estudio resulta de cierta manera una prolongación]. 
  12. La que sigue es la cita de un pasaje de carta privada de René Guénon (26 septiembre 1946) aparecida en René Guénon, colección de textos publicados en memoria de R. Guénon en ocasión del centenario de su nacimiento (Les Dossier H, «l´Age d´Homme», 1984). 
  13. Esta es otra de las infamias características del «Documento» y no de las menos reveladoras... 
  14. Como se habrá visto por el presente estudio mismo, hemos siempre sostenido desde esta revista que recurrir a la correspondencia privada con René Guénon, salvo en casos - como éste - relacionados con la necesidad de corregir deformaciones evidentes relativas a la interpretación de su obra, tanto personales como ideológicas, demuestra solamente la existencia de razones vinculadas, en quien lo hace, a intereses individuales, de cada uno o colectivos; lo mismo se puede decir, asimismo, de estas «revelaciones», cuyo móvil, como hemos visto, puede ser identificado en motivaciones de ambos tipos. Por más que haya sido poco agradable ocuparnos de este género de trabajo, hemos sin embargo encarado con absoluta serenidad la tarea de rectificar también aquí las deformaciones intelectuales y de otro tipo que caracterizaban a este «Documento», conscientes sobre todo de los daños que podían provocar muchas de las pseudo- verdades o de las patentes falsedades ahí contenidas, en lectores que tan sólo ahora se apresten al ahondamiento de la obra de René Guénon.
  15. Cf. La Cavalleria spirituale (Kitâb-ul-Futuwwah) di Abû Abd-er-Rahmân Sulamî, Luni Editrice, Milán, 1998.
En el último trabajo público de Jean Reyor que se conozca (1), un escrito en fin de cuentas también equívoco por más de una razón, pero sobre todo por las veladas dudas que suscita en el lector sobre las que ahí se dicen ser las «fuentes» exteriores y por decirlo así «literarias» de Guénon, se trae a colación, a manera de final positivo para un texto que debía ser exclusivamente de homenaje a R.Guénon, la siguiente declaración proveniente, según Reyor mismo, «de alguien que sin duda fue uno de los mejores conocedores [de la obra de René Guénon] y de ciertas doctrinas orientales» (2):

«A guisa de conclusión, volveremos todavía sobre la extraordinaria potencia de sugestión, sin cesar creciente, del poder de engaño que dominará enteramente el mundo exterior antes de fin de ciclo. Sabemos [y sería interesante - si fuera posible hacerlo - preguntarle a Jean Reyor a que “fuentes” él asignaría la atendibilidad de esta afirmación] que llegará un momento en el que cada uno, solo, privado de cualquier contacto material que pueda ayudarlo en su resistencia interior, deberá encontrar en sí mismo - y sólo en sí mismo - el medio para adherir firmemente, en el centro de su existencia, al Señor de toda verdad. No se trata de una imagen literaria, sino de la descripción de una situación que quizá no esté ya muy distante. Ojalá pueda cada uno prepararse a esto y armarse de una rectitud interior tal que todas las potencias de ilusión y de corrupción resulten impotentes para hacerlo desviar. Nada mejor que la obra de Guénon podría facilitar a los occidentales esta preparación» [la cursiva es de Jean Reyor].

Si este lacónico y aun espléndido reconocimiento del valor intrínseco de las doctrinas contenidas en la obra de René Guénon y de la claridad con la que fueron expuestas, corresponde perfectamente a lo que nosotros mismos pensamos de ella, debemos aquí amargamente evidenciar que, al contrario, el «Documento» que estamos terminando de examinar se incluye, y con mucha eficacia, entre los soportes de ese «poder de engaño que dominará enteramente el mundo exterior antes de fin de ciclo» de que se habla en este pasaje; y esto, sobre todo por el carácter desviador de la verdad, bien que inicialmente percibida, conferido en él a las ideas y los eventos abordados.

De lo que acabamos de decir son prueba evidente las afirmaciones con las que el «autor» finaliza el «Documento», afirmaciones que, a nuestro ver, constituyen además de éste el «móvil» y la clave real, ya que - como hemos visto en las palabras mismas de Guénon - «el hombre jamás puede obrar sin algún motivo, por legítimo o ilegítimo que sea» (3); también nosotros terminaremos, por lo tanto, con algunas consideraciones sobre ellas, indicándolas con los números. [1] [2] y [3]. Las afirmaciones de que hablamos son las siguientes:

«En las páginas que preceden he podido dar la impresión de una actitud sobre todo crítica hacia Guénon (4). No querría que subsistiese el menor asomo de un malentendido al respecto. Luego de alrededor de cuarenta años de familiaridad con su obra, la considero siempre única, insustituible y, de hecho, indispensable para un hombre de hoy que anhele el conocimiento. Mi acuerdo es total con la obra doctrinal no sólo en el orden metafísico, sino [también] en el orden cosmológico y en el de las técnicas iniciáticas (5). Los únicos puntos de desacuerdo - seguramente graves - se refieren [1] a lo que, en ella, toca al estado actual del Cristianismo. Ya me he explicado lo suficiente sobre este argumento, públicamente, como para que sea necesario volver sobre él aquí nuevamente.

Al contrario, [2] me parece seguro que el hombre, cuando buscó resultados prácticos (6) para su obra, se equivocó en demasía sobre los medios (7) y sobre los hombres (8) [...] Me parece inútil insistir sobre sus errores relativos a los hombres cuyas actividades ha promovido y “cubierto”. Considero por consiguiente [?] que nadie pueda hacer valer una cualquier autoridad por el solo hecho de haber disfrutado, aun cuando fuese hasta la muerte de Guénon, de la confianza de este último, de haber sido elegido, aprobado y reconocido por él para el ejercicio de tal o cual función.

[3] Un defecto bastante común de los “guénonianos” y contra el que quisiera poner en guardia, es la tendencia a creerse los “últimos de los Mohicanos” (9), a pensar que en el mundo, o en todo caso en el mundo occidental, ya no hay más nada de tradicional salvo éste o ése grupo, o por lo menos salvo los grupos que se formaron directa o indirectamente bajo la inspiración de Guénon. Se trata de una actitud ridícula, que en gran parte ha contribuído a menoscabar la influencia de su obra. Se puede tener la seguridad de que, a pesar del desorden generalizado y de la degeneración de las religiones y las iniciaciones, siguen existiendo tanto taoístas como hindúes, musulmanes, cabalistas, esoteristas cristianos religiosos o laicos [el “autor” entiende aquí, evidentemente, pertenecientes o no al clero], y hasta masones “auténticos” que no tienen ninguna relación directa con Guénon» [todas las cursivas son nuestras].

Sobre el punto [1], la «Rivista» se ha ya expresado a su vez «públicamente», transcribiendo en traducción, en el n°70 (enero-junio 1990), los dos artículos de F. M. que confutaban las tesis de Hugonin/Dessaint-Emor/Reyor (M. Clavelle) contenidas en los dos estudios «Orient et Occident 1958» y «Pour qui sonne le glas?», publicados respectivamente por «Le Symbolisme» y por «Études Traditionnelles» de los años 1958 y 1959. Sobre esta cuestión, por consiguiente, tampoco nosotros volveremos, recordando tan sólo que la correspondiente «diatriba ideológica» le costó, en ese entonces, a Jean Reyor, su posición de director de la revista «Études Traditionnelles» (10).

Sobre el punto [2] lo que nosotros pensamos, dicho en palabras muy simples y generales, es ésto: alguien que haya concebido y redactado un trabajo como El simbolismo de la Cruz (para citar uno solo de los 27 estudios que componen ahora la obra de René Guénon) puede seguramente escribir con conocimiento de causa este pasaje:

«[...] el “hombre moderno” es realmente inepto para recibir una iniciación, o por lo menos para lograr la iniciación efectiva; pero debemos agregar que sin embargo existen excepciones, y esto porque - a pesar de todo - todavía hay, aun en Occidente, hombres que, a causa de su “constitución interior”, no son hombres modernos, que son capaces de comprender lo que es esencialmente la tradición, y que no aceptan de considerar al error profano como un “hecho consumado”; y es a estos últimos que nosotros hemos siempre entendido dirigirnos de manera exclusiva»; y quien lee este pasaje, y está en condiciones de comprender lo que realmente significa, tiene fundados motivos para prestar fe a tal ser. Pero alguien que no esté en estas condiciones (o bien, para ser más claros, que no sea capaz, tales libros, de escribirlos habiéndolos concebido autónomamente), ¿cómo puede emitir - tal como hace el «autor» en estas páginas - un juicio sobre los modos correctos de poner en práctica semejante «mensaje» y sobre los hombres aptos para recibirlo (11)?.

Es ésta, como ya hemos señalado, la «aporía» que supedita la actitud y la subsiguiente manera de pensar en consecuencia de la lectura de la obra de R. Guénon, de aquél que ha escrito las cincuenta páginas del «Dossier confidentiel inédit» que nos ha ocupado; por lo cual - con toda tranquilidad - nos sentimos justificados emitiendo nosotros, sobre tal «Documento», la calificación plenamente negativa que hemos expresado más arriba, calificación que involucra además toda la actividad «tradicionalística» (o mejor pseudotradicional) de la persona que lo escribió cuando ella en su tarea no se vió más sostenida y guiada por una verdadera autoridad espiritual.

El «autor», no comprendiendo, como resulta evidente de este mismo «Documento», el alcance más profundo de los escritos de René Guénon, con quien había sin embargo colaborado en cierta forma por más de veinte años, a partir del momento en que escapó a su control (y esto, para él, no pudo más que coincidir de manera definitiva con la muerte de este último), perdió toda fiabilidad desde un punto de vista realmente tradicional, y - si hiciera falta - este hecho nos justifica asimismo si transcribimos aquí el comentario, discretamente restrictivo sobre su actividad en general, formulado por el propio René Guénon (pero con una elegancia y una benevolencia que en la redacción del «autor» brillan por su ausencia) en una carta privada, ya en 1946:  (12): «No sé que pudo hacerle pensar que M. Clavelle fuera mi representante en París; él es simplemente uno de los que me hacen el favor de ocuparse de las cosas que, a causa de la lejanía en que me hallo, no puedo hacer por mí mismo; por lo que a él respecta, se ocupa más particularmente de lo que concierne a los “Études Traditionnelles”, así como otros se ocupan de las cuestiones que se refieren a la edición de mis libros, etc.: a todos les debo mi reconocimiento por la ayuda que de esta manera me dan, pero en realidad ninguno de ellos es, rigurosamente hablando, mi representante» [la cursiva es nuestra].

Nos vemos con tanto mayor motivo movidos a referir estas palabras, en cuanto gran parte del alcance disolutivo del documento que estamos terminando de comentar deriva justamente de haber estado su «autor», a los ojos de los lectores, «al lado» de René Guénon por tanto tiempo. Por intermedio de ellas, además, se ve como René Guénon no haya sido, ni siquiera tratándose de hombres, ese «ingenuo» que el «autor» solapadamente quiere hacer creer que fuese; así como de dichas palabras se desprende también que, cuando se trata de cosas serias (y aquellas de las que hemos tratado se cuentan entre las más serias que haya, a despecho del «tono» de salón que se les da en este «memorial» (13)), «el que a hierro mata a hierro muere» (14).

En cuanto al punto [3], valen en el fondo para él las mismas observaciones generales motivadas por el punto [2]; los lectores de buena fe podrían hacer a solas la adaptación sin inconvenientes. Mas, queriendo entrar en mayores detalles también acerca de él, se podría llamar la atención sobre la impresión de superficialidad y presuntuosidad, lindantes con lo grotesco, que dejan las afirmaciones de la conclusión final bajo la pluma de alguien que, como el «autor» - el cual, por lo que se refiere a la intelectualidad le debía todo a Guénon -, de las cosas de que habla nada podía saber más que por erudición libresca y consecuentemente debería haberse ajustado estrictamente a todo lo sugerido o directamente expuesto por este último.

En realidad, aun desde este punto de vista hay que relevar, en cambio, como el «autor» no haya tenido rémora alguna, a lo largo de su «Documento», en expresarse varias veces de manera discordante con lo afirmado por Guénon en toda su obra (el caso representado por el estado actual del Cristianismo - como ya hemos puesto de relieve - es un ejemplo palmario de lo que decimos). No sabemos cuales sean los ambientes o las personas a los que el «autor» se quiere referir en especial con sus palabras, pero notamos que aun cuando fuera cierto que ellos tengan o tuviesen la actitud descripta en el punto [3] del «Documento», obviamente la responsabilidad de tal cosa no sería atribuible a René Guénon. Lo que para nosotros no admite duda es que los síntomas de la permanencia «vital» de cualquier tradición, en particular en su aspecto esotérico, no deben buscarse, como solía hacerlo el «autor» (que de esta manera no hacía más que dar cuerpo a sus propias ilusiones), ¡en la ...publicación de algunos textos, o en su mayor o menor difusión!

Hemos tenido recientemente ocasión de leer un párrafo de la obrita «La Cavalleria Spirituale» (Kitâb-ul-Futuwwah) de Abû ‘Abd-er-Rahmân Sulamî, cuyo contenido nos parece adecuado para concluir nuestro escrito en forma definitivamente explicativa, ya que compendia de manera digamos «simbólica» las conclusiones a las que ya hemos llegado:

«Es norma de la caballería [espiritual] - se dice en el párrafo 14 del cap. II de este libro - aceptar las palabras de los sabios, y cuando no se las comprenda, disfrutar de su bendición hasta tanto se las llegue a comprender. Junaid, que Allâh sea misericordioso con él, dijo: “Disfruté de la compañía de los Maestros espirituales (shuyûkh) por más de diez años, y los escuché hablar de su ciencia sin comprender nada de lo que decían, pero sin por eso desaprobarlos. Y me fue muy útil, en cada una de las reuniones a las que participaba, escuchar lo que decían convencido de que fuese cierto, sin que aquello que no entendía me moviese a desaprobarlos [la cursiva es nuestra]. Transcurrió así este período, hasta que vi sus frutos, pues vinieron a consultarme a mi casa para conocer mi opinión: ‘Ha sido planteada tal cuestión, quisiéramos que tu también la escuches para decirnos tu parecer al respecto’ ... o algo parecido”» (15).

De este relato, que hasta cierto punto se adapta perfectamente al caso del «autor», se puede deducir, interpretándolo correctamente y adaptándolo al argumento que nos ha tocado desarrollar, que mientras él escuchó el «discurso» de René Guénon, sin entenderlo en toda su profundidad, pero al menos sin desaprobarlo abiertamente en los aspectos que no comprendía, su actitud se mantuvo relativamente compatible con la obra de este Autor; pero cuando, continuando a no entenderlo, empezó a expresar su parecer sobre éste - sin que nadie de los que lo había entendido se lo pidiese, o peor aún, incitado a esto por la influencia de ambientes en los que no existía interés alguno en que los escritos de René Guénon fueran comprendidos en su justo sentido - el producto resultante no podía ser sino el que surge del «Documento» que acabamos de comentar.

En pocas palabras esta es, a nuestro ver, la doliente historia de aquél que hemos hasta aquí llamado el «autor», historia de un ser a quien, mientras se mantuvo fiel a René Guénon y a su obra, nosotros mismos hemos debido mucho, y sobre cuyo destino personal nos abstenemos cuidadosamente, como es menester, de juzgar. Como expresa la sabiduría árabe: Allâhu ‘alamu.