a cura di
Heredom
De la fuente:
Rivista di Studi Tradizionali
n. 80, Gennaio - Giugno 1995

Traducción:
Bernardo Durante

 

«La puerta estrecha»
y «El ojo de la aguja»:
estudio sobre un aspecto particular del simbolismo constructivo

«La puerta estrecha»
y «El ojo de la aguja»:
estudio sobre un aspecto particular del simbolismo constructivo

 

 

 

 

Pietro Nutrizio

 

  1. Véase: A. Balestrieri, «Lo “sciamanismo” di Elémire Zolla», pág. 85 del número citado.
  2. Se trata de la reseña (incluída ahora en Comptes rendus) del artículo de M. Eliade «Le problème du chamanisme», en «Revue de l`Histoire des Religions», enero-junio 1948.
  3. Simboli della Scienza sacra, Adelphi Edizioni, 1975. Los escritos de R. Guénon de los que se habla en este artículo constituyen los capítulos 41 y 55 respectivamente.
  4. Que ahora constituye el capítulo 24 de la recopilación de escritos reunidos con el título Il grande brivido (saggi di simbolica e arte), Adelphi Ed. Milano, 1987.
  5. Las consideraciones de A.K. Coomaraswamy sobre la arquitectura hindú que aquí citamos son para nosotros, naturalmente, extensibles a todo el arte constructivo tradicional, tanto hindú como extra-hindú. Por lo demás esto mismo era lo que pensaba dicho autor, que no dejaba pasar la ocasión para poner de relieve la universalidad profunda de la doctrina subyacente en cada verdadero «arte», o sea en toda aplicación según los cánones tradicionales de principios que no pueden ser más que invariables. Es en esta óptica que asumen su significado más esencial las expresiones tradicionales que se encuentran en las formas iniciáticas occidentales donde se hace referencia a la «Masonería universal».
  6. Se puede advertir aquí como Guénon haya insistido, en su obra, sobre la «superstición de la vida»; nos parece claro que este «poner la “vida” en su sitio» corresponde a un punto de vista muy elevado, que es, precisamente, aquel del «pasaje más allá del Sol». Desde otros puntos de vista, si bien «realizativos» en sentido iniciático, pero aún contenidos «dentro» de la manifestación, la vida asume en cambio un valor del todo particular, y también esto ha sido evidenciado a menudo por R. Guénon en diversos escritos.
  7. En este mismo tipo de ideas se puede agregar a tal referencia «operativa» también esta frase, que se encuentra en la nota 2, pág. 131 del mismo capítulo [de la edición italiana]: «[...] Señalamos además que las nâdîs principales [...] tienen una particular relación con lo que en el lenguaje occidental se puede llamar la “alquimia humana”, en la cual el organismo está representado como el atanor hermético, y que, aparte la diferente terminología, es del todo comparable al Hatha-Yoga».
  8. Que ahora constituye el cap. 1 de Il grande brivido, cit.
En el n° 78-79 de la «Rivista di Studi Tradizionali», presentando el tema del «chamanismo» tal como viene entendido y explicado en la obra de René Guénon (1) (tanto en sus aspectos positivos de antigua forma tradicional y regular, como en sus aspectos negativos, referidos esencialmente a los actuales y ya degradados residuos del mismo que subsisten en determinadas regiones de la tierra), en parte citando una reseña de Guénon (2), en parte recapitulando sus argumentaciones, A. Balestrieri decía en cierto momento: «Sigue entonces una explicación de gran interés sobre el porqué de los “ritos de ascensión” que se encuentran en el chamanismo, “de su semejanza con lo que existe en la mayor parte de las otras tradiciones”, y del “papel que en ellos desempeña la concepción del 'Centro' y del 'Eje del Mundo', que en efecto constituye aquí el punto esencial, dado que es sólo por el 'Centro' que se puede realizar 'la ruptura de nivel', esto es el paso a través de las diversas 'regiones cósmicas', vale decir de los distintos estados del ser”».

Continuaba luego su digresión sobre los «ritos de ascensión» tratando, siempre de la misma manera, de la «“consagración” de un espacio (consagración que coincide con su transformación en un “centro”), y de la concepción tradicional de “la vivienda entre las poblaciones primitivas árticas y norteamericanas”, la cual - ésta sí -, decía A. Balestrieri, tiene una relación con la Masonería, porque conecta los principios del “arte de la construcción” de estos pueblos con los de la antigua Francmasonería occidental, principios de los que René Guénon trató en efecto extensamente, entre otros, en numerosos trabajos reunidos actualmente en la compilación Símbolos de la Ciencia sagrada, poniendo de manifiesto la universalidad del simbolismo tradicional como fundamento de cualquier aplicación “práctica” al mundo del hombre, aplicación que, sobre todo en los orígenes, no revestía únicamente el carácter de la “utilitariedad”» [la cursiva es nuestra].

Esta última alusión al carácter propiamente simbólico, y no exclusivamente «utilitarístico», de las construcciones humanas en tiempos menos distantes que el nuestro de los orígenes de la presente humanidad terrestre, junto con la referencia a los principios del «arte de la construcción» así como fueron expuestos en numerosos estudios de René Guénon ahora agrupados en la obra Símbolos de la Ciencia sagrada (3), nos ha sugerido la oportunidad, para iluminar el argumento, de examinar aquí dos de estos escritos, «La Puerta estrecha» y «El Ojo de la Aguja», que hemos elegido a causa de su relación con esos «ritos de ascensión» que atrajeran la atención de A. Balestrieri en su artículo precedente; el examen de estos dos estudios tendrá además la ventaja de sugerir una idea no muy usual de la naturaleza originaria y profunda, poco y mal conocida en nuestros días, de las organizaciones de oficio que encarnaban antaño (y que, por lo que de ellas queda, todavía representan, aunque de manera incompleta e inconsciente) la forma tradicional «masónica».

Ante un estudio como «La Puerta estrecha», lo que resulta más impresionante cuando se quiera adoptar un punto de vista «masónico», o sea arquitectural y constructivo, es la perfecta correspondencia que se observa entre las dos formas de expresión simbólica de las verdades tradicionales implicadas en el tema tratado, la forma arquitectónica, precisamente, y la de la exposición verbal, contenida en las sagradas escrituras. Esta afirmación puede sonar un tanto ingenua para quien sepa que el simbolismo tradicional puede valerse de los soportes exteriores más variados, y que entre ellos, en caso de que se refieran a las mismas realidades superiores, no puede por lo tanto haber sino correspondencia; mas lo que queremos decir es esto, que no nos parece para nada banal: para hacer descender las ideas, o los principios superiores, en una construcción, para «incorporarlos» allí - si podemos decirlo así - de manera correcta, es necesario ante todo poseerlos como tales, luego llegar a concebir su factibilidad constructiva y al fin, concretar con técnicas y materiales homogéneos con los significados que se quieren manifestar, tales posibilidades de edificación en un verdadero edificio. Y estas consideraciones deberían, por sí solas, obligar a quienquiera a convencerse de que los «masones» antiguos, no importa de donde fueran, lejos estaban de ser esos simples «picapedreros» que la mayoría de los «especialistas» modernos en masonería y en ciencia de las construcciones piensa que fueron.

Es más o menos lo que afirma A.K. Coomaraswamy hacia el final de la tercera parte de su ensayo sobre el «Simbolismo de la Cúpula» (4), que sirvió como punto de partida para los dos estudios de René Guénon que examinaremos a continuación: «A pesar de que no hayamos aún agotado el tema de los valores simbólicos de la arquitectura hindú (5), podemos empero decir, quizá, que hemos demostrado que esta arquitectura, a lo largo de un período milenario, no ha sido sólo un montón de “productos materiales”, sino también una iconografía, y que así debe ser considerada: que la forma de la casa que la mente del artista concibe como modelo de la obra a realizar, y en respuesta a las necesidades del dueño de la casa (humano y divino), satisfacía realmente la doble exigencia de un hombre que podemos decir completo, a quien todavía no se le había ocurrido que fuese posible vivir “sólo de ladrillos y argamasa”, y no ya, a la luz de la eternidad, de “cada palabra que sale de la boca de Dios”, locución con la cual nosotros en India [el artículo fue escrito originariamente para el “Indian Historical Quarterly” en 1938] entendemos precisamente “lo que fue oído”(shruti = veda) y sus ciencias accesorias (shâstra), cuyo principio fundamental es el de imitar a la Naturaleza, Natura Naturans, Creatrix, Deus, en su manera de obrar».

O, tal vez aún más claramente, al final de la segunda parte: «Sin embargo, aquí nuestro interés principal no se dirige a las consideraciones prácticas y técnicas, sino a los significados y a las obras consideradas como símbolos y posibles soportes de una contemplación que conduzca a la gnosis. Nosotros sostenemos que así como la producción de algo tan puramente espiritual e intelectual que no permita gratificación alguna de los sentidos trasciende la capacidad del hombre, asimismo constituye un insulto a la dignidad del hombre hacer algo aspirando a un bien exclusivamente material, sin ninguna referencia a cosas más elevadas. Nosotros, que hemos aceptado esta calidad de vida subhumana, no podemos a causa de esto postular en el hombre primitivo nuestras mismas limitaciones. Aún hoy subsisten poblaciones, no contaminadas por la civilización [moderna], a las que jamás se les ha ocurrido que pudiera ser posible o deseable vivir de solo pan, o separar la actividad de su significado al producir una cosa cualquiera. [...] Por eso, cuando discutimos los principios formales y las causas finales de las obras de arte primitivas, tratándolas como símbolos y soportes para la contemplación y no como objetos de utilidad puramente material, no es que les estemos “atribuyendo” unos significados, sino que estamos tan sólo leyéndolos. Decir “arte tradicional” significa en efecto decir “el arte de pueblos que daban por descontado la superioridad de la vida contemplativa sobre aquella activa, y consideraban a la vida dedicada al placer tal como nosotros consideramos la vida de los animales, regida solamente por reacciones afectivas”. “Una persona sabe lo que es [solo] mundano y lo que no lo es, y está dotada de manera tal que por medio de lo mortal persigue lo inmortal. Pero en lo que concierne a los que componen el rebaño, su aguda discriminación se basa únicamente en el hambre y la sed” [Aitareya-brâhmana, II, 3, 2]».

Si acaso las afirmaciones de Coomaraswamy resultan justificadas, es seguramente al máximo de su relevancia que ellas encuentran aplicación al simbolismo constructivo de un templo o de una casa, edificados según los criterios tradicionales, que René Guénon «lee» en el estudio de «La Puerta estrecha»; en primer término porque se trata de un tema muy arduo, cuya «presencia» en la estructura de un edificio excluye toda posible «casualidad», y después porque las realidades espirituales simbolizadas por dicha estructura reproducen emblemáticamente no tanto la «producción» del cosmos a partir del principio, idea relativamente fácil de intuir aun cuando se halle incorporada en un edificio, sino el «retorno» del cosmos al principio mismo, ya sea que se trate del cosmos en su totalidad, o de un ser en vías de reabsorción desde uno de los múltiples estados de éste.

El punto del ensayo de Coomaraswamy que ofrece a René Guénon la oportunidad de desarrollar el tema del propio estudio es la mención de una representación simbólica particular del Universo mediante la rueda con un punto central, representante el Sol, completada por seis rayos (los cuales son por lo tanto también rayos solares) que se prolongan de dos en dos uno con el otro a través del centro, al que se agrega empero un séptimo rayo, de forma casi siempre particular, que termina en el punto central sin prolongarse más allá del mismo, como los demás, en un octavo rayo que determinaría un cuarto diámetro. «Se trata aquí, dice R.Guénon, de la fórmula mediante la cual se describe al sol con siete rayos; de éstos, seis, opuestos dos a dos, forman el trivid vajra, esto es la cruz de tres dimensiones; los que corresponden al cenit y al nadir coinciden con nuestro “Eje del mundo” (skambha), mientras que los que corresponden al Norte y al Sud, al Este y al Oeste, determinan la extensión de un “mundo” (loka) representado por un plano horizontal. En cuanto al “séptimo rayo” que pasa a través del sol, pero en un sentido diferente del que acabamos de indicar, para conducir a los mundos suprasolares (considerados como la esfera de la “inmortalidad”), corresponde en realidad al centro, y, en consecuencia, no puede ser representado más que por la intersección misma de los brazos de la cruz de tres dimensiones;» [...] «Desde nuestro punto de vista y desde el de cada ser humano situado en la “circunferencia” del Universo, este rayo termina en el sol mismo y se identifica en cierto modo con él en cuanto centro, dado que nadie puede ver a través del disco solar cualquiera sea el medio físico o psíquico empleado, y el paso “más allá del sol” (que es la “última muerte” y el tránsito a la verdadera “inmortalidad”) es posible tan sólo en el nivel puramente espiritual».

 
Representaciones del «séptimo rayo»: A) arte hindú; B) arte cristiana
(Tomadas del estudio de A. K. Coomaraswamy «El simbolismo de la Cúpula»)

 
La rueda con el punto central y los seis rayos representa por lo tanto un punto de vista, por decirlo así, «exterior», mientras que su correlación con el «séptimo rayo» señala el paso a un punto de vista «interior»: «Así, a pesar de que el “Eje del mundo” no sea, en acto, este “séptimo rayo” para un ser cualquiera situado en este o ese punto particular de la circunferencia, no deja de serlo siempre en potencia, en el sentido que él tiene la posibilidad de identificarse al mismo con su retorno al centro, cualquiera sea el estado de existencia desde donde se efectúe dicho retorno». Y esto ya que es «precisamente mediante este “séptimo rayo” [que] el “corazón” de cada ser se halla directamente ligado al sol; éste es, pues, el “rayo solar” por excelencia, el sushumnâ mediante el cual dicha conexión se establece de manera constante e invariable; y es también el sutrâtmâ que une a todos los estados del ser entre sí y al propio centro total».

A propósito de sushumnâ, R. Guénon nos remite al capítulo XX de El Hombre y su devenir según el Vêdânta y se refiere evidentemente, entre otros, a este paso de la Katha Upanishad ( 2o Adhyaya, 6o Vallî, shruti 16), que traduce y comenta en los siguientes términos:

«Cuando el “alma viviente” (jîvâtmâ), con las facultades vitales reabsorbidas en sí misma (y que ahí permanecen como posibilidades [...]), se ha retraído en su propia morada (el centro de la individualidad, simbolizado por el corazón [...], y donde en efecto ella reside, puesto que, en su esencia e independientemente de sus condiciones de manifestación, es realmente idéntica a Purusha, del cual se distingue solo ilusoriamente), el ápice (es decir la parte más sublime) de este órgano sutil (imaginado como un loto de ocho pétalos) resplandece e ilumina el pasaje por donde el alma debe salir (para alcanzar los diversos estados de los que se hablará luego): se trata de la corona de la cabeza, si el individuo es un Sabio (vidwân), y de otra parte del organismo (correspondiente fisiológicamente al plexo solar), si es un ignorante (avidwân). Ciento una arterias (nâdîs, igualmente sutiles y luminosas) surgen del centro vital (como los rayos de una rueda salen del cubo), y una de estas arterias (sutiles) pasa por la corona de la cabeza (región considerada como correspondiente a los estados superiores del ser, en lo que concierne a sus posibilidades de comunicación con la individualidad humana [...]); ella es llamada sushumnâ».

La referencia a sushumnâ prosigue, en el capítulo indicado, con dos citas de la Chhândogya Upanishad (8° Prapâthaka, 6° Khanda, shruti 5 y 2):

«Por este pasaje (la sushumnâ y la corona de la cabeza por donde desemboca), en virtud del Conocimiento adquirido y de la conciencia de la vía meditada (conciencia que es esencialmente de orden extratemporal, puesto que, aun cuando se la considera en el estado humano, ella es siempre un reflejo de los estados superiores), el alma del Sabio, dotada (en virtud de la regeneración psíquica que ha hecho de él un hombre “nacido dos veces”, dwija) de la Gracia espiritual (Prasâda) de Brahma, que reside en este centro vital (en relación con el individuo humano considerado), esta alma, decíamos, escapa (se libera de todas las ligaduras que aún puedan subsistir con la condición corpórea) y encuentra un rayo solar (es decir, simbólicamente, una emanación del Sol espiritual, que es Brahma mismo, mas considerado esta vez en lo Universal: este rayo solar no es otra cosa que una particularización en relación con el ser en cuestión o, si se prefiere, una “polarización” del principio supraindividual Buddhi o Mahat, a través del cual los múltiples estados manifestados del ser se enlazan entre sí y se ponen en comunicación con la personalidad trascendente, Âtmâ, que es idéntica al Sol espiritual mismo); es por esta senda (indicada como el recorrido del “rayo solar”) que ella se encamina, ya sea de noche o de día, en invierno o en verano. El contacto de un rayo del Sol (espiritual) con la sushumnâ es constante, durante todo el tiempo que subsista el cuerpo (en tanto que organismo vivo y vehículo del ser manifestado); los rayos de la Luz (inteligible), emanados de este Sol, llegan a esta arteria (sutil), e, inversamente (de modo reflejo), van desde la arteria al Sol (como una prolongación indefinida por medio de la cual se establece la comunicación, virtual o efectiva, de la individualidad con lo Universal)».

Pero, volviendo al simbolismo constructivo del que se trata en la «Puerta estrecha», he aquí como René Guénon lo relaciona con dichos textos de la intelectualidad hindú: «Se podría decir aún que el “séptimo rayo” es el único “Eje” realmente inmutable, el solo que, desde el punto de vista universal, pueda realmente designarse con este nombre, y que cada “eje” particular, relativo a una posición contingente, es efectivamente “eje” tan sólo en virtud de tal posibilidad de identificación con aquél [o sea: sólo en virtud del conocimiento efectivo de su cualidad de “eje” por parte del ser individual, “alma viviente”, o jìvâtmâ]; y en definitiva esto es lo que le confiere su significado cabal a cualquier representación simbólicamente “localizada” del “Eje del Mundo”, como, por ejemplo, era anteriormente examinada en la estructura de los edificios construídos según las reglas tradicionales, y en especial la de aquéllos cubiertos con un techo en forma de cúpula […]» [la cursiva es nuestra].

Mas aun esta identificación con el «Eje» asume todo su significado solo si se considera simbólicamente la terminación superior del «Eje» mismo: «Que el Eje se encuentre representado materialmente en forma de árbol o de columna central, o que a representarlo sean la llama que se eleva y la “columna de humo” de Agni cuando al centro del edificio estén ubicados el altar o el hogar, como quiera que sea dicho Eje va a terminar siempre exactamente en el vértice de la cúpula, y a veces […] incluso la atraviesa y se prolonga más allá de ella en forma de antena […]. Resulta aquí evidente que el vértice de la cúpula se identifica con el cubo de la rueda celeste del “carro cósmico”; y como hemos visto que el centro de la rueda está ocupado por el sol, se desprende que el paso del eje por dicho punto representa ese paso “más allá del Sol”, y a través de él, de que hablábamos más arriba».

Análogo símbolo de dicho paso «más allá del Sol» es cuando la cúpula (y este caso se encuentra reproducido en la estructura «cupular» de catedrales occidentales premedievales, medievales o incluso renacentistas, o aun cuando la abertura superior esté representada pictóricamente en el interior de la cúpula y por fuera remate en un lucernario cilíndrico, como se observa en una curiosa reproducción de un «fresco» aparecida en el número 2 de «Hiram» del año 1995) termina en lo alto en un orificio circular; «tal abertura es una representación del disco solar mismo en cuanto “Ojo del Mundo”, y a través de ella se efectúa la salida fuera del “cosmos” [...]. En todo caso, tan sólo a través de esta abertura central el ser puede pasar al Brahma-loka, que es un ámbito esencialmente “extracósmico”; y ella es precisamente también la “puerta estrecha” que brinda igualmente acceso, en el simbolismo evangélico, al “Reino de Dios”». 

Por qué dicha puerta deba ser «estrecha», o sea que es lo que significa, para el ser humano que «lee» este simbolismo en la estructura del templo o de la morada, que ella sea estrecha, es el argumento por lo menos indirecto del otro estudio, el del «Ojo de la Aguja», que constituye indudablemente el «complemento» del precedente, iluminándolo, si fuera posible, aún más desde adentro al llamar la atención sobre las modalidades que permiten al ser su identificación con el «Eje del Mundo» y consecuentemente su «salida fuera del cosmos» a través, justamente, de la «puerta solar». Esta puerta está, a tal fin, indicada como «the needle’s eye», o sea «el ojo de la aguja», aguja que, hace relevar René Guénon, cuando se la dispone verticalmente, simboliza claramente el «Eje del Mundo» culminante en el «Ojo del Sol» según el simbolismo arquitectónico. Aun teniendo la conciencia - o lo que le corresponde según el grado de manifestación -, situada al nivel de las condiciones de un estado cualquiera del «cosmos», el ser que está, si podemos decirlo así, «predispuesto» a pasar a través de la «puerta solar», tiene una cierta percepción de la relatividad de tal estado respecto del punto de intersección del «eje cósmico» con el plano donde él se manifiesta, punto que contiene, condensándolo, el entero estado, y le confiere su realidad extensiva, así como todo el «Eje» se resume y concentra en el punto «solar», derivando de ahí la propia razón de ser. La relatividad de las condiciones de manifestación de un estado, como el humano terrestre, respecto de su punto central, y la de todos los estados manifestados, por más elevados que sean, respecto del Sol, centro del Universo, se hacen patentes a un tal ser por su impermanencia, impermanencia que asume para la conciencia del ser que allí se manifiesta la forma de la «muerte»; tan sólo «más allá del Sol» esa muerte queda definitivamente conjurada.

Sólo «reuniéndose» conscientemente en el punto central de su estado, en su «corazón», y conformando su conciencia al «Eje» universal hasta reabsorberlo en lo no manifestado, más allá de la «Puerta solar», el ser puede escapar de la aparente discontinuidad de las modalidades de un estado y de los estados entre sí. Por eso es que únicamente atravesando la «puerta solar», adentrándose en el Sol, según lo que indica el simbolismo del «séptimo rayo», el ser se libra definitivamente de la muerte, alcanzando la inmortalidad; el simbolismo del «ojo de la aguja», ojo que es análogo al «Ojo del Sol», asume por lo tanto un significado claramente «operativo» en el sentido de la realización espiritual, cuando tal ojo se considere, según lo que dice en esta ocasión René Guénon, como pâsha, o nudo corredizo, que se cierra sobre los seres que se ven capturados por él para retornar a la manifestación, o sea al dominio de las «muertes repetidas», según la expresión de la Katha Upanishad.

«El Pâsha, dice René Guénon en este estudio, es en efecto, en el simbolismo hindú, la mayor parte de las veces un “nudo corredizo”, o un “lazo” que sirve para cazar animales; bajo este aspecto es uno de los principales emblemas de Mrityu o de Yama [Señor de la muerte, o la Muerte misma a su nivel más universal] y también de Varuna; y los “animales” que ellos apresan por medio del pâsha son en realidad todos los seres vivientes (pashu) (6). De aquí, también, el sentido de “atar”: cuando ha sido capturado, el animal se halla sujeto por el nudo corredizo que lo aprieta; del mismo modo, el ser viviente se ve atado por las condiciones limitativas que lo retienen en su estado particular de existencia manifestada. Para salir de tal estado de pashu, es necesario que el ser se libere de estas condiciones, vale decir, en términos simbólicos, que se suelte del pâsha [la cursiva es nuestra], o sea que pase a través del nudo corredizo sin ser atrapado; es lo mismo que decir que este ser logra pasar por entre las mandíbulas de la Muerte sin ser triturado».

La «estrechura» de la «puerta solar» se halla por lo tanto justificada, por decirlo así, o aclarada en su significado más esencial, por la dificultad que conlleva para un ser manifestado la supresión «operativa», es decir efectiva, de la eficacia limitativa de sus condiciones de manifestación, cualesquiera sean, aun cuando su identidad particular está sujeta a las mismas, al menos por la conciencia que actualmente tiene de ellas, supresión que coincide con un esfuerzo de verdadera negación de hecho de su existencia separada. Al comienzo del estudio Guénon le hace presente al lector que la equivalencia del simbolismo de la «puerta estrecha» con el del «ojo de la aguja» en este sentido se encuentra contenida «en un texto evangélico muy conocido»; este texto es un pasaje del Evangelio de San Mateo (XIX, 24), helo aquí en la traducción del griego de Niccoló Tommaseo: « y de nuevo os digo: más fácil es, para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios».

Que se trate aquí realmente de un «camello», o, como sostiene algún «crítico» moderno, de una gúmena, lo cual podría incluso parecer verosímil, no hace una gran diferencia; se trata siempre de la imposibilidad «técnica» de que un ser pueda, mientras se halle sujeto a su identidad separada de un ser, disfrutar de la inmutabilidad que es propia tan sólo del Ser universal.

PPero, aparte la concienciación doctrinal de esta situación, que es la condición sine qua non para que sea concebida la posibilidad de lograr librarse de los lazos que entrañan la muerte, en cualquier estado de manifestación, ¿de qué otros instrumentos, si es que los hay, puede disponer un ser para perseguir tal resultado, que trasciende a todos los demás, por más elevados que se los juzgue? Una sugerencia en tal sentido se la puede hallar nuevamente en el capítulo XX de El Hombre y su devenir según el Vêdânta, en su parte final, y en una nota que explica en qué sentido debe ser entendido un término ahí usado; Guénon refiere, siempre respecto de la «arteria coronaria» y del «rayo solar»:

«La preferencia por el verano [para el momento de la muerte corpórea,] a propósito de la cual se cita como ejemplo el caso de Bhîsma, que para morir esperó la vuelta de esta estación favorable, no concierne al Sabio que, en la contemplación de Brahma consumó los ritos (relativos a la “incantación”) tales como son prescritos por el Vêda, y que, por consiguiente, alcanzó (al menos virtualmente) la perfección del Conocimiento Divino; ella concierne en cambio a los que siguieron las reglas enseñadas por el Sânkhya o el Yoga-Shâstra, por lo cual el momento del día y la estación del año no resultan indiferentes, sino que tienen (para la liberación del ser que sale del estado corpóreo luego de una preparación realizada de acuerdo con estos métodos) una acción efectiva, en cuanto elementos inherentes al rito (donde intervienen como condiciones de las que dependen los efectos que pueden ser obtenidos)» (7).

Y por lo que toca a la nota, relativa al término «incantación», ella especifica: «Con la palabra “incantación”, como la usamos aquí, se debe entender esencialmente una aspiración del ser hacia lo Universal, cuya finalidad es la de obtener una iluminación interior, sean cuales sean, por otra parte, los medios exteriores, gestos (mudrâ), palabras o sonidos musicales (mantras), figuras simbólicas (yantras), y otros métodos, que pueden ser usados secundariamente como soportes del acto interior, y cuyo efecto es el de determinar vibraciones rítmicas que repercuten en la serie indefinida de los estados del ser. Una tal “incantación” no tiene, pues, absolutamente nada que ver con las prácticas mágicas a las que en Occidente a veces se da el mismo nombre, ni con un acto religioso como la plegaria; todo lo que aquí se trata se refiere exclusivamente a la realización metafísica». Lo cual nos lleva de nuevo a la concienciación doctrinal de que hablábamos anteriormente.

Se puede decir, luego, que todo esto está contenido y sugerido (con muchas otras cosas más que el breve espacio de un artículo no permite abarcar, pero que quizá podrán ser retomadas en otras ocasiones) en el simbolismo de la «puerta solar» y del «ojo de la aguja» incorporado en la arquitectura del templo y de la casa tal como las concebían los antiguos constructores, tanto de Oriente como de Occidente. Nos encaminaremos a la conclusión de este estudio con una referencia, una vez más diigida al «objetivo» cognoscitivo, a un pasaje del artículo «Un tempio indiano: il Kandarya Mahadeo», publicado en «Art in America», XXXV, 1947 (8), pasaje que tiene más de una conexión con el «Ojo de la Aguja»:

«Dado que el cuerpo humano, el templo construído y el universo son equivalentes analógicos, las partes del templo corresponden tanto a las partes del cuerpo humano como a las del universo mismo. Todas estas formas dimensionalmente determinadas (nirmita, virmita) son claramente unas “casas”, habitadas e impregnadas por una Presencia invisible respecto de la cual ellas representan las posibilidades de manifestación en el tiempo y en el espacio; la raison d’être de las mismas es la de volverLa cognoscible. En efecto, este Principio unificante y constructivo, Espíritu o “Sí” de todos los seres, sólo aparentemente se halla limitado por sus habitaciones que, como sus otras imágenes, sirven de soportes para la contemplación [conocimiento]; no siendo en sí fines, sino solamente medios más o menos indispensables para liberarse de toda suerte de limitaciones. En otros términos, se trata de una concepción que es primariamente iconolátrica, pero teleológicamente iconoclasta».

La última referencia de Coomaraswamy a la iconoclastía «final» del simbolismo constructivo, a decir verdad un tanto obscura - por más que verdadera -, puede ser aclarada por una alusión al «nudo vital» que René Guénon hace al final de su artículo «El Ojo de la Aguja»: «No insistiremos más sobre la cuestión del “nudo vital”, que podría conducirnos a muchos otros desarrollos; hemos indicado tiempo ha como éste corresponda en el simbolismo arquitectónico al “punto sensible” de un edificio, teniendo presente que este último es la imagen ya de un ser viviente ya de un mundo, según se lo considere desde el punto de vista “microcósmico” o “macrocósmico”; pero lo que acabamos de decir basta para mostrar que la “disolución” de dicho nudo, que es asimismo el “nudo gordiano” de la leyenda griega, equivale en fondo también al paso del ser a través de la “puerta solar”».

Lo que acaba de mostrar, o al menos así nos parece, como los «masones» no fueran en absoluto «solamente» esos picapedreros que en ellos ven los ignorantes «tecnófilos» modernos, quienes jamás podrán, mientras persistan en su punto de vista exclusivamente «materialístico», contribuir a revivificar, al menos para sí mismos, el simbolismo contenido en las construcciones antiguas, simbolismo que será siempre para ellos «letra muerta».