a cura di
Heredom
De la fuente:
Rivista di Studi Tradizionali
n. 92, Gennaio - Giugno 2001

Traducción:
Gabriel Del Monte

 

Algunas reflexiones sobre dos libros de Denys Roman (I)

Algunas reflexiones sobre dos libros de Denys Roman (I)

 

 

 

Franco Peregrino

 

  1. Se trataba de una Logia muy particular, constituida en 1947 con el objetivo preciso de encauzar los propios «trabajos» según las indicaciones contenidas en la obra de R. Guénon en general y en particular por las que componen su libro Consideraciones sobre la iniciación. A este respecto se sabe lo que René Guénon escribió entonces en una carta: «Estoy feliz por este resultado que me da ahora la certeza que el trabajo que he hecho y al cual he consagrado toda mi vida no se perderá».
    Fue en el seno de la misma que D. Roman recibió el no indiferente encargo de preparar un ritual particularmente adaptado a este fin, en relación directa y bajo la estricta vigilancia de R. Guénon, por lo cual hubo de intercambiar una nutrida correspondencia con este último, intercambio que continuó hasta el momento de su desaparición.
  2. En efecto, en una carta de 1977, D. Roman escribía: «Al día de hoy reconozco que ciertos puntos de la doctrina expuesta por Guénon permanecen para mí oscuros, mientras que otros puntos de su “mensaje” han constituido para mí una suerte de iluminación». Cf. D. Roman, Réflexions d’un Chrétien sur la Franc-Maçonnerie, pág. 11.
  3. Cf. P. Nutrizio, «“Nuovo corso” per “Etudes traditionnelles ?”», en el n. 65 de la «Rivista di Studi Tradizionali».
  4. A propósito del simbolismo del viaje véase el cap. 7, «A propos des Pélerinages», incluido en la obra póstuma de René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage - T1; concluyendo dicho capítulo, Guénon escribía (pág.60): «El conocimiento de los “pequeños misterios”, que es el conocimiento de las leyes del “devenir”, se obtiene recorriendo la “rueda de las cosas”; pero el conocimiento de los “grandes misterios”, que es el de los principios inmutables, exige la contemplación inmóvil en la “gran soledad”, en el punto fijo que es el centro de la rueda, en el polo invariable en torno al cual se cumplen, sin que él mismo participe, las revoluciones del Universo manifestado».
    De estas breves afirmaciones y de su sibilino arrimo, deducimos que a falta de la tendencia «centralizante», representada por la influencia de los «grandes misterios» sobre los «pequeños misterios», el recorrido de la «rueda de las cosas» no podría sino perder su connotación iniciática y su virtud cognoscitiva en el sentido recto. Lo que está encubierto por Guénon aquí es, para nosotros, el proceso de tránsito (que no puede sino ser penoso para el individuo humano) de un punto de vista «analítico» a un punto de vista «sintético», el único que es vehículo del verdadero conocimiento.
    Otra alusión a esta importancia del «viaje», desde un punto de vista iniciático, la hemos encontrado en una carta de R. Guénon a A. K. Coomaraswamy. La carta es del 4 de junio de 1938 y el pasaje al que nos referimos es el siguiente:
    «Gracias por su artículo “The Pilgrim’s way”, que acabo de recibir; esta cuestión del simbolismo del viaje es otra cosa extremadamente importante, y en efecto parece que ella se encuentra en todas las formas tradicionales. A este propósito, en el ritual masónico inglés hay una fórmula muy significativa: “That I may travel in foreign countries”; estos “países extranjeros” son interpretados como los “otros” mundos, los estados que están más allá de la esfera sensible».
  5. Esta solución nos ha sido sugerida por lo que Purdon Clarke relata que ocurría en Persia entre los constructores, aún hasta los inicios del siglo XX: para trazar sus planos el arquitecto hacía uso de una especial «plancha de trazar» que tenía precisamente la característica de ser cuadriculada, y en la que cada uno de estos cuadrados regulares representaba una determinada cantidad de ladrillos. Notemos que las observaciones de P. Clarke provienen de cuanto él pudo estudiar en persona durante el curso de un viaje realizado en Oriente. Tomamos esta información de la larga cita de R.-F. Gould, en la pág. 420 de su libro Histoire abrégée de la Franc-Maçonnerie.
    Se debe tener en cuenta, además, que a comienzos del siglo XVIII, la forma de la Logia se trazaba sobre el pavimento con la ayuda de yeso, carbón y arcilla, de modo tal de delimitar un «espacio sagrado», dentro del cual eran conferidas las iniciaciones y en torno al cual se piensa que debían llevarse a cabo las «circumambulaciones». Andando el tiempo esta operación fue sustituida por la colocación del actual «cuadro de logia» sobre el «pavimento de mosaico».
  6. Aun cuando no cambia absolutamente nada a los efectos prácticos de la cosa, es bueno precisar que, formalmente, «nunca hubo una decisión papal de suprimir la Orden del Temple, que solo fue suspendida “provisoriamente” por el Concilio de Vienne» (cf. René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T. 1, pág. 130).
  7. Cf. D. Roman, René Guénon et les destins de la Franc-Maçonnerie, pág. 53.
  8. Véase a este respecto, R. Guénon, L’esotérisme de Dante, en particular en la pág. 55.
  9. Véase también R. Guénon, Simbolos de la ciencia sagrada, cap. XI.
  10. A. Balestrieri, en la parte I de su estudio «Di un “Documento confidenziale inedito”», publicado en el N. 85 de esta «Rivista», tuvo oportunidad ya de juzgar este género de divulgaciones relativas a un tema «por su misma naturaleza inaccesible a cualquier interés público», en una nota cuyos contenidos queremos volver a proponer en esta ocasión a los lectores: «“Espeluznante” - escribía - no nos parece un calificativo demasiado fuerte para reflejar la ligereza con la que fueron difundidas, por parte de varios autores que se ocupan o se han ocupado de temas “tradicionales”, y del mismo “autor” [aquí se refiere al autor del “Documento confidencial inédito”], informaciones referentes a las actividades de la Logia “La Grande Triade” y del reducido grupo que se llamó “Les Trois Anneaux”, contraviniendo descaradamente el compromiso asumido por los componentes de toda Logia de mantener el secreto sobre sus “trabajos”. Está fuera de toda duda que quienes a lo largo del tiempo se contagiaron de este tipo de liviandad literaria - fruto evidente de una manía bien occidental de “protagonismo” -, sean quienes fueren, no han comprendido en lo más mínimo el sentido de las advertencias del capítulo “El odio por el secreto” de El Reino de la cantidad y los Signos de los Tiempos, en particular en lo que se refiere a las actividades iniciáticas».
  11. Cf. D. Roman, ob. cit., pág.165.
  12. Cf. ibídem. pág. 166.
  13. El término que los citados autores usan como sinónimo de «profano entrometido», en su origen poseía un sentido completamente distinto, tal como resulta de un estudio dedicado al mismo, publicado en el n° de febrero de 1937 del Grand Lodge Bulletin de Iowa, trabajo que en ese entonces reseñó René Guénon; este último apuntaba que la palabra Cowan «de origen aparentemente escocés, pero de incierta derivación, provenía de la Masonería operativa, donde designaba a quien construía la mampostería en seco, o sea sin argamasa; no se trataba pues de un profano que buscaba adueñarse indebidamente de los secretos de la Masonería, como se piensa habitualmente, sino solamente de un operario que no tenía las cualificaciones para participar del trabajo de los Masones regulares, y que desde el punto de vista corporativo cubría un rango inferior, pero siempre reconocido y bien definido» (Cf. René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T.1, pág. 271).
  14. Cf. Denys Roman, ob. cit., pág.146.
    - A propósito de la así llamada «Masonología», agregamos que el escrito en el que Alec Mellor impulsó su creación, constituye el prefacio (en conjunto con el de A. Faivre) de la obra póstuma de R. Le Forestier, La Franc-Maçonnerie templière et occultiste aux XVIIIème et XIXème siècles. Denys Roman, al reseñar ambos prefacios en el cap. V de la obra que estamos considerando, reputa (en la pág. 87) que la tan cacareada «Masonología», «en fin de cuentas se reduce a enfocar muy simplemente la Masonería desde un punto de vista exclusivamente profano, en conformidad con los “postulados del racionalismo” puestos en obra a través de los métodos en boga en los ambientes universitarios». Por nuestra parte, no podemos dejar de agregar que, en caso de que una concepción como esta llegase a imponerse en el interior de un ámbito masónico, ella implicaría muy probablemente, justamente a causa de la radicalización del punto de vista «profano» en menoscabo del iniciático, la obstrucción de toda eventual posibilidad aún restante de realización iniciática a sus miembros.
    - De paso, vale la pena notar finalmente como juzga Denys Roman los susodichos prefacios: «Nuestros lectores quizás habrán advertido que las posiciones de Antoine Faivre [quien entre otras cosas no deja escapar la ocasión de presentar al “colega” A. Mellor como “uno de los autores que han estudiado con mayor profundidad (!) el problema masónico en su conjunto”] y de Alec Mellor son las mismas que René Guénon combatió a lo largo de toda su obra, y que constituyen de algún modo el “esqueleto” ideológico del mundo moderno» (cfr. ob. cit., pág. 89).
  15. A propósito de incoherencias, he aquí una más: Alec Mellor, en su prefacio al libro de R. Le Forestier, al que nos habíamos referido en la nota precedente, decía francamente y sin ambigüedad que, para él, el «secreto iniciático» (masónico) era «ficticio» (Cf. D. Roman, ob. cit., pág.87); ahora bien, en su Dictionnaire - que, con todo, no contiene esa afirmación - parece no darse cuenta que cae en contradicción cuando trae - tomándolas de Mackey - las siguientes palabras de Casanova relativas al «secreto» en cuestión: «Quienes deciden hacerse recibir Masones únicamente para apoderarse del secreto se equivocan ...El secreto de la Masonería es por su propia naturaleza inviolable, dado que el Masón que ha llegado a alcanzarlo lo conoce sólo porque ha logrado penetrarlo. No lo ha aprendido de nadie. Lo ha descubierto a fuerza de frecuentar la logia, de observar, razonar y deducir. Cuando ha alcanzado el conocimiento [de este secreto], se cuida bien de comunicar a alguien su descubrimiento, aunque fuera su mejor amigo Masón, porque si (este último) no tuviese el talento para penetrarlo, tampoco tendría la capacidad de sacar algún provecho de aprenderlo oralmente. Este secreto será por eso mismo siempre un secreto. Cuanto se hace en logia debe hallarse cubierto por el secreto, pero hasta aquellos que no se han formado escrúpulos en parlar de lo que allí acontece no han revelado lo esencial. ¿Cómo habrían podido hacerlo si no lo sabían? (Cf. D. Roman, ob. cit., pág. 144, nota 17)».
  16. En la pág. 190, nota 15, Denys Roman especifica que la que él llama «tradición monoteísta» es la «abrahánica».
Para aquellos de nuestros lectores que no lo sepan, Denys Roman fue el seudónimo usado por Marcel Maugy (1901-1986) en todos sus escritos, el primero de los cuales, redactado por sugerencia de René Guénon, apareció publicado en Etudes Traditionnelles en 1950. Unos años antes M. Maugy había sido iniciado en la Logia «La Grande Triade» (1). El verificarse de tales acontecimientos estuvo precedido por un largo período (de 1926 a 1946) de intenso «trabajo preparatorio», durante el cual M. Maugy maduró - si bien dentro de ciertos límites de comprensión que él mismo honestamente reconoce (2) - una adhesión «incondicional» a los contenidos de la obra de René Guénon. Desde entonces siguió, si bien con dos significativos paréntesis, prestando preferentemente su colaboración, en forma de artículos y reseñas, a la revista Etudes Traditionnelles, ocupándose en general de temas atinentes a la Masonería, de la que indudablemente poseía un amplio conocimiento. Hacia el fin de su vida tuvo «el coraje y la probidad intelectual» (3) de asumir el peso de tratar de enderezar el curso de esta revista, que ya desde el año 1951 había experimentado un «proceso de alejamiento del espíritu de la obra de R. Guénon», a lo largo de las sucesivas fases de preponderante colaboración, primero de Jean Reyor, luego de Vâlsan-Gilis y finalmente de Schuon-Shaya. Su desaparición, sobrevenida poco después de un año del comienzo de esta tentativa, acabó en modo definitivo con tal intento, y como terminó la revista que una vez fue «la de René Guénon» es algo que ya saben nuestros lectores.

Si bien los libros de Denys Roman no son a decir verdad publicaciones recientes, de todos modos nos parece provechoso tomarlos aquí en consideración, puesto que ello nos dará la ocasión de llamar la atención de los lectores sobre diversos puntos relativos a la vía iniciática masónica allí tocados, y por cierto, con una actitud de seriedad y competencia no comunes.

Publicado en 1982, René Guénon et les destins de la Franc-Maçonnerie (Ed. de l’Oeuvre, 1982; Ed. Traditionnelles, 1995) reúne, con la excepción de tres capítulos, una serie de escritos, en general revisados por el autor, que fueron publicados originalmente en la revista Etudes Traditionnelles. Los argumentos aquí tratados por cierto no carecen de interés y para cerciorarse de ello basta dar un vistazo al índice: desde el primer capítulo, dedicado a «Pitagorismo y Masonería», hasta el último, intitulado «Euclides, discípulo de Abraham», vemos que los hay que se ocupan de «Cuestiones rituales», o de «Masonería Templaria, Masonería Jacobita y Masonería escocesa»; otros se detienen «Sobre la lectura de los textos sagrados» o «Sobre algunos aspectos de la Masonería llamada “escocesa”», mientras que otros están dedicados «A la gloriosa memoria de los dos San Juan» o se ocupan de examinar «Los trabajos de la Logia “Villard de Honnecourt” sobre René Guénon». Sin embargo, no nos detendremos a resumir aquí los contenidos de todos estos escritos, ya que estamos convencidos que uno de los mayores méritos de los trabajos de D. Roman está representado, además de la «fidelidad» al espíritu de la obra de René Guénon que asoma en cada página, por el elevado número de datos que en ellos es posible identificar; en consecuencia, justamente para inducir a nuestros lectores a emprender por su propia cuenta este trabajo de cernido, nos limitaremos a una «degustación» de esos puntos que acá y allá, han llamado especialmente nuestra atención.

En la pág. 27, después de haber recordado que la escuela pitagórica hacía corresponder a cada vértice del Pentalpha una de las letras del término griego equivalente al italiano salute [salud] (donde se capta una clara referencia a la armonía), D. Roman refiere en una nota, que «los Fieles de Amor tenían, en su tercer grado, un rito que llamaban saluto o salute. Es muy curioso que estas dos palabras, saludo y salud, se vuelvan a encontrar formando los dos elementos esenciales del ritual del “ágape masónico” [Loge de table]. Además parece que el número de los brindis (salute) a cumplir, que ha variado mucho en el transcurso del tiempo, deba limitarse regularmente a cinco; entre las logias anglosajonas es habitual, en el último brindis, servirse de una fórmula que se remonta a tiempos remotos, en la que se evoca el “retorno al país natío”. Todo lo que ocurre a continuación es considerado ya como “extra-masónico”, como si con este retorno se quisiera sugerir que los “objetivos de la Masonería” hubiesen sido alcanzados». Nos permitiremos agregar que hay otra expresión ritual propia de la Masonería anglosajona, a la que hace mención R. Guénon (cf. Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T1, pág. 250): «viajar en países extranjeros» (to travel in foreign countries). Si se relacionan las dos fórmulas se advierte que las mismas se refieren al conocido simbolismo del viaje, por lo que es posible deducir que el llamado de dicho brindis está dirigido a renovar las aspiraciones a llevar a cabo el cometido iniciático (el «viaje»); lo que implica necesariamente un «cambio de dirección» capaz de modificar radicalmente la propia orientación (el «retorno»), de modo que se abandone el recorrido de la «rueda de las cosas» (los «países extranjeros»); se puede así inferir que el recorrido de la «rueda de las cosas», para asumir su verdadero significado de conocimiento, debe ser dirigido a preparar la penetración hasta el centro mismo de esta rueda (el «país natío») (4). Una «lecture» inglesa del III grado alude por lo demás a semejante tránsito: «[So] that he [el masón] might perfect himself in Masonry, so as to travel into foreign countries and work and receive wages as a Master Mason».

También nos parece digna de atención la observación que, en la pág. 73, atañe al uso de la palabra «lluvia» en Masonería. Según D. Roman, «la expresión “Llueve en el Templo”, proferida cuando el candidato llama en “modo irregular” a la puerta, se explica sobre todo por el hecho que el “Cuadro de Logia” (y en particular el pavimento de mosaico) representa la “Tierra Santa” (Holy ground), como sustituto del Paraíso terrestre, y está dicho que en el jardín del Edén llueve nunca». Verosímilmente la asociación entre «cuadro de logia» y «pavimento de mosaico» deriva, por adaptación, de la antigua «plancha de trazar», que servía al arquitecto para trazar sus planos, y que según ciertos indicios puede suponerse que estuviese subdividida en cuadrados regulares (5). Es pues a partir de esta serie de líneas principales que tomará forma la entera obra (representada aquí por el «cuadro de logia»), de algún modo análogamente a cuanto ocurre en el ámbito del arte del tejido con el entrelazarse de la trama con la urdimbre.

Es motivo de gran interés que en los trabajos de D. Roman hallemos expuestas algunas indicaciones de René Guénon con relación a los rituales masónicos, indicaciones que D. Roman ha considerado oportuno participar a sus lectores. Así, en la pág. 183, nos enteramos que, para Guénon, «era perfectamente legítimo introducir elementos rituales, reconocidamente de carácter tradicional, aun cuando proviniesen de otros Ritos, distintos de aquél en el que se trabajaba». Por ejemplo, «aconsejaba sustituir la fórmula francesa “A la gloria del G.A.D.U.” por la inglesa “En el nombre del G.A.D.U.” [...]. Además consideraba preferible trabajar, en el segundo grado, en el nombre del “Gran Geómetra del Universo” y en el tercero en el del “Altísimo”. Aconsejaba también tomar de los rituales ingleses las llamadas “Lectures”, que son unas “instrucciones” mucho más desarrolladas que los “catecismos” franceses: ellas están compuestas de siete secciones para el primer grado, cinco para el segundo y tres para el tercero; en forma de preguntas y respuestas, constituyen comentarios referentes a los símbolos y también a ciertos pasajes de la Biblia. Guénon recomendaba empero de eliminar el carácter moralizante en pro de su significado iniciático».

Así y todo, no hay que creer que sea posible intercalar indiferentemente cualquier elemento perteneciente a un Rito en otro Rito: antes bien, Guénon sostenía que «hay que conservar rigurosamente las “características” [del Rito propio] y esto es, los signos, las palabras sagradas, los pasos, las edades simbólicas, las baterías y otras cosas consignadas en los “tuileurs”».

En realidad, no hay que perder de vista que estas indicaciones de Guénon estaban destinadas a un caso muy específico, sobre el que ejercitaba su acción de custodia constante, capaz de garantizar la ortodoxia de la adaptación. Por ello, no creemos que sea cosa que otros, basándose en los pocos datos aislados que se encuentran en el libro de D. Roman, y sin poseer una conciencia efectiva de lo que implica la armonía de un ritual, se arrojen movidos por el entusiasmo a proponer modificaciones a los rituales en uso en su propia logia. A este fin será bueno volver a recordar aquí lo que R. Guénon decía en el cap. V de Consideraciones sobre la iniciación, y que muy probablemente D. Roman estimaba ser familiar a sus lectores cuando redactó su obra:

«Añadiremos además, como otra consecuencia de lo que precede, que, cuando se trata de una organización auténticamente iniciática, sus miembros no tienen el poder de cambiar las formas a su antojo o de alterarlas en lo que tienen de esencial; ello no excluye ciertas posibilida­des de adaptación a las circunstancias, las cuales, sin embargo, en realidad se imponen a los individuos en cuanto no derivan de su voluntad, pero que, de cualquier modo, se ven limitadas por la condición de no perjudicar los instrumentos con los que se asegura la conservación y la transmisión de la influencia espiritual de la que es depositaria la organización considerada; si esta condición no fuera observada, se obtendría como resultado una verdadera ruptura con la tradición, ruptura que haría perder a esta organización su “regularidad”. Por otro lado, una organización iniciática no puede incorporar válidamente a sus ritos elementos tomados de formas tradicionales distintas de aquella según la cual está regularmente constituida; tales elementos, cuya adopción tendría un carácter totalmente artificial, no representarían más que simples fantasías superfluas, sin eficacia alguna desde el punto de vista iniciático; en consecuencia, ellos no añadirían absolutamente nada que pudiera considerarse efectivo, pero su presencia podría sin más ser, en razón de su heterogenei­dad, solamente una causa de confusión y de desarmonía; [...]. Las leyes que presiden el manejo de las influencias espirituales son por lo demás algo demasiado complejo y delicado como para que quienes no posean un conocimiento suficiente de las mismas puedan impunemente permitirse aportar modificaciones más o menos arbitrarias a las formas rituales, en las que todo tiene su razón de ser, y cuyo alcance corre el fuerte riesgo de escapárseles» [la cursiva es nuestra].

El autor dedica, en fin, un lugar relevante a la cuestión de la Orden del Temple, ocupándose de debatir los contenidos a veces originales de diversas publicaciones concernientes dicho tema, en dos capítulos específicos: «El Temple, orden iniciática cristiana» y «Del Temple a la Masonería a través del Hermetismo cristiano». Entre las numerosas noticias allí contenidas nos referiremos a tres que, empalmadas, nos dan la posibilidad de desarrollar un aspecto no indiferente de esta cuestión.

En la pág. 41, D. Roman, examinando el libro de P. Lesourd y C. Paillat Dossier secret, l’Eglise de France, refiere un hecho acontecido en el 15° Concilio ecuménico llevado a cabo en Vienne (1312), en el curso del cual se deliberó la suerte del Temple: «Apenas abierto el concilio - relatan los autores - se presentaron nueve caballeros del Temple, quienes declararon actuar en nombre de otros mil quinientos o dos mil Templarios que se habían refugiado en los montes cercanos a Lyon, y pidieron poder asumir, frente al concilio, la defensa de la orden. Sin escucharlos, Clemente V los hizo encarcelar y, a continuación, sometió la cuestión al concilio: hay que conceder una defensa a la Orden del Temple? La mayoría respondió afirmativamente. En contra se declararon sólo algunos cardenales y prelados franceses. Clemente V quedó muy molesto. En el extranjero las indagaciones pontificias se habían mostrado siempre favorables a los Templarios. Finalmente, a los Templarios no les fue permitido defenderse y su orden fue suprimida» (6).

A pesar de ello, es necesario decir que en un primer momento Clemente V no se había mostrado abiertamente hostil frente al Temple. Antes bien, según lo referido por el Rev. P.-M. Tonnellier - en un texto que Roman transcribe en la pág. 53 - el Pontífice, apenas informado del arresto del Gran Maestre De Molay y de los otros principales dignatarios templarios, se apresuró en comunicarles su propio sostén, proclamándoles «sus mejores garantías que todo se resolvería felizmente, animándolos y advirtiéndoles que debían abandonar toda idea de fuga». Una posición que se muestra en claro contraste con aquella otra que, como hemos visto, habría adoptado posteriormente. «Se podría decir - son las conclusiones de este eclesiástico - que la mayor culpa de los Templarios fue la de suponer que la propia inocencia bastaba para no tener nada que temer de la justicia».

Hubo, pues, en los acontecimientos que determinaron el fin de la Orden del Temple, patentemente un brusco cambio de posición de Clemente V. Y, por parte de aquellos que, de un modo u otro, venían sufriendo las pesadas consecuencias, ya no podían caber dudas sobre cual era el tipo de papel que él representaba en la tragedia que les tocaba vivir. Hoy, gracias a la investigación emprendida por el Rev. P.-M. Tonnellier (7), que lo llevó a descubrir en el castillo de Domme numerosos «graffittis» que traen «la fecha y la firma del Temple», nos llega lo que puede ser considerado, a este respecto, un testimonio directo del dictámen templario; de hecho, en las piezas que en su época sirvieron de prisión a los Templarios, lo que, entre las varias imágenes simbólicas le salta a los ojos es una inscripción que ve repetirse «obsesivamente» por doquier: «Destructor Templi Clemens V».

Ante esto, que tiene toda la apariencia de un llamado a la «venganza templaria» en contra de quien se hallaba al frente de la autoridad espiritual exterior, tal vez haya quien se asombre, especialmente si se considera que, en realidad, el comportamiento del Papa se vió determinado por las presiones ejercidas por el rey de Francia; pero, bien mirando, este último razonamiento, aunque verdadero, no vale como descargo de lo que fue una específica responsabilidad de Clemente V. Para demostrarlo, basta recordar lo que René Guénon escribía en la pág. 106 de Autorità spirituale e potere temporale, al respecto de lo cual nos limitaremos a citar aquí las conclusiones: «De esto resulta que la autoridad espiritual, mientras que puede y debe controlar siempre al poder temporal, no puede, al menos exte­riormente, ser controlada por nadie». Por eso, precisamente por haberse plegado servilmente a la voluntad de Felipe el Bello, aquél que encarnaba la máxima autoridad «visible» de Occidente debe considerarse como máximamente responsable de la maldad urdida por quien le estaba jerárquicamente subordinado y sobre el cual le competía la obligación taxativa de ejercer su control. «Se dirá también - agrega en efecto R. Guénon - que si la autoridad espiritual se dejaba subyugar de tal manera, no era ya lo que hubiera debido ser y sus repre­sentantes ya no tenían plena conciencia de su carácter tras­cendente; lo cual es cierto, y por lo demás explica y justifica, ya en aquel entonces, las invectivas a veces violentas de Dante».

Por último, señalaremos todavía que la «justificación» de René Guénon para con la idea de «venganza templaria» (de la que Dante se hizo eco en la Divina Comedia (8)), sobreentiende un presupuesto indispensable, a falta del cual, toda intervención frente a los representantes - aunque decaídos - de la autoridad espiritual resultaría irregular, ya que, como hemos visto, esta última «no puede, al menos exte­riormente, ser controlada por nadie». Tal presupuesto está indicado en una nota inserida por René Guénon a continuación del inciso «al menos exteriormente»: «Esta reserva concierne al principio supremo de lo espiritual y de lo temporal, que está más allá de todas las formas particulares, y cuyos representantes directos tienen eviden­temente el derecho de control sobre uno y otro campo; pero la acción de ese principio supremo, en el actual estado del mundo, no se ejerce visiblemente, de tal manera que se puede decir que cada autoridad espiritual aparece exteriormente como suprema, a pesar de que ella es solamente una autoridad espiritual relativa, e incluso si, como en este caso, ella ha perdido la llave de la forma tradicional cuya conservación le compete asegurar».

Lo que acaba de convalidar, pues, el recurso a la referida «venganza» es el carácter particular que, en ese entonces, debía revestir la Orden del Temple respecto al mundo occidental; en otro pasaje de la obra citada, R. Guénon deja entrever cual era dicho carácter: «[la Orden del Temple] constituía de algún modo un vínculo entre Oriente y Occidente y, en el mismo Occidente era, por su doble carácter religioso y guerrero, una especie de mediador entre lo espiritual y lo temporal, antes bien, este doble carácter podría interpretarse nada menos que como el signo de una relación más directa con la fuente común de los dos pode­res» (9). La ponderación de estas consideraciones permite dar el justo valor a las palabras de condena que en ese tiempo los Templarios confiaron tanto a la memoria de la piedra - como refiere D. Roman en su libro - como a la de sus sucesores, por intermedio de los cuales de algún modo siguen resonando todavía hoy en los «altos grados» del Escocismo masónico.

Otro argumento sobre el que D. Roman se detiene largamente es el que hace referencia a la actividad desarrollada por la Logia «La Grande Triade». Considerando que él mismo declara querer abstenerse de toda indiscreción, se comprende que lo que lo mueve a asumir este compromiso es la intención de enmendar los varios equívocos suscitados por algunas publicaciones que, desde puntos de vista y con propósitos un tanto diversos, se habían querido ocupar justamente de este tema. En su estudio, por consiguiente, D. Roman se limita a recoger cuanto fue ya expuesto por otros, según esto le sirva para demostrar la inconsistencia de ciertas críticas preconcebidas, y tan solo agrega de suyo alguna noticia, cuando evidentemente lo juzga necesario, a fin de aclarar mejor las cosas.

En realidad, las verdaderas indiscreciones provienen en este caso de una sola fuente, a saber del libro de J. Corneloup Je ne sais qu’épeler; efectivamente allí nos encontramos con un capítulo entero que el autor dedica a evocar sus propias experiencias en el seno de «La Grande Triade». De tal actitud temeraria no dejó de sacar luego provecho Alec Mellor para descargar sus propios prejuicios «antiguenonianos», en un artículo que le dedicó expresamente a esta Logia en su Dictionnaire de la Franc-Maçonnerie et des Franc-Maçons.

A propósito de J. Corneloup, nos parece oportuno recordar aquí lo que escribía, en 1940, R. Guénon, al reseñar un estudio del mismo aparecido en la revista Symbolisme (reseña que hoy se encuentra en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T.1, pág. 313): «Un artículo titulado “La ‘Loi’ d’Analogie”, de J. Corneloup, lleva el sello de una mentalidad bastante profana: el autor confunde visiblemente analogía con semejanza [...]; por otra parte, quienes recurren a las teorías de la física moderna para sostener sus propias opiniones no son, a pesar de lo que pueda pensarse ni “simbolistas” ni metafísicos; y en cuanto a la afirmación que “la psicología es el verdadero ámbito de la iniciación”, seguramente sería difícil hallarse más distante de la verdad!» [la cursiva es nuestra]. Sello del cual Corneloup no parece haber llegado nunca a desembarazarse del todo, si se tiene en cuenta que posteriormente no tuvo escrúpulo alguno en pregonar informaciones atinentes a las actividades de una Logia que, entre otras cosas, ni siquiera era la «suya», y que por añadidura pertenecía a una obediencia distinta (10).

Con todo, no hay que creer que lo que lo llevó a solicitar ser recibido como «visitante» en «La Grande Triade» fuese algo distinto de un genuino - aunque mal orientado - interés. De hecho, Corneloup no dejó de manifestar la propia estima por la seriedad y calidad que caracterizaban las «tenidas» en las que tuvo la ocasión de participar: «Los ritos - escribe - eran puntual e inteligentemente respetados» (11). «La calidad de los “trabajos” era semejante a la [de la realización] del ritual. El nivel intelectual medio de sus miembros se hallaba ciertamente por encima del de la generalidad de las Logias [...]. Además, los temas se encaraban casi siempre de manera inteligente y los sucesivos debates eran pertinentes y corteses, gracias también a la perfecta disciplina que reinaba. Una tal suma de virtudes no podía dejar de seducirme y, de hecho, ya desde las primeras "tenidas" me sentí conquistado, quedando a la espera de convencerme. Esto, desdichadamente, no sucedió, a pesar que durante mi frecuentación el interés general no dio señales de disminuir, lo que en fin de cuentas no fue poco» (12).

Nos preguntamos cual de estas consideraciones pudo haber inducido a Mellor a hablar tan resueltamente de «historia decepcionante de esta Logia». Si se trata de la «falta de convicción» que manifiesta J. Corneloup (y no hay otro motivo que pueda verse), entonces hay que tomar nota que su juicio se basa en una evaluación claramente «subjetiva»; lo cual, por cierto, no depone a favor de quien, sirviéndose de tan singular lógica, no deja de sacar a relucir a cada paso «los postulados del racionalismo»...

Por otra parte, para resolver de manera correcta la cuestión no se requiere más que ajustarse a las palabras del mismo Corneloup: en efecto, él declara sin ambigüedad qué cosa lo había llevado a frecuentar la Logia «La Grande Triade», y habría sido justamente el verificarse de ese algo lo que él aguardaba para declararse «convencido». Cuál era esa expectativa nos lo hace saber Denys Roman en la pág. 164 de su libro, transcribiendo palabra por palabra lo que a este propósito escribía J. Corneloup y que a nuestra vez presentamos aquí para nuestros lectores:

«Aceptados sus postulados, la doctrina de Guénon [sic] se desarrolla con un rigor lógico que determina su interés y fuerza. Entre las consecuencias que ella podría comportar, está sobre todo ese fenómeno psíquico y místico [!] de la formación de una egrégora [!] en el seno de una asamblea de discípulos [!] fervientes y unánimes, fenómeno que estaría en condiciones de elevar el espíritu de los participantes hasta una suerte de trascendencia que, gracias a su participación, multiplicaría las posibilidades de intuición y de comprensión. En algunas raras circunstancias ya había tenido ocasión de experimentar fugazmente algo semejante. ¿Llegaría “La Grande Triade” a lograrlo en mi presencia y, en ese caso, cuál sería mi reacción? ¿Me limitaría a ser simplemente testigo o participante? En el fondo de mí mismo dudaba y, de algún modo, dudaba en ambos sentidos. Tan sólo la experiencia habría podido resolver mi incertidumbre. Una tal experiencia era lo que yo le demandaba a “La Grande Triade”» [las cursivas son nuestras].

Posteriormente, D. Roman reporta (en la pág. 165) qué fue lo que sacó en claro quien había ido tras tan extravagante «experiencia»: «En oportunidad de la “apertura” - escribe Corneloup - el Orador leía los primeros versículos del Evangelio [...]. Se trata de un texto que, en su concisión, está lleno de significados y profundas enseñanzas, un texto que con justicia puede ser cualificado de iniciático y que tenía su importancia en una Logia como la que quería ser «La Grande Triade» de esa época: esto creaba un estado de ánimo. Habría podido ser este el estímulo para la formación de esa egrégora que hubiese justificado plenamente el intento; sin embargo, debo decir con mucho pesar, que esto nunca se verificó en mi presencia. Mas, ¿no habría sido esto, esperar lo imposible?» [la cursiva es nuestra].

En efecto, no habría sido otra cosa que «esperar lo imposible», y, dicho sea de paso, esta es la única proposición de Corneloup que nos sentimos en condiciones de poder suscribir plenamente. Puesto que tan solo eso significa el poner las propias expectativas de «trascendencia» únicamente en el prorrumpir de un «fenómeno psíquico» supuesto erróneamente capaz de «multiplicar las posibilidades de intuición y comprensión». Antes bien, en el caso que el resultado de la susodicha «experiencia» hubiera sido juzgado diversamente, deberíamos considerar que ello necesariamente derivaría de una verdadera autosugestión, porque no hay, ni puede haber, proporción alguna entre el plano psíquico - propiamente individual - y el espiritual o intelectual - propiamente universal -. Pero dejemos de lado el demasiado evidente despropósito de una tal actitud de «cazador de fenómenos», vehementemente empeñado en experimentar algún nebuloso embelesamiento, y demos mejor la palabra a René Guénon para aclarar en cambio por donde fue a bucear la mentalidad racionalista de Corneloup, para llegar a alimentar tales esperanzas. Guénon, en un estudio contenido hoy en el libro Iniziazione e realizzazione spirituale, con respecto a las confusiones que circulaban sobre las «egrégoras», decía (en la pág. 70): «En primer lugar, debemos señalar que jamás hemos empleado la palabra "egrégora" para designar lo que puede ser propiamente llamado una "entidad colectiva"; y la razón de ello consiste en que, en esta acepción, se trata de un término que no tiene nada de tradicional y que no representa sino una de las numerosas fantasías del moderno lenguaje ocultista. El primero que la empleó así es Eliphas Levi, y, si nuestros recuerdos son exactos, también fue él quien, para justificar este sentido, le atribuyó una inverosímil etimología latina, hacién­dola derivar de grex, "rebaño", cuando en cambio la palabra es puramente griega y en realidad jamás significó otra cosa que “vigilante". Se sabe por otra parte que este término se encuentra en el Libro de Henoch, donde designa entidades de un carácter muy enigmático, pero que, en todo caso, parecen pertenecer al "mundo intermedio"; esto es todo lo que tienen en común con las entidades colectivas a las cuales se ha pretendido aplicar el mismo nombre. Estas últimas, en efecto, son esencialmente de orden psíquico, y es sobre todo esto lo que acentúa la gravedad del error que señalamos, pues, a este respecto, la frase que hemos indicado se nos aparece en suma como un nuevo ejemplo de confusión entre lo psíquico y lo espiritual».

Establecido el origen «ocultista» de las elucubraciones de J. Corneloup, que pone de relieve la incoherencia de su proceder en la ocasión (y al mismo tiempo también la del modo de proceder de Alec Mellor; pero en relación a este último no faltará la ocasión de señalar otras más...), consideramos oportuno agregar otras dos citas del mismo escrito de Guénon, con el fin de aclarar la gravedad - especialmente en el campo iniciático - que reviste la mencionada confusión entre psíquico y espiritual. En la pág. 73 del libro recién indicado se lee en efecto que «Análogamente, no es como simple colectividad que hay que considerar una organización iniciática, pues no es de ninguna manera este carácter que le permite desempeñar la función que constituye su única razón de ser [considerado que la iniciación consiste cabal y esencialmente en la transmisión directa de una influencia espiritual que debe producir efectos que igualmente emanan del orden espiritual]: la colectividad, al no ser en suma más que una reunión de individuos, no puede, por sí misma, producir nada que sea de orden supraindividual, no pudiendo lo superior en ningún caso proceder de lo inferior; si el incorporarse a una organización iniciática puede obtener efectos de este orden, es pues únicamente en tanto que ella es deposi­taria de algo que es él mismo supraindividual y trascendente respecto a la colectividad, es decir de una influencia espiritual de la cual ella debe asegurar su conservación y transmisión sin ninguna discontinuidad».

Y de nuevo en las págs. 74-5: «A estas consideraciones, añadiremos otra observación que tiene también su importancia desde el mismo punto de vista: cuando una organización iniciática se encuentra en un estado de decadencia más o menos acentuado, pese a que en ella la influencia espiritual se halle siempre presente, su acción se ve necesariamente aminorada, y en tales condiciones, al contrario, las influencias psíquicas pueden actuar de una manera más visible y a veces casi independiente. En esta óptica, el caso extremo es aquel donde, habiendo dejado de existir como tal una forma iniciática y al haberse retirado enteramente de la misma por consiguiente la influencia espiritual, las influencias psíquicas serán las únicas que subsistirán en el estado de "residuos" nocivos y hasta particularmente peligrosos, tal como hemos explicado en otra ocasión. Claro está que, mientras la iniciación exista realmente, aunque fuese puramente virtual, las cosas no podrían llegar a este punto; pero no es menos cierto que una mayor o menor preponderancia asumida por las influencias psíquicas en una forma iniciática constituye un signo desfavorable por lo que se refiere al estado actual de ésta, lo que demuestra una vez más a los que querrían atribuir la misma iniciación a influencias de este orden, cuan lejos están de la verdad».

Creemos que con lo dicho alcance y sobre con respecto a la posición manifestada por Corneloup, posición que seguramente no vamos muy descaminados si la presentamos como la de uno que, en su desconcierto, tuvo la osadía de querer servirse «de una asamblea de discípulos [de Guénon] fervientes y unánimes» para perseguir las propias quimeras ocultistas, ¡y que llegó a pretender que era precisamente la realización de tales quimeras (léase «egrégoras») lo que «habría justificado plenamente el intento» promovido por los componentes - presentes y «ausentes» (y por «ausentes» entendemos a Guénon mismo, cuya «presencia» intelectual no podía dejar de hacerse sentir - ¡y cómo! - en los «trabajos» de la logia a pesar de no hallarse «presente» corporalmente) - de «La Grande Triade»!

Ocupémonos ahora del caso de Mellor, de quien hasta el momento hemos hablado sólo de pasada. Posicionado en las corrientes post-conciliares favorables a un acercamiento entre Masonería e Iglesia católica, este autor católico es conocido principalmente por su libro Nos Frères séparés, les Franc-Maçons. Ya en el lejano n°35 de esta Rivista, Giovanni Ponte advertía cómo en su libro el autor hacía todo lo posible para «negar explícita y totalmente la existencia en la Masonería de ese carácter esotérico e iniciático que justamente le es esencial». Es interesante notar que dicho libro suscitaba la reacción de L.-J. Piérol y... J. Corneloup, quienes publicaron entonces un escrito, Le Cowan, que pretendía ser una respuesta a las palabras de Mellor; lo más singular de tal respuesta es que en ella se omitía considerar precisamente esa cuestión esencial a la que recién aludíamos. En efecto, en una reseña aparecida en Symbolisme (oct.-dic. 1966) y retomada por D. Roman, «La Lettre G» (F. Ménard) escribía a propósito de este texto: «¿Qué es la Masonería? Ante todo es una sociedad iniciática. Ahora bien, ¿dónde se trata de iniciación en estas consideraciones de Corneloup y Piérol? Se habla de libertad de pensamiento, de ateísmo, de moral, de catolicismo, de anticomunismo, de desviación francesa o inglesa ... Se habla de todo menos que de iniciación, o sea de la única cosa que viene a constituir la razón de ser de la Masonería». De donde se ve que, a pesar de las distintas posiciones que uno y otros adoptaran, a la postre todos ellos se encontraban ligados por el mismo tipo de mentalidad decididamente moderna.

Notemos, empero, que esta intervención no dejó de traer aparejadas sus consecuencias: en efecto, D. Roman observa (pág. 142) que «los autores [empleando el término cowan] reprochaban a A. Mellor que tratara de Masonería sin formar parte la misma. ¿Qué hizo entonces Mellor? ¡Logró ser recibido en la Orden! De este modo, no solo evitó que alguien pudiese tratarlo de cowan (13), sino que, dado que ingresó en una Obediencia reconocida por la Gran Logia Unida de Inglaterra, pudo así restituir el “favor” a Piérol y Corneloup, tachándolos a su vez de “irregulares” y, de paso, de “pseudo-masones”». Pero lo peor fue que desde entonces Mellor, habiendo puesto los papeles en regla, dispuso de la oportunidad de llevar adelante su obra de algún modo desde adentro, ocupándose de hacer circular esas sugestiones antitradicionales de las que era manifiestamente portador.

Ya nos hemos referido a uno de los escritos sucesivamente redactados por el «masón» Mellor - escritos que, dicho sea de paso, fueron juzgados por un conocido historiador italiano de la Masonería como ¡«excelentes ensayos de erudición francmasónica»! -, en el caso específico presentado por Mellor como un «texto de consulta»; estamos hablando de su Dictionnaire de la Franc-Maçonnerie et des Franc-Maçons, de donde D. Roman ya desde las primeras páginas, dedicadas a la «introducción histórica», pone en evidencia con comprensible repugnancia estas sorprendentes palabras: «En una obra precedente, habíamos tenido la ocasión de invocar el advenimiento de una nueva ciencia: la Masonología [...], que sustituya los métodos científicos a las tentativas a troche y moche del empirismo [...]. Para dar un ejemplo, es muy fácil “decretar” la existencia de una cierta Tradición en la raíz de las sociedades, en contra ya sea de la Revelación primitiva que atestigua la Sagrada Escritura como de los datos de la ciencia sobre la aparición de la vida y los orígenes del hombre, para luego modificar arbitrariamente el sentido que la lengua francesa atribuye al adjetivo “tradicional”, y por fin reconstruir toda la historia a partir de estas premisas. Semejante esfuerzo, del que hay ilustres ejemplos, requiere...el menosprecio del método histórico, de la verdad histórica, y retrotrae las inteligencias al estado del pensamiento “prelógico” [...]. Pero que en la época de las computadoras perduren semejantes concepciones oníricas en materia de historia o de simbolismo, es algo que constituye un escándalo de la razón...» (14) [la cursiva es nuestra].

Es por demás evidente que lo que se trae sobre ojo aquí es la obra de René Guénon, y... pour cause, diríamos nosotros, dado que ella por sí sola está en condiciones de hacer caer uno tras otro los ídolos en los que se afianza la forma mentis del autor y el pasaje citado es bien elocuente a este respecto, visto que es el producto de un saber puramente nocional incapaz de producir siquiera una argumentación sobre la que valga la pena tomar la palabra, y se reduce a ostentar los acostumbrados lugares comunes con los que se alimenta la esperanza de disimular la propia nulidad intelectual. Pero si estos últimos pueden aún sugestionar a la masa ignorante, dudamos que estén en condiciones de mantener la misma eficacia ante quienes hayan desarrollado medianamente el propio juicio ni mucho menos, entre estos, en quien conozca los argumentos tratados en la obra de Guénon - y que echan por tierra fundadamente, uno por uno, los mencionados «slogans» -; quien se encuentre en esta situación no podrá menos que sonreír ante afirmaciones tan ridículas como la que cierra el pasaje citado.

Para terminar con este tema queremos todavía señalar que la afirmación de Mellor, que pretende impugnar «la existencia de una cierta Tradición en la raíz de las sociedades, en contra [...] de la Revelación primitiva que atestigua la Sagrada escritura», nos trae a la memoria una idéntica polémica levantada allá por los años de 1930 por el Padre E.-B. Allo en contra de Guénon, que este último rebatía de este modo: «Y, en lo que concierne a la “Tradición primordial”, él llega al punto de llamarla “esa especie de revelación que originalmente la humanidad habría recibido no sé de dónde”, lo que, para un clérigo católico, en verdad se pasa de castaño oscuro: ¿es que este hombre nunca ha oído hablar del Paraíso Terrestre?» (René Guénon, Comptes rendus, pág. 125).

De todos modos, este último es uno de los puntos que Alec Mellor, por no haber alcanzado el concepto, juzga ser particularmente grave en un masón. En efecto, en el artículo del Dictionnaire dedicado a la Logia «La Grande Triade», dicho autor se toma la libertad de recriminar a la Gran Logia de Francia «el error cometido al favorecer la creación [de tal taller]» en base a lo que él quiere ver como una «historia decepcionante de esta Logia» (ya hemos aclarado a suficiencia antes qué se debe pensar a este respecto) y que contribuirían a poner particularmente en evidencia otros tres motivos, el primero de los cuales es...«el postulado guenoniano de la Tradición primitiva» (citado por D. Roman, ob. cit., pág.152).

El segundo de estos motivos es el de la «inculpación [siempre “guenoniana”] de la Masonería especulativa». Veamos en qué términos el autor presenta a los lectores del Dictionnaire la susodicha «inculpación guenoniana»: «La Masonería operativa, que construyó las catedrales era, en este sentido, iniciática. La masonería especulativa, por el contrario, con sus constructores ficticios, no deja subsistir sino una parodia del todo teórica de la iniciación (Aperçus sur l’initiation, pág.194)». Este pasaje, que forma parte del artículo dedicado a René Guénon en su Dictionnaire (reproducido por D. Roman en la pág.149 de la obra citada), pretende ser una especie de resumen de la «tesis de Guénon», y para que no quepan dudas de ello no deja de indicar la página del libro que le sirve de fuente. Ahora bien, en tal lugar, como cada uno puede verificar por sí mismo fácilmente, René Guénon dice, en cambio, letra por letra, lo siguiente: «El tránsito de lo “operativo” a lo “especulativo” [nótese que al comienzo del capítulo Guénon llamaba la atención acerca de la habitual confusión entre “operativo” y “corporativo”; por lo demás todo este capítulo está destinado a aclarar de qué modo deben ser entendidos los dos términos con los que se abre el pasaje que aquí traemos a colación], lejos de constituir un “progreso” como los modernos quisieran, los cuales no comprenden su significado, desde el punto de vista iniciático es exactamente todo lo contrario; ello implica, hablando con propiedad, no necesariamente una desviación, pero sí al menos una degeneración en el sentido de una mengua; y, como acabamos de decir, esta mengua consiste en la negligencia y el olvido de todo lo que es “realización” - siendo que lo que es verdaderamente “operativo” posee este carácter - para no dejar subsistir más que una visión puramente teórica de la iniciación» [la cursiva es nuestra].

Como se puede advertir, estamos aquí muy lejos de la «parodia» de la que habla Mellor. Pero para esclarecer aún más el tema, citaremos ahora otro pasaje del mismo libro de Guénon (ob. cit., cap. XII, pág.102 de la ed. ital.): «[Además de las organizaciones iniciáticas que se mantienen puras o más o menos degeneradas] están aquellas que no son sino una falsificación o una caricatura, es decir, las organizaciones pseudo-iniciáticas; y hay por último otras organizaciones de carácter igualmen­te más o menos secreto, pero que no tienen ninguna pretensión de este orden [...]; mas debe quedar claro que, sean cuales sean las apariencias, las organizaciones pseudo-iniciáticas en realidad son tan profanas como estas últimas, y que tanto unas como otras no forman realmente sino un solo grupo, en oposición al de las organiza­ciones iniciáticas, puras o “contaminadas” de influencias profanas» [la cursiva es nuestra]. De lo dicho resulta que, en el pensamiento de Guénon - que es, recordémoslo, lo que en este caso pretendía resumir Mellor - lo que viene a ser una «parodia» de la Masonería «operativa» no es la Masonería «especulativa», sino eventualmente una forma cualquiera de pseudo-iniciación. Y pensar que en el mismo capítulo al que hace referencia Mellor, poco después del pasaje ya citado, Guénon tenía la delicadeza de decir explícitamente (Ib., cap. XXIX, pág. 234 ed. ital.): «Sea como sea, una organización iniciática que posea una filiación auténtica y legítima, independientemente del estado más o menos degenerado en que se encuentre reducida en la actualidad, seguramente jamás podrá ser confundida con una pseudo-iniciación cualquiera, que no es en suma sino una pura nada, ni con la contra-iniciación, la cual por el contrario es algo, pero algo absolutamente negativo, que va directamente en la dirección opuesta al objetivo que se propone esencialmente toda verdadera iniciación» [la cursiva es nuestra].

Hemos dicho «delicadeza» ya que en una nota al pasaje recién referido se puede leer lo siguiente: «Hemos tenido, a menudo, la ocasión de constatar que tales precisiones no son para nada superfluas; debemos entonces protestar formalmente contra toda interpretación que tienda, por una confusión voluntaria o involuntaria, a aplicar a una organización iniciática, cualquiera que fuere, lo que, en nuestros escritos, se refiere en realidad ya sea a la pseudo-iniciación, o a la contra-iniciación».

¿Qué pensar, a esta altura, de la precisión de análisis y de la coherencia lógica de razonamiento de alguien como Mellor (15)? ¿Quién es el que todavía tiene derecho a hablar de «escándalo de la razón»? A buen seguro, no puede tenerlo aquel que se escuda con desparpajo tras unas frases convencionales, dictadas por el estímulo preocupante de quien ya ha tomado partido.

Finalmente, el tercer y último motivo que A. Mellor esgrime a favor de su imputación contra la Gran Logia de Francia por haber apoyado la creación de «La Grande Triade», se centra sobre los «discípulos» (sic) de R. Guénon a quienes reputa movidos por la «firme voluntad de calificar de contra-iniciación cuanto ofenda lo que ellos juzgan ser la ortodoxia». Que haya quien se comporte de esta manera, a causa de haber comprendido mal lo que en este sentido dice Guénon, es algo que no puede descartarse, ¡pero de aquí a meter a todos en la misma bolsa, de veras es demasiado! Por el contrario, en vista de la poca confiabilidad que demuestra este autor por lo que hace a la precisión de la terminología utilizada y, consiguientemente, de las ideas que la misma sirve para transmitir, y considerada la notable superficialidad que lo caracteriza, nos vemos llevados a creer que este no es más que otro de aquellos lugares comunes en los que se apoyan sus prejuicios para intentar prevalecer sobre sus lectores. En la pág. 152 de su libro, D. Roman formula una reflexión que será útil transcribir aquí, ya que nos parece que enfoca de manera particularmente apropiada la cuestión que estamos tratando: «Lo que nos ha sorprendido de manera especial leyendo el Dictionnaire de Mellor, es una especie de gradación en la hostilidad que manifiesta frente a Guénon y a las repercusiones de su obra [...]. Entre los “guenonianos”, los más peligrosos en su opinión son los Masones guenonianos, por cuanto ignoran los verdaderos principios de su Orden. Pero lo que llega a ser sobre todo execrable [para él], es cuando unos Masones guenonianos se disponen a fundar una Logia específicamente guenoniana, como fue “La Grande Triade”». ¿No será que los ambientes a los que pertenece Mellor en un caso como ese entreveían un signo que venía a presagiar su próximo ocaso?

Ahora bien, junto a los puntos de genuino interés de los que hemos dado aquí algún ejemplo, y que por cierto no faltan en el libro de Denys Roman, también es cierto que acá y allá podemos tropezar con algunas posturas, o con expresiones, que pueden suscitar cierta perplejidad. Por lo tanto, siempre con el propósito de aprovechar la ocasión que las mismas nos brindan para aportar una rectificación que pueda ser útil al menos para algunos lectores, nos detendremos en un par de casos.

En la pág. 14 del Avant-propos, y asimismo en la pág. 21 del cap. 1, el autor usa la expresión tradición monoteísta en evidente relación con el conjunto de las tradiciones que derivan del tronco abrahánico, más habitualmente llamadas «religiones monoteístas» (16). Pensamos que se trate tan solo de una inadvertencia de D. Roman, a quien no le debe haber pasado por las mientes que una tal expresión puede comportar de algún modo el implícito asentimiento del prejuicio que pretende que fuera de dicho tronco abrahánico las tradiciones sean politeístas. Por cierto este caso no era el de nuestro autor, quien por añadidura tuvo seguramente la ocasión de leer, en el número de octubre-noviembre de 1946 de Etudes Traditionnelles, el artículo «Monothéisme et angélologie» de René Guénon, donde se toca precisamente este punto en un pasaje que transcribimos a continuación, a fin de rectificar el posible lapsus en cuestión: «Es evidente que [el politeísmo] no puede ser más que la consecuencia de una incomprensión de ciertas verdades tradicionales, esto es de aquellas que se refieren a los aspectos o a los atributos divinos; tal incomprensión es de suponer que resulta siempre posible en individuos aislados y más o menos numerosos, mas su generalización, hallándose en correlación con un estado de degeneración extrema de una forma tradicional en vías de desaparición, de hecho ha sido indudablemente mucho más insólita de lo que habitualmente se cree. En todo caso, ninguna tradición, sea cual sea, podría, en sí misma, ser politeísta; significa invertir todo orden normal el suponer un politeísmo al principio, según las opiniones "evolucionistas" de la mayoría de los modernos, en lugar de ver en el mismo la simple desviación que en realidad es. Toda verdadera tradición es esencialmente monoteísta; para hablar de manera más precisa, ella afirma ante todo la unidad del Principio supremo, de donde todo deriva y depende enteramente, y es esta afirmación lo que, en la expresión que reviste especialmente en las tradiciones con forma religiosa, constituye el monoteísmo propiamente dicho; pero, a reserva de esta explicación necesaria para evitar toda confusión de puntos de vista, podemos en suma ampliar sin inconveniente el sentido del término monoteísmo para aplicarlo a toda afirmación de la unidad principial» [la cursiva es nuestra] (Cf. René Guénon, Mélanges, cap. 2, págs. 26-7).

Otro punto que nos parece en condición de provocar alguna confusión es el que se toca en la pág. 166 (nota 49), donde se lee: «De acuerdo con la costumbre de muchos Masones franceses, el autor [J. Corneloup] llama “trabajos” a las discusiones que se desarrollan en Logia [en torno de un determinado tema]. En realidad - dice Roman - el verdadero trabajo iniciático consiste en la ejecución del ritual» [la cursiva es nuestra].

La afirmación de D. Roman, en su concisión, podría tal vez inducir a algunos a pensar que la metodología iniciática en uso en las Obediencias anglo-sajonas (la cual se limita casi exclusivamente a una rigurosa ejecución del «ritual») sea preferible a la de las Obediencias latinas. Pero que esto no refleje todo el pensamiento de Roman se entiende muy bien cuando, en la pág. 181, él vuelve sobre el argumento, aludiendo de algún modo precisamente a este aspecto de la cuestión. Considerando, en fin, lo que nuestro autor dice a propósito de las orientaciones que habitualmente siguen los temas puestos en discusión, nos parece poder inferir que una tal postura esté sobre todo encaminada a poner de relieve la insuficiencia del punto de vista solo «especulativo» en campo iniciático. De hecho, es evidente que mientras se esté atado a una visión puramente teórica de la iniciación no será posible dar ni un solo paso más allá de la iniciación «virtual» recibida, cuando no sea esta la premisa para abandonarse a alternativas de otro tipo que nada tienen que ver con la iniciación. Por este motivo, precisamente, René Guénon se esmera en aclarar - en Considerazioni sull’iniziazione, págs. 234-5 - «que el “pensamiento”, cultivado por sí mismo, no puede en ningún caso constituir el objeto de una organización iniciática como tal; ésta no es una agrupación donde quepa “filosofar” o librarse a discusiones “académi­cas”, ni a cualquier otro género de ocupación profana. La “especulación” filosófica, cuando se introduce en una organización de este tipo constituye ya una verdadera desviación, mientras que la “especulación” cuando se refiere al dominio iniciático, si se limita a sí misma en lugar de ser, como normalmente debería, una simple preparación al trabajo “operativo”, constituye solamente esa aminoración de la que hablábamos anteriormen­te» [la cursiva es nuestra].

Ahora bien, el procurar llevar a efecto lo que nos ha sido conferido sólo virtualmente, requiere de nuestra intención de cumplir un «trabajo» personal que, empezando por «despojarnos» de toda imperfección y limitación «profana» que llevamos puesta nos permita a continuación alcanzar el verdadero secreto iniciático, para lo cual la forma iniciática nos pone a disposición una serie de medios que representan todo aquello de lo que es posible contar desde afuera en vista de favorecer el logro de tal objetivo. El conjunto de estos medios, del que forman parte los ritos y los símbolos pero no exclusivamente, constituye el soporte de la enseñanza iniciática, cuya única razón de ser es la de sostener y guiar el «trabajo» necesariamente personal de cada uno, «y es en esto solamente - advierte Guénon (ibid. pág. 237) - que puede consistir la parte exterior y colectiva de un verdadero “trabajo” iniciático, si se lo comprende realmente en su significado legítimo y normal» [la cursiva es nuestra]. Debemos concluir, pues, que el aspecto exterior no es ni puede ser otra cosa que una preparación dirigida a favorecer el aspecto puramente interior y personal de tal «trabajo»; preparación, agregamos, que puede sin embargo asumir incluso el aspecto mucho más importante y «cualificado» de una verdadera ayuda (Guénon habla a este propósito de «colaboración» de la influencia espiritual) cuando este «trabajo», y la correcta actitud que lo debe caracterizar, estén presentes.

Llegados a este punto pensamos que la cuestión que ha motivado las presentes reflexiones pueda considerarse resuelta en este sentido: todo cuanto ocurre en Logia, con tal que esté destinado a favorecer la «realización», debe ser considerado como una preparación para con el «trabajo» personal, y por consiguiente - parafraseando lo que dice R. Guénon en la pág. 239 de la ob. cit. - hasta las consideraciones teóricas tienen valor real como trabajo propiamente iniciático cuando se entiendan de este modo; las cuales no sólo implican los argumentos encarados sino también el sucesivo tratamiento que de ellos se hace, puesto que esta es la ocasión para que cada uno pueda estimular el propio esfuerzo en pos de liberarse de aquellos vicios (entre los cuales el «espíritu sistemático» no es ni el último ni el menos nocivo) que obstaculizan una correcta comprensión intelectual. Y, a decir verdad, hay que considerar asimismo que una tal preparación no puede ser confinada sólo a lo que ocurre en Logia, por más fundamental que ello sea, sino que debe extenderse a las diversas ocasiones en las que, fuera de Logia, se verifiquen reuniones entre iniciados en el curso de las cuales, y en los modos más variados, sobrevenga un intercambio concerniente a la enseñanza iniciática. Desde el punto de vista, en fin, del «trabajo» interior de cada iniciado, hay que decir que cualquier circunstancia, en el momento que sea, puede representar una oportunidad propicia para el propio desarrollo espiritual, y esto en virtud del punto de vista «operativo» que él habrá podido adquirir si supo sacar provecho de aquella particular preparación que constituye el «trabajo» iniciático colectivo.

Esperamos que las precedentes consideraciones puedan ser entendidas en el sentido que solo quisimos darles, que es el de evitar interpretaciones simplistas respecto a lo que debe ser entendido por «trabajo» iniciático; y, desde el momento que por nuestra parte hemos insistido especialmente sobre la múltiple diversidad de los medios que, a la fuerza, dicho «trabajo» debe poner en práctica, pensamos que nuestra intervención pueda resultar en cierto modo complementaria a las palabras de Denys Roman, las cuales a su vez miraban a marcar un aspecto específico de tal «trabajo», aspecto cuya importancia se halla por lo demás decididamente fuera de toda duda, en especial si se toma en cuenta lo que con este motivo escribe R. Guénon; el cual, conviene recordarlo, llegó a indicar en la pág. 238 de la ob. cit., que «la meditación sobre los símbolos, en ciertas condiciones, [puede asumir] el carácter de un verdadero rito, y de un rito que - esta vez - no confiere tan sólo la iniciación virtual, sino que permite obtener un grado más o menos avanzado de iniciación efectiva».

Cerrando la reseña de este primer libro (reseña que, como se ha visto, sobre algunos puntos constituye más bien un comentario), queremos llamar la atención de nuestros lectores acerca del capítulo que Denys Roman dedica a la cuestión de las «Relaciones entre la Iglesia y la Masonería», capítulo en el que lo vemos, por cuestiones de principio, asumir una posición que le hace honor, y que resulta más bien excepcional vistas las desviaciones que se encuentran en este terreno, ante todo la que condicionó, a partir de un cierto momento, el modo de proceder de Jean Reyor, «colaborador», dentro de ciertos límites, del mismo R. Guénon.

Considerando la aversión que, frente al secreto iniciático, manifiestan los representantes de la Iglesia, nuestro autor, en la pág. 107 (nota 15), observa muy justamente que «Si la Masonería renunciase al secreto o incluso si sólo declarase que el secreto custodiado no encubre ninguna realidad profunda, la Iglesia no tendría inconvenientes en revocar sus condenas. Pero una organización masónica que tomase tal iniciativa se excluiría, a causa de ello, del seno de la Masonería universal, porque el secreto [iniciático] es el más "intangible" de todos los landmarks y se identifica de algún modo ya con el “vínculo” iniciático, ya con la Masonería misma, como en particular se puede ver en la apertura de los trabajos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que inicia así: “Hermano Primer Vigilante, ¿cuál es el vínculo que nos une? - Un secreto - ¿Cuál es este secreto? - La Masonería”». Y también un poco más adelante, en la pág. 108 (nota 16), con relación a la instancia que, en el curso del Concilio Vaticano II, fue presentada en pro de una abrogación de las bulas de excomunión infligidas a los Masones, a nuestro autor no se le escapa que la deprecación que el obispo de Cuernavaca eleva a sus colegas: «La Masonería aguarda de vosotros un gesto», manifiesta un modo de ver las cosas harto improcedente. En efecto, él no deja de poner de relieve que «la Masonería [siendo una] Orden iniciática, no aguarda nada de la Iglesia, la cual es una organización puramente exotérica».