Para aquellos de nuestros lectores que no lo
sepan, Denys Roman fue el seudónimo usado por Marcel Maugy
(1901-1986) en todos sus escritos, el primero de los cuales,
redactado por sugerencia de René Guénon, apareció publicado en
Etudes Traditionnelles en 1950. Unos años antes M. Maugy había
sido iniciado en la Logia «La Grande Triade» (1). El
verificarse de tales acontecimientos estuvo precedido por un largo
período (de 1926 a 1946) de intenso «trabajo preparatorio», durante
el cual M. Maugy maduró - si bien dentro de ciertos límites de
comprensión que él mismo honestamente reconoce (2) - una adhesión
«incondicional» a los contenidos de la obra de René Guénon. Desde
entonces siguió, si bien con dos significativos paréntesis,
prestando preferentemente su colaboración, en forma de artículos y
reseñas, a la revista Etudes Traditionnelles, ocupándose en
general de temas atinentes a la Masonería, de la que indudablemente
poseía un amplio conocimiento. Hacia el fin de su vida tuvo «el
coraje y la probidad intelectual» (3) de asumir el peso de tratar de
enderezar el curso de esta revista, que ya desde el año 1951 había
experimentado un «proceso de alejamiento del espíritu de la obra de
R. Guénon», a lo largo de las sucesivas fases de preponderante
colaboración, primero de Jean Reyor, luego de Vâlsan-Gilis y
finalmente de Schuon-Shaya. Su desaparición, sobrevenida poco
después de un año del comienzo de esta tentativa, acabó en modo
definitivo con tal intento, y como terminó la revista que una vez
fue «la de René Guénon» es algo que ya saben nuestros lectores.
Si bien los libros de Denys Roman no son a decir
verdad publicaciones recientes, de todos modos nos parece provechoso
tomarlos aquí en consideración, puesto que ello nos dará la ocasión
de llamar la atención de los lectores sobre diversos puntos
relativos a la vía iniciática masónica allí tocados, y por cierto,
con una actitud de seriedad y competencia no comunes.
Publicado en 1982, René Guénon et les destins
de la Franc-Maçonnerie (Ed. de l’Oeuvre, 1982; Ed.
Traditionnelles, 1995) reúne, con la excepción de tres capítulos,
una serie de escritos, en general revisados por el autor, que fueron
publicados originalmente en la revista Etudes Traditionnelles.
Los argumentos aquí tratados por cierto no carecen de interés y para
cerciorarse de ello basta dar un vistazo al índice: desde el primer
capítulo, dedicado a «Pitagorismo y Masonería», hasta el
último, intitulado «Euclides, discípulo de Abraham», vemos
que los hay que se ocupan de «Cuestiones rituales», o de «Masonería
Templaria, Masonería Jacobita y Masonería escocesa»; otros se
detienen «Sobre la lectura de los textos sagrados» o «Sobre
algunos aspectos de la Masonería llamada “escocesa”», mientras
que otros están dedicados «A la gloriosa memoria de los dos San
Juan» o se ocupan de examinar «Los trabajos de la Logia
“Villard de Honnecourt” sobre René Guénon». Sin embargo, no nos
detendremos a resumir aquí los contenidos de todos estos escritos,
ya que estamos convencidos que uno de los mayores méritos de los
trabajos de D. Roman está representado, además de la «fidelidad» al
espíritu de la obra de René Guénon que asoma en cada página, por el
elevado número de datos que en ellos es posible identificar; en
consecuencia, justamente para inducir a nuestros lectores a
emprender por su propia cuenta este trabajo de cernido, nos
limitaremos a una «degustación» de esos puntos que acá y allá, han
llamado especialmente nuestra atención.
En la pág. 27, después de haber recordado que la
escuela pitagórica hacía corresponder a cada vértice del
Pentalpha una de las letras del término griego equivalente al
italiano salute [salud] (donde se capta una clara referencia
a la armonía), D. Roman refiere en una nota, que «los Fieles de Amor
tenían, en su tercer grado, un rito que llamaban saluto o
salute. Es muy curioso que estas dos palabras, saludo y salud,
se vuelvan a encontrar formando los dos elementos esenciales del
ritual del “ágape masónico” [Loge de table].
Además parece que el número de los brindis (salute) a
cumplir, que ha variado mucho en el transcurso del tiempo, deba
limitarse regularmente a cinco; entre las logias anglosajonas es
habitual, en el último brindis, servirse de una fórmula que se
remonta a tiempos remotos, en la que se evoca el “retorno al país
natío”. Todo lo que ocurre a continuación es considerado ya como
“extra-masónico”, como si con este retorno se quisiera sugerir que
los “objetivos de la Masonería” hubiesen sido alcanzados». Nos
permitiremos agregar que hay otra expresión ritual propia de la
Masonería anglosajona, a la que hace mención R. Guénon (cf.
Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T1, pág.
250): «viajar en países extranjeros» (to travel in foreign
countries). Si se relacionan las dos fórmulas se advierte que
las mismas se refieren al conocido simbolismo del viaje, por lo que
es posible deducir que el llamado de dicho brindis está dirigido a
renovar las aspiraciones a llevar a cabo el cometido iniciático (el
«viaje»); lo que implica necesariamente un «cambio de dirección»
capaz de modificar radicalmente la propia orientación (el
«retorno»), de modo que se abandone el recorrido de la «rueda de las
cosas» (los «países extranjeros»); se puede así inferir que el
recorrido de la «rueda de las cosas», para asumir su verdadero
significado de conocimiento, debe ser dirigido a preparar la
penetración hasta el centro mismo de esta rueda (el «país natío»)
(4). Una «lecture» inglesa del III grado alude por lo demás a
semejante tránsito: «[So] that he
[el masón] might perfect himself in
Masonry, so as to travel into foreign countries and work and receive
wages as a Master Mason».
También nos parece digna de atención la
observación que, en la pág. 73, atañe al uso de la palabra «lluvia»
en Masonería. Según D. Roman, «la expresión “Llueve en el Templo”,
proferida cuando el candidato llama en “modo irregular” a la puerta,
se explica sobre todo por el hecho que el “Cuadro de Logia” (y en
particular el pavimento de mosaico) representa la “Tierra Santa” (Holy
ground), como sustituto del Paraíso terrestre, y está dicho que
en el jardín del Edén llueve nunca». Verosímilmente la asociación
entre «cuadro de logia» y «pavimento de mosaico» deriva, por
adaptación, de la antigua «plancha de trazar», que servía al
arquitecto para trazar sus planos, y que según ciertos indicios
puede suponerse que estuviese subdividida en cuadrados regulares
(5). Es pues a partir de esta serie de líneas principales que tomará
forma la entera obra (representada aquí por el «cuadro de logia»),
de algún modo análogamente a cuanto ocurre en el ámbito del arte del
tejido con el entrelazarse de la trama con la urdimbre.
Es motivo de gran interés que en los trabajos de
D. Roman hallemos expuestas algunas indicaciones de René Guénon con
relación a los rituales masónicos, indicaciones que D. Roman ha
considerado oportuno participar a sus lectores. Así, en la pág. 183,
nos enteramos que, para Guénon, «era perfectamente legítimo
introducir elementos rituales, reconocidamente de carácter
tradicional, aun cuando proviniesen de otros Ritos, distintos de
aquél en el que se trabajaba». Por ejemplo, «aconsejaba sustituir la
fórmula francesa “A la gloria del G.A.D.U.” por la inglesa “En el
nombre del G.A.D.U.” [...]. Además
consideraba preferible trabajar, en el segundo grado, en el nombre
del “Gran Geómetra del Universo” y en el tercero en el del
“Altísimo”. Aconsejaba también tomar de los rituales ingleses las
llamadas “Lectures”, que son unas “instrucciones” mucho más
desarrolladas que los “catecismos” franceses: ellas están compuestas
de siete secciones para el primer grado, cinco para el segundo y
tres para el tercero; en forma de preguntas y respuestas,
constituyen comentarios referentes a los símbolos y también a
ciertos pasajes de la Biblia. Guénon recomendaba empero de eliminar
el carácter moralizante en pro de su significado iniciático».
Así y todo, no hay que creer que sea posible
intercalar indiferentemente cualquier elemento perteneciente a un
Rito en otro Rito: antes bien, Guénon sostenía que «hay que
conservar rigurosamente las “características” [del Rito propio]
y esto es, los signos, las palabras sagradas, los pasos, las edades
simbólicas, las baterías y otras cosas consignadas en los “tuileurs”».
En realidad, no hay que perder de vista que estas
indicaciones de Guénon estaban destinadas a un caso muy específico,
sobre el que ejercitaba su acción de custodia constante, capaz de
garantizar la ortodoxia de la adaptación. Por ello, no creemos que
sea cosa que otros, basándose en los pocos datos aislados que se
encuentran en el libro de D. Roman, y sin poseer una conciencia
efectiva de lo que implica la armonía de un ritual, se arrojen
movidos por el entusiasmo a proponer modificaciones a los rituales
en uso en su propia logia. A este fin será bueno volver a recordar
aquí lo que R. Guénon decía en el cap. V de Consideraciones sobre
la iniciación, y que muy probablemente D. Roman estimaba ser
familiar a sus lectores cuando redactó su obra:
«Añadiremos además, como otra consecuencia de lo
que precede, que, cuando se trata de una organización auténticamente
iniciática, sus miembros no tienen el poder de cambiar las formas a
su antojo o de alterarlas en lo que tienen de esencial; ello no
excluye ciertas posibilidades de adaptación a las circunstancias,
las cuales, sin embargo, en realidad se imponen a los individuos en
cuanto no derivan de su voluntad, pero que, de cualquier modo, se
ven limitadas por la condición de no perjudicar los instrumentos con
los que se asegura la conservación y la transmisión de la influencia
espiritual de la que es depositaria la organización considerada; si
esta condición no fuera observada, se obtendría como resultado una
verdadera ruptura con la tradición, ruptura que haría perder a esta
organización su “regularidad”. Por otro lado, una organización
iniciática no puede incorporar válidamente a sus ritos elementos
tomados de formas tradicionales distintas de aquella según la cual
está regularmente constituida; tales elementos, cuya adopción
tendría un carácter totalmente artificial, no representarían más que
simples fantasías superfluas, sin eficacia alguna desde el punto de
vista iniciático; en consecuencia, ellos no añadirían absolutamente
nada que pudiera considerarse efectivo, pero su presencia podría sin
más ser, en razón de su heterogeneidad, solamente una causa de
confusión y de desarmonía; [...]. Las
leyes que presiden el manejo de las influencias espirituales son por
lo demás algo demasiado complejo y delicado como para que quienes no
posean un conocimiento suficiente de las mismas puedan impunemente
permitirse aportar modificaciones más o menos arbitrarias a las
formas rituales, en las que todo tiene su razón de ser, y cuyo
alcance corre el fuerte riesgo de escapárseles» [la cursiva es
nuestra].
El autor dedica, en fin, un lugar relevante a la
cuestión de la Orden del Temple, ocupándose de debatir los
contenidos a veces originales de diversas publicaciones
concernientes dicho tema, en dos capítulos específicos: «El
Temple, orden iniciática cristiana» y «Del Temple a la
Masonería a través del Hermetismo cristiano». Entre las
numerosas noticias allí contenidas nos referiremos a tres que,
empalmadas, nos dan la posibilidad de desarrollar un aspecto no
indiferente de esta cuestión.
En la pág. 41, D. Roman, examinando el libro de
P. Lesourd y C. Paillat Dossier secret, l’Eglise de France,
refiere un hecho acontecido en el 15°
Concilio ecuménico llevado a cabo en Vienne (1312), en el curso del
cual se deliberó la suerte del Temple: «Apenas abierto el concilio -
relatan los autores - se presentaron nueve caballeros del Temple,
quienes declararon actuar en nombre de otros mil quinientos o dos
mil Templarios que se habían refugiado en los montes cercanos a
Lyon, y pidieron poder asumir, frente al concilio, la defensa de la
orden. Sin escucharlos, Clemente V los hizo encarcelar y, a
continuación, sometió la cuestión al concilio: hay que conceder una
defensa a la Orden del Temple? La mayoría respondió afirmativamente.
En contra se declararon sólo algunos cardenales y prelados
franceses. Clemente V quedó muy molesto. En el extranjero las
indagaciones pontificias se habían mostrado siempre favorables a los
Templarios. Finalmente, a los Templarios no les fue permitido
defenderse y su orden fue suprimida» (6).
A pesar de ello, es necesario decir que en un
primer momento Clemente V no se había mostrado abiertamente hostil
frente al Temple. Antes bien, según lo referido por el Rev. P.-M.
Tonnellier - en un texto que Roman transcribe en la pág. 53 - el
Pontífice, apenas informado del arresto del Gran Maestre De Molay y
de los otros principales dignatarios templarios, se apresuró en
comunicarles su propio sostén, proclamándoles «sus mejores garantías
que todo se resolvería felizmente, animándolos y advirtiéndoles que
debían abandonar toda idea de fuga». Una posición que se muestra en
claro contraste con aquella otra que, como hemos visto, habría
adoptado posteriormente. «Se podría decir - son las conclusiones de
este eclesiástico - que la mayor culpa de los Templarios fue la de
suponer que la propia inocencia bastaba para no tener nada que temer
de la justicia».
Hubo, pues, en los acontecimientos que
determinaron el fin de la Orden del Temple, patentemente un brusco
cambio de posición de Clemente V. Y, por parte de aquellos que, de
un modo u otro, venían sufriendo las pesadas consecuencias, ya no
podían caber dudas sobre cual era el tipo de papel que él
representaba en la tragedia que les tocaba vivir. Hoy, gracias a la
investigación emprendida por el Rev. P.-M. Tonnellier (7), que lo
llevó a descubrir en el castillo de Domme numerosos «graffittis» que
traen «la fecha y la firma del Temple», nos llega lo que puede ser
considerado, a este respecto, un testimonio directo del dictámen
templario; de hecho, en las piezas que en su época sirvieron de
prisión a los Templarios, lo que, entre las varias imágenes
simbólicas le salta a los ojos es una inscripción que ve repetirse
«obsesivamente» por doquier: «Destructor Templi Clemens V».
Ante esto, que tiene toda la apariencia de un
llamado a la «venganza templaria» en contra de quien se hallaba al
frente de la autoridad espiritual exterior, tal vez haya quien se
asombre, especialmente si se considera que, en realidad, el
comportamiento del Papa se vió determinado por las presiones
ejercidas por el rey de Francia; pero, bien mirando, este último
razonamiento, aunque verdadero, no vale como descargo de lo que fue
una específica responsabilidad de Clemente V. Para demostrarlo,
basta recordar lo que René Guénon escribía en la pág. 106 de
Autorità spirituale e potere temporale, al respecto de lo cual
nos limitaremos a citar aquí las conclusiones: «De esto resulta que
la autoridad espiritual, mientras que puede y debe controlar siempre
al poder temporal, no puede, al menos exteriormente, ser controlada
por nadie». Por eso, precisamente por haberse plegado servilmente a
la voluntad de Felipe el Bello, aquél que encarnaba la máxima
autoridad «visible» de Occidente debe considerarse como máximamente
responsable de la maldad urdida por quien le estaba jerárquicamente
subordinado y sobre el cual le competía la obligación taxativa de
ejercer su control. «Se dirá también - agrega en efecto R. Guénon -
que si la autoridad espiritual se dejaba subyugar de tal manera, no
era ya lo que hubiera debido ser y sus representantes ya no tenían
plena conciencia de su carácter trascendente; lo cual es cierto, y
por lo demás explica y justifica, ya en aquel entonces, las
invectivas a veces violentas de Dante».
Por último, señalaremos todavía que la
«justificación» de René Guénon para con la idea de «venganza
templaria» (de la que Dante se hizo eco en la Divina Comedia
(8)),
sobreentiende un presupuesto indispensable, a falta del cual, toda
intervención frente a los representantes - aunque decaídos - de la
autoridad espiritual resultaría irregular, ya que, como hemos visto,
esta última «no puede, al menos exteriormente, ser controlada por
nadie». Tal presupuesto está indicado en una nota inserida por René
Guénon a continuación del inciso «al menos exteriormente»: «Esta
reserva concierne al principio supremo de lo espiritual y de lo
temporal, que está más allá de todas las formas particulares, y
cuyos representantes directos tienen evidentemente el derecho de
control sobre uno y otro campo; pero la acción de ese principio
supremo, en el actual estado del mundo, no se ejerce visiblemente,
de tal manera que se puede decir que cada autoridad espiritual
aparece exteriormente como suprema, a pesar de que ella es solamente
una autoridad espiritual relativa, e incluso si, como en este caso,
ella ha perdido la llave de la forma tradicional cuya conservación
le compete asegurar».
Lo que acaba de convalidar, pues, el recurso a la
referida «venganza» es el carácter particular que, en ese entonces,
debía revestir la Orden del Temple respecto al mundo occidental; en
otro pasaje de la obra citada, R. Guénon deja entrever cual era
dicho carácter: «[la Orden del Temple]
constituía de algún modo un vínculo entre Oriente y Occidente y, en
el mismo Occidente era, por su doble carácter religioso y guerrero,
una especie de mediador entre lo espiritual y lo temporal, antes
bien, este doble carácter podría interpretarse nada menos que como
el signo de una relación más directa con la fuente común de los dos
poderes» (9). La ponderación de estas consideraciones permite dar
el justo valor a las palabras de condena que en ese tiempo los
Templarios confiaron tanto a la memoria de la piedra - como refiere
D. Roman en su libro - como a la de sus sucesores, por intermedio de
los cuales de algún modo siguen resonando todavía hoy en los «altos
grados» del Escocismo masónico.
Otro argumento sobre el que D. Roman se detiene
largamente es el que hace referencia a la actividad desarrollada por
la Logia «La Grande Triade». Considerando que él mismo
declara querer abstenerse de toda indiscreción, se comprende que lo
que lo mueve a asumir este compromiso es la intención de enmendar
los varios equívocos suscitados por algunas publicaciones que, desde
puntos de vista y con propósitos un tanto diversos, se habían
querido ocupar justamente de este tema. En su estudio, por
consiguiente, D. Roman se limita a recoger cuanto fue ya expuesto
por otros, según esto le sirva para demostrar la inconsistencia de
ciertas críticas preconcebidas, y tan solo agrega de suyo alguna
noticia, cuando evidentemente lo juzga necesario, a fin de aclarar
mejor las cosas.
En realidad, las verdaderas indiscreciones
provienen en este caso de una sola fuente, a saber del libro de J.
Corneloup Je ne sais qu’épeler; efectivamente allí nos
encontramos con un capítulo entero que el autor dedica a evocar sus
propias experiencias en el seno de «La Grande Triade». De tal
actitud temeraria no dejó de sacar luego provecho Alec Mellor para
descargar sus propios prejuicios «antiguenonianos», en un artículo
que le dedicó expresamente a esta Logia en su Dictionnaire de la
Franc-Maçonnerie et des Franc-Maçons.
A propósito de J. Corneloup, nos parece oportuno
recordar aquí lo que escribía, en 1940, R. Guénon, al reseñar un
estudio del mismo aparecido en la revista Symbolisme (reseña
que hoy se encuentra en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le
Compagnonnage, T.1, pág. 313): «Un artículo titulado “La
‘Loi’ d’Analogie”, de J. Corneloup, lleva el sello de una
mentalidad bastante profana: el autor confunde visiblemente
analogía con semejanza [...]; por otra
parte, quienes recurren a las teorías de la física moderna para
sostener sus propias opiniones no son, a pesar de lo que pueda
pensarse ni “simbolistas” ni metafísicos; y en cuanto a la
afirmación que “la psicología es el verdadero ámbito de la
iniciación”, seguramente sería difícil hallarse más distante de la
verdad!» [la cursiva es nuestra]. Sello
del cual Corneloup no parece haber llegado nunca a desembarazarse
del todo, si se tiene en cuenta que posteriormente no tuvo escrúpulo
alguno en pregonar informaciones atinentes a las actividades de una
Logia que, entre otras cosas, ni siquiera era la «suya», y que por
añadidura pertenecía a una obediencia distinta (10).
Con todo, no hay que creer que lo que lo llevó a
solicitar ser recibido como «visitante» en «La Grande Triade»
fuese algo distinto de un genuino - aunque mal orientado - interés.
De hecho, Corneloup no dejó de manifestar la propia estima por la
seriedad y calidad que caracterizaban las «tenidas» en las que tuvo
la ocasión de participar: «Los ritos - escribe - eran puntual e
inteligentemente respetados» (11). «La calidad de los “trabajos” era
semejante a la [de la realización] del
ritual. El nivel intelectual medio de sus miembros se hallaba
ciertamente por encima del de la generalidad de las Logias [...].
Además, los temas se encaraban casi siempre de manera inteligente y
los sucesivos debates eran pertinentes y corteses, gracias también a
la perfecta disciplina que reinaba. Una tal suma de virtudes no
podía dejar de seducirme y, de hecho, ya desde las primeras
"tenidas" me sentí conquistado, quedando a la espera de convencerme.
Esto, desdichadamente, no sucedió, a pesar que durante mi
frecuentación el interés general no dio señales de disminuir, lo que
en fin de cuentas no fue poco» (12).
Nos preguntamos cual de estas consideraciones
pudo haber inducido a Mellor a hablar tan resueltamente de «historia
decepcionante de esta Logia». Si se trata de la «falta de
convicción» que manifiesta J. Corneloup (y no hay otro motivo que
pueda verse), entonces hay que tomar nota que su juicio se basa en
una evaluación claramente «subjetiva»; lo cual, por cierto, no
depone a favor de quien, sirviéndose de tan singular lógica, no deja
de sacar a relucir a cada paso «los postulados del racionalismo»...
Por otra parte, para resolver de manera correcta
la cuestión no se requiere más que ajustarse a las palabras del
mismo Corneloup: en efecto, él declara sin ambigüedad qué cosa
lo había llevado a frecuentar la Logia «La Grande Triade»,
y habría sido justamente el verificarse de ese algo lo que él
aguardaba para declararse «convencido». Cuál era esa expectativa nos
lo hace saber Denys Roman en la pág. 164 de su libro, transcribiendo
palabra por palabra lo que a este propósito escribía J. Corneloup y
que a nuestra vez presentamos aquí para nuestros lectores:
«Aceptados sus postulados, la doctrina de Guénon
[sic] se desarrolla con un rigor lógico
que determina su interés y fuerza. Entre las consecuencias que
ella podría comportar, está sobre todo ese fenómeno psíquico y
místico [!] de la formación de una
egrégora [!] en el seno de una
asamblea de discípulos [!]
fervientes y unánimes, fenómeno que estaría en condiciones de elevar
el espíritu de los participantes hasta una suerte de trascendencia
que, gracias a su participación, multiplicaría las posibilidades de
intuición y de comprensión. En algunas raras circunstancias ya
había tenido ocasión de experimentar fugazmente algo semejante.
¿Llegaría “La Grande Triade” a lograrlo en mi presencia y, en
ese caso, cuál sería mi reacción? ¿Me limitaría a ser simplemente
testigo o participante? En el fondo de mí mismo dudaba y, de algún
modo, dudaba en ambos sentidos. Tan sólo la experiencia habría
podido resolver mi incertidumbre. Una tal experiencia era lo que
yo le demandaba a “La Grande Triade”» [las cursivas son nuestras].
Posteriormente, D. Roman reporta (en la pág. 165)
qué fue lo que sacó en claro quien había ido tras tan extravagante
«experiencia»: «En oportunidad de la “apertura” - escribe Corneloup
- el Orador leía los primeros versículos del Evangelio [...].
Se trata de un texto que, en su concisión, está lleno de
significados y profundas enseñanzas, un texto que con justicia puede
ser cualificado de iniciático y que tenía su importancia en una
Logia como la que quería ser «La Grande Triade» de esa época:
esto creaba un estado de ánimo. Habría podido ser este el
estímulo para la formación de esa egrégora que hubiese justificado
plenamente el intento; sin embargo, debo decir con mucho pesar,
que esto nunca se verificó en mi presencia. Mas, ¿no habría sido
esto, esperar lo imposible?» [la cursiva es nuestra].
En efecto, no habría sido otra cosa que «esperar
lo imposible», y, dicho sea de paso, esta es la única proposición de
Corneloup que nos sentimos en condiciones de poder suscribir
plenamente. Puesto que tan solo eso significa el poner las propias
expectativas de «trascendencia» únicamente en el prorrumpir de un
«fenómeno psíquico» supuesto erróneamente capaz de «multiplicar las
posibilidades de intuición y comprensión». Antes bien, en el caso
que el resultado de la susodicha «experiencia» hubiera sido juzgado
diversamente, deberíamos considerar que ello necesariamente
derivaría de una verdadera autosugestión, porque no hay, ni puede
haber, proporción alguna entre el plano psíquico - propiamente
individual - y el espiritual o intelectual - propiamente universal
-. Pero dejemos de lado el demasiado evidente despropósito de una
tal actitud de «cazador de fenómenos», vehementemente empeñado en
experimentar algún nebuloso embelesamiento, y demos mejor la palabra
a René Guénon para aclarar en cambio por donde fue a bucear la
mentalidad racionalista de Corneloup, para llegar a alimentar tales
esperanzas. Guénon, en un estudio contenido hoy en el libro
Iniziazione e realizzazione spirituale, con respecto a las
confusiones que circulaban sobre las «egrégoras», decía (en la pág.
70): «En primer lugar, debemos señalar que jamás hemos empleado la
palabra "egrégora" para designar lo que puede ser propiamente
llamado una "entidad colectiva"; y la razón de ello consiste en que,
en esta acepción, se trata de un término que no tiene nada de
tradicional y que no representa sino una de las numerosas fantasías
del moderno lenguaje ocultista. El primero que la empleó así es
Eliphas Levi, y, si nuestros recuerdos son exactos, también fue él
quien, para justificar este sentido, le atribuyó una inverosímil
etimología latina, haciéndola derivar de grex, "rebaño",
cuando en cambio la palabra es puramente griega y en realidad jamás
significó otra cosa que “vigilante". Se sabe por otra parte que este
término se encuentra en el Libro de Henoch,donde
designa entidades de un carácter muy enigmático, pero que, en todo
caso, parecen pertenecer al "mundo intermedio"; esto es todo lo que
tienen en común con las entidades colectivas a las cuales se ha
pretendido aplicar el mismo nombre. Estas últimas, en efecto, son
esencialmente de orden psíquico, y es sobre todo esto lo que acentúa
la gravedad del error que señalamos, pues, a este respecto, la frase
que hemos indicado se nos aparece en suma como un nuevo ejemplo de
confusión entre lo psíquico y lo espiritual».
Establecido el origen «ocultista» de las
elucubraciones de J. Corneloup, que pone de relieve la incoherencia
de su proceder en la ocasión (y al mismo tiempo también la del modo
de proceder de Alec Mellor; pero en relación a este último no
faltará la ocasión de señalar otras más...), consideramos oportuno
agregar otras dos citas del mismo escrito de Guénon, con el fin de
aclarar la gravedad - especialmente en el campo iniciático - que
reviste la mencionada confusión entre psíquico y espiritual. En la
pág. 73 del libro recién indicado se lee en efecto que
«Análogamente, no es como simple colectividad que hay que considerar
una organización iniciática, pues no es de ninguna manera este
carácter que le permite desempeñar la función que constituye su
única razón de ser [considerado que la iniciación consiste cabal y
esencialmente en la transmisión directa de una influencia espiritual
que debe producir efectos que igualmente emanan del orden espiritual]:
la colectividad, al no ser en suma más que una reunión de
individuos, no puede, por sí misma, producir nada que sea de orden
supraindividual, no pudiendo lo superior en ningún caso proceder de
lo inferior; si el incorporarse a una organización iniciática puede
obtener efectos de este orden, es pues únicamente en tanto que ella
es depositaria de algo que es él mismo supraindividual y
trascendente respecto a la colectividad, es decir de una influencia
espiritual de la cual ella debe asegurar su conservación y
transmisión sin ninguna discontinuidad».
Y de nuevo en las págs. 74-5: «A estas
consideraciones, añadiremos otra observación que tiene también su
importancia desde el mismo punto de vista: cuando una organización
iniciática se encuentra en un estado de decadencia más o menos
acentuado, pese a que en ella la influencia espiritual se halle
siempre presente, su acción se ve necesariamente aminorada, y en
tales condiciones, al contrario, las influencias psíquicas pueden
actuar de una manera más visible y a veces casi independiente. En
esta óptica, el caso extremo es aquel donde, habiendo dejado de
existir como tal una forma iniciática y al haberse retirado
enteramente de la misma por consiguiente la influencia espiritual,
las influencias psíquicas serán las únicas que subsistirán en el
estado de "residuos" nocivos y hasta particularmente peligrosos, tal
como hemos explicado en otra ocasión. Claro está que, mientras la
iniciación exista realmente, aunque fuese puramente virtual, las
cosas no podrían llegar a este punto; pero no es menos cierto que
una mayor o menor preponderancia asumida por las influencias
psíquicas en una forma iniciática constituye un signo desfavorable
por lo que se refiere al estado actual de ésta, lo que demuestra una
vez más a los que querrían atribuir la misma iniciación a
influencias de este orden, cuan lejos están de la verdad».
Creemos que con lo dicho alcance y sobre con
respecto a la posición manifestada por Corneloup, posición que
seguramente no vamos muy descaminados si la presentamos como la de
uno que, en su desconcierto, tuvo la osadía de querer servirse «de
una asamblea de discípulos [de Guénon]
fervientes y unánimes» para perseguir las propias quimeras
ocultistas, ¡y que llegó a pretender que era precisamente la
realización de tales quimeras (léase «egrégoras») lo que «habría
justificado plenamente el intento» promovido por los componentes -
presentes y «ausentes» (y por «ausentes» entendemos a Guénon mismo,
cuya «presencia» intelectual no podía dejar de hacerse sentir - ¡y
cómo! - en los «trabajos» de la logia a pesar de no hallarse
«presente» corporalmente) - de «La Grande Triade»!
Ocupémonos ahora del caso de Mellor, de quien
hasta el momento hemos hablado sólo de pasada. Posicionado en las
corrientes post-conciliares favorables a un acercamiento entre
Masonería e Iglesia católica, este autor católico es conocido
principalmente por su libro Nos Frères séparés, les Franc-Maçons.
Ya en el lejano n°35 de esta Rivista,
Giovanni Ponte advertía cómo en su libro el autor hacía todo lo
posible para «negar explícita y totalmente la existencia en la
Masonería de ese carácter esotérico e iniciático que justamente le
es esencial». Es interesante notar que dicho libro suscitaba la
reacción de L.-J. Piérol y... J. Corneloup, quienes publicaron
entonces un escrito, Le Cowan, que pretendía ser una
respuesta a las palabras de Mellor; lo más singular de tal respuesta
es que en ella se omitía considerar precisamente esa cuestión
esencial a la que recién aludíamos. En efecto, en una reseña
aparecida en Symbolisme (oct.-dic. 1966) y retomada por D.
Roman, «La Lettre G» (F. Ménard) escribía a propósito de este
texto: «¿Qué es la Masonería? Ante todo es una sociedad iniciática.
Ahora bien, ¿dónde se trata de iniciación en estas consideraciones
de Corneloup y Piérol? Se habla de libertad de pensamiento, de
ateísmo, de moral, de catolicismo, de anticomunismo, de desviación
francesa o inglesa ... Se habla de todo menos que de iniciación, o
sea de la única cosa que viene a constituir la razón de ser de la
Masonería». De donde se ve que, a pesar de las distintas posiciones
que uno y otros adoptaran, a la postre todos ellos se encontraban
ligados por el mismo tipo de mentalidad decididamente moderna.
Notemos, empero, que esta intervención no dejó de
traer aparejadas sus consecuencias: en efecto, D. Roman observa
(pág. 142) que «los autores [empleando el término cowan]
reprochaban a A. Mellor que tratara de Masonería sin formar parte la
misma. ¿Qué hizo entonces Mellor? ¡Logró ser recibido en la Orden!
De este modo, no solo evitó que alguien pudiese tratarlo de cowan
(13), sino que, dado que ingresó en una Obediencia reconocida
por la Gran Logia Unida de Inglaterra, pudo así restituir el “favor”
a Piérol y Corneloup, tachándolos a su vez de “irregulares” y, de
paso, de “pseudo-masones”». Pero lo peor fue que desde entonces
Mellor, habiendo puesto los papeles en regla, dispuso de la
oportunidad de llevar adelante su obra de algún modo desde adentro,
ocupándose de hacer circular esas sugestiones antitradicionales de
las que era manifiestamente portador.
Ya nos hemos referido a uno de los escritos
sucesivamente redactados por el «masón» Mellor - escritos que, dicho
sea de paso, fueron juzgados por un conocido historiador italiano de
la Masonería como ¡«excelentes ensayos de erudición francmasónica»!
-, en el caso específico presentado por Mellor como un «texto de
consulta»; estamos hablando de su Dictionnaire de la
Franc-Maçonnerie et des Franc-Maçons, de donde D. Roman ya desde
las primeras páginas, dedicadas a la «introducción histórica», pone
en evidencia con comprensible repugnancia estas sorprendentes
palabras: «En una obra precedente, habíamos tenido la ocasión de
invocar el advenimiento de una nueva ciencia: la Masonología [...],
que sustituya los métodos científicos a las tentativas a troche y
moche del empirismo [...]. Para dar un
ejemplo, es muy fácil “decretar” la existencia de una cierta
Tradición en la raíz de las sociedades, en contra ya sea de la
Revelación primitiva que atestigua la Sagrada Escritura como de los
datos de la ciencia sobre la aparición de la vida y los orígenes del
hombre, para luego modificar arbitrariamente el sentido que la
lengua francesa atribuye al adjetivo “tradicional”, y por fin
reconstruir toda la historia a partir de estas premisas. Semejante
esfuerzo, del que hay ilustres ejemplos, requiere...el
menosprecio del método histórico, de la verdad histórica, y
retrotrae las inteligencias al estado del pensamiento “prelógico”
[...]. Pero que en la época de las
computadoras perduren semejantes concepciones oníricas en materia de
historia o de simbolismo, es algo que constituye un escándalo de la
razón...» (14) [la cursiva es nuestra].
Es por demás evidente que lo que se trae sobre
ojo aquí es la obra de René Guénon, y... pour cause, diríamos
nosotros, dado que ella por sí sola está en condiciones de hacer
caer uno tras otro los ídolos en los que se afianza la forma
mentis del autor y el pasaje citado es bien elocuente a este
respecto, visto que es el producto de un saber puramente nocional
incapaz de producir siquiera una argumentación sobre la que valga la
pena tomar la palabra, y se reduce a ostentar los acostumbrados
lugares comunes con los que se alimenta la esperanza de disimular la
propia nulidad intelectual. Pero si estos últimos pueden aún
sugestionar a la masa ignorante, dudamos que estén en condiciones de
mantener la misma eficacia ante quienes hayan desarrollado
medianamente el propio juicio ni mucho menos, entre estos, en quien
conozca los argumentos tratados en la obra de Guénon - y que echan
por tierra fundadamente, uno por uno, los mencionados «slogans»
-; quien se encuentre en esta situación no podrá menos que sonreír
ante afirmaciones tan ridículas como la que cierra el pasaje citado.
Para terminar con este tema queremos todavía
señalar que la afirmación de Mellor, que pretende impugnar «la
existencia de una cierta Tradición en la raíz de las sociedades, en
contra [...] de la Revelación primitiva
que atestigua la Sagrada escritura», nos trae a la memoria una
idéntica polémica levantada allá por los años de 1930 por el Padre
E.-B. Allo en contra de Guénon, que este último rebatía de este
modo: «Y, en lo que concierne a la “Tradición primordial”, él llega
al punto de llamarla “esa especie de revelación que originalmente la
humanidad habría recibido no sé de dónde”, lo que, para un clérigo
católico, en verdad se pasa de castaño oscuro: ¿es que este hombre
nunca ha oído hablar del Paraíso Terrestre?» (René Guénon,
Comptes rendus, pág. 125).
De todos modos, este último es uno de los puntos
que Alec Mellor, por no haber alcanzado el concepto, juzga ser
particularmente grave en un masón. En efecto, en el artículo del
Dictionnaire dedicado a la Logia «La Grande Triade»,
dicho autor se toma la libertad de recriminar a la Gran Logia de
Francia «el error cometido al favorecer la creación [de tal taller]»
en base a lo que él quiere ver como una «historia decepcionante de
esta Logia» (ya hemos aclarado a suficiencia antes qué se debe
pensar a este respecto) y que contribuirían a poner particularmente
en evidencia otros tres motivos, el primero de los cuales es...«el
postulado guenoniano de la Tradición primitiva» (citado por D.
Roman, ob. cit., pág.152).
El segundo de estos motivos es el de la
«inculpación [siempre “guenoniana”] de la
Masonería especulativa». Veamos en qué términos el autor presenta a
los lectores del Dictionnaire la susodicha «inculpación
guenoniana»: «La Masonería operativa, que construyó las catedrales
era, en este sentido, iniciática. La masonería especulativa, por el
contrario, con sus constructores ficticios, no deja subsistir sino
una parodia del todo teórica de la iniciación (Aperçus sur
l’initiation, pág.194)». Este pasaje, que forma parte del
artículo dedicado a René Guénon en su Dictionnaire
(reproducido por D. Roman en la pág.149 de la obra citada),
pretende ser una especie de resumen de la «tesis de Guénon», y para
que no quepan dudas de ello no deja de indicar la página del libro
que le sirve de fuente. Ahora bien, en tal lugar, como cada uno
puede verificar por sí mismo fácilmente, René Guénon dice, en
cambio, letra por letra, lo siguiente: «El tránsito de lo
“operativo” a lo “especulativo” [nótese que al comienzo del capítulo
Guénon llamaba la atención acerca de la habitual confusión entre
“operativo” y “corporativo”; por lo demás todo este capítulo está
destinado a aclarar de qué modo deben ser entendidos los dos
términos con los que se abre el pasaje que aquí traemos a colación],
lejos de constituir un “progreso” como los modernos quisieran,
los cuales no comprenden su significado, desde el punto de vista
iniciático es exactamente todo lo contrario; ello implica, hablando
con propiedad, no necesariamente una desviación, pero sí al menos
una degeneración en el sentido de una mengua; y, como acabamos de
decir, esta mengua consiste en la negligencia y el olvido de todo lo
que es “realización” - siendo que lo que es verdaderamente
“operativo” posee este carácter - para no dejar subsistir más que
una visión puramente teórica de la iniciación» [la cursiva es
nuestra].
Como se puede advertir, estamos aquí muy lejos de
la «parodia» de la que habla Mellor. Pero para esclarecer aún más el
tema, citaremos ahora otro pasaje del mismo libro de Guénon (ob.
cit., cap. XII, pág.102 de la ed. ital.): «[Además de las
organizaciones iniciáticas que se mantienen puras o más o menos
degeneradas] están aquellas que no son
sino una falsificación o una caricatura, es decir, las
organizaciones pseudo-iniciáticas; y hay por último otras
organizaciones de carácter igualmente más o menos secreto, pero que
no tienen ninguna pretensión de este orden [...];
mas debe quedar claro que, sean cuales sean las apariencias, las
organizaciones pseudo-iniciáticas en realidad son tan profanas como
estas últimas, y que tanto unas como otras no forman realmente sino
un solo grupo, en oposición al de las organizaciones iniciáticas,
puras o “contaminadas” de influencias profanas» [la cursiva es
nuestra]. De lo dicho resulta que, en el
pensamiento de Guénon - que es, recordémoslo, lo que en este caso
pretendía resumir Mellor - lo que viene a ser una «parodia» de la
Masonería «operativa» no es la Masonería «especulativa», sino
eventualmente una forma cualquiera de pseudo-iniciación. Y pensar
que en el mismo capítulo al que hace referencia Mellor, poco después
del pasaje ya citado, Guénon tenía la delicadeza de decir
explícitamente (Ib., cap. XXIX, pág. 234 ed. ital.): «Sea
como sea, una organización iniciática que posea una filiación
auténtica y legítima, independientemente del estado más o menos
degenerado en que se encuentre reducida en la actualidad,
seguramente jamás podrá ser confundida con una pseudo-iniciación
cualquiera, que no es en suma sino una pura nada, ni con la
contra-iniciación, la cual por el contrario es algo, pero algo
absolutamente negativo, que va directamente en la dirección opuesta
al objetivo que se propone esencialmente toda verdadera iniciación»
[la cursiva es nuestra].
Hemos dicho «delicadeza» ya que en una nota al
pasaje recién referido se puede leer lo siguiente: «Hemos tenido, a
menudo, la ocasión de constatar que tales precisiones no son para
nada superfluas; debemos entonces protestar formalmente contra toda
interpretación que tienda, por una confusión voluntaria o
involuntaria, a aplicar a una organización iniciática, cualquiera
que fuere, lo que, en nuestros escritos, se refiere en realidad ya
sea a la pseudo-iniciación, o a la contra-iniciación».
¿Qué pensar, a esta altura, de la precisión de
análisis y de la coherencia lógica de razonamiento de alguien como
Mellor (15)? ¿Quién es el que todavía tiene derecho a hablar de
«escándalo de la razón»? A buen seguro, no puede tenerlo aquel que
se escuda con desparpajo tras unas frases convencionales, dictadas
por el estímulo preocupante de quien ya ha tomado partido.
Finalmente, el tercer y último motivo que A.
Mellor esgrime a favor de su imputación contra la Gran Logia de
Francia por haber apoyado la creación de «La Grande Triade»,
se centra sobre los «discípulos» (sic) de R. Guénon a quienes
reputa movidos por la «firme voluntad de calificar de
contra-iniciación cuanto ofenda lo que ellos juzgan ser la
ortodoxia». Que haya quien se comporte de esta manera, a causa de
haber comprendido mal lo que en este sentido dice Guénon, es algo
que no puede descartarse, ¡pero de aquí a meter a todos en la misma
bolsa, de veras es demasiado! Por el contrario, en vista de la poca
confiabilidad que demuestra este autor por lo que hace a la
precisión de la terminología utilizada y, consiguientemente, de las
ideas que la misma sirve para transmitir, y considerada la notable
superficialidad que lo caracteriza, nos vemos llevados a creer que
este no es más que otro de aquellos lugares comunes en los que se
apoyan sus prejuicios para intentar prevalecer sobre sus lectores.
En la pág. 152 de su libro, D. Roman formula una reflexión que será
útil transcribir aquí, ya que nos parece que enfoca de manera
particularmente apropiada la cuestión que estamos tratando: «Lo que
nos ha sorprendido de manera especial leyendo el Dictionnaire
de Mellor, es una especie de gradación en la hostilidad que
manifiesta frente a Guénon y a las repercusiones de su obra [...].
Entre los “guenonianos”, los más peligrosos en su opinión son los
Masones guenonianos, por cuanto ignoran los verdaderos principios de
su Orden. Pero lo que llega a ser sobre todo execrable [para él],
es cuando unos Masones guenonianos se disponen a fundar una Logia
específicamente guenoniana, como fue “La Grande Triade”». ¿No
será que los ambientes a los que pertenece Mellor en un caso como
ese entreveían un signo que venía a presagiar su próximo ocaso?
Ahora bien, junto a los puntos de genuino interés
de los que hemos dado aquí algún ejemplo, y que por cierto no faltan
en el libro de Denys Roman, también es cierto que acá y allá podemos
tropezar con algunas posturas, o con expresiones, que pueden
suscitar cierta perplejidad. Por lo tanto, siempre con el propósito
de aprovechar la ocasión que las mismas nos brindan para aportar una
rectificación que pueda ser útil al menos para algunos lectores, nos
detendremos en un par de casos.
En la pág. 14 del Avant-propos, y asimismo
en la pág. 21 del cap. 1, el autor usa la expresión tradición
monoteísta en evidente relación con el conjunto de las
tradiciones que derivan del tronco abrahánico, más habitualmente
llamadas «religiones monoteístas» (16). Pensamos que se trate tan
solo de una inadvertencia de D. Roman, a quien no le debe haber
pasado por las mientes que una tal expresión puede comportar de
algún modo el implícito asentimiento del prejuicio que pretende que
fuera de dicho tronco abrahánico las tradiciones sean politeístas.
Por cierto este caso no era el de nuestro autor, quien por añadidura
tuvo seguramente la ocasión de leer, en el número de
octubre-noviembre de 1946 de Etudes Traditionnelles, el
artículo «Monothéisme et angélologie» de René Guénon, donde
se toca precisamente este punto en un pasaje que transcribimos a
continuación, a fin de rectificar el posible lapsus en
cuestión: «Es evidente que [el politeísmo]
no puede ser más que la consecuencia de una incomprensión de ciertas
verdades tradicionales, esto es de aquellas que se refieren a los
aspectos o a los atributos divinos; tal incomprensión es de suponer
que resulta siempre posible en individuos aislados y más o menos
numerosos, mas su generalización, hallándose en correlación con un
estado de degeneración extrema de una forma tradicional en vías de
desaparición, de hecho ha sido indudablemente mucho más insólita de
lo que habitualmente se cree. En todo caso, ninguna tradición,
sea cual sea, podría, en sí misma, ser politeísta; significa
invertir todo orden normal el suponer un politeísmo al principio,
según las opiniones "evolucionistas" de la mayoría de los modernos,
en lugar de ver en el mismo la simple desviación que en realidad es.
Toda verdadera tradición es esencialmente monoteísta; para
hablar de manera más precisa, ella afirma ante todo la unidad del
Principio supremo, de donde todo deriva y depende enteramente, y es
esta afirmación lo que, en la expresión que reviste especialmente en
las tradiciones con forma religiosa, constituye el monoteísmo
propiamente dicho; pero, a reserva de esta explicación necesaria
para evitar toda confusión de puntos de vista, podemos en suma
ampliar sin inconveniente el sentido del término monoteísmo para
aplicarlo a toda afirmación de la unidad principial» [la cursiva es
nuestra] (Cf. René Guénon, Mélanges,
cap. 2, págs. 26-7).
Otro punto que nos parece en condición de
provocar alguna confusión es el que se toca en la pág. 166 (nota
49), donde se lee: «De acuerdo con la costumbre de muchos Masones
franceses, el autor [J. Corneloup] llama
“trabajos” a las discusiones que se desarrollan en Logia [en torno
de un determinado tema]. En realidad
- dice Roman - el verdadero trabajo iniciático consiste en la
ejecución del ritual» [la cursiva es nuestra].
La afirmación de D. Roman, en su concisión,
podría tal vez inducir a algunos a pensar que la metodología
iniciática en uso en las Obediencias anglo-sajonas (la cual se
limita casi exclusivamente a una rigurosa ejecución del «ritual»)
sea preferible a la de las Obediencias latinas. Pero que esto no
refleje todo el pensamiento de Roman se entiende muy bien cuando, en
la pág. 181, él vuelve sobre el argumento, aludiendo de algún modo
precisamente a este aspecto de la cuestión. Considerando, en fin, lo
que nuestro autor dice a propósito de las orientaciones que
habitualmente siguen los temas puestos en discusión, nos parece
poder inferir que una tal postura esté sobre todo encaminada a poner
de relieve la insuficiencia del punto de vista solo «especulativo»
en campo iniciático. De hecho, es evidente que mientras se esté
atado a una visión puramente teórica de la iniciación no será
posible dar ni un solo paso más allá de la iniciación «virtual»
recibida, cuando no sea esta la premisa para abandonarse a
alternativas de otro tipo que nada tienen que ver con la iniciación.
Por este motivo, precisamente, René Guénon se esmera en aclarar - en
Considerazioni sull’iniziazione, págs. 234-5 - «que el
“pensamiento”, cultivado por sí mismo, no puede en ningún caso
constituir el objeto de una organización iniciática como tal; ésta
no es una agrupación donde quepa “filosofar” o librarse a
discusiones “académicas”, ni a cualquier otro género de ocupación
profana. La “especulación” filosófica, cuando se introduce en una
organización de este tipo constituye ya una verdadera desviación,
mientras que la “especulación” cuando se refiere al dominio
iniciático, si se limita a sí misma en lugar de ser, como
normalmente debería, una simple preparación al trabajo “operativo”,
constituye solamente esa aminoración de la que hablábamos
anteriormente» [la cursiva es nuestra].
Ahora bien, el procurar llevar a efecto lo que
nos ha sido conferido sólo virtualmente, requiere de nuestra
intención de cumplir un «trabajo» personal que, empezando por
«despojarnos» de toda imperfección y limitación «profana» que
llevamos puesta nos permita a continuación alcanzar el verdadero
secreto iniciático, para lo cual la forma iniciática nos pone a
disposición una serie de medios que representan todo aquello de lo
que es posible contar desde afuera en vista de favorecer el logro de
tal objetivo. El conjunto de estos medios, del que forman parte los
ritos y los símbolos pero no exclusivamente, constituye el soporte
de la enseñanza iniciática, cuya única razón de ser es la de
sostener y guiar el «trabajo» necesariamente personal de cada uno, «y
es en esto solamente - advierte Guénon (ibid. pág. 237) -
que puede consistir la parte exterior y colectiva de un verdadero
“trabajo” iniciático, si se lo comprende realmente en su
significado legítimo y normal» [la cursiva es nuestra].
Debemos concluir, pues, que el aspecto exterior no es ni puede ser
otra cosa que una preparación dirigida a favorecer el aspecto
puramente interior y personal de tal «trabajo»; preparación,
agregamos, que puede sin embargo asumir incluso el aspecto mucho más
importante y «cualificado» de una verdadera ayuda (Guénon habla a
este propósito de «colaboración» de la influencia espiritual) cuando
este «trabajo», y la correcta actitud que lo debe caracterizar,
estén presentes.
Llegados a este punto pensamos que la cuestión
que ha motivado las presentes reflexiones pueda considerarse
resuelta en este sentido: todo cuanto ocurre en Logia, con tal que
esté destinado a favorecer la «realización», debe ser considerado
como una preparación para con el «trabajo» personal, y por
consiguiente - parafraseando lo que dice R. Guénon en la pág. 239 de
la ob. cit. - hasta las consideraciones teóricas tienen
valor real como trabajo propiamente iniciático cuando se entiendan
de este modo; las cuales no sólo implican los argumentos
encarados sino también el sucesivo tratamiento que de ellos se hace,
puesto que esta es la ocasión para que cada uno pueda estimular el
propio esfuerzo en pos de liberarse de aquellos vicios (entre los
cuales el «espíritu sistemático» no es ni el último ni el menos
nocivo) que obstaculizan una correcta comprensión intelectual. Y, a
decir verdad, hay que considerar asimismo que una tal preparación no
puede ser confinada sólo a lo que ocurre en Logia, por más
fundamental que ello sea, sino que debe extenderse a las diversas
ocasiones en las que, fuera de Logia, se verifiquen reuniones entre
iniciados en el curso de las cuales, y en los modos más variados,
sobrevenga un intercambio concerniente a la enseñanza iniciática.
Desde el punto de vista, en fin, del «trabajo» interior de cada
iniciado, hay que decir que cualquier circunstancia, en el momento
que sea, puede representar una oportunidad propicia para el propio
desarrollo espiritual, y esto en virtud del punto de vista
«operativo» que él habrá podido adquirir si supo sacar provecho de
aquella particular preparación que constituye el «trabajo»
iniciático colectivo.
Esperamos que las precedentes consideraciones
puedan ser entendidas en el sentido que solo quisimos darles, que es
el de evitar interpretaciones simplistas respecto a lo que debe ser
entendido por «trabajo» iniciático; y, desde el momento que por
nuestra parte hemos insistido especialmente sobre la múltiple
diversidad de los medios que, a la fuerza, dicho «trabajo» debe
poner en práctica, pensamos que nuestra intervención pueda resultar
en cierto modo complementaria a las palabras de Denys Roman, las
cuales a su vez miraban a marcar un aspecto específico de tal
«trabajo», aspecto cuya importancia se halla por lo demás
decididamente fuera de toda duda, en especial si se toma en cuenta
lo que con este motivo escribe R. Guénon; el cual, conviene
recordarlo, llegó a indicar en la pág. 238 de la ob. cit.,
que «la meditación sobre los símbolos, en ciertas condiciones,
[puede asumir] el carácter de un
verdadero rito, y de un rito que - esta vez - no confiere tan sólo
la iniciación virtual, sino que permite obtener un grado más o menos
avanzado de iniciación efectiva».
Cerrando la reseña de este primer libro (reseña
que, como se ha visto, sobre algunos puntos constituye más bien un
comentario), queremos llamar la atención de nuestros lectores acerca
del capítulo que Denys Roman dedica a la cuestión de las «Relaciones
entre la Iglesia y la Masonería», capítulo en el que lo vemos,
por cuestiones de principio, asumir una posición que le hace honor,
y que resulta más bien excepcional vistas las desviaciones que se
encuentran en este terreno, ante todo la que condicionó, a partir de
un cierto momento, el modo de proceder de Jean Reyor, «colaborador»,
dentro de ciertos límites, del mismo R. Guénon.
Considerando la aversión que, frente al secreto
iniciático, manifiestan los representantes de la Iglesia, nuestro
autor, en la pág. 107 (nota 15), observa muy justamente que «Si la
Masonería renunciase al secreto o incluso si sólo declarase que el
secreto custodiado no encubre ninguna realidad profunda, la Iglesia
no tendría inconvenientes en revocar sus condenas. Pero una
organización masónica que tomase tal iniciativa se excluiría, a
causa de ello, del seno de la Masonería universal, porque el secreto
[iniciático] es el más "intangible" de
todos los landmarks y se identifica de algún modo ya con el
“vínculo” iniciático, ya con la Masonería misma, como en particular
se puede ver en la apertura de los trabajos del Rito Escocés Antiguo
y Aceptado, que inicia así: “Hermano Primer Vigilante, ¿cuál es el
vínculo que nos une? - Un secreto - ¿Cuál es este
secreto? - La Masonería”». Y también un poco más adelante, en
la pág. 108 (nota 16), con relación a la instancia que, en el curso
del Concilio Vaticano II, fue presentada en pro de una abrogación de
las bulas de excomunión infligidas a los Masones, a nuestro autor no
se le escapa que la deprecación que el obispo de Cuernavaca eleva a
sus colegas: «La Masonería aguarda de vosotros un gesto», manifiesta
un modo de ver las cosas harto improcedente. En efecto, él no deja
de poner de relieve que «la Masonería [siendo una]
Orden iniciática, no aguarda nada de la Iglesia, la cual es una
organización puramente exotérica».