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René Guénon, Simboli della Scienza sacra, Adelphi, Cap. 69, pág. 358.
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Ibídem
René Guénon, Ibídem, Cap. 73, pág. 381.
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Si la vía masónica fuese considerada, de acuerdo con cuanto puede sugerir a
primera vista el mismo «Cuadro de Logia» de «Compañero», como una escalera
deliberadamente construída para permitir a quien sepa valerse de ella remontar de las «tinieblas» a la «luz», se comprendería al instante que
la efectiva presencia de cada peldaño resulta determinante para triunfar en el
intento. En efecto, si bien es verdad que cada «grado» masónico posee su
específica diversidad y es de por sí completo, lo cierto es que si uno solo de
estos «grados» llegara a faltar - es decir que no fuese encarado como es debido
- derivaría de ello un impedimento para la prosecución del «recorrido», pues a
cada uno de los otros le faltaría a su vez algo, debido a que en su conjunto los
diferentes «grados» se integran recíprocamente. No es por lo tanto sin algún
asombro que constatamos una cierta tendencia a tratar los contenidos del «grado
de Compañero» un poco a la ligera, casi como si se lo considerase un simple
relleno, una suerte de «entremés» concedido a la espera de lo que se juzga como
el verdadero «plato fuerte». En un primer momento podría pensarse que esta
postura derive del hecho de que las modalidades que configuran el «aumento de
salario» no se muestran capaces de impresionar la imaginación del sujeto con la
misma intensidad con la que evidentemente llegan a hacerlo tanto la «iniciación»
como la «exaltación». Con todo, aunque esta observación en cierto sentido no
erra el tiro, conviene aclarar sin titubear que de cualquier manera no basta
para explicar acabadamente la actitud mental de la que se habla, ni mucho menos
sirve para justificarla.
Y no basta porque, si se consideran las cosas con más
detenimiento, se cae en la cuenta de que esta actitud nace, en realidad, de un
defecto de criterio, que en resumidas cuentas no es sino el de contentarse con
juzgar de cualquier asunto exclusivamente en base a las impresiones que el mismo
puede haber suscitado en el propio ánimo, en lugar de recurrir a más altas
facultades de discernimiento. Quien así se comporta, en definitiva, no hace más
que demostrar una pereza intelectual ante la cual haría bien en reaccionar a
tiempo, antes de que ella eche raíces a tal punto que se convierta en una
especie de segunda naturaleza. Y al respecto nos parece que el primer paso a dar
debiera ser el de tener siempre presente que nada de lo que acontece en la Logia
puede ser considerado insignificante, dado que en ella todo debe corresponder
necesariamente a un motivo bien preciso.
Dicho esto, se puede estar seguros de que las enseñanzas no faltan en
absoluto en la «Cámara de Compañero» y que, ni más ni menos como en cualquier
otro «grado» masónico, la única verdadera dificultad consiste en
saberlas hallar. Sin embargo, debe quedar bien claro que, si en efecto puede
hablarse de dificultad, ésta radica exclusivamente en los defectos de la propia
capacidad de comprensión, puesto que es en ellos donde verdaderamente reside
todo lo que por el momento se interpone para complicar las cosas. En general, se
puede afirmar que quien abriga la esperanza que se le sirva en bandeja un
conjunto de nociones dispuestas de forma tal que él pueda grabarlas con toda
comodidad en su memoria se equivoca, pues a diferencia de la enseñanza
«profana», respecto de cuyos métodos manifiesta así el propio condicionamiento,
la enseñanza iniciática y esotérica apunta sustancialmente a estimular la
intuición del sujeto, induciéndolo a comprender las cosas en sí y por sí mismo.
No obstante, al menos ante ciertos puntos que por de pronto
pueden resultar en mayor o menor medida inexplicables, como el que se refiere a
los cinco sentidos del hombre, en fin de cuentas es comprensible que el propio
empeño, sobre todo al principio, no sea suficiente como para resolver
satisfactoriamente la cuestión y persista, en consecuencia, alguna
desorientación. En este caso será por lo tanto conveniente tratar el argumento
por lo menos de un modo suficiente como para indicar en que dirección conviene
encaminar los propios esfuerzos a fin de superar la dificultad.
Ante todo, hay que poner en evidencia que la enseñanza en
cuestión, al incitar al «Compañero» a estudiar personalmente los sentidos
externos, en realidad pretende llevarlo a ocuparse de su «sentido interior», a
falta de lo que, por lo demás, no tendría siquiera la posibilidad de emprender
el examen del modo de obrar de aquellos, y hay que agregar además que ello
implica como consecuencia indefectible un desplazamiento de la propia atención
de la esfera exterior a la interior. Tan sólo así podrá llegar a darse cuenta de
cuales son las limitaciones de su actual estado de conciencia, que debe
esforzarse en superar. Aprenderá a desconfiar de las sensaciones, juicios y
sentimientos que pueden despertar en él los diversos estímulos exteriores, en
cuanto haya logrado comprobar en alguna ocasión que aquellas pueden muy bien
verse alteradas por algún trastorno de su actual estado, y así se ocupará de
ejercer el control de esas reacciones a las que podría estar instintivamente
predispuesto. Por lo cual, el que, por medio de este método, haya aprendido poco
a poco a sopesar atentamente las cosas, difícilmente se dejará engañar por no
importa que pudiera caer bajo sus sentidos, como por el contrario sucede con
aquellos que, en ausencia de esto, manifiestan un comportamiento voluble que los
lleva a sentirse ahora alegres y ahora tristes, ora amigos, ora enemigos; tal
inestabilidad es síntoma de un estado caótico y dispersivo del cual debe
absolutamente lograr zafarse quien se halle formando parte de una organización
iniciática, cuyos miembros se reconocen por añadidura como «hermanos». ¿Por lo
demás, no es justamente esto lo que se persigue cuando se insta al «Compañero» a
«pulir» esa «piedra», ya «desbastada» al menos virtualmente como «Aprendiz»,
para obtener finalmente una «piedra cúbica» que esté en condiciones «de
integrarse perfectamente en el Edificio que los Masones tienen que construir»?
Pero si el esfuerzo de concentración que, repetimos, la
enseñanza en cuestión trata de estimular, no puede dejar - como hemos señalado -
de tener repercusiones en la esfera de la acción, es porque el mismo obra en lo
profundo del ánimo oponiéndose a toda dispersión de las potencias del ser y así
cumple un papel fundamental en el desarrollo de la inteligencia. Ahora bien,
hasta que esta última se aplique exclusivamente a los objetos de los sentidos,
el conocimiento resultante, aunque fuese el más elevado, es decir el racional,
no va de cualquier modo más allá de las formas y nunca podrá alcanzar el
ámbito de los principios universales, tal como lo afirma el mismo
Aristóteles. Para ir más allá del «saber» analíticamente distintivo es
necesario, pues, cerrar las puertas de los sentidos y concentrar todas las
propias potencias en la «cámara secreta del corazón», vale decir en ese punto
simbólico que, en lo que concierne al individuo, todas las tradiciones, incluída
la Griega, coinciden en señalar como la morada de la Inteligencia universal,
morada en la que la misma reside en cierto modo en estado potencial, como un
germen o un grano. Cuando, a causa de un efectivo «despojamiento de los
metales», se llegue a transferir la propia conciencia en el mismo «corazón» del
propio ser, entonces se producirá como un germinar de ese «grano» y se
alcanzarán estados de conciencia superiores al individual, merced a la actividad
directa de esa Inteligencia, que en definitiva es el único y verdadero Conocedor
de todo lo conocible. Es este conocimiento, el cual no puede ser sino intuitivo,
que conforme a derecho puede llamarse intelectual, puesto que el mismo es
propiamente «suprarracional», aunque esto - que quieran, que no quieran los
sostenedores de lo irracional - no significa de ninguna manera que se contrapone
a la razón, de la cual al contrario se sirve cada vez que debe expresar, de una
manera u otra y en la medida en que ello sea posible, los resultados de su
actividad.
Antes de abordar otro punto, queremos todavía señalar, en
apoyo de estas últimas reflexiones, que cuando el «Compañero» se pone al «orden»
es precisamente sobre el corazón donde coloca, «en forma de garra», su mano
derecha. Y que la «palabra de pase» del «grado», masónicamente hablando, indica
al mismo tiempo un curso de agua y un grano o espiga de trigo, los que, así
relacionados, son considerados emblemas de «abundancia». A juzgar por el
siguiente comentario relativo a una «instrucción» de fuente anglosajona, esta
«abundancia» parece aludir precisamente a esa «intuición intelectual» de la que
hablábamos poco antes: «El Compañero ha pasado de las tinieblas a la luz;
masónicamente, ya es un hombre adulto. Luego de haber subido una escalera de
caracol se encuentra ahora en espera de acceder a la Cámara del Medio. Pero el
hecho de entrar en este sagrado lugar no quiere decir penetrar simplemente en
una pieza: el auténtico acceso requiere que esté en condiciones de unir mente y
espíritu en la búsqueda de la resolución del misterio simbolizado por la letra
G. La Masonería parece corroborarlo indiscutiblemente: “En el punto en que os
encontráis - dice la «instrucción» -, (aquello que os hace falta) es la
abundancia para descifrar el misterio y conocer todo lo que un hombre puede
conocer sobre el significado de esta letra, que es un símbolo del Altísimo”.
[...] Dichoso ese Compañero que, habiendo aprendido a pronunciar correctamente [
la «palabra de pase»], en el [pasaje de las aguas] logra recibir sobre sí de
veras la “abundancia” [que le permite el acceso a la Cámara del Medio]».
Ahora bien, así como la referencia a los cinco sentidos del
hombre implica un tácito encaminamiento a facultades superiores de cognición,
también los otros casos, que se refieren respectivamente a los «Ordenes
arquitectónicos», a los «Sabios» y a las «Ciencias y artes liberales», si se
toman como otros tantos puntos de partida aptos para orientar la propia
búsqueda, servirán entonces como soporte para elevarse a verdades de orden
superior que es en efecto lo que cada uno de ellos implica. Y si las cosas se
presentan de este modo por cierto no es a causa de alguna imperfección sino,
simplemente, porque esto es lo propio de un verdadero método de enseñanza
iniciática; por otra parte, basta pensar en el particular modo de transmisión de
la «palabra sagrada» del primer «grado», para darse cuenta de que el «Aprendiz»
ya está advertido al respecto, y más bien abiertamente, desde el inicio. Por
eso, conforme al precepto que dice que «para conocer verdaderamente las cosas
hay que descubrirlas por sí solos», nos abstendremos aquí de brindar más
aclaraciones, limitándonos a señalar solamente que el número de datos que
componen cada una de estas «listas» no tiene una particular relación con tales
cuestiones, pero en cambio se halla relacionado con otra enseñanza simbólica del
«grado».
En efecto, hay que tener en cuenta que cada uno de los tres
«grados» de la Masonería simbólica está contraseñado por un número peculiar que,
indicando la «edad» simbólica propia del «grado», se repite prácticamente por
doquier en los diversos elementos que forman parte del mismo; tales números
deben ser entendidos por otra parte de acuerdo con la ciencia tradicional de los
números, es decir, interpretados en sentido analógico y simbólico. En el caso
del número cinco, característico de la «Cámara del Compañero», señalamos,
siguiendo a Plutarco - pero sin apartarnos de cuanto enseña ya sea la forma de
«llamar a la puerta» como la «batería», los «pasos» y el «toque» propios del
«grado» -, que el mismo nace de la unión del dos, primer número par o
«femenino», con el tres, primer número impar o «masculino»; de esta manera no
debería ser difícil comprender que dicho número representa sustancialmente la
idea de armonía, dado que esta última en efecto resulta de la fusión de los
opuestos o, mejor dicho, de los que nos parecen tales a pesar de que en realidad
son complementarios, y precisamente por eso el cinco era considerado un «número
nupcial» por los Pitagóricos. Lo que por este medio se le recuerda al
«Compañero» es, pues, el cometido de realizar en sí mismo la unidad, para lo
cual deberá combatir en sí todo irrupción de impulsos desordenados y centrífugos
que se contraponen a ella; dicha unidad debe ser perseguida ante todo en el
campo del pensamiento, desde donde, poco a poco, descenderá luego al campo de la
acción, ya que evidentemente es la calidad de la mentalidad la que determina el
comportamiento. En otros términos, es exhortado a llevar a cabo el desarrollo de
todas las potencialidades implícitas en la naturaleza humana a fin de poder así
acceder al mundo intelectual, y es también y sobre todo en atención a este
desarrollo que el «Compañero» debe ahora insertarse activamente en la
obra colectiva de la Logia.
En qué dirección, en fin, le toque proceder para observar el
objetivo así prefigurado es algo que se trasluce de los «pasos» de este «grado»:
en efecto, la marcha ritual del «Compañero» requiere que se desplace primero
hacia «Mediodía» y, a continuación, retome su eje originario, es decir el eje
equinoccial. Ahora, en la correspondencia analógica del ciclo diurno con el
anual, el «Mediodía» equivale al solsticio de verano, es decir al signo zodiacal
de Cáncer que, recordamos, los griegos ponían en relación con la «puerta de los
hombres»; este signo, astrológicamente hablando, está representado por un germen
en estado de semidesarrollo, lo cual indica una etapa en todo caso intermedia,
que en el hombre corresponde precisamente al ámbito psíquico o sutil. El
«Compañero» debe por lo tanto ocuparse en esta etapa del proceso iniciático de
sopesar la propia componente sutil, sin perder nunca de vista que en definitiva
es precisamente de aquí que proceden las desarmonías, por lo cual hay que
considerar que lo mejor que se puede hacer es aplicarse a superar lo más pronto
posible tales dificultades prosiguiendo así su camino, tal como sugiere por lo
demás la trayectoria que describen los «pasos» del «grado».
Hemos aludido anteriormente a una determinada relación que se
puede establecer analógicamente entre los diversos «grados» de la vía iniciática
masónica y las que se consideran las edades de la vida humana: en el Convivio
de Dante hallamos algunas observaciones concernientes a la «juventud», o segunda
«edad», que, en efecto, vienen de perillas - a nuestro entender - para con el
«grado de Compañero», por lo cual quizá pueda ser de algún provecho presentar
aquí una breve síntesis. Dante sostiene que en esta «edad» el cometido
fundamental es el de perseguir la propia perfección y, al respecto, considera
necesario cultivar cinco «virtudes»: templanza, fortaleza, fraternidad, cortesía
y lealtad; templanza y fortaleza para estar en condiciones de dominar los
propios apetitos desordenados; fraternidad, ya que corresponde a quien se
halla en el «mediodía» de la vida mirar «atrás y adelante», y amar a sus
mayores, de quienes ha recibido doctrina, pero también a sus menores, a los que
está obligado a impartir sus benéficas admoniciones; cortesía, que
conviene desarrollar máximamente en esta edad, dado que si así no fuese su
carencia representaría un obstáculo irremediable para alcanzar luego la
perfección propia de la tercera «edad»; lo mismo puede decirse de la lealtad
- que quiere decir seguir y poner en práctica lo que las leyes estipulan - ya
que, si bien es cierto que en la «edad» precedente las faltas se consideran con
alguna indulgencia, en la sucesiva, ya no es tanto cuestión de seguir la regla
cuanto de ser justos. Tales son, para Dante, las condiciones necesarias para
acceder efectivamente a esa otra perfección que es atributo de la «madurez», y a
través de la cual se llega a ser capaz de iluminar a los demás.
Ahora bien, dado que en los «catecismos» de segundo «grado»,
a la pregunta «Sois Compañero? sigue la respuesta: «He visto la Estrella
Flamígera», la cual, según un antiguo ritual, «es el símbolo del Masón
resplandeciente de luz en medio de las tinieblas», podría llegarse a pensar que
la función «iluminadora» deba ser atribuida al «Compañero», en contraste con lo
que acabamos de referir. Pero no es así, porque este último todavía no es el
«hombre regenerado»; en su proceso de regeneración el «Compañero» ha, sí,
alcanzado un grado de desarrollo que lo ha llevado -al menos virtualmente- a
aproximarse a la «Luz», es decir a ver la «Estrella Flamígera», pero esto no
quiere decir que se haya identificado con ella. Obsérvese que en el «aumento de
salario» la «Estrella Flamígera» es encendida solamente después que el
«recipiendario» ha concluído su quinto y último «viaje»; y, especialmente si se
tiene en cuenta que estos «viajes» representan una ascensión por una escalera de
caracol, donde «aquel que sube no ve el siguiente peldaño ni sabe qué se esconde
tras la vuelta», hay que concluir al fin que hasta tanto no se haya alcanzado
efectivamente la perfección del «grado» la «Estrella Flamígera» permanece
imperceptible, y que tal perfeccionamiento en cierto modo preanuncia, aunque sea
virtualmente, el «grado de Maestro».
Por otra parte se dice que el «flamear» de la «Estrella»
alude «al despertar del “fuego” en el iniciado», y es sabido que el fuego se
manifiesta no solo como luz sino también como calor. Es más, luz y calor, como
señala René Guénon, «en su manifestación se hallan, por así decirlo,
inversamente proporcionados entre sí; y es notorio que, incluso desde el simple
punto de vista de la física, una llama resulta efectivamente tanto más caliente
cuanto menos luminosa sea» (1). En el iniciado, este «calor» es el resultado de
la acción de ese «fuego interior» que, quemando sus «cortezas», consume todo lo
que en él constituye un obstáculo para una realización espiritual, motivo por el
cual hay que estimar que solo después de un cierto grado de «purificación» le
será posible percibir también la «Luz». Ahora, en el caso del hombre es posible
hallar algo análogo a los dos aspectos complementarios del fuego, como sostiene
Guénon en la prosecución del pasaje citado: «Del mismo modo, el sentimiento es
verdaderamente un calor sin luz [por eso los antiguos representaban ciego al
amor], y se puede hallar [en él] también una luz sin calor, aquella de la razón,
que no es más que una luz refleja, fría como la luz lunar que la simboliza. En
cambio, en el orden de los principios, los dos aspectos se reconcilian y se unen
indisolublemente, como todos los complementarios; tal es, pues, la inteligencia
pura, que pertenece propiamente a este orden principial [...]. El fuego que se
halla en el centro del ser es justamente tanto luz como calor, pero si se quieren
traducir estos dos términos con inteligencia y amor, por más que en el fondo
sean solamente dos aspectos inseparables de una sola e idéntica cosa, para que
tal traducción sea aceptable y legítima, habrá que agregar que el amor en
cuestión es tan diferente del sentimiento al que se da el mismo nombre como la
inteligencia pura lo es de la razón» (2).
Vale la pena notar como estas consideraciones nos hayan
vuelto a llevar, en definitiva, a ese mismo «conocimiento del corazón» al cual
ya habíamos llegado durante nuestro examen de la cuestión de los «cinco sentidos
del hombre». Al respecto podríamos agregar aún que, de acuerdo con lo que
atestigua un ritual de 1735, antiguamente la «Estrella Flamígera» marcaba el
«Centro» del «Pavimento de la Logia», lo cual, hechas las debidas
transposiciones en el nivel individual humano, constituye una ratificación de la
congruencia de esta lectura. Además, la distinción entre luz y calor y las
consideraciones que de allí hemos derivado de una manera u otra se ven
confirmadas por ciertos textos antiguos, en los que se sostiene que «el Centro
de donde proviene la verdadera Luz» es esa «letra G» que se halla inscrita en la
«Estrella Flamígera»; esta indicación permite comprender por qué, en esos mismos
«catecismos» a los que nos habíamos referido antes, a la segunda pregunta,
«Porqué os habéis hecho recibir Compañero?», la única respuesta correcta sea:
«Para conocer la letra G». La tercer pregunta, que se refiere al significado de
tal «letra», recibe , sucesivamente, dos respuestas, siendo la primera: «La
Geometría, vale decir la quinta ciencia», y la segunda: «El Gran Geómetra del
Universo»; es muy probable que, tal como refiere un texto de 1745 (l’Ordre
des Francs-Maçons trahi), las respuestas convengan en realidad a «grados»
distintos, una al de «Compañero» y la otra, con las oportunas modificaciones, al
de «Maestro». Como quiera que sea, e independientemente de las antedichas
respuestas, las que a nuestro entender reflejan dos visiones complementarias
correspondientes a niveles diversos de ahondamiento de la realidad, lo cierto es
que en general se juzga que la «letra G» sea una «letra sustituída», que ha
tomado el lugar de un iod hebreo. En efecto, hay que reconocer que el
iod se presta eficazmente para simbolizar ese «Centro de donde proviene la
verdadera Luz», ya que «El iod es la más pequeña de todas las letras del
alfabeto hebreo, y sin embargo de allí es que derivan las formas de todas las
otras letras. Con este doble aspecto se relaciona por otra parte el doble
sentido jeroglífico del iod, como “principio” y como “germen”: en el
mundo superior, es el principio que contiene todas las cosas; en el mundo
inferior, es el germen, que está contenido en todas las cosas» (3).
Cerramos aquí estas consideraciones referidas a algunos
puntos pertenecientes al simbolismo del «grado de Compañero», mas no sin antes
volver a repetir una vez más que, si nos hemos detenido a poner en evidencia la
particular coherencia con que todas las cosas se hallan entrelazadas en él, a
partir de la «palabra de pase» que permite el acceso al mismo hasta llegar a esa
«letra G» que representa su meta final, ha sido sobre todo con el propósito de
aportar un mínimo punto de partida que esperamos sirva de ayuda para encarar las
enseñanzas iniciáticas de este «grado» como es debido, vale decir como algo que
debe ser efectivamente realizado por medio del propio trabajo interior, si es
que se quiere evitar de quedarse indefinidamente atrampados en los umbrales de
una vía iniciática a la cual, seguramente, para fines de muy otra envergadura se
ha tenido la singular oportunidad de ser «llamados».
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