a cura di
Heredom
De la fuente:
Rivista di Studi Tradizionali
n. 93, Luglio - Dicembre 2001

Traducción:
Bernardo Durante

 

El arte de la construcción

El arte de la construcción

 

 

Bruno Rovere

 

  1. «Mélanges», pág. 102 de la edición francesa.
  2. «Mélanges», págs. 103-4 de la edición francesa.
  3. «Simboli della Scienza sacra», pág. 261; Adelphi Ed.
  4. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 284 de la edición francesa.
  5. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 10 de la edición francesa.
  6. «La Crise du Monde moderne», pág. 20 de la edición francesa
  7. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 9 de la edición francesa.
  8. «Simboli della Scienza sacra», págs. 270-1; Adelphi Ed.
  9. «Simboli della Scienza sacra», pág. 271; Adelphi Ed.
  10. «Autorità spirituale e potere temporale», pág. 54, nota 1; Luni Ed.
  11. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo I, pág.10 de la edición francesa.
  12. «La Crise du Monde moderne», pág. 66 de la edición francesa.
  13. «Il regno della quantità e i segni dei tempi», pág. 63; Adelphi Ed.
  14. «Simboli della Scienza sacra», pág. 221; Adelphi Ed.
  15. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 10 de la edición francesa.
  16. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 76 de la edición francesa.
  17. «Simboli della Scienza sacra», pág. 223; Adelphi Ed.
  18. «Simboli della Scienza sacra», pág. 241; Adelphi Ed.
  19. «Il regno della quantità e i segni dei tempi», págs. 59-60; Adelphi Ed.
  20. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 12 de la edición francesa.
  21. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 283-4 de la edición francesa.
  22. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 285 de la edición francesa.
  23. «Iniziazione e realizzazione spirituale», págs. 73-4; Luni Ed.
  24. «Simboli della Scienza sacra», pág. 254, la última frase de la nota 15; Adelphi Ed.
  25. «Il Re del Mondo», pág. 102; Adelphi Ed.
  26. «Il Re del Mondo», pág. 27-8; Adelphi Ed.
  27. «Autorità spirituale e potere temporale», págs. 32-3; Luni Ed.
  28. «Autorità spirituale e potere temporale», pag. 33, nota 1; Luni Ed.
  29. A.G. Mackey, «Encyclopedia of Freemasonry», vol. I, pág.159.
  30. «Considerazioni sull’iniziazione», pág. 300; Luni Ed.
  31. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo I, pág. 145 de la edición francesa.
  32. «La Grande Triade», pág. 105; Adelphi Ed.
  33. «Considerazioni sull’iniziazione», pág. 329; Luni Ed.
  34. «Simboli della Scienza sacra», pág. 241; Adelphi Ed.
  35. «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág.261 de la edición francesa.
  36. «La Grande Triade», pág. 15; Adelphi Ed.
En su artículo «Las artes y su concepción tradicional» René Guénon precisaba que la distinción entre ciencias y artes «antaño era mucho menos acentuada de lo que es actualmente; el término latino artes, a veces, era aplicado también a las ciencias y, en el medievo, la enumeración de las "artes liberales" agrupaba actividades que los modernos colocarían en una u otra categoría. Esta simple observación sería ya suficiente para poner de manifiesto como el arte [...] comportaba un verdadero conocimiento, con el que constituía una sola cosa; y un tal conocimiento evidentemente solo podía ser del tipo de las ciencias tradicionales» (1).

Guénon agregaba también que «en estos casos se trataba siempre, en grados diversos, de la aplicación y de la puesta en obra de ciertos conocimientos de orden superior, que se vinculaban, cada vez más profundamente, con el conocimiento iniciático mismo; y, por otro lado, la puesta en obra directa de este conocimiento recibía a su vez el nombre de arte, tal como aparece claramente en expresiones tales como "arte sacerdotal" y "arte real" [...]» (2).

Por ello es que, desde el punto de vista tradicional, el arte es la aplicación y la puesta en obra de una ciencia tradicional, que se vincula con el conocimiento iniciático mismo y, en consecuencia puede, del mismo modo, constituir la base de un verdadero trabajo «operativo». En cuanto al término «construcción», su origen etimológico, del latín, es «cum», junto, y «struere», reagrupar, por lo que su significado literal equivaldría a «composición» o «reunión». En el artículo «Rassembler ce qui est épars», escrito en 1946, René Guénon señalaba: «[...] en el sentido más inmediato, el constructor reúne efectivamente materiales dispersos para hacer con ellos un edificio que, si es verdaderamente lo que debe ser, tendrá una unidad "orgánica", comparable con la de un ser viviente si nos colocamos desde el punto de vista microcósmico, o con la de un mundo si lo hacemos desde un punto de vista macrocósmico» (3).

En este estudio trataremos de desarrollar el tema del arte de la construcción, partiendo de las definiciones formuladas por René Guénon y reuniendo materiales que se hallan dispersos en su obra.



Una de las primeras observaciones que se imponen es que, al definir la actividad del constructor, R. Guénon puntualiza que se trata del «sentido más inmediato», lo que quiere decir que existe también un sentido profundo, que no está contenido en la definición dada, sentido que es necesario investigar; pero, antes de afrontar esta búsqueda, examinemos más en particular el «sentido inmediato» en cuestión.

René Guénon usa en este caso la palabra «constructor» en singular, lo cual implica la posibilidad de que un solo constructor pueda llevar a cabo la obra: ello depende evidentemente de las dimensiones del edificio a erigir, y cuando se trata de una pequeña construcción, puede ser suficiente un solo constructor; pero cuando se trataba de una catedral o de un templo como el de Salomón el número de los operarios utilizados superaba habitualmente el centenar, a veces también el millar. En tal caso el trabajo de semejante multitud de operarios era dirigido por un «constructor jefe», denominado con una palabra de origen griego, «arquitecto», quien era el depositario de los conocimientos necesarios para la construcción del edificio. En 1911 Palingenius escribía:

«[...] "El Arquitecto es el que concibe el edificio, quien dirige su construcción" dice el mismo H.˙. Nergal, y también sobre este punto estamos en perfecto acuerdo con él; pero, si en este sentido se puede decir que él es verdaderamente "el autor de la obra", sin embargo, es evidente que no es materialmente (o, en modo más general, formalmente) "su creador", dado que el arquitecto, que traza el plano, no debe ser confundido con el obrero que lo ejecuta; se trata, según otro punto de vista, de la diferencia existente entre la Masonería especulativa y la Masonería operativa» (4).

Ahora bien, el arte de la construcción, en cuanto abarca tanto la ciencia como la puesta en práctica es, en su totalidad, competencia del arquitecto, y en consecuencia puede ser asimilada a la «arquitectura». Sin embargo no es cosa de limitar la función del arquitecto como si estuviera dirigida solamente a la construcción en piedra, tal como se podría estar tentado de hacerlo si se examina el caso de la Masonería. En efecto, René Guénon señalaba que «en los textos más antiguos de la India, todos los ejemplos inherentes al simbolismo constructivo se refieren siempre al carpintero, a sus instrumentos y a su trabajo; [...] Es axiomático que no por ello resulta modificado el papel del arquitecto (Sthapati, que por otra parte originalmente es el maestro carpintero), dado que, hecha la salvedad de la adaptación requerida por la naturaleza de los materiales usados, debe inspirarse siempre en el mismo "arquetipo" o "modelo cósmico", ya sea que se trate de la construcción de un templo o de una casa, de un carro o de una embarcación (en estos últimos casos el oficio del carpintero no ha perdido jamás nada de su importancia originaria, por lo menos hasta la utilización totalmente moderna de los metales, que representan el último grado de la "solidificación"). Y también resulta evidente que si ciertas partes del edificio están construídas en madera o en piedra, esto no cambia nada - si bien no en su forma exterior - por lo menos en su significado simbólico» (5).

En la definición citada en el comienzo de este artículo se habla de «materiales dispersos», sin que esto sea pormenorizado posteriormente; por otra parte René Guénon ha destacado en varias oportunidades la anterioridad de las construcciones de madera con respecto a las construcciones en piedra: «Cosa más bien curiosa, es el hecho de que en India no se encuentre ningún monumento que se remonte más allá de esta época [...]; no obstante, la explicación de este hecho es bastante simple y es que todas las construcciones anteriores eran de madera, de modo que han desaparecido naturalmente sin dejar huellas; pero lo que sí es cierto es que tal cambio en la manera de construir corresponde necesariamente a una profunda modificación de las condiciones generales de existencia del pueblo en el que tal cosa ha sucedido» (6).

«En general las construcciones fueron hechas de madera antes de serlo de piedra, y esto explica la razón por la cual, particularmente en la India, no se encuentre ningún rastro de aquellas construcciones que se remontan más allá de una cierta época. Tales edificios eran evidentemente menos duraderos que los construídos en piedra; por lo que el empleo de la madera, en los pueblos sedentarios, corresponde a un estado de menor fijación con respecto a aquel caracterizado por el uso de la piedra, o también, si se quiere, a un menor grado de "solidificación", cosa que concuerda perfectamente con el hecho de que se relaciona con una etapa anterior en el curso del proceso cíclico» (7).

«Por otra parte, también es totalmente cierto, y lo hemos dicho en otro lugar, que entre los pueblos sedentarios la sustitución de las construcciones de madera por las de piedra corresponde a un grado más acentuado de "solidificación", en conformidad con la etapa del "descenso" cíclico; pero, visto que este nuevo sistema de construcción se volvió necesario por la modificación de las condiciones ambientales, hacía falta que, en una civilización tradicional, el mismo recibiese de la tradición misma, por medio de ritos y símbolos apropiados, la consagración, única susceptible de legitimarlo y por lo tanto de integrarlo a tal civilización, y por eso es que hemos hablado de adaptación. Tal legitimación implicaba la de todos los oficios, comenzando por el tallado de las piedras para la construcción, y no podía ser realmente efectiva sino a condición de que el ejercicio de cada oficio estuviese vinculado a una iniciación correspondiente, dado que, de acuerdo con la concepción tradicional, debía representar la aplicación regular de los principios en el propio orden contingente» (8).

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Cualesquiera sean los materiales usados, el constructor los agrupa «para formar un edificio que tendrá una unidad»; comparada con otros oficios o artes, la de la construción se configura propiamente según esta reducción a la unidad de una multitud de materiales dispersos. Si se piensa en el oficio del alfarero o del herrero, se comprende que estos artesanos tienen como objetivo el de dar una forma a una materia que es informe, y no de reunir las partes; por más extraño que esto pueda resultarle a un Masón, el mismo trabajo del picapedrero no es en sí un trabajo «constructivo»; hemos visto, en uno de los párrafos citados anteriormente, que Guénon escribía: «[...] todos los oficios, comenzando por el tallado de las piedras para la construcción [...]» (9), y que más adelante, en el mismo escrito, puntualizaba: «Ahora bien, para los picapedreros y para los constructores que utilizaban los productos de su trabajo [...]», estableciendo así una clara distinción entre los picapedreros y los constructores.

Pero volvamos por el momento a la definición dada por Guénon cuando precisa que se trata de «formar un edificio»: un edificio, según el significado etimológico de la palabra, es una casa [«aedes», en latín], un lugar para habitar o residir, cualquiera sea la destinación. Hemos visto antes que René Guénon consideraba tanto la construcción de un templo, como la de un carro o una embarcación; ahora bien, un carro o una embarcación no son lugares de habitación permanente, pero lo mismo pueden servir como «lugares de residencia» para el hombre durante sus viajes, por lo que la definición de construcción como «formación de un edificio» resulta válida también en este caso. Lo que es más notable todavía es que tal edificio, «si verdaderamente es lo que debe ser, tendrá una unidad "orgánica", comparable con la de un ser viviente»: tal observación de René Guénon es quizá la que resulta menos comprensible para la mentalidad profana, la cual no logra concebir que en un reagrupamiento de piedras, o de otros materiales, pueda haber algo «vital». «El ser viviente tiene en sí el propio principio de unidad, superior a la multiplicidad de los elementos que intervienen en su constitución; nada por el estilo sucede con la colectividad, la cual no es propiamente otra cosa que la suma de los individuos que la componen» (10). El edificio en cuestión no es por ello la suma de las piedras que lo componen, y por lo demás, precisamente tratando de los edificios construídos según las reglas tradicionales, René Guénon citaba la siguiente afirmación de A.K. Coomaraswamy: «el principio de una cosa no reside ni en una de sus partes ni en la totalidad de las mismas, sino en aquello por lo que todas las partes se vuelven una unidad sin composición».

Esta cuestión de la unidad «orgánica» ha sido brevemente tratada por Guénon en uno de sus primeros artículos para «Voile d’Isis», artículo en el que precisaba: «[...] estamos totalmente de acuerdo con Albert Bernet cuando dice que el "punto sensible" debe existir en todas las catedrales que hayan sido construídas según las verdaderas reglas del arte, y también cuando sostiene que ello debe ser interpretado según un punto de vista simbólico. Con tal propósito se puede hacer una relación curiosa: Wronski afirmaba que en todos los cuerpos hay un punto de tal naturaleza, que, cuando resulta dañado, produce como consecuencia inmediata la disgregación del cuerpo entero, que de algún modo se volatiliza, disociándose todas sus moléculas; y sostenía que había encontrado la manera para calcular la posición de este centro de cohesión. Acaso no se trata, sobre todo si la cosa se entiende simbólicamente, como pensamos deba hacerse, de algo perfectamente idéntico al "punto sensible" de las catedrales? La cuestión, en su forma más general, es la de lo que podría llamarse el "nudo vital" existente en cada compuesto, como punto de conjunción de sus elementos constitutivos. La catedral construída según las reglas forma un verdadero conjunto orgánico y por este motivo también ella tiene un "nudo vital". El problema que concierne a este punto es el mismo que aquel otro que, en la antigüedad, expresaba el famoso símbolo del "nudo gordiano"; pero, seguramente, los masones modernos no dejarían de sorprenderse si se les dijera que su espada puede desempeñar ritualmente, a tal propósito, la misma función que la espada de Alejandro [...]» (11).

¿Qué es lo que hace que un montón de piedras no sea solo una entidad corpórea, sino que también tenga una «unidad orgánica» y un «nudo vital»? La respuesta a esta pregunta se encuentra en expresiones tales como «Construída según las reglas» y «si es verdaderamente lo que debe ser», lo que nos vuelve a remitir a la «ciencia» que presidía la construcción y al aspecto más profundo e interior del mismo arte de la construcción.

***

«El arte de los constructores del medievo puede ser mencionado como ejemplo particularmente significativo de tales "artes tradicionales", cuya práctica implicaba por otra parte el conocimiento real de las ciencias correspondientes» (12) [la cursiva es nuestra]. El especificar que este conocimiento fuese real parece indicar de manera bastante clara que no se trata solo de un conocimiento «teórico», sino más bien de un conocimiento «efectivo». Existe un paso de René Guénon que puede por lo demás confirmar tal interpretación: «[...] El ser, en efecto, habiendo realizado plenamente las posibilidades de las que su actividad profesional no es más que una expresión exterior, y poseyendo así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esta actividad, realizará desde este momento conscientemente aquello que anteriormente no era sino una consecuencia del todo "instintiva" de su naturaleza; y por lo tanto, si el conocimiento iniciático ha nacido para él del oficio, éste, a su vez, se convertirá en el campo de aplicación de tal conocimiento, del que no podrá ya separarse. Habrá, entonces, perfecta correspondencia entre el interior y el exterior, y la obra producida podrá ser, ya no solamente un modo cualquiera de expresión en un nivel más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de quien habrá sabido concebirla y ejecutarla, cosa que constituirá la "obra maestra" en el verdadero sentido de esta palabra» (13). ¿No conviene acaso decir que, mientras que en una vía de conocimiento puro, o Jnana-marga, la realización corresponde al conocimiento mismo, en otra vía ligada a la acción, o Karma-marga, la realización correspondiente se expresa a través de la «obra maestra»?

Pero volvamos ahora a la «ciencia» implicada en el arte de la construcción. «El primer punto esencial a observar al respecto - escribía René Guénon -, en relación con el valor propiamente simbólico e iniciático del arte arquitectónico, es que cada edificio construído siguiendo las normas estrictamente tradicionales presenta, en la estructura y en la disposición de las distintas partes que lo componen, un significado "cósmico" [la cursiva es nuestra], por otra parte susceptible de una doble aplicación, de acuerdo con la relación analógica entre macrocosmo y microcosmo, esto es con referencia sea al mundo sea al hombre. Esto vale naturalmente, en primer lugar, para los templos u otros edificios que tienen un destino "sagrado" en el sentido más limitado de la palabra; pero, además, vale también para las simples viviendas humanas, dado que no se debe olvidar que no existe nada "profano" en las civilizaciones integralmente tradicionales [...]» (14).

En otros lugares puntualizaba: «Está implícito que la función del arquitecto no se ve modificada en absoluto por ello, ya que, salvo la adaptación requerida por la naturaleza de los materiales empleados, debe siempre inspirarse en el mismo "arquetipo", o sea en el mismo "modelo cósmico" [la cursiva es nuestra]» (15), y también aludía a la «concepción de los constructores de catedrales, quienes se proponían hacer de sus obras una suerte de reducción sintética del Universo» (16). Todavía, «[...] A este significado general se agrega otro aún más preciso: el conjunto del edificio, visto desde lo alto, representa el pasaje de la Unidad principial (a la cual corresponde el punto central, o la cumbre, de la cúpula, respecto al cual toda la bóveda no es, en cierto modo, más que una expansión) al cuaternario de la manifestación elemental; inversamente, si se lo mira desde lo bajo hacia lo alto, el sentido es el retorno de tal manifestación a la Unidad» (17). Y René Guénon precisaba además que «[...] la construcción representa la manifestación» (18). El edificio, construído según las reglas tradicionales, era por ello una adaptación sintética del Universo manifestado y este era el modelo cósmico en el que debía inspirarse el arquitecto, en virtud de un conocimiento «real» de tal «arquetipo». Por otra parte, si el edificio era una «imitación» de un modelo cósmico, también la actividad del arquitecto y la del constructor eran la imitación de un arquetipo.

«En toda civilización tradicional, tal como a menudo hemos dicho, cualquier actividad humana es siempre considerada como esencialmente derivante de los principios; esto, que es particularmente cierto para las ciencias, también lo es para las artes y oficios; y hay por otra parte una precisa conexión entre estos últimos y aquéllas porque, según una fórmula que era un axioma entre los constructores del medievo, ars sine scientia nihil, que debe entenderse naturalmente en el sentido de ciencia tradicional y no en el de ciencia profana, dado que el único resultado posible de la aplicación de ésta es la industria moderna. Mediante esta vinculación con los principios, puede decirse que la actividad humana resulta "transformada", por lo cual, en lugar de reducirse a aquello que es en cuanto simple manifestación exterior (que es el punto de vista profano), se integra en la tradición y constituye, para quien la lleva a cabo, un medio para participar efectivamente de la misma, lo cual es lo mismo que decir que tal actividad reviste un carácter puramente "sagrado" y "ritual" [...]» (19).

Lo dicho en el párrafo precedente se aplica a todas las artes tradicionales, pero en otra ocasión R. Guénon también ha precisado cual es el arquetipo que el constructor debe imitar, y es cuando habla de los «[...] constructores humanos, cuyo arte, desde el punto de vista tradicional, es esencialmente una "imitación" de aquél del "Gran Arquitecto" [...]» (20). En el arte de la construcción encontramos por ello un doble vínculo con los principios: por un lado el edificio, que constituye la finalidad de la construcción, es una imitación del Universo; por el otro, la actividad del arquitecto humano es una imitación de la actividad del Gran Arquitecto del Universo. Sería arduo y quizá en cierto modo inoportuno, encarar en esta ocasión el tema del Gran Arquitecto del Universo, aun apoyándonos en las nociones expuestas por René Guénon a lo largo de su obra. Sin embargo, no podemos dejar de apuntar una idea apropiada del tipo de «magnitud» del principio al que se vincula tradicionalmente la actividad del arquitecto humano, cosa que haremos retomando dos pasajes en los que Palingenius (nombre con el cual Guénon firmó en su juventud algunos de sus escritos) habla de esta magnitud con incomparable claridad. «En efecto el Gran Arquitecto no es el Demiurgo; es algo más, mejor dicho, infinitamente más, ya que representa una concepción mucho más elevada: es quien traza el plan ideal que viene siendo ejecutado, o sea manifestado en su desarrollo indefinido (pero no infinito), por los seres individuales que se hallan contenidos (en cuanto posibilidades particulares, elementos y al mismo tiempo agentes de tal manifestación) en su Ser Universal; y es la colectividad de estos seres individuales, vista en su conjunto, la que en realidad constituye el Demiurgo, el artesano u obrero del Universo» (21). «[...] Allâh, otro Tetragrámaton cuya composición jeroglífica designa claramente el Principio de la Construcción Universal [...]. En efecto, simbólicamente, las cuatro letras que forman en árabe el nombre de Allâh equivalen respectivamente a la regla, a la escuadra, al compás y al círculo, este último sustituído por el triángulo en la Masonería de simbolismo exclusivamente rectilíneo» (22).

Se observará que R.Guénon distingue aquí entre el arquitecto y los obreros; en efecto, durante la construcción del Templo de Salomón participaron un arquitecto, Hiram Abif, trescientos Harodim, tres mil trescientos Menatzchim o Supervisores, y cientocincuenta mil obreros: ahora bien, si el arquitecto humano imitaba al Gran Arquitecto, no puede decirse lo mismo de los obreros, quienes no conocían más que una pequeña parte del «plan» en cuya realización colaboraban con su trabajo.

«Todas las tradiciones insisten en la analogía existente entre los artesanos humanos y el Artesano divino, por cuanto tanto los unos como el otro obran "por gracia de un verbo concebido en el intelecto", lo cual, observamos de paso, indica en la forma más clara posible el papel de la contemplación como condición previa y necesaria para la producción de cualquier obra de arte; y ésta también es una diferencia esencial entre la concepción tradicional y la concepción profana del trabajo, concepción - esta última - que lo reduce a ser pura y simple acción, como decíamos antes, y pretende nada menos que oponerlo a la contemplación. Según dicen los Libros hindúes, "debemos construir como los Dêva construyeron al principio"; este mandato, que naturalmente incluye también el ejercicio de cada oficio digno de tal nombre, implica que el trabajo posea un carácter propiamente ritual, carácter que, por lo demás, toda cosa debe tener en una civilización integralmente tradicional; y podemos decir que este carácter no solo asegura aquella "conformidad con el orden" de la que hablamos poco antes, sino que constituye una sola cosa con la misma.

Cuando el artesano humano, en su propio campo de acción, imita de esta forma el modo de operar del Artesano divino, participa de la obra de este último en la medida correspondiente, y tanto más efectivamente cuanto más consciente sea de tal cooperación; y cuanto más realice con su trabajo las virtualidades de su propia naturaleza, tanto más aumenta su semejanza con el Artesano divino y tanto más perfectamente sus obras se integran en la armonía del Cosmos. No es difícil comprender cuan lejos esto está de las banalidades que nuestros contemporáneos acostumbran proferir creyendo elogiar así el trabajo; este último, cuando es lo que debe ser tradicionalmente - pero solo en este caso - está en realidad muy por encima de todo lo que ellos son capaces de concebir. Podemos por ello concluir estas pocas indicaciones - que no sería difícil desarrollar casi indefinidamente - diciendo lo siguiente: la "glorificación del trabajo" corresponde por cierto a una verdad, y a una verdad de orden profundo; pero el modo en que los modernos habitualmente la entienden no es más que una deformación caricaturesca de la noción que la tradición de ella tiene, deformación que llevada al extremo de algún modo llega a ser una inversión. En realidad, no es con vanos discursos que se "glorifica el trabajo", cosa que no tiene ni siquiera un sentido plausible; sino que es el trabajo mismo el que debe ser "glorificado", o sea "transformado", cuando, en lugar de ser una simple actividad profana, constituye una colaboración consciente y efectiva en la realización del plan del "Gran Arquitecto del Universo"» (23). Podemos por lo tanto decir que mientras el arquetipo del arquitecto es el Gran Arquitecto del Universo, los arquetipos de los obreros son los Dêva, y por otro lado, esto se deduce claramente del siguiente paso de Guénon: «[...] si se consideran, desde el punto de vista cósmico, estos "constructores" como los Angeles o los Dêva [...] se debe pensar que éstos trabajan bajo la dirección de Vishwakarma, que es, tal como lo hemos explicado en otras ocasiones, la misma cosa que el "Gran Arquitecto del Universo"» (24).

***

René Guénon ha llamado muchas veces la atención, por un lado, sobre la relación de subordinación existente entre los «pequeños misterios» y, por el otro, sobre las relaciones que se entrecruzan entre la iniciación caballeresca o real y las formas iniciáticas basadas en el ejercicio de los oficios: ahora bien, el arte de la construcción se sitúa precisamente en el campo de los «pequeños misterios», más particularmente en el de las formas iniciáticas fundadas en el ejercicio de los oficios, y Guénon nunca ha dejado de subrayar «[...] los vínculos que unían el "arte sacerdotal" y el "arte real" con el arte de los constructores» (25). En el tiempo de la construcción del Templo de Jerusalén, los «tres primeros Grandes Maestros» eran Salomón, Hiram rey de Tiro e Hiram-Abif; ahora bien, Salomón como profeta-rey, Hiram, rey de Tiro, e Hiram-Abif como arquitecto, representan respectivamente la iniciación sacerdotal, la iniciación real y la iniciación de oficio. Por otra parte, el proyecto del Templo había sido transmitido por David a Salomón, quien, sin embargo, careciendo de los conocimientos indispensables para edificarlo en piedra, debió necesariamente recurrir a operarios y a un arquitecto extranjero, que formaran parte de un pueblo sedentario. En cuanto a la participación del sacerdocio en la construcción del Templo, era tanto más necesaria en cuanto el Templo estaba destinado a ser el lugar de la manifestación divina. Con respecto a esto último R.Guénon especifica que «los "intermediarios celestes" [...] son la Shekina y Metatron; diremos antes que nada que, en su sentido más general, la Shekina es "la presencia real" de la Divinidad. Nótese que los pasajes de la Escritura donde se hace mención de ella son sobre todo aquellos en los que se trata de la institución de un centro espiritual: la construcción de un Tabernáculo, la edificación de los Templos de Salomón y de Zorobabel. Un centro de este tipo, constituido en condiciones regulares, debía ser efectivamente el lugar de la manifestación divina, representada siempre como "Luz"; y es curioso observar que la expresión "lugar iluminadísimo y regularísimo", conservada por la Masonería, parece ser precisamente un recuerdo de la antigua ciencia sacerdotal que presidía la construcción de los templos y que, por lo demás, no era peculiar de los Hebreos [...]» (26).

La expresión «la antigua ciencia sacerdotal que presidía la construcción de los templos» se encuentra, curiosamente, en forma invocativa, en un pasaje similar de un antiguo ritual masónico: «Que la Sabiduría presida la construcción de nuestro edificio», y esto indica que probablemente ella se refería a una época en la cual existía todavía el vínculo entre el arte de los constructores y el arte sacerdotal. En realidad, mientras la expresión «arte real» siguió conservándose en la Masonería actual, la de «arte sacerdotal» ha sido completamente olvidada, y esto, al parecer, debió suceder allá por la época en la que se produjo la ruptura del Occidente con el centro espiritual del mundo. Al respecto se pueden recordar las siguientes consideraciones de René Guénon: «al lado de las expresiones "iniciación sacerdotal" e "iniciación real", por decirlo así paralelamente a ellas, se encuentran también las de "arte sacerdotal" y "arte real", que designan la "puesta en obra" de los conocimientos enseñados por las correspondientes iniciaciones, con todo el conjunto de las "técnicas" atinentes a sus respectivos dominios.

Estas denominaciones se conservaron por largo tiempo en las antiguas corporaciones; y la segunda, aquella de "arte real", ha tenido un destino bastante singular, habiéndose transmitido hasta la masonería moderna en la cual, ni que decir tiene, tal como ocurre con muchos otros términos y símbolos, solo subsiste como un vestigio incomprendido del pasado. En cuanto a la denominación de "arte sacerdotal", ha desaparecido por completo; no obstante la misma se aplicaba al arte de los constructores de catedrales del medievo igual que a la de los constructores de templos de la antigüedad; pero en un cierto momento se produjo una confusión de las dos esferas, debida a una pérdida por lo menos parcial de la tradición, consecuencia a su vez de la usurpación del poder espiritual por el poder real; y fue de esta manera que llegó a perderse el nombre de "arte sacerdotal", indudablemente alrededor del Renacimiento, época que marca en efecto y desde todo punto de vista, la culminación de la ruptura del mundo occidental con sus propias doctrinas tradicionales» (27).

Quedaría por dilucidar el significado del verbo «presidir» asignado a la ciencia sacerdotal en relación a la construcción de los templos, pero lamentablemente sobre este tema René Guénon no ha dejado demasiados detalles: en el medievo occidental se encuentran ejemplos de monjes «constructores», como los Culdeos y los Benedictinos, pero en general la «construcción» como tal era llevada a cabo por cofradías no sacerdotales. Según algunas referencias hechas por Guénon, parece ser que la ciencia sacerdotal habría intervenido sobre todo en la elección del lugar donde habría de edificarse el edificio sagrado y en función de su orientación, como se deduce de la siguiente acotación: «Algunos señalan con precisión la mitad del siglo XV como fecha de tal pérdida de la antigua tradición, pérdida que comportó la reorganización, en 1459, de las cofradías de constructores sobre nuevas bases, entonces ya incompletas. Es oportuno señalar que a partir de esta época las iglesias dejaron de ser orientadas regularmente, hecho que tiene, en relación con la cuestión tratada, una importancia mucho más relevante de cuanto se pueda pensar en un primer momento» (28).

Por otra parte, según una tradición, Alberto Magno sería el autor de un libro, hoy desaparecido, llamado «Liber Constructionum Alberti», que «contenía los secretos (sic!) de los Masones operativos y daba indicaciones sobre el modo de determinar las fundaciones de las catedrales» (29). Cualquiera sea la validez de esta tradición, por lo menos indica la dependencia de la ciencia arquitectural con respecto a la ciencia sacerdotal, dependencia que René Guénon sostuvo en diversas ocasiones, como en el paso siguiente: «El conocimiento metafísico puro depende por lo tanto propiamente de los "grandes misterios", y el conocimiento de las ciencias tradicionales de los "pequeños misterios"; ya que el primero es el principio de donde derivan necesariamente todas las ciencias tradicionales, surge como consecuencia que los "pequeños misterios" dependen esencialmente de los "grandes misterios" y tienen en éstos su principio mismo, tal como el poder temporal, para ser legítimo, depende de la autoridad espiritual y tiene en ella su principio» (30).

Siendo así, si la relación del inferior con respecto al superior se puede expresar con el verbo «depender», aquélla del superior con respecto al inferior puede de hecho ser, inversamente, expresada con el verbo «presidir» y este es ciertamente uno de los significados que se pueden atribuir a la frase «el antiguo arte sacerdotal que presidía la construcción de los templos». Por otra parte, en el pasaje que contiene tal expresión se habla de la «institución de un centro espiritual» que «constituído en condiciones regulares, debía ser efectivamente el lugar de la manifestación divina». En consecuencia, el edificio constituía evidentemente el continente corpóreo, por decirlo así, de tal centro, pero para la verdadera y propia institución del centro espiritual era necesaria una «consagración», que solo podía ser prerrogativa del arte sacerdotal. En la antigua masonería operativa la consagración, o sacralización, de los trabajos acaso no era también prerrogativa del «Brother Jakin»?

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Los masones de hoy en día, y esto desde hace algunos siglos, no erigen más construcciones en piedra, pero ello nada quita al carácter simbólico de la arquitectura ni a la posibilidad de que se lleve a cabo así y todo un trabajo «operativo» basándose en su simbolismo. En una recensión de un libro de Charles Clyde Hunt, René Guénon señalaba: «El autor parece destinar a la Masonería, como finalidad principal, lo que él llama la "construcción del carácter" (character-building); esta expresión en el fondo no constituye sino una simple "metáfora", en lugar de aquello que debería ser en cambio un verdadero símbolo; la palabra "carácter" es muy vaga y, en todo caso, no parece indicar nada que sobrepase el plano psicológico; se trata por lo tanto de algo todavía muy exotérico, mientras que si se hablase de "construcción espiritual", la cosa podría adquirir un sentido mucho más profundo, sobre todo si se incorporasen las determinaciones propiamente "técnicas" que podrían extraerse fácilmente, a tal fin, del simbolismo masónico, siempre y cuando se supiese evitar cualquier menuda "moralización" a propósito de los símbolos» (31).

Teniendo presente lo que puede verse de sus comportamientos, teóricos y prácticos, sería conveniente que los Masones actuales reconozcan que no les resulta para nada «fácil» extraer «las determinaciones propiamente "técnicas"» del simbolismo masónico en vista de su propia «construcción espiritual», mas cuando un ser de la «altura» espiritual de René Guénon se expresó de tal forma, esto quiere decir que a pesar de todo la cosa es posible.

Uno de los posibles significados de aquello que René Guénon denomina, en el pasaje citado, «la construcción espiritual», objetivo por cierto más importante que la misma «construcción física» (y que de todas maneras sirve como guía para esta última), es el de reunir y ordenar la multiplicidad de los elementos constitutivos de la individualidad humana para reconducirlos a la unidad y de este modo construir un templo «interior» para el Espíritu. Con tal propósito es por cierto útil y oportuno retomar la siguiente observación que R.Guénon hacía presente en la «Gran Tríada»: «[...] la transformación de la "piedra bruta" en "piedra cúbica" representa la elaboración que debe sufrir la individualidad común a fin de llegar a ser apta para servir de "soporte" o "base" a la realización iniciática; la "piedra cúbica piramidal" representa el efectivo agregado a esta individualidad de un principio de orden supra-individual, que constituye la realización iniciática: esta última por lo demás puede ser entendida analógicamente y por consiguiente ser representada por el mismo símbolo en sus diversos grados, dado que estos últimos se alcanzan siempre con operaciones correspondientes entre sí, aunque en distintos niveles, como la "obra al blanco" y la "obra al rojo" de los alquimistas» (32).

Pero por lo que acabamos de citar está visto que el trabajo sobre la piedra no constituye propiamente un trabajo «constructivo»; René Guénon puntualizaba, en efecto, que «la presencia de materiales preventivamente alistados es indispensable para la construcción de un edificio, aunque tales materiales no podrán evidentemente cumplir su destino hasta que no hayan encontrado su lugar en el edificio mismo» (33).

La construcción implica que cada piedra sea colocada en el puesto que le corresponde, y por otra parte «[...] la construcción representa a la manifestación, en la que el principio no aparece sino con el remate de la obra; y precisamente en virtud de esta analogía la "primera piedra", o "piedra fundamental", puede ser considerada como un "reflejo" de la "última piedra", que es la verdadera "piedra angular"» (34). La construcción comienza por lo tanto con una piedra y acaba con una piedra, y las diferencias entre las piedras se limitan a la forma, dimensión y al lugar que ocupan en el edificio. Considerando ahora que la Logia es un «lugar iluminadísimo y regularísimo» y que es además un símbolo del Cosmos, se podrá inferir de lo que antecede, para que la Logia pueda llegar a ser un soporte apropiado para la presencia del Gran Arquitecto del Universo, la necesidad de la fraternidad de sus miembros, dado que todos ellos son otras tantas piedras; y de su organización jerárquica, ya que cada uno de ellos debe ocupar el puesto que le ha sido asignado, y que es diferente al de los demás. Por otra parte, esta necesidad de una fraternidad que bien podemos llamar «técnica», es lo que Guénon evocaba concluyendo uno de sus primeros trabajos sobre la Masonería, escrito en 1910 con el nombre de Palingenius: «Cada uno de los miembros [de la Masonería], entrando en el Templo, debe despojarse de la propia personalidad profana, y prescindir de todo lo que sea ajeno a los principios fundamentales de la Masonería, principios sobre los cuales todos deben unirse a fin de trabajar conjuntamente en la Gran Obra de la Construcción universal» (35). Mas este estudio nos parecería incompleto si no concluyese con una última citación de una de las obras de René Guénon, en la que se subraya el carácter verdaderamente universal del arte de la construcción: «[...] cosas como el uso del simbolismo de los números [...], o también del simbolismo "constructivo", no son de ningún modo exclusivas de una u otra forma iniciática, sino que forman parte de la categoría de aquellas que se encuentran dondequiera con simples diferencias de ajuste, porque se refieren a ciencias o artes que existen en todas las tradiciones, y con el mismo carácter "sagrado"» (36).