En su artículo «Las artes y su concepción tradicional» René
Guénon precisaba que la distinción entre ciencias y artes «antaño
era mucho menos acentuada de lo que es actualmente; el término
latino artes, a veces, era aplicado también a las ciencias y,
en el medievo, la enumeración de las "artes liberales" agrupaba
actividades que los modernos colocarían en una u otra categoría.
Esta simple observación sería ya suficiente para poner de manifiesto
como el arte [...] comportaba un verdadero conocimiento, con el que
constituía una sola cosa; y un tal conocimiento evidentemente solo
podía ser del tipo de las ciencias tradicionales» (1).
Guénon agregaba también que «en estos casos se trataba siempre,
en grados diversos, de la aplicación y de la puesta en obra de
ciertos conocimientos de orden superior, que se vinculaban, cada vez
más profundamente, con el conocimiento iniciático mismo; y, por otro
lado, la puesta en obra directa de este conocimiento recibía a su
vez el nombre de arte, tal como aparece claramente en expresiones
tales como "arte sacerdotal" y "arte real" [...]»
(2).
Por ello es que, desde el punto de vista tradicional, el arte es
la aplicación y la puesta en obra de una ciencia tradicional, que se
vincula con el conocimiento iniciático mismo y, en consecuencia
puede, del mismo modo, constituir la base de un verdadero trabajo
«operativo». En cuanto al término «construcción», su origen
etimológico, del latín, es «cum», junto, y «struere»,
reagrupar, por lo que su significado literal equivaldría a
«composición» o «reunión». En el artículo «Rassembler ce qui est
épars», escrito en 1946, René Guénon señalaba: «[...] en el
sentido más inmediato, el constructor reúne efectivamente materiales
dispersos para hacer con ellos un edificio que, si es verdaderamente
lo que debe ser, tendrá una unidad "orgánica", comparable con la de
un ser viviente si nos colocamos desde el punto de vista
microcósmico, o con la de un mundo si lo hacemos desde un punto de
vista macrocósmico» (3).
En este estudio trataremos de desarrollar el tema del arte de la
construcción, partiendo de las definiciones formuladas por René
Guénon y reuniendo materiales que se hallan dispersos en su obra.
Una de las primeras observaciones que se imponen es que, al
definir la actividad del constructor, R. Guénon puntualiza que se
trata del «sentido más inmediato», lo que quiere decir que existe
también un sentido profundo, que no está contenido en la definición
dada, sentido que es necesario investigar; pero, antes de afrontar
esta búsqueda, examinemos más en particular el «sentido inmediato»
en cuestión.
René Guénon usa en este caso la palabra «constructor» en
singular, lo cual implica la posibilidad de que un solo constructor
pueda llevar a cabo la obra: ello depende evidentemente de las
dimensiones del edificio a erigir, y cuando se trata de una pequeña
construcción, puede ser suficiente un solo constructor; pero cuando
se trataba de una catedral o de un templo como el de Salomón el
número de los operarios utilizados superaba habitualmente el
centenar, a veces también el millar. En tal caso el trabajo de
semejante multitud de operarios era dirigido por un «constructor
jefe», denominado con una palabra de origen griego, «arquitecto»,
quien era el depositario de los conocimientos necesarios para la
construcción del edificio. En 1911 Palingenius escribía:
«[...] "El Arquitecto es el que concibe el edificio, quien
dirige su construcción" dice el mismo H.˙.
Nergal, y también sobre este punto estamos en perfecto acuerdo con
él; pero, si en este sentido se puede decir que él es verdaderamente
"el autor de la obra", sin embargo, es evidente que no es
materialmente (o, en modo más general, formalmente) "su creador",
dado que el arquitecto, que traza el plano, no debe ser confundido
con el obrero que lo ejecuta; se trata, según otro punto de vista,
de la diferencia existente entre la Masonería especulativa y la
Masonería operativa» (4).
Ahora bien, el arte de la construcción, en cuanto abarca tanto
la ciencia como la puesta en práctica es, en su totalidad,
competencia del arquitecto, y en consecuencia puede ser asimilada a
la «arquitectura». Sin embargo no es cosa de limitar la función del
arquitecto como si estuviera dirigida solamente a la construcción en
piedra, tal como se podría estar tentado de hacerlo si se examina el
caso de la Masonería. En efecto, René Guénon señalaba que «en los
textos más antiguos de la India, todos los ejemplos inherentes al
simbolismo constructivo se refieren siempre al carpintero, a sus
instrumentos y a su trabajo; [...] Es axiomático que no por ello
resulta modificado el papel del arquitecto (Sthapati, que por otra
parte originalmente es el maestro carpintero), dado que, hecha la
salvedad de la adaptación requerida por la naturaleza de los
materiales usados, debe inspirarse siempre en el mismo "arquetipo" o
"modelo cósmico", ya sea que se trate de la construcción de un
templo o de una casa, de un carro o de una embarcación (en estos
últimos casos el oficio del carpintero no ha perdido jamás nada de
su importancia originaria, por lo menos hasta la utilización
totalmente moderna de los metales, que representan el último grado
de la "solidificación"). Y también resulta evidente que si ciertas
partes del edificio están construídas en madera o en piedra, esto no
cambia nada - si bien no en su forma exterior - por lo menos en su
significado simbólico» (5).
En la definición citada en el comienzo de este artículo se habla
de «materiales dispersos», sin que esto sea pormenorizado
posteriormente; por otra parte René Guénon ha destacado en varias
oportunidades la anterioridad de las construcciones de madera con
respecto a las construcciones en piedra: «Cosa más bien curiosa, es
el hecho de que en India no se encuentre ningún monumento que se
remonte más allá de esta época [...]; no obstante, la explicación de
este hecho es bastante simple y es que todas las construcciones
anteriores eran de madera, de modo que han desaparecido naturalmente
sin dejar huellas; pero lo que sí es cierto es que tal cambio en la
manera de construir corresponde necesariamente a una profunda
modificación de las condiciones generales de existencia del pueblo
en el que tal cosa ha sucedido» (6).
«En general las construcciones fueron hechas de madera antes de
serlo de piedra, y esto explica la razón por la cual,
particularmente en la India, no se encuentre ningún rastro de
aquellas construcciones que se remontan más allá de una cierta
época. Tales edificios eran evidentemente menos duraderos que los
construídos en piedra; por lo que el empleo de la madera, en los
pueblos sedentarios, corresponde a un estado de menor fijación con
respecto a aquel caracterizado por el uso de la piedra, o también,
si se quiere, a un menor grado de "solidificación", cosa que
concuerda perfectamente con el hecho de que se relaciona con una
etapa anterior en el curso del proceso cíclico» (7).
«Por otra parte, también es totalmente cierto, y lo hemos dicho
en otro lugar, que entre los pueblos sedentarios la sustitución de
las construcciones de madera por las de piedra corresponde a un
grado más acentuado de "solidificación", en conformidad con la etapa
del "descenso" cíclico; pero, visto que este nuevo sistema de
construcción se volvió necesario por la modificación de las
condiciones ambientales, hacía falta que, en una civilización
tradicional, el mismo recibiese de la tradición misma, por medio de
ritos y símbolos apropiados, la consagración, única susceptible de
legitimarlo y por lo tanto de integrarlo a tal civilización, y por eso es que hemos
hablado de adaptación. Tal legitimación implicaba la de todos los
oficios, comenzando por el tallado de las piedras para la
construcción, y no podía ser realmente efectiva sino a condición de
que el ejercicio de cada oficio estuviese vinculado a una iniciación
correspondiente, dado que, de acuerdo con la concepción tradicional,
debía representar la aplicación regular de los principios en el
propio orden contingente» (8).
***
Cualesquiera sean los materiales usados, el constructor los
agrupa «para formar un edificio que tendrá una unidad»; comparada
con otros oficios o artes, la de la construción se configura
propiamente según esta reducción a la unidad de una multitud de
materiales dispersos. Si se piensa en el oficio del alfarero o del
herrero, se comprende que estos artesanos tienen como objetivo el de
dar una forma a una materia que es informe, y no de reunir las
partes; por más extraño que esto pueda resultarle a un Masón, el
mismo trabajo del picapedrero no es en sí un trabajo «constructivo»;
hemos visto, en uno de los párrafos citados anteriormente, que
Guénon escribía: «[...] todos los oficios, comenzando por el tallado
de las piedras para la construcción [...]» (9), y que más adelante,
en el mismo escrito, puntualizaba: «Ahora bien, para los
picapedreros y para los constructores que utilizaban los productos
de su trabajo [...]», estableciendo así una clara distinción entre
los picapedreros y los constructores.
Pero volvamos por el momento a la definición dada por Guénon
cuando precisa que se trata de «formar un edificio»: un edificio,
según el significado etimológico de la palabra, es una casa [«aedes»,
en latín], un lugar para habitar o residir, cualquiera sea la
destinación. Hemos visto antes que René Guénon consideraba tanto la
construcción de un templo, como la de un carro o una embarcación;
ahora bien, un carro o una embarcación no son lugares de habitación
permanente, pero lo mismo pueden servir como «lugares de residencia»
para el hombre durante sus viajes, por lo que la definición de
construcción como «formación de un edificio» resulta válida también
en este caso. Lo que es más notable todavía es que tal edificio, «si
verdaderamente es lo que debe ser, tendrá una unidad "orgánica",
comparable con la de un ser viviente»: tal observación de René
Guénon es quizá la que resulta menos comprensible para la mentalidad
profana, la cual no logra concebir que en un reagrupamiento de
piedras, o de otros materiales, pueda haber algo «vital». «El ser
viviente tiene en sí el propio principio de unidad, superior a la
multiplicidad de los elementos que intervienen en su constitución;
nada por el estilo sucede con la colectividad, la cual no es
propiamente otra cosa que la suma de los individuos que la componen»
(10). El edificio en cuestión no es por ello la suma de las piedras
que lo componen, y por lo demás, precisamente tratando de los
edificios construídos según las reglas tradicionales, René Guénon
citaba la siguiente afirmación de A.K. Coomaraswamy: «el principio
de una cosa no reside ni en una de sus partes ni en la totalidad de
las mismas, sino en aquello por lo que todas las partes se vuelven
una unidad sin composición».
Esta cuestión de la unidad «orgánica» ha sido brevemente tratada
por Guénon en uno de sus primeros artículos para «Voile d’Isis»,
artículo en el que precisaba: «[...] estamos totalmente de acuerdo
con Albert Bernet cuando dice que el "punto sensible" debe existir
en todas las catedrales que hayan sido construídas según las
verdaderas reglas del arte, y también cuando sostiene que ello debe
ser interpretado según un punto de vista simbólico. Con tal
propósito se puede hacer una relación curiosa: Wronski afirmaba que
en todos los cuerpos hay un punto de tal naturaleza, que, cuando
resulta dañado, produce como consecuencia inmediata la disgregación
del cuerpo entero, que de algún modo se volatiliza, disociándose
todas sus moléculas; y sostenía que había encontrado la manera para
calcular la posición de este centro de cohesión. Acaso no se trata,
sobre todo si la cosa se entiende simbólicamente, como pensamos deba
hacerse, de algo perfectamente idéntico al "punto sensible" de las
catedrales? La cuestión, en su forma más general, es la de lo que
podría llamarse el "nudo vital" existente en cada compuesto, como
punto de conjunción de sus elementos constitutivos. La catedral
construída según las reglas forma un verdadero conjunto orgánico y
por este motivo también ella tiene un "nudo vital". El problema que
concierne a este punto es el mismo que aquel otro que, en la
antigüedad, expresaba el famoso símbolo del "nudo gordiano"; pero,
seguramente, los masones modernos no dejarían de sorprenderse si se
les dijera que su espada puede desempeñar ritualmente, a tal
propósito, la misma función que la espada de Alejandro [...]»
(11).
¿Qué es lo que hace que un montón de piedras no sea solo una
entidad corpórea, sino que también tenga una «unidad orgánica» y un
«nudo vital»? La respuesta a esta pregunta se encuentra en
expresiones tales como «Construída según las reglas» y «si es
verdaderamente lo que debe ser», lo que nos vuelve a remitir a la
«ciencia» que presidía la construcción y al aspecto más profundo e
interior del mismo arte de la construcción.
***
«El arte de los constructores del medievo puede ser mencionado
como ejemplo particularmente significativo de tales "artes
tradicionales", cuya práctica implicaba por otra parte el
conocimiento real de las ciencias correspondientes»
(12) [la
cursiva es nuestra]. El especificar que este conocimiento fuese
real parece indicar de manera bastante clara que no se trata
solo de un conocimiento «teórico», sino más bien de un conocimiento
«efectivo». Existe un paso de René Guénon que puede por lo demás
confirmar tal interpretación: «[...] El ser, en efecto, habiendo
realizado plenamente las posibilidades de las que su actividad
profesional no es más que una expresión exterior, y poseyendo así el
conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esta
actividad, realizará desde este momento conscientemente aquello que
anteriormente no era sino una consecuencia del todo "instintiva" de
su naturaleza; y por lo tanto, si el conocimiento iniciático ha
nacido para él del oficio, éste, a su vez, se convertirá en el campo
de aplicación de tal conocimiento, del que no podrá ya separarse.
Habrá, entonces, perfecta correspondencia entre el interior y el
exterior, y la obra producida podrá ser, ya no solamente un modo
cualquiera de expresión en un nivel más o menos superficial, sino la
expresión realmente adecuada de quien habrá sabido concebirla y
ejecutarla, cosa que constituirá la "obra maestra" en el verdadero
sentido de esta palabra» (13). ¿No conviene acaso decir que,
mientras que en una vía de conocimiento puro, o Jnana-marga,
la realización corresponde al conocimiento mismo, en otra vía ligada
a la acción, o Karma-marga, la realización correspondiente se
expresa a través de la «obra maestra»?
Pero volvamos ahora a la «ciencia» implicada en el arte de la
construcción. «El primer punto esencial a observar al respecto -
escribía René Guénon -, en relación con el valor propiamente
simbólico e iniciático del arte arquitectónico, es que cada edificio
construído siguiendo las normas estrictamente tradicionales
presenta, en la estructura y en la disposición de las distintas
partes que lo componen, un significado "cósmico" [la cursiva
es nuestra], por otra parte susceptible de una doble aplicación, de
acuerdo con la relación analógica entre macrocosmo y microcosmo,
esto es con referencia sea al mundo sea al hombre. Esto vale
naturalmente, en primer lugar, para los templos u otros edificios
que tienen un destino "sagrado" en el sentido más limitado de la
palabra; pero, además, vale también para las simples viviendas
humanas, dado que no se debe olvidar que no existe nada "profano" en
las civilizaciones integralmente tradicionales [...]» (14).
En otros lugares puntualizaba: «Está implícito que la función del
arquitecto no se ve modificada en absoluto por ello, ya que, salvo
la adaptación requerida por la naturaleza de los materiales
empleados, debe siempre inspirarse en el mismo "arquetipo", o sea en
el mismo "modelo cósmico" [la cursiva es nuestra]»
(15), y
también aludía a la «concepción de los constructores de catedrales,
quienes se proponían hacer de sus obras una suerte de reducción
sintética del Universo» (16). Todavía, «[...] A este significado
general se agrega otro aún más preciso: el conjunto del edificio,
visto desde lo alto, representa el pasaje de la Unidad principial (a
la cual corresponde el punto central, o la cumbre, de la cúpula,
respecto al cual toda la bóveda no es, en cierto modo, más que una
expansión) al cuaternario de la manifestación elemental;
inversamente, si se lo mira desde lo bajo hacia lo alto, el sentido
es el retorno de tal manifestación a la Unidad» (17). Y René Guénon
precisaba además que «[...] la construcción representa la
manifestación» (18). El edificio, construído según las reglas
tradicionales, era por ello una adaptación sintética del Universo
manifestado y este era el modelo cósmico en el que debía inspirarse
el arquitecto, en virtud de un conocimiento «real» de tal
«arquetipo». Por otra parte, si el edificio era una «imitación» de
un modelo cósmico, también la actividad del arquitecto y la del
constructor eran la imitación de un arquetipo.
«En toda civilización tradicional, tal como a menudo hemos dicho,
cualquier actividad humana es siempre considerada como esencialmente
derivante de los principios; esto, que es particularmente cierto
para las ciencias, también lo es para las artes y oficios; y hay por
otra parte una precisa conexión entre estos últimos y aquéllas
porque, según una fórmula que era un axioma entre los constructores
del medievo, ars sine scientia nihil, que debe entenderse
naturalmente en el sentido de ciencia tradicional y no en el de
ciencia profana, dado que el único resultado posible de la
aplicación de ésta es la industria moderna. Mediante esta
vinculación con los principios, puede decirse que la actividad
humana resulta "transformada", por lo cual, en lugar de reducirse a
aquello que es en cuanto simple manifestación exterior (que es el
punto de vista profano), se integra en la tradición y constituye,
para quien la lleva a cabo, un medio para participar efectivamente
de la misma, lo cual es lo mismo que decir que tal actividad reviste
un carácter puramente "sagrado" y "ritual" [...]»
(19).
Lo dicho en el párrafo precedente se aplica a todas las artes
tradicionales, pero en otra ocasión R. Guénon también ha precisado
cual es el arquetipo que el constructor debe imitar, y es cuando
habla de los «[...] constructores humanos, cuyo arte, desde el punto
de vista tradicional, es esencialmente una "imitación" de aquél del
"Gran Arquitecto" [...]» (20). En el arte de la construcción
encontramos por ello un doble vínculo con los principios: por un
lado el edificio, que constituye la finalidad de la construcción, es
una imitación del Universo; por el otro, la actividad del arquitecto
humano es una imitación de la actividad del Gran Arquitecto del
Universo. Sería arduo y quizá en cierto modo inoportuno, encarar en
esta ocasión el tema del Gran Arquitecto del Universo, aun
apoyándonos en las nociones expuestas por René Guénon a lo largo de
su obra. Sin embargo, no podemos dejar de apuntar una idea apropiada
del tipo de «magnitud» del principio al que se vincula
tradicionalmente la actividad del arquitecto humano, cosa que
haremos retomando dos pasajes en los que Palingenius (nombre con el
cual Guénon firmó en su juventud algunos de sus escritos) habla de
esta magnitud con incomparable claridad. «En efecto el Gran
Arquitecto no es el Demiurgo; es algo más, mejor dicho,
infinitamente más, ya que representa una concepción mucho más
elevada: es quien traza el plan ideal que viene siendo ejecutado, o
sea manifestado en su desarrollo indefinido (pero no infinito), por
los seres individuales que se hallan contenidos (en cuanto
posibilidades particulares, elementos y al mismo tiempo agentes de
tal manifestación) en su Ser Universal; y es la colectividad de
estos seres individuales, vista en su conjunto, la que en realidad
constituye el Demiurgo, el artesano u obrero del Universo»
(21).
«[...] Allâh, otro Tetragrámaton cuya composición jeroglífica
designa claramente el Principio de la Construcción Universal [...].
En efecto, simbólicamente, las cuatro letras que forman en árabe el
nombre de Allâh equivalen respectivamente a la regla, a la
escuadra, al compás y al círculo, este último sustituído por el
triángulo en la Masonería de simbolismo exclusivamente rectilíneo»
(22).
Se observará que R.Guénon distingue aquí entre el arquitecto y
los obreros; en efecto, durante la construcción del Templo de
Salomón participaron un arquitecto, Hiram Abif, trescientos
Harodim, tres mil trescientos Menatzchim o Supervisores,
y cientocincuenta mil obreros: ahora bien, si el arquitecto humano
imitaba al Gran Arquitecto, no puede decirse lo mismo de los
obreros, quienes no conocían más que una pequeña parte del «plan» en
cuya realización colaboraban con su trabajo.
«Todas las tradiciones insisten en la analogía existente entre
los artesanos humanos y el Artesano divino, por cuanto tanto los
unos como el otro obran "por gracia de un verbo concebido en el
intelecto", lo cual, observamos de paso, indica en la forma más
clara posible el papel de la contemplación como condición previa y
necesaria para la producción de cualquier obra de arte; y ésta
también es una diferencia esencial entre la concepción tradicional y
la concepción profana del trabajo, concepción - esta última - que lo
reduce a ser pura y simple acción, como decíamos antes, y pretende
nada menos que oponerlo a la contemplación. Según dicen los Libros
hindúes, "debemos construir como los Dêva construyeron al
principio"; este mandato, que naturalmente incluye también el
ejercicio de cada oficio digno de tal nombre, implica que el trabajo
posea un carácter propiamente ritual, carácter que, por lo demás,
toda cosa debe tener en una civilización integralmente tradicional;
y podemos decir que este carácter no solo asegura aquella
"conformidad con el orden" de la que hablamos poco antes, sino que
constituye una sola cosa con la misma.
Cuando el artesano humano, en su propio campo de acción, imita de
esta forma el modo de operar del Artesano divino, participa de la
obra de este último en la medida correspondiente, y tanto más
efectivamente cuanto más consciente sea de tal cooperación; y cuanto
más realice con su trabajo las virtualidades de su propia
naturaleza, tanto más aumenta su semejanza con el Artesano divino y
tanto más perfectamente sus obras se integran en la armonía del
Cosmos. No es difícil comprender cuan lejos esto está de las
banalidades que nuestros contemporáneos acostumbran proferir
creyendo elogiar así el trabajo; este último, cuando es lo que debe
ser tradicionalmente - pero solo en este caso - está en realidad muy
por encima de todo lo que ellos son capaces de concebir. Podemos por
ello concluir estas pocas indicaciones - que no sería difícil
desarrollar casi indefinidamente - diciendo lo siguiente: la
"glorificación del trabajo" corresponde por cierto a una verdad, y a
una verdad de orden profundo; pero el modo en que los modernos
habitualmente la entienden no es más que una deformación
caricaturesca de la noción que la tradición de ella tiene,
deformación que llevada al extremo de algún modo llega a ser una
inversión. En realidad, no es con vanos discursos que se "glorifica
el trabajo", cosa que no tiene ni siquiera un sentido plausible;
sino que es el trabajo mismo el que debe ser "glorificado", o sea
"transformado", cuando, en lugar de ser una simple actividad
profana, constituye una colaboración consciente y efectiva en la
realización del plan del "Gran Arquitecto del Universo"»
(23).
Podemos por lo tanto decir que mientras el arquetipo del arquitecto
es el Gran Arquitecto del Universo, los arquetipos de los obreros
son los Dêva, y por otro lado, esto se deduce claramente del
siguiente paso de Guénon: «[...] si se consideran, desde el punto de
vista cósmico, estos "constructores" como los Angeles o los Dêva
[...] se debe pensar que éstos
trabajan bajo la dirección de
Vishwakarma, que es, tal como lo hemos explicado
en otras ocasiones, la misma cosa que el "Gran Arquitecto del
Universo"» (24).
***
René Guénon ha llamado muchas veces la atención, por un lado,
sobre la relación de subordinación existente entre los «pequeños
misterios» y, por el otro, sobre las relaciones que se entrecruzan
entre la iniciación caballeresca o real y las formas iniciáticas
basadas en el ejercicio de los oficios: ahora bien, el arte de la
construcción se sitúa precisamente en el campo de los «pequeños
misterios», más particularmente en el de las formas iniciáticas
fundadas en el ejercicio de los oficios, y Guénon nunca ha dejado de
subrayar «[...] los vínculos que unían el "arte sacerdotal" y el
"arte real" con el arte de los constructores»
(25). En el tiempo de
la construcción del Templo de Jerusalén, los «tres primeros Grandes
Maestros» eran Salomón, Hiram rey de Tiro e Hiram-Abif; ahora bien,
Salomón como profeta-rey, Hiram, rey de Tiro, e Hiram-Abif como
arquitecto, representan respectivamente la iniciación sacerdotal, la
iniciación real y la iniciación de oficio. Por otra parte, el
proyecto del Templo había sido transmitido por David a Salomón,
quien, sin embargo, careciendo de los conocimientos indispensables
para edificarlo en piedra, debió necesariamente recurrir a operarios
y a un arquitecto extranjero, que formaran parte de un pueblo
sedentario. En cuanto a la participación del sacerdocio en la
construcción del Templo, era tanto más necesaria en cuanto el Templo
estaba destinado a ser el lugar de la manifestación divina. Con
respecto a esto último R.Guénon especifica que «los "intermediarios
celestes" [...] son la Shekina y Metatron; diremos antes que
nada que, en su sentido más general, la Shekina es "la
presencia real" de la Divinidad. Nótese que los pasajes de la
Escritura donde se hace mención de ella son sobre todo aquellos en
los que se trata de la institución de un centro espiritual: la
construcción de un Tabernáculo, la edificación de los Templos de
Salomón y de Zorobabel. Un centro de este tipo, constituido en
condiciones regulares, debía ser efectivamente el lugar de la
manifestación divina, representada siempre como "Luz"; y es curioso
observar que la expresión "lugar iluminadísimo y regularísimo",
conservada por la Masonería, parece ser precisamente un recuerdo de
la antigua ciencia sacerdotal que presidía la construcción de los
templos y que, por lo demás, no era peculiar de los Hebreos [...]»
(26).
La expresión «la antigua ciencia sacerdotal que presidía la
construcción de los templos» se encuentra, curiosamente, en forma
invocativa, en un pasaje similar de un antiguo ritual masónico: «Que
la Sabiduría presida la construcción de nuestro edificio», y esto
indica que probablemente ella se refería a una época en la cual
existía todavía el vínculo entre el arte de los constructores y el
arte sacerdotal. En realidad, mientras la expresión «arte real»
siguió conservándose en la Masonería actual, la de «arte sacerdotal»
ha sido completamente olvidada, y esto, al parecer, debió suceder
allá por la época en la que se produjo la ruptura del Occidente con
el centro espiritual del mundo. Al respecto se pueden recordar las
siguientes consideraciones de René Guénon: «al lado de las
expresiones "iniciación sacerdotal" e "iniciación real", por decirlo
así paralelamente a ellas, se encuentran también las de "arte
sacerdotal" y "arte real", que designan la "puesta en obra" de los
conocimientos enseñados por las correspondientes iniciaciones, con
todo el conjunto de las "técnicas" atinentes a sus respectivos
dominios.
Estas denominaciones se conservaron por largo tiempo en las
antiguas corporaciones; y la segunda, aquella de "arte real", ha
tenido un destino bastante singular, habiéndose transmitido hasta la
masonería moderna en la cual, ni que decir tiene, tal como ocurre
con muchos otros términos y símbolos, solo subsiste como un vestigio
incomprendido del pasado. En cuanto a la denominación de "arte
sacerdotal", ha desaparecido por completo; no obstante la misma se
aplicaba al arte de los constructores de catedrales del medievo
igual que a la de los constructores de templos de la antigüedad;
pero en un cierto momento se produjo una confusión de las dos
esferas, debida a una pérdida por lo menos parcial de la tradición,
consecuencia a su vez de la usurpación del poder espiritual por el
poder real; y fue de esta manera que llegó a perderse el nombre de
"arte sacerdotal", indudablemente alrededor del Renacimiento, época
que marca en efecto y desde todo punto de vista, la culminación de
la ruptura del mundo occidental con sus propias doctrinas
tradicionales» (27).
Quedaría por dilucidar el significado del verbo «presidir»
asignado a la ciencia sacerdotal en relación a la construcción de
los templos, pero lamentablemente sobre este tema René Guénon no ha
dejado demasiados detalles: en el medievo occidental se encuentran
ejemplos de monjes «constructores», como los Culdeos y los
Benedictinos, pero en general la «construcción» como tal era llevada
a cabo por cofradías no sacerdotales. Según algunas referencias
hechas por Guénon, parece ser que la ciencia sacerdotal habría
intervenido sobre todo en la elección del lugar donde habría de
edificarse el edificio sagrado y en función de su orientación, como
se deduce de la siguiente acotación: «Algunos señalan con precisión
la mitad del siglo XV como fecha de tal pérdida de la antigua
tradición, pérdida que comportó la reorganización, en 1459, de las
cofradías de constructores sobre nuevas bases, entonces ya
incompletas. Es oportuno señalar que a partir de esta época las
iglesias dejaron de ser orientadas regularmente, hecho que tiene, en
relación con la cuestión tratada, una importancia mucho más
relevante de cuanto se pueda pensar en un primer momento»
(28).
Por otra parte, según una tradición, Alberto Magno sería el
autor de un libro, hoy desaparecido, llamado «Liber Constructionum
Alberti», que «contenía los secretos (sic!) de los Masones
operativos y daba indicaciones sobre el modo de determinar las
fundaciones de las catedrales» (29). Cualquiera sea la validez de
esta tradición, por lo menos indica la dependencia de la ciencia
arquitectural con respecto a la ciencia sacerdotal, dependencia que
René Guénon sostuvo en diversas ocasiones, como en el paso
siguiente: «El conocimiento metafísico puro depende por lo tanto
propiamente de los "grandes misterios", y el conocimiento de las
ciencias tradicionales de los "pequeños misterios"; ya que el
primero es el principio de donde derivan necesariamente todas las
ciencias tradicionales, surge como consecuencia que los "pequeños
misterios" dependen esencialmente de los "grandes misterios" y
tienen en éstos su principio mismo, tal como el poder temporal, para
ser legítimo, depende de la autoridad espiritual y tiene en ella su
principio» (30).
Siendo así, si la relación del inferior con respecto al superior
se puede expresar con el verbo «depender», aquélla del superior con
respecto al inferior puede de hecho ser, inversamente, expresada con
el verbo «presidir» y este es ciertamente uno de los significados
que se pueden atribuir a la frase «el antiguo arte sacerdotal que
presidía la construcción de los templos». Por otra parte, en el
pasaje que contiene tal expresión se habla de la «institución
de un centro espiritual» que «constituído en condiciones regulares,
debía ser efectivamente el lugar de la manifestación divina». En
consecuencia, el edificio constituía evidentemente el continente
corpóreo, por decirlo así, de tal centro, pero para la verdadera y
propia institución del centro espiritual era necesaria una
«consagración», que solo podía ser prerrogativa del arte sacerdotal.
En la antigua masonería operativa la consagración, o sacralización,
de los trabajos acaso no era también prerrogativa del «Brother
Jakin»?
***
Los masones de hoy en día, y esto desde hace algunos siglos, no
erigen más construcciones en piedra, pero ello nada quita al
carácter simbólico de la arquitectura ni a la posibilidad de que se
lleve a cabo así y todo un trabajo «operativo» basándose en su
simbolismo. En una recensión de un libro de Charles Clyde Hunt, René
Guénon señalaba: «El autor parece destinar a la Masonería, como
finalidad principal, lo que él llama la "construcción del carácter"
(character-building); esta expresión en el fondo no
constituye sino una simple "metáfora", en lugar de aquello que
debería ser en cambio un verdadero símbolo; la palabra "carácter" es
muy vaga y, en todo caso, no parece indicar nada que sobrepase el
plano psicológico; se trata por lo tanto de algo todavía muy
exotérico, mientras que si se hablase de "construcción espiritual",
la cosa podría adquirir un sentido mucho más profundo, sobre todo si
se incorporasen las determinaciones propiamente "técnicas" que
podrían extraerse fácilmente, a tal fin, del simbolismo masónico,
siempre y cuando se supiese evitar cualquier menuda "moralización" a
propósito de los símbolos» (31).
Teniendo presente lo que puede verse de sus comportamientos,
teóricos y prácticos, sería conveniente que los Masones actuales
reconozcan que no les resulta para nada «fácil» extraer «las
determinaciones propiamente "técnicas"» del simbolismo masónico en
vista de su propia «construcción espiritual», mas cuando un ser de
la «altura» espiritual de René Guénon se expresó de tal forma, esto
quiere decir que a pesar de todo la cosa es posible.
Uno de los posibles significados de aquello que René Guénon
denomina, en el pasaje citado, «la construcción espiritual»,
objetivo por cierto más importante que la misma «construcción
física» (y que de todas maneras sirve como guía para esta última),
es el de reunir y ordenar la multiplicidad de los elementos
constitutivos de la individualidad humana para reconducirlos a la
unidad y de este modo construir un templo «interior» para el
Espíritu. Con tal propósito es por cierto útil y oportuno retomar la
siguiente observación que R.Guénon hacía presente en la «Gran
Tríada»: «[...] la transformación de la "piedra bruta" en "piedra
cúbica" representa la elaboración que debe sufrir la individualidad
común a fin de llegar a ser apta para servir de "soporte" o "base" a
la realización iniciática; la "piedra cúbica piramidal" representa
el efectivo agregado a esta individualidad de un principio de orden
supra-individual, que constituye la realización iniciática: esta
última por lo demás puede ser entendida analógicamente y por
consiguiente ser representada por el mismo símbolo en sus diversos
grados, dado que estos últimos se alcanzan siempre con operaciones
correspondientes entre sí, aunque en distintos niveles, como la
"obra al blanco" y la "obra al rojo" de los alquimistas»
(32).
Pero por lo que acabamos de citar está visto que el trabajo sobre
la piedra no constituye propiamente un trabajo «constructivo»; René
Guénon puntualizaba, en efecto, que «la presencia de materiales
preventivamente alistados es indispensable para la construcción de
un edificio, aunque tales materiales no podrán evidentemente cumplir
su destino hasta que no hayan encontrado su lugar en el edificio
mismo» (33).
La construcción implica que cada piedra sea colocada en el puesto
que le corresponde, y por otra parte «[...] la construcción
representa a la manifestación, en la que el principio no aparece
sino con el remate de la obra; y precisamente en virtud de esta
analogía la "primera piedra", o "piedra fundamental", puede ser
considerada como un "reflejo" de la "última piedra", que es la
verdadera "piedra angular"» (34). La construcción comienza por lo
tanto con una piedra y acaba con una piedra, y las diferencias entre
las piedras se limitan a la forma, dimensión y al lugar que ocupan
en el edificio. Considerando ahora que la Logia es un «lugar
iluminadísimo y regularísimo» y que es además un símbolo del Cosmos,
se podrá inferir de lo que antecede, para que la Logia pueda llegar
a ser un soporte apropiado para la presencia del Gran Arquitecto del
Universo, la necesidad de la fraternidad de sus miembros, dado que
todos ellos son otras tantas piedras; y de su organización
jerárquica, ya que cada uno de ellos debe ocupar el puesto que le ha
sido asignado, y que es diferente al de los demás. Por otra parte,
esta necesidad de una fraternidad que bien podemos llamar «técnica»,
es lo que Guénon evocaba concluyendo uno de sus primeros trabajos
sobre la Masonería, escrito en 1910 con el nombre de Palingenius:
«Cada uno de los miembros [de la Masonería], entrando en el Templo,
debe despojarse de la propia personalidad profana, y prescindir de
todo lo que sea ajeno a los principios fundamentales de la
Masonería, principios sobre los cuales todos deben unirse a fin de
trabajar conjuntamente en la Gran Obra de la Construcción universal»
(35). Mas este estudio nos parecería incompleto si no concluyese con
una última citación de una de las obras de René Guénon, en la que se
subraya el carácter verdaderamente universal del arte de la
construcción: «[...] cosas como el uso del simbolismo de los números
[...], o también del simbolismo "constructivo", no son de ningún
modo exclusivas de una u otra forma iniciática, sino que forman
parte de la categoría de aquellas que se encuentran dondequiera con
simples diferencias de ajuste, porque se refieren a ciencias o artes
que existen en todas las tradiciones, y con el mismo carácter
"sagrado"» (36).