El Cuadro de Logia constituye en la Masonería
especulativa un elemento indispensable para la apertura y el
desarrollo ritual de los trabajos, puesto que su presencia, en
virtud de la influencia espiritual inherente a los símbolos allí
representados, sacraliza el lugar en el que tales trabajos se llevan
a cabo, incluso cuando se trate de una pieza carente de otros
símbolos masónicos (1); desde este punto de vista, la diversidad que
se advierte en los símbolos representados en el Cuadro de Logia en
los tres grados puede corresponder no sólo a un tipo de trabajo
diferente, sino también a una diversa modalidad de acción de la
influencia espiritual, o bien a la acción de diferentes modalidades
de dicha influencia.
Por su colocación central, y puesto que
reproduce los principales símbolos que deberían decorar el Templo,
el Cuadro de Logia es un símbolo del «centro» que, como apuntaba
René Guénon refiriéndose a la «rueda cósmica» (2): «a pesar de
eso ha de ser concebido como conteniendo "principialmente" a la
rueda entera, y por este motivo Guillaume Poste! describe el
centro del Edén (que es a la vez el “centro del mundo” y su imagen)
como la "Rueda en medio de la Rueda”».
Vista la importancia del Cuadro de Logia en la
Masonería especulativa, no deja de llamar la atención que el mismo,
por lo que puede saberse, falte en la antigua Masonería operativa,
lo cual plantea dos problemas por lo demás estrechamente
relacionados: ¿qué es lo que en la antigua Masonería operativa hacía
las veces del Cuadro de Logia y cuál es el origen de este último?
Para intentar hallar una solución a estas cuestiones, conviene
referirse a lo que se conoce, gracias a la obra de René Guénon y a
las cartas de Clement Stretton (3), sobre los antiguos rituales
operativos.
En la antigua Masonería operativa existían siete
grados (4) y dos grandes Cuerpos: la Masonería de la Escuadra
(square masonry), o azul, y la Masonería del Arco
(arch masonry), o roja, la única que tenía derecho al compás.
Ambos Cuerpos poseían siete grados, que en la Masonería de la
Escuadra, de la cual deriva más directamente la Masonería
especulativa que precisamente aún hoy se llama Azul, eran, según lo
que dice Clement Stretton, los siguientes:
I grado, o grado de los Aprendices
(Apprentices), que, con el martillo, el cincel y la regla,
desbastaban la piedra bruta. Transcurrido un lapso obligatorio de
siete años en su condición de Aprendices, esto es desde los 14 hasta
los 21 años, durante los cuales no podían contraer matrimonio ni
tener relaciones con mujeres, pasaban al segundo grado con lo que
alcanzaban el estado de Francmasones (free-masons).
II grado, o grado de los Compañeros (Fellows
of the Craft), que, con los mismos instrumentos que los
aprendices, a más de escuadra, nivel y plomada, escuadraban a la
perfección la piedra bruta. Su nombre era Giblim(5).
III grado, o grado de los Super-Compañeros
(Super-Fellows), o Compañeros de la Marca, quienes tras
verificar la exactitud de la obra marcaban con mallete y cincel la
piedra escuadrada (6).
IV grado, llamado Sitio del Templo, donde sin
emplear instrumentos metálicos, se disponían y erigían, según el
orden establecido por las marcas, las piedras provenientes del grado
anterior. En este grado se procedía, pues, a la construcción del
Templo.
V grado, o grado de los Superintendentes de los
Trabajos, cuyo nombre hebreo era Menatzchim(7), los que
debían ocuparse de instruir y vigilar a los Aprendices y Compañeros
de grado inferior.
VI grado, o grado de aquellos que habían superado
el examen de Maestro (Passed-Masters), y cuyo nombre hebreo
era Harodim (8). Estos no podían superar el número de quince.
VII grado, constituido por tres Maestros Masones
en funciones, que respectivamente representaban al Rey Salomón, a
Hiram, Rey de Tiro, y a Hiram-Abif, el Arquitecto.
En una Logia operativa, según lo que refiere Clement Stretton, los
trabajos se desarrollaban al mismo tiempo en los siete grados,
motivo por el cual era necesario disponer de siete cámaras, una para cada grado; con arreglo a un esquema que el mismo
delineara, esas cámaras o «Logias» se hallaban
distribuidas en dos construcciones oblongas y paralelas, orientadas
según el eje Este-Oeste, cada una de las cuales comprendía tres
piezas: en la primera construcción, a la que se accedía por Oriente,
se hallaban dispuestas sucesivamente las cámaras de primero, segundo
y tercer grado, separadas unas de otras por una doble puerta; en la
segunda construcción, ubicada al norte de la primera, se encontraban
las cámaras de quinto, sexto y séptimo grado, con una doble puerta
entre las dos primeras y una plegadiza entre las dos últimas, de
modo que en éstas los trabajos podían llevarse a cabo a puertas
abiertas.
Esta segunda construcción, además de la puerta
principal de Oriente, disponía de otro acceso a Occidente, para uso
exclusivo de los tres Grandes Maestros. Por último, en el Noroeste
de dichas construcciones, se situaba la Logia de IV grado o Sitio
del Templo, que revestía una importancia muy especial en el conjunto
de los siete grados: además de ser el lugar donde se procedía a la
construcción del Templo, lugar sagrado al cual sólo se podía acceder
descalzos y con la cabeza cubierta, era también el escenario de
representaciones, en forma de dramas rituales, que anualmente
conmemoraban episodios importantes acontecidos durante la
construcción del Templo de Salomón, como la colocación de las
piedras fundamentales por parte del Rey Salomón, la muerte del
arquitecto Hiram-Abif, etc.
Por otra parte, en el centro del Sitio del
Templo, debajo del piso había una cámara subterránea, donde podían
acceder únicamente quienes habían obtenido el grado de Maestro (VI y
VII), y en la que se custodiaban adentro de una columna cuadrangular
los planos del Templo y el «Centro». Por el centro de la bóveda de
esta cámara subterránea y proveniente del techo del Templo descendía
una plomada azul, que colgaba al centro de una esvástica
(9); en
esta cámara, finalmente, a la cual se ajusta muy bien la
denominación de «Cámara del Medio», tenía lugar la iniciación al
séptimo grado.
Ahora bien, mientras que en la Masonería
especulativa los trabajos comienzan siempre en cámara de Aprendiz,
para en todo caso pasar luego a los demás grados, en la Masonería
operativa la apertura de la Logia era llevada a cabo primero de
forma privada por los tres Grandes Maestros en la cámara de séptimo
grado, y sucesivamente, por su mandato, se alargaba a los grados
inferiores; en cierto sentido, puede decirse que la influencia
espiritual descendiese primero de manera «vertical» en la cámara del
séptimo grado, para luego ser transmitida y «participada» de manera
«horizontal» a los grados inferiores. Al respecto se puede citar un
artículo de René Guénon, en donde éste afirmaba: «En efecto, una
Logia operativa no puede ser abierta más que con el concurso de tres
Maestros, provistos de tres varas cuyas respectivas longitudes están
en relación con los números 3, 4 y 5; y solo cuando estas tres varas
han sido arrimadas y dispuestas de manera tal de componer el
triángulo rectángulo pitagórico puede tener lugar la apertura de los
trabajos. Siendo así, es fácil comprender que una palabra sagrada
puede análogamente hallarse formada por tres partes, y tales son las
tres sílabas, cada una de las cuales puede ser pronunciada tan solo
por uno de los tres Maestros, de modo que, faltando uno de ellos,
tanto la palabra como el triángulo quedarían incompletos, y ya nada
valedero podría llevarse a cabo» (10).
En la Masonería operativa, según refiere Clement
Stretton, el descenso de la influencia espiritual requería
efectivamente de la invocación ritual de tres Nombres divinos, cada
uno de ellos monosilábico, y el soporte geométrico de la misma en
lugar de ser el Cuadro de Logia era el triángulo rectángulo
constituido por tres varas que medían respectivamente tres, cuatro y
cinco codos; al finalizar este rito, siempre en cámara de séptimo
grado, se procedía a realizar un «saludo» vuelto a un Nombre divino
hebreo trisilábico, cuyo valor numérico es 345, de donde surge
claramente la conexión con las tres varas.
Pero hacia fines del siglo XVII los masones
operativos se veían obligados cada vez con mayor frecuencia, por las
variadas circunstancias de tiempo y lugar, a reunirse en hosterías,
que disponían en lo alto de un salón suficientemente amplio. En
tales condiciones, para poder mantener la constitución en siete
cámaras de una Logia operativa, los locales que se hallaban en
disposición eran subdivididos en siete compartimientos por cortinas
de tela (11); por otra parte, en dichos locales no siempre se podía
disponer de todos los enseres «masónicos» y modelos simbólicos
necesarios, por lo que los elementos faltantes se trazaban con yeso
o carbón en el suelo: en dicho trazado de los símbolos, con toda
probabilidad prerrogativa exclusiva de los Maestros, que eran los
únicos a quienes competía la realización del proyecto y por
consiguiente el diseño (12), se puede reconocer quizá una de las
fuentes de donde se originó el Cuadro de Logia.
Lo que no constituía sino una excepción para los
operativos, se convirtió en cambio en la norma consuetudinaria para
los especulativos, quienes al ser preferentemente masones
«aceptados» y además «cismáticos» de cualquier modo no podían
reunirse en Logias constituidas en la obra, ni mucho menos disponer
con facilidad de las herramientas del oficio; y fue precisamente
entre los especulativos, y en especial entre los «Modernos» donde
tomó pié la costumbre de trazar una Logia simbólica en el piso del
lugar donde se reunían (13).
Fue solo más adelante que se instauró la práctica
de usar una Plancha de madera (board) colocada ya sea
directamente sobre el piso o bien sobre un caballete o trípode, de
allí la denominación de «trestle-board», donde cada vez se
procedía a trazar, al inicio de los trabajos, el Cuadro de Logia; y
posteriormente, hacia finales del siglo XVIII, se remplazó la
Plancha de trazar (tracing-board) con Cuadros de Logia
establemente pintados ya sea sobre tela u otros materiales, con una
«gran variedad en los dibujos empleados por las diferentes Logias,
aunque los símbolos principales naturalmente estuvieran siempre
presentes» (14).
Finalmente, en 1846, en Inglaterra, se llegó a
unificar el diseño de los Cuadros de Logia a través de un
«concurso», en el que se escogieron los que había presentado John
Harris, que desde entonces se mantienen en uso en la mayor parte de
las Logias anglosajonas.
Pero el mero hecho de poder determinar, cuando
fuera posible, un origen histórico y por consiguiente humano en lo
que toca al uso de un símbolo en particular, con todo no lleva a
superar un punto de vista harto exterior: si entonces el Cuadro de
Logia constituye en la Masonería especulativa un símbolo de notable
importancia «técnica», y si es verdad que de lo menos no puede
surgir lo más, hay que deducir que el verdadero origen, por decirlo
así, del Cuadro de Logia sería mejor buscarlo en una adaptación,
llevada a cabo de manera más o menos directa por la antigua
Masonería operativa, de símbolos preexistentes, a fin de llenar las
lagunas que se habían producido en la Masonería especulativa a causa
de la ignorancia de los fundadores de la Gran Logia de Inglaterra.
Teniendo presente, además, las significativas
discrepancias que se advierten no sólo en el ritual, sino también en
los Cuadros de Logia de la Masonería continental en comparación a la
anglosajona, como la respectiva posición del Sol y de la Luna y la
presencia en el Cuadro de Logia de Aprendiz de la Masonería inglesa
de los tres «pilares» en cambio de las dos «columnas», hay que dar
por sentado que esa adaptación ha sido operada según modalidades
diferentes en Francia y en Inglaterra (15).
Por lo que toca al depósito simbólico custodiado
por el Cuadro de Logia se puede juzgar que todo el Cuadro, o en
particular algunos de los símbolos allí representados, como la
Escuadra y el Compás (16), constituyan un sustituto del triángulo
rectángulo de proporciones 3-4-5 idóneo para sacralizar el lugar de
descenso de la influencia espiritual.
Asimismo se puede llegar a ver en la posición
central que ocupa el Cuadro de Logia una correspondencia con la
posición y la función central del «Sitio del Templo», que justamente
se consideraba como un lugar sagrado; a más de esto puede
reconocerse, en su carácter de diseño o símbolo gráfico, una
correspondencia con los planos de construcción del Templo de
Salomón, que en una Logia operativa se conservaban en la columna
subterránea del «Sitio del Templo» y que al abrirse los trabajos
recogía un Maestro (Passed Master) para luego disponerlos
verosímilmente en el centro de la cámara de VI grado.
Esta última consideración, que se refiere quizá
al «prototipo» más directo del Cuadro de Logia especulativo, nos
lleva pues a examinar el problema del trazado del Cuadro.
Para captar la importancia que reviste este
trazado puede ser de utilidad el siguiente paralelo: la lectura de
un texto sagrado en principio surte ciertamente el mismo efecto ya
sea que éste sea impreso o manuscrito, pero lo que se pierde en el
caso del texto impreso es el efecto inherente a la transcripción del
texto sagrado.
Análogamente, el uso de Cuadros de Logia impresos no obsta a la
eficacia ritual de los mismos, pero lo que de esa manera se pierde
es el significado simbólico y ritual propio de la acción y efecto de
trazarlos. Esta última, que es una tarea de exclusiva incumbencia de
los Maestros, constituye para el masón especulativo la única
posibilidad que le ha quedado de «vivir» una de las principales
funciones de los antiguos Maestros operativos, o sea, la de trazar
los planos de la construcción; asimismo, siendo el Cuadro de Logia
un símbolo del Cosmos, su trazado corresponde simbólicamente al
propio proceso cosmogónico, lo que pone aun más de relieve su
importancia.