a cura di
Heredom
De la fuente:
Rivista di Studi Tradizionali
n. 93, Luglio - Dicembre 2001

Traducción:
Bernardo Durante

 

Principios masonicos e «ideales» profanos

Principios masonicos e «ideales» profanos

 

 

 

Amedeo Zorzi

 

  1. Corán, sûra II, aleya 34.
  2. Corán, sûra XXXVIII, aleya 76.
  3. Memorable sigue siendo el caso de Leo Taxil, como ejemplo de paradojal mistificación urdida para desencadenar sobre la Masonería grotescas acusaciones que, por más increíbles que fueran, en aquella época tuvieron una indudable resonancia. No debe creerse que este tipo de antimasonismo haya desaparecido, al contrario; acusaciones no menos pesadas son divulgadas actualmente sobre todo por medio de la televisión; este instrumento permite, merced a un oportuno manejo, encubrir parcialmente la parte más burda de los embustes denigrantes, al menos a los ojos del público más superficial.
  4. Tenemos un ejemplo en el modo hasta obsesivo con el que se insiste en querer acoplar el nombre de Guénon al de J.Evola, tanto de parte de aquellos que tienen un propósito meramente denigratorio y por cierto encuentran más cómodo criticar a este último, como de parte de los «evolianos», que buscan anexarse en algún modo la figura de Guénon a pesar de toda evidencia y de las explícitas desmentidas.
  5. Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, vol. I, pág. 273.
Quien se acerque a la forma tradicional masónica dejando de lado los prejuicios que caracterizan a la mentalidad moderna, dispuesto a profundizar sus diversos argumentos y deseando comprender la naturaleza de aquello con lo que entra en contacto, no podrá dejar de constatar la existencia de un importante patrimonio simbólico, ritual y esotérico. Este patrimonio, sea lo que fuere del estado de decadencia de las organizaciones masónicas modernas, subsiste aún a pesar de todas las tentativas perpetradas hasta el presente para tratar de destruirlo, y proviene tanto de las más antiguas organizaciones iniciáticas vinculadas al arte de la construcción como también de elementos de otras formas iniciáticas occidentales actualmente desaparecidas, de modo que se puede asegurar con firmeza que la Masonería actual se ha mantenido como la única heredera de todo cuanto ha existido de iniciático y auténticamente esotérico en el mundo occidental.

Un estudio sobre como se ha producido el pasaje de la antigua Masonería operativa a la Masonería por decirlo así, moderna, o especulativa, es materia algo compleja, que esperamos poder retornar más específicamente en un futuro próximo; por ahora nos limitaremos a confirmar que, para cuantos se hayan interesado seriamente en esta cuestión, resulta incuestionable que la Masonería moderna, por más incompleta que se presente actualmente bajo ciertos aspectos, ha conservado sin embargo lo esencial, de modo que la iniciación que aún hoy puede ser transmitida, al menos allí donde se hayan mantenido los requisitos de «ortodoxia», es la misma iniciación que transmitían las organizaciones de oficios del medievo y que se perpetúa, a través de las distintas épocas, desde tiempo inmemorial.

Dicho esto, puede parecer sorprendente que en los ambientes masónicos actuales, el concepto de la regularidad de la filiación iniciática a la que hemos aludido no sea tan pacíficamente aceptado y, por el contrario, a veces encuentre encarnizados opositores. Algunos quieren sostener que la Masonería ha nacido efectivamente en 1717, sin vínculos efectivos con las organizaciones operativas preexistentes, y que no es más que una sociedad filosófica y filantrópica, en la que se persiguen determinados «ideales», que en definitiva no son más que aquellos que tenían curso en el siglo XVIII, propugnados por el moralismo protestante y el Iluminismo.

Quienes sostienen estas tesis no comprenden que, implícitamente, de esta manera desconocen la regularidad de la organización a la que pertenecen y la verdadera naturaleza de la iniciación misma cuyo rito de transmisión, por otra parte, se reduce para ellos a una simple «ceremonia». Preguntarse porqué, en los ambientes masónicos actuales, exista un rechazo a la aceptación del carácter tradicional de la Masonería, equivaldría al fin y al cabo a preguntarse porqué, en esos mismos ambientes, haya sido rechazado el mensaje de René Guénon (salvo excepciones que representan de todas maneras una pequeña minoría). Precisamente la obra que podría suministrar la clave para comprender el significado de esos símbolos y ritos que, a pesar de todo, siguen siendo conservados y transmitidos (al menos por ahora y por cierto no en todos lados), o aparece claramente rechazada, o se la acepta al igual que cualquier otra en nombre de la «tolerancia», lo que de hecho equivale a desconocer su auténtico significado.

Por otra parte, es muy raro que las solicitudes de «afiliación» sean una consecuencia de aquella metànoia que debería manifestarse en quien tiene una real aspiración hacia la vía iniciática; en general no hay una búsqueda en sentido intelectual, ni un verdadero cambio de mentalidad. Así es como cada uno se convierte en portador de las ideas del mundo profano y de las propias tendencias individuales, de modo que es lo interior lo que resulta influenciado por lo exterior y no al revés, como legítimamente debería ser. Por eso es que los ambientes masónicos, desde fines del siglo XVII, fueron siempre condicionados de alguna manera por la ideas «profanas» que de tiempo en tiempo se imponían en Occidente; y, sin embargo, es necesario reconocer que, a pesar de ello, la Masonería siempre puso de manifiesto una sorprendente capacidad de «autoconservación».

Aludíamos anteriormente a la influencia del Protestantismo y del Iluminismo; en efecto, la formación de la Masonería especulativa, que tuvo lugar en Inglaterra al comienzo del siglo XVIII, fue también el resultado de un proceso de «protestantización» de las organizaciones masónicas, las que previamente eran preponderantemente católicas, y por otra parte, este cambio resultaba inevitable, por el impulso de fuertes condicionamientos políticos. En el resto de Europa, el nuevo curso, nacido de la Gran Logia de Inglaterra, asumió en cambio principalmente un carácter filosófico-iluminísta y anticlerical.

De modo que estas organizaciones se encontraron con una contradicción interna, ya que por un lado tenían la función de conservar un patrimonio tradicional, y por el otro se veían contaminadas por una difusa mentalidad de tipo filosófico profano y por lo tanto antitradicional; tenemos así, por una parte, la transmisión iniciática y las prácticas rituales, y por la otra, la adopción de un punto de vista moral y «laico». De tales contradicciones solo podían surgir equívocos de todo tipo y uno de los más graves fue precisamente la confusión entre los puntos de vista ritual y moral, al afirmarse la idea de que ritos y símbolos deban ser entendidos según un «significado moral».

Ritos y símbolos representan, en el mundo humano, las reales correspondencias que vinculan entre sí a los múltiples estados de existencia y el nexo de todas estas diferentes realidades con los principios metafísicos de los que todas dependen; por ello, ritos y símbolos constituyen un instrumento indispensable para establecer una comunicación entre el mundo humano y los estados superiores del Ser. De este modo el símbolo extiende su verdadera función más allá de lo que es el dominio racional y discursivo, y por consiguiente el simbolismo no puede ser finalizado a algo que, por el contrario, está contenido exclusivamente en tal dominio y aquí se agota.

Todo cuanto concierne a la moral puede ser fácilmente comprendido con la razón y acabadamente expresado con la dialéctica: se trata de cuestiones que cualquier profano puede comprender, por lo que resultarían totalmente superfluas una iniciación y una enseñanza esotérica, enseñanza que, por lo demás, no tendría objeto. Frente a tal contradicción, que debería mover a investigar cual pueda ser el verdadero significado de estos elementos tradicionales, algunos masones modernos llegan, por el contrario, a la conclusión de que tales elementos serían efectivamente inútiles e incluso hasta proponen su eliminación. Y por otra parte, una vez «establecido» que estas cosas no sirven ¿para qué conservarlas?.

Quizá valdría la pena detenerse un poco sobre este tipo de deducciones, en cuanto pertenecen a una amplia categoría dentro de la cual se podrían incluir prácticamente todas las afirmaciones antitradicionales.

Al respecto puede ser significativo referirnos a lo que en la tradición islámica es el episodio de la rebelión y la «caída» de Iblis, en cuanto allí se encuentra, por decirlo así, el prototipo del razonamiento antitradicional. Señalamos, como digresión, que la tradición islámica es la única que conserva una revelación sobre este tema, importante y significativo desde el punto de vista cosmológico, dado que tanto el Cristianismo como el Judaismo desde hace ya muchos siglos han relegado entre los textos «apócrifos» a aquellos en los que se menciona esta cuestión. Por el contrario, encontramos este episodio en muchos puntos del Corán, cuando Allâh ordena a los angeles prosternarse ante Adán. Recordamos que en la tradición islámica Adán es un profeta, tal como se encuentra explícitamente afirmado en la Sûra II, v. 30: «Y cuando tu Señor le dijo a los Angeles: - en verdad, estableceré un vicario (khalîfatan) sobre la tierra - ellos dijeron: pondrás sobre ella a alguien que sembrará la corrupción y derramará sangre, mientras nosotros Te glorificamos y Te santificamos?» El dijo: «en verdad Yo sé aquello que vosotros ignoráis».

Hay, pues, de parte de los ángeles, una renuencia debida a una falta de comprensión, pese a lo cual acatan la orden divina:

«Y cuando dijimos a los Angeles: -prosternaos ante Adán-, todos se prosternaron excepto Iblis que se negó por orgullo y se colocó entre los infieles» (1).

Cual es la objeción de Iblis? «soy mejor que él: me has creado a partir del fuego mientras a él lo has creado a partir de la arcilla» (2). Al no comprender cual es en verdad la naturaleza del ser en el grado de la Identidad Suprema, Iblis encuentra un pretexto en aquella que, en el dominio individual, puede ser una precedencia en el orden de producción de los elementos, oponiéndola a la verdadera jerarquía espiritual, según el orden divino.

Se podría decir que, ante aquello que no comprende, la inteligencia relativa de un ser se encuentra frente a una alternativa: reconocer los propios límites aceptando lo que la supera, o bien afirmarse a sí misma como un valor absoluto, negando lo que no puede comprender. En esta afirmación de lo que es relativo e ilusorio, afirmación que al mismo tiempo se torna negación de la verdad, debe pues buscarse la raíz del orgullo y de todos esos procesos mentales que llevan a la negación de las enseñanzas tradicionales y, en general, a la negación de las verdades metafísicas.

La cortedad de la inteligencia individual no puede tomarse como pretexto para sostener la imposibilidad de aceptar o de reconocer aquello que le es superior y que va más allá de los propios límites, por cuanto ningún ser se halla «separado» del Principio. Hasta en los casos más adversos de ofuscamiento y pérdida del rumbo, todos los seres humanos deben con todo conservar, en alguna medida, una consciencia y una posibilidad de discriminación entre lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, lo superior y lo inferior; tal conciencia de la verdad puede incluso hallarse sepultada, sofocada, olvidada, a pesar de lo cual, mientras exista la naturaleza humana, debe subsistir en alguna medida una facultad de discriminación que otorgue un sentido a la responsabilidad en las acciones y en las modalidades de pensamiento. Esta huella, que necesariamente subsiste en cuanto corresponde a la naturaleza más profunda y auténtica del ser humano, debería resultar más evidente y reconocible en quienes han recibido una iniciación, la cual, aunque sea todavía «virtual», ciertamente nunca podrá dejar de tener su peso.

Así como existe esta consciencia de la verdad que debería conducir a ese camino que responde al nombre, en sentido espiritual, de «sendero recto», así también la negación, la aparente e ilusoria oposición a la verdad es a su vez necesariamente consciente, y es una cuestión de elección, dictada en este último caso, por una irrefrenable tendencia al individualismo y a la separatividad.

«El está hecho de tierra», dice Iblis: hay en esta objeción un procedimiento que parte de una «definición», de la imposición apriorística de un límite; así es como, clasificando al objeto en la categoría de todo lo que se encuentra caracterizado por este límite o por este carácter (todo lo que es de tierra), y tomándolo en consideración únicamente según este aspecto, lo equipara y lo juzga igualmente que a los demás objetos que pertenecen a la misma categoría. El paso siguiente de este procedimiento es la afirmación de la propia superioridad en cuanto sujeto no incluído en la categoría en cuestión.

Si se examinan los procedimientos con los que, desde la antigüedad hasta nuestros días, ha sido negado el punto de vista metafísico y, por consiguiente, la enseñanza tradicional, y en general todo cuanto proviene del dominio de lo «sagrado», se comprende fácilmente como tales procedimientos siguen, con pocas variantes, este particular mecanismo dialéctico que representa una suerte de esquema genérico de la mistificación.

Se podría aducir el ejemplo del rechazo de esas enseñanzas tradicionales que se hallan expresadas en forma de cuentos simbólicos, mediante la afirmación de que se trataría de simples leyendas o «fábulas de los antiguos», asimilando estas enseñanzas, de manera apriorística e indebida, a la categoría de los relatos de fantasía y sosteniendo luego la superioridad de quien no les presta fe.

Otro ejemplo podría ser el de aquellos que buscan desvirtuar al esoterismo asimilándolo al misticismo, para tratar de englobar todo en el dominio exotérico y luego emitir juicios en una materia sobre la cual no tienen la más mínima competencia. O también el de las tentativas de asimilar el esoterismo auténtico a la categoría de todas las formas de pseudo-esoterismo, a fin de cargar sobre el verdadero el descrédito que justamente merece la categoría del falso esoterismo. Una forma extrema de este último caso de mistificación consiste en el empleo del término «esoterismo» para designar aquello que pertenece al dominio de la brujería y del satanismo, con el resultado de proyectar una sombra siniestra sobre todo lo que puede ser legítimamente designado como «esotérico» y de invertir de manera verdaderamente «satánica» el significado auténtico del término (3).

Las técnicas mistificatorias de que nos estamos ocupando han sido aplicadas copiosamente contra la obra de Guénon y contra su persona misma, por ejemplo arrimando abusivamente su nombre al de otros autores, para crear la opinión de que deberían también en su caso valer las críticas que justa y fácilmente pueden formularse con respecto a otros, que en realidad nada tienen que ver con la obra de Guénon (4).

Volviendo ahora al asunto del cual partían estas apreciaciones, el sostener que ritos y símbolos tienen simplemente un significado moral o social, constituye una falsa afirmación, que dimana de un punto de vista profano y sigue ese mecanismo de negación del que hemos hablado. Ritos y símbolos son considerados en su aspecto más exterior, y asimilados a todo aquello clasificable como poseedor de significado social, sentimental, filosófico o individual. De este modo resulta negada la real naturaleza y la auténtica función del simbolismo, abriéndose así la puerta a sucesivas fases de desviación y subversión. Notaremos entre las primeras consecuencias, una supuesta superioridad de la ciencia moderna respecto al simbolismo así malentendido, por la mayor complejidad racional de la ciencia respecto a la obviedad de los conceptos «moralísticos». Evidentemente, una tal incomprensión conducirá a subestimar la importancia de las prácticas rituales, las que podrán ser abreviadas o demasiado fácilmente modificadas, con la consiguiente pérdida de importantes elementos y un progresivo empobrecimiento del ritual, hasta el caso extremo de aquellos grupos marginales que tenderían a eliminar como «inútil» todo lo que en cambio constituye realmente lo esencial y cuya conservación ya es, en fin de cuentas, y a falta de una verdadera capacidad y voluntad de comprensión, la única razón de ser valedera de las organizaciones en cuestión.

Cuanto estamos diciendo acerca de la ilegitimidad, en el dominio iniciático, del punto de vista de la moral laica, que no se diferencia del mismo punto de vista profano, de ningún modo implica menoscabar la importancia de esas reglas tradicionales e iniciáticas que establecen conductas que exteriormente consisten en la práctica de las «virtudes»; por el contrario, desde el punto de vista iniciático, tales reglas podrán mostrarse en su verdadero significado y en todo su alcance, en vez de presentarse con el mero aspecto de la obligación. Ni tampoco entendemos negar que una organización iniciática pueda cumplir, bien que como una modalidad secundaria, una acción encaminada a ejercer una influencia positiva sobre la sociedad. Aun entendiendo la acción en un sentido exterior y práctico (como en el caso de iniciativas humanitarias), dicha acción, en sí misma, no contrastaría en absoluto con cuanto que corresponde a un aspecto más profundo, antes bien podría ser vista como un reflejo, aun cuando lejano, de una característica de las antiguas corporaciones de oficio, o sea la de realizar un trabajo indispensable para toda la comunidad. Tan sólo que no debería confundirse lo interior con lo exterior, lo esencial con lo accesorio, y sobre todo, la acción exterior no deberia llevar a amoldarse tout-court a la mentalidad profana.

Puede reconocerse a la moral todavía un cierto valor tradicional cuando se la considera como un aspecto de una práctica religiosa exotérica; pero cuando incluso este punto de vista haya desaparecido y todo se reduzca a un laicismo ético-deontológico, de hecho habrá desaparecido, en dicha óptica, toda ocasión de anclaje con la tradición. En tales condiciones, este subproducto de lo que la moral era en origen, se vuelve algo meramente filosófico y «subjetivo», susceptible pues de modificarse en el tiempo, en función de las corrientes psíquicas y de las opiniones que periódicamente llegan a impresionar la mentalidad general. Así aquéllos que parecían «principios» , se tornan poco a poco algo inestable y fluctuante, en donde puede insertarse cualquier ideología, hasta la más incompatible con los valores que se abrigaba de la ilusión de custodiar.

Estas últimas consideraciones nos llevan a decir algunas palabras sobre otra «idea fija» de los masones modernos, la de la «tolerancia», entendida como un supuesto principio masónico.

También en este caso habría al menos una acepción según la cual la tolerancia podría representar, si bien no un «principio» por lo menos una regla óptima: la de considerarla como sinónimo de paciencia. En efecto, es bien conocida la gran importancia que todas las tradiciones atribuyen a la paciencia, tanto en el dominio exotérico como en el esotérico. Pero, junto a este sentido legítimo, en el término de tolerancia, tal como es comúnmente entendido, se encuentran englobados otros significados totalmente incompatibles con el punto de vista iniciático: por una indebida transposición de los ideales democráticos, basta que alguien sostenga una idea cualquiera para que ésta automáticamente tenga derecho a ser tomada en consideración a la par de cualquier otra; esto lleva a lo que muchas veces Guénon definiera como una indiferencia hacia la verdad, y resulta más que evidente que una tal forma mentis constituye, en el ámbito iniciático, una verdadera «descalificación».

Recordamos, aunque se trate de una afirmación que debe darse por descontada, que un iniciado debería ser, antes que nada, un buscador de la Verdad y que, cualesquiera sean la diferencias existentes entre las distintas formas iniciáticas y los diferentes niveles, el método de búsqueda de la verdad, como quiera que sea, es siempre referible a una discriminación entre lo verdadero y lo falso. Una rigurosa, constante, sutil discriminación debe ser aplicada tanto en el ahondamiento doctrinal teórico como en la aplicación del método, como así también, en general, en todo lo que forma parte de la vida, y tal «actividad» es sólo un reflejo de la verdadera discriminación entre lo real y lo ilusorio que deberá ser ejercitada, eminentemente, en el caso de un pasaje a lo operativo. Debería entonces resultar del todo patente por que la invención de un pseudo-principio de «tolerancia», donde verdadero y falso se confunden y gozan de igual derecho, represente, en un ámbito iniciático, una verdadera anomalía; y que debería decirse de aquellos casos en los que, en nombre de este malentendido «principio» no solo se admite lo que es falso en el sentido de «no real», sino también ideas y comportamientos que provienen de los bajos fondos del psiquismo inferior y representan verdaderas aberraciones; bien se aplica a casos similares la advertencia con la que Guénon, en La crisis del mundo moderno, concluía el capítulo dedicado al individualismo: «"Hay de vosotros, guías ciegos" se dice en el Evangelio; en efecto, hoy en día, por todas partes, no se ven más que ciegos que guían a otros ciegos, y que, si no serán detenidos a tiempo, los conducirán fatalmente al abismo en el que se despeñarán todos juntos».

Las apreciaciones que hemos expuesto a propósito de la «tolerancia», se aplican en gran parte incluso a otro factor considerado esencial e insustituible, como es el de la «discusión».

Como hemos recordado anteriormente, ya desde el comienzo del siglo XVIII el Protestantismo ejerció una pesada influencia en la formación de las modernas organizaciones masónicas, y el «libre examen» acabó por introducirse en ellas, salvo excepciones, en concomitancia con el debilitamiento, en su interior, de una válida enseñanza tradicional. Por otra parte, una vez admitida la idea de que la actividad caracterizadora debía ser la «especulación filosófica», nos encontramos de hecho en el campo de las ideas individuales y de la interpretación individual de los datos tradicionales, con las consecuencias que fácilmente se puede imaginar. Semejante planteo resulta, con toda evidencia, incompatible con la aplicación de cualquier método iniciático válido, y una vez aceptado y generalizado, conlleva un verdadero desvío de lo que debería ser la legítima finalidad de una organización iniciática.

Cuando nos encontramos ante doctrinas tradicionales auténticas, nada puede ser puesto en discusión; sin embargo, podemos preguntarnos si, en el ejercicio de esa actividad de discriminación a la que hemos aludido anteriormente, no se pueda encontrar una aplicación iniciáticamente válida de una forma de diálogo, que no verse sobre ideas individuales, sino que se transforme en un instrumento exterior de verificación de la comprensión doctrinal.

El trabajo masónico es fundamentalmente y por su naturaleza misma, trabajo colectivo, y por otra parte no se puede exponer la doctrina sino por medio de expresiones verbales; por lo que, allí donde el empeño esté principalmente dirigido, tal como debería estarlo, a un progresivo mejoramiento del conocimiento doctrinal, mediante la profundización y la rectificación de los defectos de comprensión, este trabajo no puede dejar de asumir la forma de un intercambio dialéctico; hay que precisar, además, que en realidad se trata de algo que no se agota en un mero «estudio», precisamente por el valor iniciático que este método adquiere, cuando se lleve a cabo en un ámbito ritual.

Este aspecto dialéctico del trabajo iniciático colectivo de ningún modo debe confundirse con la «discusión», tal como el punto de vista profano usualmente la entiende, no teniendo en común con ésta ni el objeto ni la finalidad.

Otra práctica que es corrientemente considerada como una aplicación de estos mismos presuntos «ideales masónicos», es la de asumir las decisiones a base de votaciones. Encontramos aquí, una vez más, un elemento que podría ser enteramente compatible con el punto de vista ritual: en muchas tradiciones, no solo occidentales, existen procedimientos orientados a tomar determinadas decisiones, que toman la forma de una votación. En estos casos la operación colectiva es un verdadero rito, que deviene soporte de una presencia espiritual; si todo se cumple en las condiciones establecidas, las opciones derivantes ya no constituyen simples preferencias individuales sino cooptaciones conformes a aquello que es realmente justo y acorde con la ortodoxia tradicional. Al contrario, sustituyendo estos conceptos con las ideas propias de la mentalidad profana, estas prácticas rituales se trocarán inmediatamente en votaciones democráticas de las que no surgirá otra cosa que la opinión de la mayoría.

De los ejemplos señalados, se puede comprender como la estructura corporativa y el carácter colectivo del trabajo, que siempre distinguieron a las organizaciones iniciáticas de oficio, han terminado por constituir, merced a la acción de las fuerzas antitradicionales, un soporte propicio para la intrusión de las ideas democráticas; esto sucedió, como hemos visto, con una interpretación en sentido profano de muchos elementos auténticamente rituales, a medida que se iba debilitando la consciencia de la verdadera naturaleza de estos últimos, y con la continua recepción de personas cada vez más contaminadas con la mentalidad profana y menos calificadas desde el punto de vista iniciático.

Este proceso de decadencia atravesó fases particularmente críticas, como la que coincidió con la constitución de la Gran Logia de Inglaterra; como es sabido se sucedieron, en distintas épocas, tentativas de «rectificación» y de restauración de la regularidad iniciática; tentativas que lograron resultados ciertamente importantes, sobre todo desde el punto de vista ritual; pero no se dió nunca, por lo menos en general, la posibilidad de una restauración completa, que implicase también el retorno a una mentalidad auténticamente tradicional. Todo esto también tuvo, paradojalmente, un aspecto positivo, dado que así la Masonería se mantuvo hasta nuestros días, mientras que, si se hubiese rechazado todo arreglo, probablemente la misma se hubiera visto aplastada por el mundo moderno y habría desaparecido, como las demás formas iniciáticas occidentales. Pero digamos enseguida que esta subsistencia ciertamente no se verificó merced a los factores contaminantes a los que hemos aludido, sino gracias a aquello que ha sido realmente conservado, y en todo caso se puede hablar de subsistencia sólo donde se haya mantenido realmente ese conjunto de reglas y de condiciones que constituyen propiamente la «ortodoxia masónica». Cuando, por el contrario, la existencia de irregularidades sea tan importante como para tornar el ambiente cada vez menos propicio para el desarrollo de un trabajo iniciático válido, es legítimo preguntarse hasta que punto realmente pueden haber llegado las cosas.

Bien es verdad que, como dice Guénon, hablando de la Masonería: «... la incomprensión de sus adherentes e incluso la de sus dirigentes no altera para nada el valor propio de los ritos y símbolos de los que sigue siendo depositaria» (5). Sin embargo, también es cierto que un proceso de menoscabo y de desviación no puede proseguir indefinidamente, incluso porque la incomprensión trae consigo la pérdida progresiva del patrimonio tradicional, la alteración y el malentendimiento de sus elementos, favoreciendo asimismo cada vez más la infiltración de fuerzas antitradicionales y contrainiciáticas. ¿Debemos pensar que este proceso llegará hasta sus últimas consecuencias y sobrevendrá la muerte, o bien es posible esperar que la gran vitalidad de la iniciación masónica triunfará una vez más y en un futuro habrá todavía alguien que, gracias a una verdadera comprensión doctrinal, sentirá el deber interior ineludible de «atestiguar la Luz?».