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Corán, sûra II, aleya 34.
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Corán, sûra XXXVIII, aleya 76.
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Memorable sigue
siendo el caso de Leo Taxil, como ejemplo de paradojal mistificación urdida para
desencadenar sobre la Masonería grotescas acusaciones que, por más increíbles
que fueran, en aquella época tuvieron una indudable resonancia. No debe creerse
que este tipo de antimasonismo haya desaparecido, al contrario; acusaciones no
menos pesadas son divulgadas actualmente sobre todo por medio de la televisión;
este instrumento permite, merced a un oportuno manejo, encubrir parcialmente la
parte más burda de los embustes denigrantes, al menos a los ojos del público más
superficial.
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Tenemos un ejemplo en el modo hasta
obsesivo con el que se insiste en querer acoplar el nombre de Guénon al de
J.Evola, tanto de parte de aquellos que tienen un propósito meramente
denigratorio y por cierto encuentran más cómodo criticar a este último, como de
parte de los «evolianos», que buscan anexarse en algún modo la figura de Guénon
a pesar de toda evidencia y de las explícitas desmentidas.
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Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, vol. I, pág.
273.
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Quien se acerque a la forma tradicional masónica dejando de lado
los prejuicios que caracterizan a la mentalidad moderna, dispuesto a
profundizar sus diversos argumentos y deseando comprender la
naturaleza de aquello con lo que entra en contacto, no podrá dejar
de constatar la existencia de un importante patrimonio simbólico,
ritual y esotérico. Este patrimonio, sea lo que fuere del estado de
decadencia de las organizaciones masónicas modernas, subsiste aún a
pesar de todas las tentativas perpetradas hasta el presente para
tratar de destruirlo, y proviene tanto de las más antiguas
organizaciones iniciáticas vinculadas al arte de la construcción
como también de elementos de otras formas iniciáticas occidentales
actualmente desaparecidas, de modo que se puede asegurar con firmeza
que la Masonería actual se ha mantenido como la única heredera de
todo cuanto ha existido de iniciático y auténticamente esotérico en
el mundo occidental.
Un estudio sobre como se ha producido el pasaje de la antigua
Masonería operativa a la Masonería por decirlo así, moderna,
o especulativa, es materia algo compleja, que esperamos poder
retornar más específicamente en un futuro próximo; por ahora nos
limitaremos a confirmar que, para cuantos se hayan interesado
seriamente en esta cuestión, resulta incuestionable que la Masonería
moderna, por más incompleta que se presente actualmente bajo ciertos
aspectos, ha conservado sin embargo lo esencial, de modo que la
iniciación que aún hoy puede ser transmitida, al menos allí donde se
hayan mantenido los requisitos de «ortodoxia», es la misma
iniciación que transmitían las organizaciones de oficios del medievo
y que se perpetúa, a través de las distintas épocas, desde tiempo
inmemorial.
Dicho esto, puede parecer sorprendente que en los ambientes
masónicos actuales, el concepto de la regularidad de la filiación
iniciática a la que hemos aludido no sea tan pacíficamente aceptado
y, por el contrario, a veces encuentre encarnizados opositores.
Algunos quieren sostener que la Masonería ha nacido efectivamente en
1717, sin vínculos efectivos con las organizaciones operativas
preexistentes, y que no es más que una sociedad filosófica y
filantrópica, en la que se persiguen determinados «ideales», que en
definitiva no son más que aquellos que tenían curso en el siglo
XVIII, propugnados por el moralismo protestante y el Iluminismo.
Quienes sostienen estas tesis no comprenden que, implícitamente,
de esta manera desconocen la regularidad de la organización a la que
pertenecen y la verdadera naturaleza de la iniciación misma cuyo
rito de transmisión, por otra parte, se reduce para ellos a una
simple «ceremonia». Preguntarse porqué, en los ambientes masónicos
actuales, exista un rechazo a la aceptación del carácter tradicional
de la Masonería, equivaldría al fin y al cabo a preguntarse porqué,
en esos mismos ambientes, haya sido rechazado el mensaje de René
Guénon (salvo excepciones que representan de todas maneras una
pequeña minoría). Precisamente la obra que podría suministrar la
clave para comprender el significado de esos símbolos y ritos que, a
pesar de todo, siguen siendo conservados y transmitidos (al menos
por ahora y por cierto no en todos lados), o aparece claramente
rechazada, o se la acepta al igual que cualquier otra en nombre de
la «tolerancia», lo que de hecho equivale a desconocer su auténtico
significado.
Por otra parte, es muy raro que las solicitudes de «afiliación»
sean una consecuencia de aquella metànoia que debería
manifestarse en quien tiene una real aspiración hacia la vía
iniciática; en general no hay una búsqueda en sentido intelectual,
ni un verdadero cambio de mentalidad. Así es como cada uno se
convierte en portador de las ideas del mundo profano y de las
propias tendencias individuales, de modo que es lo interior lo que
resulta influenciado por lo exterior y no al revés, como
legítimamente debería ser. Por eso es que los ambientes masónicos,
desde fines del siglo XVII, fueron siempre condicionados de alguna
manera por la ideas «profanas» que de tiempo en tiempo se imponían
en Occidente; y, sin embargo, es necesario reconocer que, a pesar de
ello, la Masonería siempre puso de manifiesto una sorprendente
capacidad de «autoconservación».
Aludíamos anteriormente a la influencia del Protestantismo y del
Iluminismo; en efecto, la formación de la Masonería especulativa,
que tuvo lugar en Inglaterra al comienzo del siglo XVIII, fue
también el resultado de un proceso de «protestantización» de las
organizaciones masónicas, las que previamente eran
preponderantemente católicas, y por otra parte, este cambio
resultaba inevitable, por el impulso de fuertes condicionamientos
políticos. En el resto de Europa, el nuevo curso, nacido de la Gran
Logia de Inglaterra, asumió en cambio principalmente un carácter
filosófico-iluminísta y anticlerical.
De modo que estas organizaciones se encontraron con una
contradicción interna, ya que por un lado tenían la función de
conservar un patrimonio tradicional, y por el otro se veían
contaminadas por una difusa mentalidad de tipo filosófico profano y
por lo tanto antitradicional; tenemos así, por una parte, la
transmisión iniciática y las prácticas rituales, y por la otra, la
adopción de un punto de vista moral y «laico». De tales
contradicciones solo podían surgir equívocos de todo tipo y uno de
los más graves fue precisamente la confusión entre los puntos de
vista ritual y moral, al afirmarse la idea de que ritos y símbolos
deban ser entendidos según un «significado moral».
Ritos y símbolos representan, en el mundo humano, las reales
correspondencias que vinculan entre sí a los múltiples estados de
existencia y el nexo de todas estas diferentes realidades con los
principios metafísicos de los que todas dependen; por ello, ritos y
símbolos constituyen un instrumento indispensable para establecer
una comunicación entre el mundo humano y los estados superiores del
Ser. De este modo el símbolo extiende su verdadera función más allá
de lo que es el dominio racional y discursivo, y por consiguiente el
simbolismo no puede ser finalizado a algo que, por el contrario,
está contenido exclusivamente en tal dominio y aquí se agota.
Todo cuanto concierne a la moral puede ser fácilmente comprendido
con la razón y acabadamente expresado con la dialéctica: se trata de
cuestiones que cualquier profano puede comprender, por lo que
resultarían totalmente superfluas una iniciación y una enseñanza
esotérica, enseñanza que, por lo demás, no tendría objeto. Frente a
tal contradicción, que debería mover a investigar cual pueda ser el
verdadero significado de estos elementos tradicionales, algunos
masones modernos llegan, por el contrario, a la conclusión de que
tales elementos serían efectivamente inútiles e incluso hasta
proponen su eliminación. Y por otra parte, una vez «establecido» que
estas cosas no sirven ¿para qué conservarlas?.
Quizá valdría la pena detenerse un poco sobre este tipo de
deducciones, en cuanto pertenecen a una amplia categoría dentro de
la cual se podrían incluir prácticamente todas las afirmaciones
antitradicionales.
Al respecto puede ser significativo referirnos a lo que en la
tradición islámica es el episodio de la rebelión y la «caída» de
Iblis, en cuanto allí se encuentra, por decirlo así, el prototipo
del razonamiento antitradicional. Señalamos, como digresión, que la
tradición islámica es la única que conserva una revelación sobre
este tema, importante y significativo desde el punto de vista
cosmológico, dado que tanto el Cristianismo como el Judaismo desde
hace ya muchos siglos han relegado entre los textos «apócrifos» a
aquellos en los que se menciona esta cuestión. Por el contrario,
encontramos este episodio en muchos puntos del Corán, cuando
Allâh ordena a los angeles prosternarse ante Adán. Recordamos
que en la tradición islámica Adán es un profeta, tal como se
encuentra explícitamente afirmado en la Sûra II, v. 30: «Y
cuando tu Señor le dijo a los Angeles: - en verdad, estableceré un
vicario (khalîfatan) sobre la tierra - ellos dijeron: pondrás
sobre ella a alguien que sembrará la corrupción y derramará sangre,
mientras nosotros Te glorificamos y Te santificamos?» El dijo: «en
verdad Yo sé aquello que vosotros ignoráis».
Hay, pues, de parte de los ángeles, una renuencia debida a una
falta de comprensión, pese a lo cual acatan la orden divina:
«Y cuando dijimos a los Angeles: -prosternaos ante Adán-, todos
se prosternaron excepto Iblis que se negó por orgullo y se colocó
entre los infieles» (1).
Cual es la objeción de Iblis? «soy mejor que él: me has creado a
partir del fuego mientras a él lo has creado a partir de la arcilla»
(2). Al no comprender cual es en verdad la naturaleza del ser en el
grado de la Identidad Suprema, Iblis encuentra un pretexto en
aquella que, en el dominio individual, puede ser una precedencia en
el orden de producción de los elementos, oponiéndola a la verdadera
jerarquía espiritual, según el orden divino.
Se podría decir que, ante aquello que no comprende, la
inteligencia relativa de un ser se encuentra frente a una
alternativa: reconocer los propios límites aceptando lo que la
supera, o bien afirmarse a sí misma como un valor absoluto, negando
lo que no puede comprender. En esta afirmación de lo que es relativo
e ilusorio, afirmación que al mismo tiempo se torna negación de la
verdad, debe pues buscarse la raíz del orgullo y de todos esos
procesos mentales que llevan a la negación de las enseñanzas
tradicionales y, en general, a la negación de las verdades
metafísicas.
La cortedad de la inteligencia individual no puede tomarse como
pretexto para sostener la imposibilidad de aceptar o de reconocer
aquello que le es superior y que va más allá de los propios límites,
por cuanto ningún ser se halla «separado» del Principio. Hasta en
los casos más adversos de ofuscamiento y pérdida del rumbo, todos
los seres humanos deben con todo conservar, en alguna medida, una
consciencia y una posibilidad de discriminación entre lo verdadero y
lo falso, lo justo y lo injusto, lo superior y lo inferior; tal
conciencia de la verdad puede incluso hallarse sepultada, sofocada,
olvidada, a pesar de lo cual, mientras exista la naturaleza humana,
debe subsistir en alguna medida una facultad de discriminación que
otorgue un sentido a la responsabilidad en las acciones y en las
modalidades de pensamiento. Esta huella, que necesariamente subsiste
en cuanto corresponde a la naturaleza más profunda y auténtica del
ser humano, debería resultar más evidente y reconocible en quienes
han recibido una iniciación, la cual, aunque sea todavía «virtual»,
ciertamente nunca podrá dejar de tener su peso.
Así como existe esta consciencia de la verdad que debería
conducir a ese camino que responde al nombre, en sentido espiritual,
de «sendero recto», así también la negación, la aparente e ilusoria
oposición a la verdad es a su vez necesariamente consciente, y es
una cuestión de elección, dictada en este último caso, por una
irrefrenable tendencia al individualismo y a la separatividad.
«El está hecho de tierra», dice Iblis: hay en esta objeción un
procedimiento que parte de una «definición», de la imposición
apriorística de un límite; así es como, clasificando al objeto en la
categoría de todo lo que se encuentra caracterizado por este límite
o por este carácter (todo lo que es de tierra), y tomándolo en
consideración únicamente según este aspecto, lo equipara y lo juzga
igualmente que a los demás objetos que pertenecen a la misma
categoría. El paso siguiente de este procedimiento es la afirmación
de la propia superioridad en cuanto sujeto no incluído en la
categoría en cuestión.
Si se examinan los procedimientos con los que, desde la
antigüedad hasta nuestros días, ha sido negado el punto de vista
metafísico y, por consiguiente, la enseñanza tradicional, y en
general todo cuanto proviene del dominio de lo «sagrado», se
comprende fácilmente como tales procedimientos siguen, con pocas
variantes, este particular mecanismo dialéctico que representa una
suerte de esquema genérico de la mistificación.
Se podría aducir el ejemplo del rechazo de esas enseñanzas
tradicionales que se hallan expresadas en forma de cuentos
simbólicos, mediante la afirmación de que se trataría de simples
leyendas o «fábulas de los antiguos», asimilando estas enseñanzas,
de manera apriorística e indebida, a la categoría de los relatos de
fantasía y sosteniendo luego la superioridad de quien no les presta
fe.
Otro ejemplo podría ser el de aquellos que buscan desvirtuar al
esoterismo asimilándolo al misticismo, para tratar de englobar todo
en el dominio exotérico y luego emitir juicios en una materia sobre
la cual no tienen la más mínima competencia. O también el de las
tentativas de asimilar el esoterismo auténtico a la categoría de
todas las formas de pseudo-esoterismo, a fin de cargar sobre el
verdadero el descrédito que justamente merece la categoría del falso
esoterismo. Una forma extrema de este último caso de mistificación
consiste en el empleo del término «esoterismo» para designar aquello
que pertenece al dominio de la brujería y del satanismo, con el
resultado de proyectar una sombra siniestra sobre todo lo que puede
ser legítimamente designado como «esotérico» y de invertir de manera
verdaderamente «satánica» el significado auténtico del término
(3).
Las técnicas mistificatorias de que nos estamos ocupando han sido
aplicadas copiosamente contra la obra de Guénon y contra su persona
misma, por ejemplo arrimando abusivamente su nombre al de otros
autores, para crear la opinión de que deberían también en su caso
valer las críticas que justa y fácilmente pueden formularse con
respecto a otros, que en realidad nada tienen que ver con la obra de
Guénon (4).
Volviendo ahora al asunto del cual partían estas apreciaciones,
el sostener que ritos y símbolos tienen simplemente un significado
moral o social, constituye una falsa afirmación, que dimana de un
punto de vista profano y sigue ese mecanismo de negación del que
hemos hablado. Ritos y símbolos son considerados en su aspecto más
exterior, y asimilados a todo aquello clasificable como poseedor de
significado social, sentimental, filosófico o individual. De este
modo resulta negada la real naturaleza y la auténtica función del
simbolismo, abriéndose así la puerta a sucesivas fases de desviación
y subversión. Notaremos entre las primeras consecuencias, una
supuesta superioridad de la ciencia moderna respecto al simbolismo
así malentendido, por la mayor complejidad racional de la ciencia
respecto a la obviedad de los conceptos «moralísticos».
Evidentemente, una tal incomprensión conducirá a subestimar la
importancia de las prácticas rituales, las que podrán ser abreviadas
o demasiado fácilmente modificadas, con la consiguiente pérdida de
importantes elementos y un progresivo empobrecimiento del ritual,
hasta el caso extremo de aquellos grupos marginales que tenderían a
eliminar como «inútil» todo lo que en cambio constituye realmente lo
esencial y cuya conservación ya es, en fin de cuentas, y a falta de
una verdadera capacidad y voluntad de comprensión, la única razón de
ser valedera de las organizaciones en cuestión.
Cuanto estamos diciendo acerca de la ilegitimidad, en el dominio
iniciático, del punto de vista de la moral laica, que no se
diferencia del mismo punto de vista profano, de ningún modo implica
menoscabar la importancia de esas reglas tradicionales e iniciáticas
que establecen conductas que exteriormente consisten en la práctica
de las «virtudes»; por el contrario, desde el punto de vista
iniciático, tales reglas podrán mostrarse en su verdadero
significado y en todo su alcance, en vez de presentarse con el mero
aspecto de la obligación. Ni tampoco entendemos negar que una
organización iniciática pueda cumplir, bien que como una modalidad
secundaria, una acción encaminada a ejercer una influencia positiva
sobre la sociedad. Aun entendiendo la acción en un sentido exterior
y práctico (como en el caso de iniciativas humanitarias), dicha
acción, en sí misma, no contrastaría en absoluto con cuanto que
corresponde a un aspecto más profundo, antes bien podría ser vista
como un reflejo, aun cuando lejano, de una característica de las
antiguas corporaciones de oficio, o sea la de realizar un trabajo
indispensable para toda la comunidad. Tan sólo que no debería
confundirse lo interior con lo exterior, lo esencial con lo
accesorio, y sobre todo, la acción exterior no deberia llevar a
amoldarse tout-court a la mentalidad profana.
Puede reconocerse a la moral todavía un cierto valor tradicional
cuando se la considera como un aspecto de una práctica religiosa
exotérica; pero cuando incluso este punto de vista haya desaparecido
y todo se reduzca a un laicismo ético-deontológico, de hecho habrá
desaparecido, en dicha óptica, toda ocasión de anclaje con la
tradición. En tales condiciones, este subproducto de lo que la moral
era en origen, se vuelve algo meramente filosófico y «subjetivo»,
susceptible pues de modificarse en el tiempo, en función de las
corrientes psíquicas y de las opiniones que periódicamente llegan a
impresionar la mentalidad general. Así aquéllos que parecían
«principios» , se tornan poco a poco algo inestable y fluctuante, en
donde puede insertarse cualquier ideología, hasta la más
incompatible con los valores que se abrigaba de la ilusión de
custodiar.
Estas últimas consideraciones nos llevan a decir algunas palabras
sobre otra «idea fija» de los masones modernos, la de la
«tolerancia», entendida como un supuesto principio masónico.
También en este caso habría al menos una acepción según la cual
la tolerancia podría representar, si bien no un «principio» por lo
menos una regla óptima: la de considerarla como sinónimo de
paciencia. En efecto, es bien conocida la gran importancia que todas
las tradiciones atribuyen a la paciencia, tanto en el dominio
exotérico como en el esotérico. Pero, junto a este sentido legítimo,
en el término de tolerancia, tal como es comúnmente entendido, se
encuentran englobados otros significados totalmente incompatibles
con el punto de vista iniciático: por una indebida transposición de
los ideales democráticos, basta que alguien sostenga una idea
cualquiera para que ésta automáticamente tenga derecho a ser tomada
en consideración a la par de cualquier otra; esto lleva a lo que
muchas veces Guénon definiera como una indiferencia hacia la
verdad, y resulta más que evidente que una tal forma mentis
constituye, en el ámbito iniciático, una verdadera
«descalificación».
Recordamos, aunque se trate de una afirmación que debe darse por
descontada, que un iniciado debería ser, antes que nada, un buscador
de la Verdad y que, cualesquiera sean la diferencias existentes
entre las distintas formas iniciáticas y los diferentes niveles, el
método de búsqueda de la verdad, como quiera que sea, es siempre
referible a una discriminación entre lo verdadero y lo falso. Una
rigurosa, constante, sutil discriminación debe ser aplicada tanto en
el ahondamiento doctrinal teórico como en la aplicación del método,
como así también, en general, en todo lo que forma parte de la vida,
y tal «actividad» es sólo un reflejo de la verdadera discriminación
entre lo real y lo ilusorio que deberá ser ejercitada,
eminentemente, en el caso de un pasaje a lo operativo.
Debería entonces resultar del todo patente por que la invención de
un pseudo-principio de «tolerancia», donde verdadero y falso se
confunden y gozan de igual derecho, represente, en un ámbito
iniciático, una verdadera anomalía; y que debería decirse de
aquellos casos en los que, en nombre de este malentendido
«principio» no solo se admite lo que es falso en el sentido de «no
real», sino también ideas y comportamientos que provienen de los
bajos fondos del psiquismo inferior y representan verdaderas
aberraciones; bien se aplica a casos similares la advertencia con la
que Guénon, en La crisis del mundo moderno, concluía el
capítulo dedicado al individualismo: «"Hay de vosotros, guías
ciegos" se dice en el Evangelio; en efecto, hoy en día, por todas
partes, no se ven más que ciegos que guían a otros ciegos, y que, si
no serán detenidos a tiempo, los conducirán fatalmente al abismo en
el que se despeñarán todos juntos».
Las apreciaciones que hemos expuesto a propósito de la
«tolerancia», se aplican en gran parte incluso a otro factor
considerado esencial e insustituible, como es el de la «discusión».
Como hemos recordado anteriormente, ya desde el comienzo del
siglo XVIII el Protestantismo ejerció una pesada influencia en la
formación de las modernas organizaciones masónicas, y el «libre
examen» acabó por introducirse en ellas, salvo excepciones, en
concomitancia con el debilitamiento, en su interior, de una válida
enseñanza tradicional. Por otra parte, una vez admitida la idea de
que la actividad caracterizadora debía ser la «especulación
filosófica», nos encontramos de hecho en el campo de las ideas
individuales y de la interpretación individual de los datos
tradicionales, con las consecuencias que fácilmente se puede
imaginar. Semejante planteo resulta, con toda evidencia,
incompatible con la aplicación de cualquier método iniciático
válido, y una vez aceptado y generalizado, conlleva un verdadero
desvío de lo que debería ser la legítima finalidad de una
organización iniciática.
Cuando nos encontramos ante doctrinas tradicionales auténticas,
nada puede ser puesto en discusión; sin embargo, podemos
preguntarnos si, en el ejercicio de esa actividad de discriminación
a la que hemos aludido anteriormente, no se pueda encontrar una
aplicación iniciáticamente válida de una forma de diálogo, que no
verse sobre ideas individuales, sino que se transforme en un
instrumento exterior de verificación de la comprensión doctrinal.
El trabajo masónico es fundamentalmente y
por su naturaleza misma, trabajo colectivo, y por otra parte no se
puede exponer la doctrina sino por medio de expresiones verbales;
por lo que, allí donde el empeño esté principalmente dirigido, tal
como debería estarlo, a un progresivo mejoramiento del conocimiento
doctrinal, mediante la profundización y la rectificación de los
defectos de comprensión, este trabajo no puede dejar de asumir la
forma de un intercambio dialéctico; hay que precisar, además, que en
realidad se trata de algo que no se agota en un mero «estudio»,
precisamente por el valor iniciático que este método adquiere,
cuando se lleve a cabo en un ámbito ritual.
Este aspecto dialéctico del trabajo iniciático colectivo de
ningún modo debe confundirse con la «discusión», tal como el punto
de vista profano usualmente la entiende, no teniendo en común con
ésta ni el objeto ni la finalidad.
Otra práctica que es corrientemente considerada como una
aplicación de estos mismos presuntos «ideales masónicos», es la de
asumir las decisiones a base de votaciones. Encontramos aquí, una
vez más, un elemento que podría ser enteramente compatible con el
punto de vista ritual: en muchas tradiciones, no solo occidentales,
existen procedimientos orientados a tomar determinadas decisiones,
que toman la forma de una votación. En estos casos la operación
colectiva es un verdadero rito, que deviene soporte de una presencia
espiritual; si todo se cumple en las condiciones establecidas, las
opciones derivantes ya no constituyen simples preferencias
individuales sino cooptaciones conformes a aquello que es realmente
justo y acorde con la ortodoxia tradicional. Al contrario,
sustituyendo estos conceptos con las ideas propias de la mentalidad
profana, estas prácticas rituales se trocarán inmediatamente en
votaciones democráticas de las que no surgirá otra cosa que la
opinión de la mayoría.
De los ejemplos señalados, se puede comprender como la estructura
corporativa y el carácter colectivo del trabajo, que siempre
distinguieron a las organizaciones iniciáticas de oficio, han
terminado por constituir, merced a la acción de las fuerzas
antitradicionales, un soporte propicio para la intrusión de las
ideas democráticas; esto sucedió, como hemos visto, con una
interpretación en sentido profano de muchos elementos auténticamente
rituales, a medida que se iba debilitando la consciencia de la
verdadera naturaleza de estos últimos, y con la continua recepción
de personas cada vez más contaminadas con la mentalidad profana y
menos calificadas desde el punto de vista iniciático.
Este proceso de decadencia atravesó fases particularmente
críticas, como la que coincidió con la constitución de la Gran
Logia de Inglaterra; como es sabido se sucedieron, en distintas
épocas, tentativas de «rectificación» y de restauración de la
regularidad iniciática; tentativas que lograron resultados
ciertamente importantes, sobre todo desde el punto de vista ritual;
pero no se dió nunca, por lo menos en general, la posibilidad de una
restauración completa, que implicase también el retorno a una
mentalidad auténticamente tradicional. Todo esto también tuvo,
paradojalmente, un aspecto positivo, dado que así la Masonería se
mantuvo hasta nuestros días, mientras que, si se hubiese rechazado
todo arreglo, probablemente la misma se hubiera visto aplastada por
el mundo moderno y habría desaparecido, como las demás formas
iniciáticas occidentales. Pero digamos enseguida que esta
subsistencia ciertamente no se verificó merced a los factores
contaminantes a los que hemos aludido, sino gracias a aquello que ha
sido realmente conservado, y en todo caso se puede hablar de
subsistencia sólo donde se haya mantenido realmente ese conjunto de
reglas y de condiciones que constituyen propiamente la «ortodoxia
masónica». Cuando, por el contrario, la existencia de
irregularidades sea tan importante como para tornar el ambiente cada
vez menos propicio para el desarrollo de un trabajo iniciático
válido, es legítimo preguntarse hasta que punto realmente pueden
haber llegado las cosas.
Bien es verdad que, como dice Guénon, hablando de la Masonería:
«... la incomprensión de sus adherentes e incluso la de sus
dirigentes no altera para nada el valor propio de los ritos y
símbolos de los que sigue siendo depositaria» (5). Sin embargo,
también es cierto que un proceso de menoscabo y de desviación no
puede proseguir indefinidamente, incluso porque la incomprensión
trae consigo la pérdida progresiva del patrimonio tradicional, la
alteración y el malentendimiento de sus elementos, favoreciendo
asimismo cada vez más la infiltración de fuerzas antitradicionales y
contrainiciáticas. ¿Debemos pensar que este proceso llegará hasta
sus últimas consecuencias y sobrevendrá la muerte, o bien es posible
esperar que la gran vitalidad de la iniciación masónica triunfará
una vez más y en un futuro habrá todavía alguien que, gracias a una
verdadera comprensión doctrinal, sentirá el deber interior
ineludible de «atestiguar la Luz?».
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